
Bruno Carpinetti desarrolla en esta nota la idea de que en un mundo atravesado por crisis – climáticas, económicas, políticas – la tentación de cerrar, de endurecer, de simplificar, es fuerte. En ese sentido, Carpinetti sostiene que «Todos somos inmigrantes” no es una consigna moral, sino un dato antropológico, una verdad incómoda para cualquier proyecto que necesite fronteras rígidas para sostenerse.
Por Bruno Carpinetti*
(para La Tecl@ Eñe)
“Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” – Éxodo 22:21
Antes de las fronteras
Hubo un tiempo —no tan lejano en la escala de la historia profunda— en que no existían los mapas. No había líneas, ni países, ni nombres para separar lo continuo. Solo había cuerpos en movimiento. Pequeños grupos de Homo sapiens saliendo de África, empujados por el hambre, la curiosidad o el clima, caminando sin saber que estaban escribiendo la primera gran narrativa de la humanidad: la de una especie que se expande porque no puede quedarse quieta.
Todo empieza ahí. En África. Hace unos 300.000 años. Y luego, en oleadas sucesivas, el mundo se va poblando. No como una conquista épica, sino como una deriva. Pasos cortos, generaciones enteras avanzando apenas unos kilómetros más allá. Asia, Europa, Oceanía, América. Cada territorio alcanzado no es un punto de llegada, sino una transformación. El cuerpo cambia. La piel, el metabolismo, las lenguas, las formas de ver el mundo. La humanidad no se replica: se reinventa.
El mestizaje como origen
Nunca fuimos puros. Desde el inicio fuimos mezcla. Nos cruzamos con otros humanos -neandertales, denisovanos – y esos encuentros quedaron marcados en nuestros genes. Somos un archivo viviente de migraciones, de contactos, de contaminaciones. Lo que hoy llamamos identidad es, en realidad, una sedimentación.
Más tarde vinieron las civilizaciones. O lo que después llamaríamos así. Mesopotamia, el Nilo, el Indo, China. Nodos, no islas. Lugares donde las rutas se cruzan. Donde circulan mercancías, pero también símbolos, enfermedades, dioses. La Ruta de la Seda no transportaba solo seda: llevaba historias, técnicas, ideas. Todo viaje era, en el fondo, un intercambio.
Culturas en movimiento
Por eso, cuando hablamos de “culturas” como bloques cerrados, como esencias intactas, estamos contando un mito. Las culturas no son piezas de museo. Son procesos vivos, tensos, en permanente mutación. La tradición no es lo que permanece igual, sino lo que logra persistir cambiando. No hay identidad sin mezcla, aunque a veces la mezcla se vuelva invisible de tan antigua.
Para profundizar en ese punto, la mirada del cronista polaco Ryszard Kapuściński se vuelve clave. En su libro “Encuentro con el Otro”, propone algo tan simple como incómodo: toda historia humana es, en el fondo, una historia de encuentros. Y frente al otro – dice – no hay infinitas opciones. Solo tenemos tres: la guerra, la indiferencia o el diálogo.
Esa tríada funciona como una brújula. Si la aplicamos hacia atrás, vemos que la expansión de Homo sapiens no fue solo un despliegue biológico, sino una cadena de encuentros. Algunos violentos, otros hospitalarios, muchos ambiguos.
Kapuściński insiste en algo más: el otro no es una abstracción. Es una presencia concreta que nos obliga a decidir quiénes somos. En ese sentido, toda identidad es relacional. No existe en aislamiento. Se define en el borde, en el roce, en el conflicto o en la conversación.

