
Cuando un país se ofrece como barato, lo que se pone en juego no es desarrollo, es liquidación de tierra, energía y recursos estratégicos. Ese es el modelo económico actual, que es el de los años ’90. Nada de producción real, sino articulación entre política, finanzas y negocios orientados hacia el exterior.
Por Matías Jáuregui*
(para La Tecl@ Eñe)
Hay nombres que no son sólo nombres. Son señales. Y a veces, cuando uno está lejos, escribiendo estas líneas desde España, caminando por Andalucía y hablando con productores valencianos, esas señales se vuelven más nítidas.
El actual embajador argentino, Wenceslao Bunge Saravia, no es simplemente una designación diplomática. Es la expresión de una lógica de poder que en la Argentina ya conocemos. La de los años ´90. La de la articulación entre política, finanzas y negocios que operan más para afuera que para adentro.
No es un dato menor su historia. Su entorno familiar estuvo vinculado a Alfredo Yabrán, símbolo de una etapa donde el poder económico se movía por fuera del control democrático. Ese mundo de los ‘90 no desapareció, mutó.
Bunge no viene del entramado productivo argentino. Su trayectoria se construyó en Europa, en el corazón del sistema financiero: Credit Suisse, fondos de inversión, negocios inmobiliarios. Un perfil formado para hablarle al capital, no al productor.
Y eso se nota en su agenda.
No hay interés en abrir mercados para las economías regionales, ni en fortalecer cadenas de valor, ni en defender condiciones para exportar mejor. Hay otra prioridad, la de atraer capital.
Pero, ¿cómo se atrae ese capital?
Con una frase que repite ante empresarios españoles: “inviertan ahora, porque después va a ser más caro”.
Traducido al argentino, la Argentina está barata.
Y cuando un país se ofrece como barato, lo que se pone en juego no es desarrollo. Es liquidación. Tierra, energía, recursos estratégicos. Todo en vidriera.
El problema es que ese esquema no es nuevo. Es el mismo que prometía modernización en los ‘90 y terminó en concentración, extranjerización y pérdida de control nacional.
Mientras tanto, acá en España, la escena es otra.
Recorriendo el sur español, se ve claramente cómo aparece un Estado que interviene. Que protege. Que ordena. A través de la Política Agraria Común, los productores reciben subsidios, reglas claras, respaldo para sostenerse en el territorio.
En Valencia, las cooperativas son estructuras económicas reales. Permiten que pequeños y medianos productores sigan existiendo. Hay política. Hay decisión.
En la Argentina de hoy, en cambio, el camino es inverso: desregulación, apertura, retiro del Estado. El productor queda solo, compitiendo contra sistemas que sí están protegidos como el español.
El acuerdo Mercosur–Unión Europea aparece como oportunidad, pero en el territorio se vive con tensión. De ambos lados. Porque el problema no es comerciar. Es desde dónde se negocia y quién fija las reglas.
A eso se suma un contexto global inestable, donde las potencias redefinen posiciones. España, dentro de Europa, conserva márgenes de autonomía. Argentina, en cambio, parece haber optado por alinearse sin matices a EE.UU. Y eso también impacta en el modelo productivo.
Lo que no aparece en la discusión es lo más importante: agregado de valor, desarrollo industrial ligado al agro, fortalecimiento de cooperativas, integración territorial. Es decir, producción real.
Desde acá, mirando y comparando, la pregunta que se me ocurre es: si la Argentina se presenta en el mundo como una oportunidad financiera… ¿quién está defendiendo la producción nacional?
Lunes, 20 de abril de 2026.
*Ingeniero Agrónomo y productor Agropecuario (zona Tandil)

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