
Familia «Prepper» – Por Bruno Carpinetti
6 octubre, 2026Diego Sztulwark plantea en este articulo una hipótesis en torno al Che Guevara y cómo se ha pensado su acción revolucionaria: la exclusión Guevara de la reflexión política supone la elusión de un problema que lo trasciende, y que se ubica entre nosotros como fuente de una parálisis en el presente.
Por Diego Sztulwark*
(para La Tecl@ Eñe)
En unos días se cumple un nuevo aniversario de la captura y ejecución del Che, ocurridos los días 8 y 9 de octubre de 1967 en Valle Grande, Bolivia. El año que viene se cumplirán 60 años de su muerte, y un años después, en 2028, 100 años de su nacimiento. Las fechas son excusas. Lo que importa es lo que aún no hemos pensado suficientemente sobre Guevara. O, si se prefiere: lo que por haberse pensado en contextos, merece ser reabierto. La hipótesis es la siguiente: la exclusión Guevara de la reflexión política supone la elusión de un problema que lo trasciende, y que se ubica entre nosotros como fuente de una parálisis en el presente.
Sed de absoluto
Uno de los grandes intelectuales marxistas argentinos del siglo XX, José Aricó, publicó al cumplirse el veinte aniversario de la muerte del Che, un artículo emocionado y crítico titulado «Sed de absoluto» (revista La Ciudad Futura; octubre de 1987). Lo leemos a cuarenta años de su publicación buscando explicitar una distancia de perspectivas.
Con relación a lo que sintió el día que se entrenó de la ejecución de Guevara, Aricó recuerda lo siguiente: «El Che sólo podía terminar sus días así, en algún lugar de América peleando hasta el final por lo que creía justo. Esa era la dirección que impuso a su vida y no podía admitir ninguna otra; quiso ser el símbolo de un espíritu que no debía consumirse y lo logró».
En Aricó, el Che queda asociado el combatiente consecuente, pero ligado al ideal más que a la realización material colectiva. Su muerte corresponde a un destino autoimpuesto, más que a los términos de la lucha política. Como si hubiera en él una cierta necedad. Veía en él una suerte de ambición de gloria (un deseo de ser símbolo). Resuena en ese recuerdo la percepción de una tenacidad martirológica.
Luego, cuenta cómo fue que lo conoció en La Habana: «una ardiente noche de julio de 1965 lo conocí en el Ministerio de Industrias y hablé largas horas con él. Ya se había extinguido la guerrilla de Masetti y con ella la creencia en nosotros —el pequeño grupo de intelectuales que animó en Córdoba la experiencia de Pasado y Presente– de que la guerrilla rural podía ser en el país una perspectiva de lucha válida. No creo que ninguno de los argumentos que esa noche utilicé hicieran mella en sus convicciones».
El grupo que por entonces editaba la revista Pasado y Presente había acompañado, de algún modo, la instalación de un grupo guerrillero en Salta. El EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo). El resultado fue desastroso. Como sucedió con otros muchos militantes, la conclusión de Aricó y sus compañeros fue que la idea de un foco rural no resultaba adecuado en un contexto en el que la lucha de clases tenía –como en todos los países industrializados, entre ellos la Argentina– una altísima composición urbana. En el libro de John Lee Anderson, «Che una vida revolucionaria» (1997), se afirma que aquella noche Guevara hablo sólo durante un par de horas, mientras Aricó escuchaba. Haya o no logrado exponer sus argumentos, Aricó regresó con la impresión del Che como un hombre de convicciones inquebrantables. Por no decir inmodificables».
Sin embargo, la conversación –o el bien el monologo– giró en torno a un hecho trágico imposible de disimular: «De la derrota de la empresa de Masetti sólo quedaban despojos y había que recomenzar desde abajo una tarea que no podía reconocer un final ni tener el signo que pretendía imponerle. Se comprenderá que no era ésta una alternativa que sedujera a un luchador poseído por la sed de absoluto como era el Che».
La expresión «sed de absoluto», que da título al texto de Aricó, recoge y sintetiza lo anterior: el idealismo y la terquedad, la voluntad de simbolizar y el carácter enceguecedor de sus intensas convicciones.