El retorno de las fronteras
Pero hay algo que vuelve cuando creíamos que todo estaba, finalmente, entrelazado. En medio de redes, flujos y promesas de conexión infinita, reaparecen viejas gramáticas: la pureza, el límite, la sospecha. Las fronteras – esas líneas que nunca fueron naturales – regresan con la pretensión de volverse inevitables. Y la xenofobia deja de ser un residuo incómodo del pasado para asumirse como un síntoma nítido del presente.
En ese mapa, el conflicto entre el ente sionista de Israel y el pueblo palestino difícilmente pueda leerse como una anomalía histórica: más bien aparece como la continuidad de una concepción colonial que, lejos de disolverse, se actualiza. Allí, bajo distintas justificaciones, se consolidan dinámicas persistentes de ocupación, desplazamiento y fragmentación del territorio palestino, configurando un orden donde la dominación no es episódica sino estructural, y donde la historia reciente se inscribe en una lógica más amplia de desposesión sostenida. Para la población palestina, la experiencia no se agota en la pérdida de tierra; se despliega en una vida atravesada por controles, restricciones y una desigualdad estructural que distintas voces no dudan en nombrar como apartheid. En la Franja de Gaza, las ofensivas reiteradas y las políticas sistemáticas de devastación han llevado a que la violencia deje de ser episódica y pase a configurar un patrón sostenido que de manera indudable se caracteriza como genocidio: una dinámica orientada a la destrucción material y social de la población, donde la vida cotidiana queda atrapada en un horizonte de aniquilación progresiva.
La expansión de asentamientos, los bloqueos sostenidos, la vigilancia constante y las operaciones militares en territorios densamente poblados configuran un régimen donde el “otro” no solo es narrado como amenaza, sino gestionado como excedente. Bajo la retórica de la seguridad – que todo lo justifica – se diluyen las asimetrías que organizan el conflicto. La frontera, en este caso, no es solo un límite: es un dispositivo activo de exclusión.
Algo de esa lógica resuena, con otras formas, en Estados Unidos. Allí, el accionar del Immigration and Customs Enforcement y el endurecimiento de las políticas migratorias, reinstalan una economía punitiva de la alteridad. Redadas, detenciones, deportaciones: escenas que interrumpen biografías y reescriben destinos. Familias partidas, trayectorias suspendidas, vidas reducidas a expedientes. En ese contexto, palabras como “purgas” circulan no como categorías técnicas, sino como intentos de nombrar una violencia que se percibe como limpieza: la voluntad de despejar el espacio social de aquello que incomoda.
La institucionalización de la exclusión del “otro”
La Argentina no queda al margen de este clima. Bajo la presidencia de Javier Milei, comienzan a insinuarse medidas que, más allá de su implementación efectiva, reconfiguran el horizonte simbólico de la migración. La posibilidad de arancelar servicios públicos como la universidad o la salud para personas extranjeras, junto con la insistencia en agilizar deportaciones, no aparece como una serie de decisiones aisladas. Más bien, componen una narrativa donde el migrante deja de ser parte del tejido social para convertirse en carga, abuso o problema.
En un país cuya historia está atravesada por migraciones sucesivas, ese giro no es menor. El argumento de la equidad o del costo fiscal desplaza una tradición de ampliación de derechos hacia una lógica de restricción. Pero lo que está en juego excede cualquier cálculo económico: es la forma en que una comunidad decide nombrar a quienes la habitan. Cuando el acceso a derechos básicos comienza a filtrarse por el origen, cuando la hospitalidad cede ante la sospecha, se abre un umbral delicado: el de una ciudadanía escalonada, donde no todos los cuerpos importan del mismo modo.
Estas políticas no emergen en el vacío. Dialogan con un clima global en el que la figura del migrante es asociada, cada vez con mayor frecuencia, al desorden o a la amenaza. En ese marco, la frontera deja de ser un trazo en el mapa para convertirse en una tecnología que organiza jerarquías humanas. Y la paradoja se vuelve inevitable: en una sociedad construida por migrantes, negar al otro es, también, una forma persistente de negarse a sí misma.
La memoria del movimiento
Pero hay algo más profundo en juego. Porque estos discursos no solo excluyen: también niegan la historia. Pretenden congelar lo que siempre fue movimiento. Olvidan que todos venimos de otra parte. Que no hay origen sin desplazamiento. Que incluso quienes se piensan como “nativos” son, si se retrocede lo suficiente, descendientes de migrantes.
«Todos somos inmigrantes” no es una consigna moral. Es un dato antropológico. Una verdad incómoda para cualquier proyecto que necesite fronteras rígidas para sostenerse.
Quizás por eso incomoda tanto. Porque obliga a aceptar que la identidad no es propiedad, sino proceso. Que lo propio está hecho de lo ajeno. Que el otro no viene a alterar un equilibrio, sino a continuar una historia que nunca fue estática.
En un mundo atravesado por crisis – climáticas, económicas, políticas – la tentación de cerrar, de endurecer, de simplificar, es fuerte. Pero la historia larga de la humanidad sugiere otra cosa: que sobrevivimos no cuando nos aislamos, sino cuando nos conectamos. No cuando negamos al otro, sino cuando encontramos formas – siempre imperfectas – de convivir con él.
Sábado, 18 de abril de 2026.

Bruno Carpinetti es Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública. Actualmente es Profesor Titular de Ecología General y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y Profesor Titular del área de Gestión de Riesgos en la Universidad Nacional de La Plata.

La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista