
Últimas noticias de la demolición jurídica – Por E. Raúl Zaffaroni
5 octubre, 2026
El Che y lo absoluto relativo – Por Diego Sztulwark
6 octubre, 2026Preparados para el fin del mundo (tal como lo conocemos)
Bruno Carpinetti parte de una semblanza familiar para plantear un problema que hace a la supervivencia individual y colectiva. Carpinetti afirma que prepararse no significa aceptar el colapso como destino, sino negarse a que una eventual catástrofe determine por completo lo que seremos. Y eso no implica haber dejado de creer en la política. Al contrario: es seguir pensando en la posibilidad de regular el desarrollo de la inteligencia artificial, reducir el riesgo de una guerra nuclear, enfrentar el cambio climático y construir sociedades menos desiguales, menos violentas y más solidarias.
Por Bruno Carpinetti*
(para La Tecl@ Eñe)
Hace unos días volví a escuchar hablar del fin del mundo en boca de un político. No exactamente del fin del mundo, quizás, sino de algo bastante más inquietante: el final del mundo tal como lo conocemos. Juan Grabois, conversando con Tomás Rebord sobre inteligencia artificial, transhumanismo, aceleracionismo, tecnología, poder y crisis civilizatoria; después, escribiendo sobre los riesgos de una inteligencia artificial desarrollada sin límites y la posibilidad de un cataclismo de dimensiones que todavía nos cuesta imaginar. Era, de alguna manera, una conversación sobre aquello que los preppers vienen preguntándose desde hace décadas: ¿qué hacemos si el sistema deja de funcionar?
La pregunta me resultó familiar. Mucho más familiar de lo que hubiera imaginado cuando, hace más de una década, empezó todo esto en mi casa.
Porque sí: nosotros somos una familia prepper.

No tenemos un búnker. Todavía. Pero tenemos mochilas de 72 horas, conocemos las rutas para salir de la ciudad, tenemos puntos de encuentro y una chacra en el campo adonde sabemos cómo llegar si alguna vez la ciudad deja de ser un lugar habitable. Mis hijos saben cazar, producir y preparar alimentos, trabajar en el campo y moverse por el territorio. Algunos conocen el manejo de armas o practican artes marciales. Puede parecer el comienzo de una película de bajo presupuesto sobre el fin de la civilización. En realidad, la historia es bastante menos extravagante y, quizás por eso mismo, bastante más interesante.
Porque mi familia no llegó al preparacionismo desde la paranoia. Llegó desde la política.
La familia
Durante buena parte de nuestras vidas creímos en la posibilidad de transformar la sociedad. La política no fue para nosotros una actividad ocasional ni una identidad electoral, sino una forma de entender el mundo y de intervenir sobre él. En mi familia hubo militancia, discusiones, participación y compromiso. Mis hijos crecieron dentro de esa tradición y, aunque cada uno fue encontrando después sus propios caminos, sus propias ideas y sus propios espacios de participación, todos recibieron de algún modo la misma convicción de fondo: las cosas no tienen por qué ser como son y vale la pena hacer algo para cambiarlas.
Pertenecemos, además, a una generación para la cual la palabra revolución todavía conservaba un significado político. La revolución era, en un sentido amplio, la posibilidad de que la sociedad pudiera reorganizarse de otra manera, de que las relaciones económicas, educativas, familiares, productivas y comunitarias pudieran ser diferentes. Durante mucho tiempo confiamos en que la política, de una manera u otra, sería la herramienta para hacerlo posible.
Con los años esa confianza empezó a erosionarse. No fue un momento preciso ni una ruptura espectacular. Fue más bien un proceso lento, parecido a esas grietas que aparecen en una pared y que al principio nadie considera importantes. Las instituciones parecían cada vez menos capaces de anticipar los problemas que se acumulaban frente a nosotros; la política tradicional se fue acostumbrando a trabajar sobre horizontes cada vez más cortos, mientras los problemas más importantes —el cambio climático, la desigualdad, la degradación ambiental, las crisis económicas, las pandemias, las guerras, la concentración tecnológica— adquirían una escala que desbordaba las agendas habituales.
No dejamos de creer en la política. Pero empezamos a preguntarnos qué podía ocurrir si la política no llegaba a tiempo.
Lo que nos enseñó la inundación
La inundación de La Plata de 2013 fue, para nuestra familia, una de esas clases que ninguna universidad podría haber dado de una manera tan contundente.