Aricó y sus compañeros, que publicaron los mejores trabajos teóricos del Che –»Ernesto Che Guevara. Escritos económicos», Cuaderno 5 de Pasado y Presente, Córdoba 1969, y «Ernesto Che Guevara, El socialismo y el hombre», SXXI, México 1977– se disociaban luego del 65 de su senda política: «No creíamos que su camino fuera el nuestro, pero las cosas por las que luchaba sí lo eran. No fue un maestro, fue un símbolo, un ejemplo moral en el que muchos nos reconocíamos no importa cuál fuera el juicio que sus pasos nos merecieran. Su muerte significó la caída de algo más que una ilusión. En ese momento lo sentimos como el fin de una época».
¿Concluía con la muerte del Che esa irradiación mesiánica que surge de la expresión «ser absoluto»? La muerte del Che, impuesta por los términos del enfrentamiento armado con el imperialismo de su tiempo, imponía al grupo de los gramscianos argentinos un desgarro de difícil asunción. La imagen del combatiente fusilado postulaba un principio de realidad –el camino del Che no logra vencer a los enemigos– en choque directo con la fidelidad a la moral revolucionaria que el Che encarnaba: «admitir el duro umbral de lo real era vivido por nosotros como una forma de traicionar su ejemplo».
La salida que propone Aricó –en línea con la relativización del absoluto– queda claramente formulada hacia el final del texto: «Las verdades se modifican, decía Sartre, y lo único que importa es el camino que conduce a ellas, el trabajo que se hace sobre sí y con los otros para llegar a ellas».
La relativización quedaba así operada en dos direcciones. Por un lado, las verdades no son siempre las mismas. Y por otro, el trabajo «sobre sí», para alcanzarlas, no debe ser nunca separado del trabajo «con otros». Con Sartre estamos entonces en lo absoluto-relativo. Hay un sí mismo que desea alcanzar una verdad, pero esa verdad es histórica –cambiante– y depende siempre de la articulación con otros. Lo absoluto-relativo reestablece la conexión entre verdad y política, y entre lo individual y lo colectivo. De lo cual se deduce que según Aricó, el Che encarnó sólo el aspecto de lo absoluto, en detrimento de lo relativo.
Absolutos y absolutos…
Se podría afirmar que las primeras décadas posteriores al aplastamiento del proyecto revolucionario, fueron vividas bajo el signo del rechazo del absoluto. Democracia y mercado se presentan como momentos de búsqueda de articulaciones precarias y transaccionales de lo relativo de cada quien. Creyendo reaccionar contra lo absoluto revolucionario se dio, sin embargo, curso a un absoluto reaccionario invertido y en cierto modo inadvertido. Las verdades del nuevo tiempo, sostenidas por la suma de las relatividades, se mostraron incapaces de reaccionar contra el miserable estado actual de las cosas. Quizá porque esas relatividades, las de un neoliberalismo que no puede sino desdemocratizar las sociedades, son prolongaciones de un absoluto antirevolucionario cuya verdad capitalista consiste, precisamente, en incapacitar todo modo crítico de poder operar sobre sí y a la vez con otros para alcanzar verdades históricas.
La burla y la historia
El por entonces director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, publicó en 2014 la edición facsimilar de la revista Pasado y Presente. En el último párrafo de su prólogo (dedicado a José Aricó y a Juan Carlos Portantiero) González escribe, jocoso, que «la historia puede ser pensada pero nunca sabemos en qué porción de ese pensamiento se refugian las burlas a que nos somete». La ironía apuntaba a disculpar a Aricó por haber extremado la oposición «ochentista» entre Gramsci y el Che.
Al recordar la expresión «sed de absoluto», con la que el gramsciano Aricó caracterizaba la actitud de Guevara, González traía a colación un fragmento del libro «La cola del diablo, itinerario de Gramsci en América Latina» (1989), en el que Aricó reseñaba la crítica que el filósofo argentino exiliado en Argentina, Rodolfo Mondolfo, le hacía al autor de los «Cuadernos de la Cárcel» por sostener una idea de partido referenciada en sí mismo (es decir: absoluta). Copio el fragmento al que imagino que se refería González: «antes que de la formación, educación progresiva y ejercicio de la voluntad colectiva de la clase, Gramsci se preocupaba por la existencia y por la intervención de un núcleo directivo consciente y enérgico, esto es un partido que, en virtud de un plan realista, guíe y organice dinámicamente a la clase proletaria (…) La conciencia y voluntad constructiva de las cuales él siente y afirma la exigencia, es la de una minoría resuelta, de una élite política dirigente del tipo jacobino francés o bolchevique ruso, no a la colectividad del proletariado». Lo burlón es lo que pasa inadvertido: es «esa otra forma» de sed de absoluto también presente en Gramsci, y seguramente también, en grados variables, en Aricó. «Todos fuimos tocados –dice González– en distintas medidas por oscuras maniobras de la razón y de la historia». Ese «todos» debe ser entendido como parte de una declaración generacional. De una generación que lidió con esa sed de absoluto hasta donde pudo, o hasta donde la dejaron.
