

Entre la memoria del terror y la intemperie del presente una misma sombra insiste: la del poder que banaliza la vida, fractura lo común y convierte la desigualdad en destino. Desde las ruinas del genocidio a la anestesia del mercado absoluto, persiste una lógica que desprecia la existencia comunal y teme a la igualdad. Si la historia es lucha, también puede volver a ser movimiento. Este texto interroga esa continuidad y convoca, otra vez, a torcer el rumbo de la historia.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
Tal vez haya dos elementos de continuidad entre la dictadura genocida y el presente político nacional dominado por las fuerzas tanáticas de la Libertad Avanza. El conflicto total y la desigualdad. Con conflicto total me refiero al antagonismo absoluto organizado -tanto por la dictadura como por el capitalismo en su fase fascista, ambos poderes animados por la pérdida del respeto por la condición humana del oponente: el del antagonismo sin odio- contra todo lo que no está contenido dentro de su campo de fuerzas, que es el antagonismo radical con la democracia; sobre todo con la estatalidad democrática plebeyizante emancipatoria porque ésta encarna un poder manifiesto, acostumbrado a moverse dentro del espectro de la visibilidad de los acuerdos, las tensiones, las decisiones, la política. En cuanto a la desigualdad, nombra los desequilibrios inherentes a la sociedad capitalista, que está dividida entre las mujeres y los hombres que venden su fuerza de trabajo para vivir, por un lado; y quienes la compran y la explotan e intentan pagarla lo menos posible, por otro. Entre esas clases se elabora un conflicto de intereses fundamental e irreductible, que hoy se intenta disimular apelando a la narrativa de “los ciudadanos”, “los argentinos (de bien)”, “el mundo de la empresa”, “las comunidades identitarias (desclasadas)”. Así como también se lo intenta sofocar a través de la desnaturalización de las organizaciones específicas de lxs explotadxs: partidos, movimientos, sindicatos, centros de estudiantes, etc. Este conflicto se verifica en el orden económico, en el de la justicia, en el de la mediaticidad, etc. En las sociedades orientadas por la vida capital -es decir por la acumulación de capital como fin único y último- existen asimetrías estructurales y marcadas. El capitalismo en su fase fascista -palabra que nombra una potencia y una forma política antidemocrática transhistórica, que trasciende tiempo y espacio- tiende a solidificar y profundizar todas las desigualdades en lo que respecta al acceso a los bienes esenciales, a la participación, y en términos de ingresos y riqueza; por ende, de poder. Para llevar a cabo su proceso desigualizante el capitalismo en su fase fascista debilita a la democracia, especialmente a la estatalidad democrática plebeyizante emancipatoria. Además de agudizar las desigualdades, las vuelve tolerables, aceptadas, o sea que deje de llamarnos la atención ver seres humanos desnutridos arrojados a la calle. Para hacerlo pauperiza a grandes masas trabajadoras, deja sin trabajo a grandes contingentes clasistas cerrando pequeñas fábricas y negocios: aparatos de producción nacional. Esto genera un pánico en lxs que todavía conservan “el milagro” del trabajo y empiezan a aceptar cualquier condición con tal de no perderlo. Además, el capitalismo en su fase fascista ensalza mecánicamente el mercado. La economía entonces se afirma por sobre la política. Pues, la democracia constituye un peligro para este poder tanático que ha retornado y tiene una de sus terminales nerviosas evidentes en la figura del vicepresidente.
Qué hacer
La depresión actual en las filas del movimiento emancipatorio se expresa a través de la profundización del fraccionalismo -por otra parte, histórico, en el campo nacional y popular- y se acentúa por medio de los clivajes al interior del movimiento. En el instante reaccionario se ponen en tela de juicio todos los valores. Por ejemplo, la reciprocidad y la cooperación -siempre débiles dentro de las sociedades liberales, pero que en el momento de la Patria Grande habían sido más o menos aceptados en tanto valores comunes- se resquebrajan. En este instante, para no abundar, el mercado incrementa la venta del monociclo “Solowheel” -medio de transporte e ideologema de la individuación societal- y la ciudad es inundada por propagandas cloacales que rezan: “el otro sos vos”, malversando la expresividad de la anterior emancipación (“la patria es el otro”), reduciendo lo social a un conjunto de ciudadanos y ciudadanas autónomxs preocupadxs por sí mismxs, desconectadxs de lo común. La ilusión que quieren imponer es, en efecto, que no hay esfera común. En el instante reaccionario, las minorías tienden a volverse rígidas y, por ende, intolerantes. De eso desciende que la temporalidad política se expande, la mayoría tarda en constituirse y mantenerse como tal, una divisa común demora en aparecer y se experimenta una sensación de desorientación que perdura en el tiempo. En el momento reaccionario en las asambleas se escuchan reflexiones identitarias desligadas del concepto y la fuerza clasistas, estructuradas alrededor de un díctum tendencialmente individualizante. Víctor Serge, revolucionario de matriz anarquista metido a bolchevique, y profundo escrutador de la filosofía revolucionaria de la historia, en Memorias de un revolucionario, anota que “Es la carencia de los otros lo que hace la fuerza de los Führers. A falta de una bandera digna, se pone uno en marcha detrás de banderas indignas. A falta de metal puro, se vive con moneda falsa” (p. 48).