Durante aquella jornada y los días posteriores vimos cómo una ciudad podía quedar paralizada. Las comunicaciones fallaban, los barrios quedaban aislados y el agua entraba en casas donde nadie había imaginado que pudiera entrar. Las instituciones estatales no alcanzaban para responder a todo y, en casi todos lados, fuimos los propios vecinos quienes organizamos rescates, llevamos alimentos, trasladamos personas, conseguimos medicamentos y sostuvimos a quienes habían quedado aislados.
En mi familia empezamos entonces a jugar con una pregunta que, en principio, parecía casi una extravagancia: ¿qué pasaría si aquello no durara unas horas? ¿Qué pasaría si fueran tres días? ¿Una semana? ¿Un mes?
Así aparecieron las primeras mochilas de 72 horas.
Al principio era casi un juego. Agua, alimentos, linternas, ropa, herramientas, algunos elementos básicos. Nada extraordinario. Pero detrás de las mochilas empezó a aparecer algo mucho más importante: una manera diferente de pensar nuestra relación con la incertidumbre.
Y también apareció un chiste familiar.
En algún momento empezamos a decir que, si realmente íbamos a convertirnos en una familia de preppers, teníamos que hacer como los Ramones. Joey, Johnny, Dee Dee y Marky habían convertido el apellido en una identidad colectiva: aunque no fueran realmente Ramone, todos eran Ramone. Nosotros podíamos hacer lo mismo. Sólo que, en lugar de Ramone, seríamos Prepper.
Bruno Prepper. Y mis seis hijos, todos Prepper.
La idea nos hacía reír. Durante mucho tiempo fue simplemente una broma familiar que reaparecía cada vez que alguien compraba una herramienta, preparaba una mochila o decía que había que pensar qué hacer si volvía a ocurrir algo como la inundación. Pero, como suele suceder con las bromas familiares, terminó revelando algo que no era una broma. La pregunta era real: ¿qué clase de familia queríamos ser cuando las cosas se complicaran?
Así nació, sin acta de fundación ni ceremonia alguna, la Familia Prepper.
Colapso
Seis años después, en junio de 2019, escribí en Socompa, aquel medio autogestionado que fue un faro de resistencia durante el macrismo, un artículo que se llamaba simplemente «Colapso». Acababa de producirse el gran apagón que dejó sin electricidad a buena parte del Cono Sur y la experiencia volvía a poner delante de nosotros la misma fragilidad que habíamos visto en La Plata.
El problema, escribía entonces, no era solamente que se hubiera cortado la luz. El problema era todo aquello que dependía de que hubiera electricidad. Una sociedad cada vez más compleja, tecnológica e interconectada, había delegado buena parte de sus funciones esenciales en sistemas que casi nadie comprendía y que, precisamente por eso, casi nadie sabía cómo reemplazar cuando fallaban.
En aquel artículo escribí algo que hoy, siete años después, me resulta casi premonitorio: «Hace tiempo que nos venimos preparando». Contaba que en mi casa había mochilas de supervivencia, armas y municiones, rutas de escape de la ciudad, puntos de encuentro y vehículos preparados para una eventual huida. Contaba también que todos mis hijos, de acuerdo con sus edades y responsabilidades, sabían más o menos qué hacer ante una situación semejante.
Pero el artículo no trataba realmente sobre armas, mochilas ni rutas de escape. Trataba sobre algo bastante más profundo: la vulnerabilidad de una sociedad que confía ciegamente en que sistemas extremadamente complejos continuarán funcionando porque siempre han funcionado. Y trataba también sobre la solidaridad.
La inundación de 2013 nos dejó una enseñanza que el apagón volvió a confirmar: cuando las instituciones no alcanzan, las sociedades sobreviven gracias a las redes que existen por debajo de ellas. El vecino que ayuda al vecino, la familia que recibe a otra familia, alguien que tiene una camioneta, otro que tiene una bomba de agua, alguien que sabe dónde conseguir medicamentos, otro que sabe orientarse cuando las calles desaparecen bajo el agua.
Por eso el texto llevaba como bajada «Solidaridad para la supervivencia».
Hoy me parece que aquella expresión contenía una idea bastante más importante de lo que entonces alcanzaba a comprender. La solidaridad no es solamente una virtud moral. En determinadas circunstancias es una tecnología de supervivencia.
