

El mundo de la riqueza concentrada impone un nuevo régimen de establecimiento de la verdad: “es verdad lo que yo digo porque tengo el poder para imponerla.” Lidia Ferrari aborda la complejidad de un nuevo orden mundial en el cual la única moral es la del ganador, y el que pierde en el mundo real no está moralmente disculpado.
Por Lidia Ferrari*
(para La Tecl@ Eñe)
Acabo de escuchar una entrevista realizada en septiembre de 2025 a Alex Karp, el CEO de Palantir, la mayor empresa de software de seguridad del mundo que brinda servicios, entre otros, a los israelíes en el genocidio de Gaza y a la operación antiinmigrantes de Trump. Comparto algunos fragmentos a los que le siguen mis atribulados comentarios.
“- Hay manifestantes que protestan en tu contra. ¿Por qué protestan? ¿Quiénes son?
-Probablemente la gente que protesta contra mí sólo ha oído que debía protestar contra mí. Tomemos la versión intelectualmente rigurosa de por qué estarían en contra de lo que estamos haciendo. Existe la idea errónea de que la IA y la tecnología van a dejar afuera a todos los que no están en esta sala y por eso mucha gente está protestando. En realidad, están protestando porque no tienen forma de entrar en esta sala. Y como están convencidos, entran en lo que llamo modelos filosóficos o empíricos super regresivos e inoperantes en los que asumen que los perdedores son nobles. En realidad, lo que están asumiendo es en que no pueden ganar. (…) Creo que hay un problema con nuestras principales instituciones que han tomado nuestras cosas más valiosas para enseñar y las han convertido en una especie de mierda estalinista que no tiene correlación con todo lo que funciona en occidente, que es el logro individual. Si tuvieras que decir cuál es el valor central de USA, qué es lo que hacemos mejor en USA que en otros lados, es permitir que las personas expresen su arte individual con el que ganar sin culpas. Luego, como creen que están en el lado perdedor de esto, asumen que la moralidad no puede estar en su contra. Si eres profesor en Berkeley y enseñas Heidegger, enseñas que perder es bueno porque has perdido. Crees eso porque eres el noble perdedor. Esto se vuelve super peligroso y es donde tenemos que hacer un gran trabajo. Se trata de asumir que no hay verdad en lo que creen. No hemos hecho un trabajo adecuado para ayudar a las personas de abajo. (…)
Van a tener que luchar para ganar (dirigido a la audiencia). Soy una de las pocas personas que alza la voz. Van a tener que hablar con la gente de por qué tienen derecho a ganar porque se lo pueden quitar. Así que van a tener que luchar. Derecha e izquierda precisan una patada en el trasero. Tenemos derecho a ganar, necesitamos ganar. Tienen un derecho individual para ganar en este país y no se lo pueden quitar. (…)[pone como caso a Alemania] La forma en que te suicidas en occidente es dejar de creer que tu cultura particular tiene algo superior en ella. (…) no hay nada malo en decir que estás orgulloso en decir que sos alemán. (…) Francia y Alemania se han vuelto anti meritocráticos. La gente que protesta o los profesores de Berkeley les han enseñado a protestar.
(…) Equiparan perder moralmente con ganar en el mundo real de forma inmoral. Una forma descabellada de pensar porque al final todo el mundo tiene valores cristianos. (…) los hombres de las cavernas, el más fuerte sobrevivía y el más débil moría. Y así era como medíamos lo que estaba bien y lo que estaba mal. Pero lo que se convirtió en correcto e incorrecto fue la noción del bien y del mal, poner la otra mejilla. (…) lo especial de USA es el calvinismo, somos la cultura más calvinista del mundo, y de hecho los manifestantes son anticalvinistas. ¿Qué significa el calvinismo? El calvinismo celebra el éxito. De hecho, todo el mundo lo dice en USA, ya seas judío, musulmán, cristiano, el trasfondo subyacente de USA es esta visión calvinista. Las culturas anticalvinistas de Europa sostienen que detrás de cada gran éxito hay un gran crimen. Eso no lo tenemos en este país. Si esto falla básicamente terminas en una situación en la que todos los que tienen éxito, los que tienen un éxito desproporcionado terminan en un muro de fusilamiento. (…) Los progresistas quieren que seas pobre.”
No es sencillo comentar esta posición tan arrogante del CEO de la empresa de software de seguridad que controla nuestras vidas. En primer lugar, parece que están decididos a montar una estrategia narrativa para modificar ideas de quienes suponen podrían estar en su contra. No debe ser casual que este discurso haya sido pronunciado luego de las grandes manifestaciones y movilizaciones en todo el mundo no sólo contra el genocidio en Gaza, sino también contra las políticas antiinmigrantes, de concentración financiera, etc.