Si esto se acepta, una pregunta teórica que espera empalmarse con el movimiento, podría ser: ¿qué hacer? O más ampliamente: ¿qué hacer para salir de este instante reaccionario y dar un paso más en la historia de la emancipación? Pues ya lo hicimos luego del lapso desaparecedor del 1976-1983.
Movimiento
En la historia de la humanidad el movimiento hacia la igualdad ha seguido el surco de una dirección emancipatoria. Se desarrolló desde ya a través de conflictos sociales profundos y luchas políticas enfáticas, es decir: de lucha de clases. En cuanto a la clase, quiero recordar un pasaje marxiano: “En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, sus intereses y su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquéllas forman una clase” (Marx, El dieciocho brumario de Luís Bonaparte, p. 130). La dirección del movimiento hacia la igualdad ha implicado superar la infamia del sistema esclavista; abolir coronas y monarquías; matizar los privilegios de aristocracias, oligarquías y burguesías; organizar momentos insurreccionales que confluyeron en esos “excesos” de la historia (que llamamos revoluciones); lograr el ascenso de los movimientos obreros; conseguir el sufragio universal -masculino antes y femenino después-; ampliar la ciudadanía y el derecho al voto de lxs no propietarixs, lxs trabajadores, lxs habitantes de las colonias -esto nos habla de la lucha por la inclusión progresiva de grupos sociales antes marginados y de la eliminación gradual de las barreras de la propiedad; elevar los procesos de liberación y descolonización (a consecuencia de eso los movimientos indígenas se religaron a nuevas formas de estatalidad, por ejemplo, en la experiencia reciente del MAS en Bolivia); disponer campañas de alfabetización masivas que posibilitaron volver aprehensible la realidad para las grandes masas religadas al trabajo; aminorar las desigualdades sexo-genéricas, las raciales, las clasistas, y en alguna medida aquellas entre el norte global y el sur de la tricontinental (recuerdo el instante de resplandor del ALBA), etc. Esta serie incompleta y desordenada muestra que las cosas dadas -en el orden de la reacción- lograron modificarse a través de la lucha de clases y la movilización política.
Sin embargo, el capitalismo resiste, y entonces la desigualdad aún es una materialidad concreta. Por eso mismo la igualdad es de difícil concreción en sociedades en que la relación entre riqueza y poder -o entre “ganadores” y “perdedores”- organiza permanentes desequilibrios en el orden económico, de la justicia, de la mediaticidad, etc. En las sociedades orientadas por la vida capital existen asimetrías estructurales y marcadas que a veces son profundizadas por ciertos poderes cargados de tanatismo e integrados por individuos cargantes. Los dueños de todo cultivan a los fascistas para que con los fascistas los dueños de todo ganen siempre más. El capitalismo en su fase fascista tiende a solidificar las desigualdades. En este panorama, Milei sostiene lo contrario: “Hemos sacado de la pobreza a doce millones de argentinos”. Aseveraciones de esta índole son posibles porque el poder fascista quiebra el contacto con el principio de realidad, a la que le sobreimprime un discurso esquizoide. Estas modalidades tienen su antigüedad en la historia. Marx ya las había identificado en un mascarón de proa como Luís Bonaparte: “acosado por las exigencias contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador a atraer hacía sí, mediante sorpresas constantes, las miradas del público […] y por lo tanto a ejecutar todos los días un golpe de Estado en miniatura, […] lleva el caos a toda la economía burguesa, […] engendra una verdadera anarquía en nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la máquina del Estado del halo de santidad, profanándola, haciéndola a la par asquerosa y ridícula” (p. 143). En este pasaje reconocemos un punto de historicidad del fascismo anterior al fascismo arqueológico.
El poder que gobierna una parte conspicua del mundo -el capitalismo en su fase fascista- tiende a aumentar las desigualdades, a sofisticarlas y a volverlas indiscutibles, a naturalizarlas. En términos generales, la política del experimento teratológico nacional consiste en sostener a la clase de la gran propiedad tecnofinanciera global con los fondos públicos, con la fuerza de trabajo nacional y en dejar que las personas comunes y corrientes se las arreglen por su cuenta. Esta es una de sus racionalidades, con las que afecta también al capitalismo local productivo. FATE -me refiero a lxs trabajadores que la sostienen- es uno de los últimos ejemplos en este calendario de vejaciones.