La chacra
Después de aquello, dejamos de pensar solamente en cómo escapar de la ciudad y empezamos a pensar en qué significaba llegar a algún lugar.
Nuestra respuesta estaba en Las Tahonas.
La chacra cambió la naturaleza del problema porque una cosa es imaginar el colapso sentado frente a una computadora y otra muy distinta es preguntarse qué significa vivir cuando el supermercado deja de ser una posibilidad.
Allí producimos hortalizas. Hay animales, herramientas, agua y espacio. Mis hijos aprendieron a trabajar en el campo y a resolver problemas que en la ciudad parecen completamente ajenos a la vida cotidiana. Con los años fuimos recuperando una serie de saberes prácticos que en la vida urbana suelen quedar ocultos detrás de la comodidad de los sistemas de los que dependemos. Mis hijos aprendieron a cazar y a transformar un animal en alimento, desde la faena hasta el aprovechamiento de la carne y el cuero; otros conocimientos se fueron incorporando a través de la práctica deportiva y del entrenamiento, desde las artes marciales hasta distintas formas de manejo de armas. Más que acumular recursos, se trataba de conservar capacidades que pudieran resultar útiles cuando las soluciones habituales dejaran de estar disponibles.


Dicho así, todo parece un poco absurdo. Pero en el fondo se trata de algo bastante antiguo: recuperar capacidades que la vida moderna nos permitió delegar casi completamente.
Producir comida es una capacidad. Saber conservarla es otra. Saber orientarse, reparar una herramienta, moverse por un territorio, cuidar a otro, resolver una emergencia o trabajar en grupo son también capacidades. Una sociedad puede ser extraordinariamente eficiente cuando todas sus cadenas funcionan y, al mismo tiempo, extraordinariamente vulnerable cuando una de ellas se rompe.
Quizás el preparacionismo no sea otra cosa que la conciencia de esa paradoja.
El ensayo general
Después vino la pandemia.
Durante la pandemia fui Director Provincial de Riesgos y Emergencias. De repente, aquello que durante años había sido una preocupación doméstica, se convirtió en mi trabajo cotidiano. Había que tomar decisiones con información incompleta, administrar recursos escasos, anticipar escenarios, coordinar instituciones y responder a situaciones que cambiaban constantemente.
La pandemia fue un ensayo general de algo que nadie había querido ensayar.
Años después escribí sobre aquella experiencia en La Tecl@ Eñe, en un texto que titulé «El elefante y el virus». Una de las cosas que intentaba explicar allí era que, en una crisis de esa magnitud, la incertidumbre no constituye un obstáculo que podamos eliminar antes de empezar a trabajar. La incertidumbre es el material mismo del trabajo.
Eso modificó mi manera de pensar el riesgo.
Prepararse no significa saber qué va a suceder. Significa aceptar que no lo sabemos y desarrollar capacidades para actuar cuando el escenario cambie.
La pandemia también mostró los límites de una idea muy arraigada: que frente a una gran crisis alguien, en algún lugar, sabe exactamente qué hacer. La realidad fue bastante más incómoda. Nadie tenía el mapa completo. Cada institución veía una parte del problema, cada especialista observaba una dimensión diferente y cada decisión podía producir consecuencias que no estaban completamente previstas.
El virus puso en evidencia nuestra vulnerabilidad biológica, pero también nuestra vulnerabilidad social, institucional y tecnológica.
Y, una vez más, volvió a aparecer la importancia de los vínculos.
Cuando la política descubre el colapso
Por eso me interesaron las recientes apariciones públicas de Juan Grabois y, especialmente, su conversación con Tomás Rebord. No porque hayan descubierto algo que quienes trabajan en gestión del riesgo, ecología, tecnología o estudios del futuro no conocieran, sino porque algunas de esas preguntas empiezan finalmente a atravesar el discurso político.
¿Qué pasa si la inteligencia artificial modifica radicalmente el mercado de trabajo? ¿Qué ocurre si la concentración tecnológica supera la capacidad de regulación de los Estados? ¿Qué sucede si una tecnología diseñada para aumentar nuestras capacidades termina reduciendo nuestra autonomía? ¿Qué pasa si el desarrollo tecnológico, combinado con la carrera armamentística, vuelve a colocar a la humanidad frente a riesgos que exceden las capacidades tradicionales de los gobiernos?
Son preguntas que pueden parecer exageradas.