Absorción contramesianica
El imperativo del tiempo de la pandemia fue pensar el virus. Javier Trimboli fue uno de los que mejor lo hizo en un inclasificable ensayo (¿es un ensayo de ficción?) póstumo en el que vinculó –¿captó benjaminianamente?– la articulación ambivalente entre tiempos históricos aparentemente excluyentes: el del covid y el de los años sesenta.
Ya en el título del libro está expuesta la operación: «El virus del absoluto. Murena y Urondo. Diario de una investigación» (2025). Sin proponerme reseñar ahora este trabajo tan apasionante como complejo, sí quiero reparar en unas pocas referencias claves al Che y al absoluto. Me detengo, entonces, en la página 97. El narrador, un investigador, está comentado un ensayo de Murena y dice: «por su sangre circula el virus del absoluto, y no hay nada que cause más rechazo, más odio social que ese virus. Están locos. Han entrevisto la Ciudad de Dios, en sus ojos se distingue aun el resplandor que provocó la visión y pretenden mantenerse fieles a ella». Y entonces uno de los asistentes de la investigación acota: «por una lectura que propuse del Che Guevara y el hombre nuevo, que quise fuera bastante crítica, me reconvinieron por el riesgo de inculcar nostalgia por el absoluto entre lxs alumnxs. Usaron la palabra «absoluto», no «nostalgia». Soy el último tarado al que reconvienen, para colmo compañeros pedagogues que se atribuyen conocer la psicología de los adolescentes». Acá está todo: la conjura del absoluto metido en la sangre, su carácter viral, la locura de los sesenta, el odio social que provoca. El rechazo del pasado vivido como nostalgia, como afecto irresuelto con algo peligroso. Un rechazo que circula entre compañeros de escuela, entre progresistas.
En la página 129 el narrador –el mismo investigador– repasa una lectura de Roberto Carri y dice: «La cuestión es que también en 1967, en diciembre, cae en el Chaco, abatido por la policía el «delincuente» Isidro Velázquez y su secuaz Vicente Gauna. La colaboración del periodismo vernáculo fue neurálgica para la caída». Entonces el colaborador comenta: «El gran caído del 67, octubre, era el Che. Imposible que no lo tuviera en mente Carri, aunque muy significativamente no hable de él sino de Velázquez». Lo que cae en el 67, todo lo que cae en ese año, se refiere directa o indirectamente al Che. El fusilado resume la caída de todo lo que cae, de todos los que caen. El Che es el absoluto y su caída.
Finalmente, en la página 154, el narrador reflexiona sobre el fracaso de la revolución: «a Urondo y a tantos otros del ‘bando de los derrotados’ les llegará ese reconocimiento, social y nacional. Por la virtud y el coraje con el que lucharon, por la autenticidad y la pasión. Reabsorbidos por la sociedad: contramesianismo. El Che, ¿ganó o perdió? La cosmética logra tergiversar el resultado al punto de que parece indecidible. Gracias a los servicios de la cultura, el polvo que se mordió se paladea como un banquete. El Che es el postre, con azúcar integral o mascabo». ¿Cómo entender esta afirmación? ¿Cómo no entenderla? La de Trimboli es una voz de otra generación. Una a la que le tocó participar del reconocimiento de aquella que se contagió de la sed de absoluto. Sólo que ese reconocimiento precisa de una reflexión suspicaz sobre el modo en que fue hecho. Hay algo irremediablemente conservador en aquel reconocimiento. Trimboli acierta con las palabras: «absorción contramesianica». La derrota disfrazada de victoria (gracias a los servicios de la «cultura» y el «mascabo») es la peor de todas, porque substrae a los derrotados la capacidad de comprender los términos de su propia condición (inhabilitándolo para transformar su situación). Eso sucede cuando la generación que homenajea, conjura y neutraliza aquello que se supone que está homenajeando en los homenajeados. La común repugnancia frente al absoluto revolucionario carece de ironía. Y esta carencia no es otra cosa que la evolución de una cultura que se ha organizado como contra-absoluto, absoluto invertido o contramesianismo. El absoluto desde el cual se afirma que «todo es relativo», pierde su gracia ni bien queda al descubierto su incapacidad de absolutamente nada.
7 de octubre de 2026.
*Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.

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