En la década del ’50 la entrada al circuito del consumo con el aliado de las películas de Hollywood, fueron el aparato de consenso más eficaz para que todo el mundo estuviera apoyando ese modo de vida occidental, el triunfante American Way of Life. Pero también estaban disponibles para repartir a las clases populares objetos a consumir que ponían en marcha la máquina industrial y cierta calidad de vida más distributiva. En esta época en la que el modelo concentrado financiero expulsa al 80% de la población y empobrece a las clases medias, no hay mercancías para procurarse consenso. Es probable que no les importara demasiado mientras realizan sus fechorías. Pero las manifestaciones y movilizaciones por todo el planeta quizás los haya llevado a pensar que perder cierto consenso, más allá de la impunidad con la que se manejan, no se debe descuidar. Este Ceo, que no debería ocuparse de cómo convencer del modelo que contribuye a construir, sin embargo, se está tomando la molestia, como lo dice, de alzar la voz para que las víctimas del sistema sean aliados y no enemigos. Las víctimas que no van a encontrar algún beneficio por el acatamiento al sistema deben ser llevadas a su redil. Es evidente que asumen que algo no está funcionando cuando dice “No hemos hecho un trabajo adecuado para ayudar a las personas de abajo”. Netanyahu lo ha dicho también, que han perdido en las redes sociales. Lo traduzco: debemos hacer algo para convencer a esta gente de que no es como ellos creen.
No deja de ser grotesco que hombres tan poderosos, que deciden vida y muerte de miles o millones, estén preocupados por cómo son considerados. Es probable que no sea esto lo que promueva su discurso, sino una operación más amplia y ambiciosa de modificar una subjetividad que, pese a avances y retrocesos en la historia de nuestra cultura, sostuvo ideologías y religiones que no abandonaban impiadosamente a los vulnerables o más frágiles. ¿Cuáles son sus armas para transformar una ética de derechos y piedad para el oprimido, en una suerte de Vae Victis! del vencedor?
No posee demasiadas armas salvo esa que enuncia al inicio: “Protestan contra mí solo porque han oído que debían protestar contra mí”. Está convencido, y lo acompaño en esa idea de que las narraciones crean subjetividad. No sólo se trata de ideología, política, moral, sino que ellas se sustentan en eficaces narraciones. Los relatos que hemos heredado de ciertas morales, filosofías y religiones están inscriptos en nosotros. La religión cristiana (más allá de sus vaivenes como una religión del poder) tiene en su doctrina no vanagloriarse de la riqueza, del éxito, y estar con los últimos y los más humildes. Por eso este CEO debe reivindicar al calvinismo de Estados Unidos. Para defender su mejor valor: el triunfo individual sin culpa. Estados Unidos, el país más calvinista, celebra el éxito (y desprecia los perdedores). Si bien la impunidad con la que cuentan estos mega ricos los debe hacer sentir muy poderosos, algún fantasma los debe acosar. ¿Será un fantasma cuando menciona lo descabellado de una moral de los perdedores, aquella que considera que quienes tienen un éxito desproporcionado pudieran terminar en un muro de fusilamiento?
Lo interesante es que define muy bien el mundo en el que se encuentra y en el que nos encontramos. Karp y su audiencia son ganadores. Todos los demás, los de afuera, somos perdedores. Está convencido, o querrá convencer a su audiencia, que los de afuera querrían estar allí. Protestan porque no pueden entrar a esa sala exclusiva de ganadores. ¿Estará convencido que no hay otro deseo en la vida para el resto de los mortales que estar en posición de triunfador (de dinero)? ¿O querrá persuadir, como lo realiza eficazmente el sistema que han construido, que lo único que vale y por lo que hay que luchar es ser un ‘ganador de dinero’? Agrego lo de dinero porque parece ser que han llegado a los niños y adolescentes con ese ideal donde el ganar está en relación con el dinero: ganar followers es uno de los modos de monetizar la existencia, una forma de obtener el título de ganador.
El CEO pretende que esos allí reunidos tomen cartas en una lucha para convencer de que el éxito y el ganar no sean vividos con culpa. ¿A quiénes hay que convencer de ello? No seguramente a esos allí reunidos que le creerán, o a los que como él son desproporcionadamente ganadores. Si no es a los ganadores ¿para qué quiere convencer a los perdedores de que ganar no te dé culpa? De lo que hay que convencer a los perdedores es de que eso está bien, que ser exitoso no es una injusticia social ni se trata de una falta de oportunidades, ni desproporcionada desigualdad o de rapiña, saqueo y ocupación a los pueblos. Hay que convencer que a los ganadores no hay que lincharlos. Nos está diciendo, también, volvamos a las cavernas donde el más fuerte sobrevivía y el más débil moría. Abandonemos cierta idea del bien y del mal, de lo moralmente aceptable, que la única moral es la del ganador y el que pierde en el mundo real, no está moralmente disculpado.