Pero quizás lo verdaderamente extraño sería que la política no se las hiciera.
Porque una de las funciones de la política debería ser precisamente imaginar aquello que todavía no ocurrió. Anticipar. Prevenir. Reducir vulnerabilidades. Construir capacidades colectivas.
La política suele trabajar con horizontes relativamente cortos: la próxima elección, el próximo presupuesto, la próxima crisis. Pero algunos de los problemas que definirán nuestro futuro no respetan esos calendarios. El cambio climático no los respeta. Una pandemia tampoco. Una guerra nuclear tampoco. La inteligencia artificial tampoco.
El futuro, por definición, siempre llega antes de que estemos completamente preparados.
Del búnker a la comunidad
Hay, sin embargo, algo que me preocupa del imaginario prepper. Puede conducir hacia dos lugares muy diferentes.
Uno es el búnker individual: cuando todo se derrumbe, yo salvaré a los míos.
El otro es la comunidad: si alguna vez llega una crisis realmente grande, necesitaremos saber cómo cuidarnos unos a otros.
No son exactamente la misma filosofía.
El primer modelo acumula recursos. El segundo construye capacidades.
El primero piensa en supervivencia individual. El segundo, en resiliencia colectiva.
Y ahí aparece una discusión política que me parece mucho más interesante que la fascinación por los refugios subterráneos, las armas o las latas de conserva.
Preparar una comunidad para una inundación no significa simplemente tener un bote. Significa saber quién necesita ayuda, cómo comunicarse y quién puede trasladar a quién. Prepararse para un apagón no consiste solamente en tener un generador, sino en saber cómo mantener funcionando una red de cuidados. Prepararse para una pandemia no significa acumular medicamentos, sino contar con instituciones sanitarias robustas y comunidades capaces de sostener a quienes necesitan ayuda.
La verdadera preparación no consiste en acumular cosas. Consiste en construir capacidades. Y las capacidades más importantes son, muchas veces, las que no pueden comprarse.
Por las dudas
Quizás por eso la palabra prepper resulte, en definitiva, un poco engañosa. No llegamos hasta aquí desde una cultura de la paranoia, sino desde una cultura política que siempre creyó que las sociedades podían ser diferentes y que todavía conserva la esperanza de transformarlas. Lo que cambió fue nuestra percepción de la vulnerabilidad. Ya no pensamos que esa transformación dependa exclusivamente de conquistar el Estado, sino también de construir, aquí y ahora, las relaciones, los conocimientos y las capacidades que quisiéramos encontrar mañana: una familia capaz de sostenerse, una comunidad que pueda organizarse, una chacra que produzca alimentos, vecinos que sepan ayudarse, herramientas y saberes que no desaparezcan cuando fallan los sistemas de los que dependemos.
En ese sentido, aquella idea que aparecía en Socompa en 2019 —crear espacios de sociabilidad capaces de sobrevivir al colapso— fue adquiriendo con el tiempo un significado concreto. Prepararse no significa aceptar el colapso como destino, sino negarse a que una eventual catástrofe determine por completo lo que seremos. Y eso no implica haber dejado de creer en la política. Al contrario: seguimos pensando que es posible regular el desarrollo de la inteligencia artificial, reducir el riesgo de una guerra nuclear, enfrentar el cambio climático y construir sociedades menos desiguales, menos violentas y más solidarias. Seguimos creyendo, incluso, en la posibilidad de una revolución, aunque quizás hoy entendamos que revolucionar una sociedad también significa reconstruir sus capacidades para producir, cuidar, cooperar y resistir.
Mientras tanto, mientras discutimos qué clase de humanidad queremos construir, en Las Tahonas la huerta sigue creciendo, las herramientas están en su lugar, los caminos están estudiados, los puntos de encuentro acordados y las mochilas de supervivencia preparadas. Porque creer en el futuro no significa cerrar los ojos frente a sus riesgos. Quizás, precisamente, la mejor manera de seguir creyendo que podemos cambiar el mundo sea no dar por sentado que el mundo seguirá funcionando como hasta ahora.
Por eso, por las dudas, tenemos un Plan B.

Fotos: gentileza familia Carpinetti.
6 de octubre de 2026.
*Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública. Actualmente es Profesor Titular de Ecología General y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y Profesor Titular del área de Gestión de Riesgos en la Universidad Nacional de La Plata.

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000, $10.000 ó $15.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