No deja de inquietarnos que todo sea tan explícito. Pero hay una trampa en este discurso que parece ser explícito. Cuando interpreta al profesor que enseña en Berkeley, que perder es bueno porque es un perdedor, agrega que eso se vuelve super peligroso porque “no es verdad en lo que creen”. Aquí incluye la noción de verdad, ya no la del bien y del mal. Si no se trata de lógica o de evidencias, se tratará de que lo que digo yo es verdadero y lo que dice el otro no.
Me recordó a una periodista italiana muy mainstream (L) que en una discusión con otro periodista (M) que decía cosas de Europa que no se deben decir en los medios, en un intercambio fuerte de ideas se produce el siguiente diálogo. Me sorprendió porque nunca había escuchado a (L) hablar de poseer la verdad de forma tan tajante y soberbia.
-(L) Estas son naturalmente tus opiniones.
– (M) Claro, yo digo siempre mis opiniones, no las tuyas.
-(L) Obvio, las mías no son opiniones.
-(M) Claro, las tuyas son verdades reveladas.
A cada “opinión” que no le gustaba a (L) lo interrumpía diciendo “pero esto no es verdad”.
-(M) Cada vez que digo lo que pienso yo, me dices que no estás de acuerdo. Perfecto.
-(L) No, no es que no estoy de acuerdo, es que no es verdad
Se hizo viral el intercambio porque era evidente la incomodidad de (L) que se estuviera diciendo algo que no debía decirse.
¿Se entiende la estrategia? No sólo estamos frente a una batalla moral, ideológica y política. Estamos frente a una discusión que involucra lo que es verdadero y lo que no. Ya no se puede opinar de forma diversa a lo establecido por ciertos poderes. No sólo se trata de ser un ganador, sino que la verdad está de su lado. Eso no se discute. Un nuevo régimen de establecimiento de la verdad: es verdad lo que yo digo porque tengo el poder para imponerla.
No sólo pretenden el poder de hacer y deshacer, de exterminar, expulsar, empobrecer con toda la moralina de la meritocracia, de los logros individuales, del éxito sin culpa, sino que, además, los excluidos de ese orden de cosas deben admitir que es allí donde se encuentra la verdad. Esta categoría, lo que es verdadero y lo que es falso, entra en otro registro a partir de ahora. Si tengo todo el poder, soy el gran ganador, poseo una riqueza colosal, no sólo no tienes derecho a protestar, a opinar diferente, a esgrimir una filosofía de perdedor o luchar por un plato de pan, sino que tienes que admitir que lo mío es lo verdadero y lo merecido. El éxito en el mundo real, como lo dice el CEO, es la evidencia de una verdad a la que nos debemos.
Me hizo recordar varios pasajes de mi libro “La diversión en la crueldad” cuando no sólo se trata del goce en ocasionar la crueldad de quienes tienen el poder de hacerlo, sino también su pretensión de reconocimiento y hasta gratitud, esto es, la pretensión del goce en el humillado.
No es casual que pretendan destruir la educación, las universidades, los institutos científicos, Heidegger. Que pretendan imponer por la fuerza (añoran la caverna) un orden de cosas excluyendo a una mayoría de la población -eso lo hacen por el peso propio del poder que poseen-. Sino que pretenden esclavos, humillados, pobres, expulsados, perdedores que les rindan pleitesía. No deja de recordarnos a los israelíes que se divierten humillando palestinos. Pretenden que olvidemos sagradas y milenarias escrituras que enseñaban a acudir al humilde, al enfermo, a proteger a los vulnerables. Pretenden que liquidemos los derechos humanos conquistados con luchas para ponerse ellos en el lugar de los luchadores de una verdad incontestable: La impunidad que me da el poder y dinero que poseo para hacer lo que me venga en gana nunca deberá ser juzgado. Esta es la nueva verdad de nuestro mundo. El que piensa otra cosa no sólo está errado, sino que es un perdedor, un afuera del mundo.
De alguna manera es una aplicación sui generis del Pathos de la distancia de Nietzsche, sólo que el filósofo proponía una cultura de los fuertes, una moral aristocrática con la idea de que eso iba a contribuir a formar individuos de una moral noble que elevarían la cultura humana. Estos no tienen ninguna pretensión de elevación moral, psicológica o filosófica, sino de elevación de cuenta bancaria. Un mundo que tiene lugar solo para un puñado de personas inmensamente ricas que, además, se arrogan la pretensión de que nadie pueda contrastarlos o juzgarlos. Todo en nombre de los valores occidentales.
Domingo, 14 de diciembre de 2025.
*Psicoanalista, escritora y ensayista.

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1 Comment
Siempre me había preguntado por qué no lo habían fusilado al Capitán América. Claro, era Alex Karp. Gracias, Lidia, por develármelo.