Para llevar a cabo su proceso desigualizante el fascismo debilita la democracia, y más precisamente a la estatalidad democrática plebeyizante emancipatoria; desencanta a sus sostenedorxs y quienes más tienen para beneficiarse con ella. La idea de democracia remite a un poder y a un modo de legitimación del poder. La esencia del Estado republicano democrático plebeyizante emancipador radica menos en el voto que en el desarrollo de un sentimiento de respeto por las ideas y las acciones contrastantes que hacen a los intereses compartidos de la comunidad y a las distintas modalidades de la vida en común. En las venas de la democraticidad -especialmente aquella (pre)ocupada por una inclinación plebeya emancipatoria- fluye la complejidad, incluso en tanto sistema de gobierno con potencialidades limitadas (y contradictorio en el modo de organizar jerárquicamente la igualdad). Complejidad, entre otras dimensiones, quiere decir dotar al mayor número posible de personas de una condición ciudadana. Es decir: de herramientas interpretativas para comprender los núcleos de las escenas contemporánea en su perspectiva histórica y de instrumentos de participación para sofisticar los modos de vida en común. El/la ciudadanx -en las democracias plebeyas emancipatorias- está invitadx a interesarse, participar, informarse fehacientemente (filtrar), a saber y tratar de entender, a debatir y a decidir: sobre cómo evaluar los bienes, sobre cómo conceptuar la idea de buen vivir, sobre las distintas contribuciones que las clases deben hacer a la economía y al bien común, etc. Entonces, las democracias plebeyas emancipatorias abren debates complejos, conflictivos y contradictorios sobre cómo proceder respecto de estos asuntos. Pero puesto que vivimos en sociedades liberales, por ende “pluralistas”, no estamos de acuerdo en cómo proceder ante esos asuntos. De allí la búsqueda de modos o instrumentos “neutrales” que nos eviten -o aminoren- el conflicto; la lucha de clases, esencialmente, puesto que ésta requiere participación -sofistica la democracia representativa-, una cuota mayor de trabajo y energías para desandar los conflictos sociales con vistas a llegar a una resolución, que es siempre más difícil cuando se pretende favorecer de la clase trabajadora.
Para mascarones como Milei -y antes de él, para Reagan y Thatcher- la “solución” para los conflictos surgidos por el acceso desigual a los recursos radica en la magia del libre mercado. En los mecanismos del mercado se encontrarían los instrumentos -¿beneficiosos para quiénes?- para definir y alcanzar el bien público. Esta fe brota de la falsa creencia de que los mercados producen un aumento de la prosperidad (esto vale sólo para la clase del capital) cuando a ojos vistas es todo lo contrario, si es que aún podemos identificar “el dato” de esas masas de seres humanos de clase trabajadora arrojados a la intemperie de la indignidad. Historias de vida que son síntesis descarnadas de procesos de desigualdad en plena profundización. “La fe en el mercado surge […] de cierta inspiración liberal a la neutralidad respecto a las concepciones sustanciales de los valores y la buena vida. La idea es ésta: […] no estamos de acuerdo en cómo evaluar los bienes y no estamos de acuerdo en la naturaleza de la buena vida. Por lo tanto, idealmente, nos gustaría confiar en instrumentos neutrales que nos eviten tener que tomar explícitamente estas decisiones, ya que estaríamos en desacuerdo. Obviamente, sabemos que los mercados no son instrumentos verdaderamente neutrales con respecto a los valores, pero la esperanza mal depositada de que los mercados puedan evitar que discutamos y decidamos sobre cuestiones controvertidas relativas al bien común es un gran motor de su atractivo” (T. Piketty / M J. Sandel, Uguaglianza. Che cosa significa e perché è importante,pp. 47-48). Y un emergente del mercado, en esta serie de cosas, es la EA: la estupidez artificial.
Mientras la democracia plebeya emancipatoria latinoamericana nos convocó a una intensa participación -y nos puso ante una mayor exigencia de la vida en común-, luego de la crisis sobredeterminada por la pandemia aparecieron poderes ubicados por fuera del espectro democrático. Poderes propios de la homología social y política, que no toleran a nadie que no sea como ellos -allí el parecido con la experiencia genocida de la última dictadura-, y que bajo el supuesto de que el mercado produce un aumento automático de la prosperidad -cuando en realidad genera las mayores desigualdades y una intensificación individualista notable, puesto que convierte todo lo que puede ser común en negocio- organizaron el momento fascista. El fascismo en este sentido es la banalización de la complejidad, inherente a la democracia plebeya emancipatoria. Banalizar está a años luz de simplificar, acción que remite a complejas operaciones cognitivas y pragmáticas para identificar lo superfluo y discriminarlo de lo esencial. Banalizar alude a un procedimiento homólogo de la simplificación, pero entre lo superfluo y lo esencial se retiene la cáscara. Ante toda situación compleja la democraticidad plebeya emancipadora habilitaba múltiples posibilidades de resolución porque convocaba ideas concurrentes cuya síntesis solía operativizarse a través de políticas específicas para resolver tal o cual problema común. Los poderes que se afirmaron con la pandemia convencieron a muchxs de los “beneficios” de una dirección fascista. Con la emergencia, la organización y la institución de esa dirección cada cual deberá ocuparse de lo suyo, de lo propio, de sus propios asuntos. En suma: de la banalidad individual de la vida. Esto quiere decir delegar todo lo demás -más allá de la banalidad individual de la vida- en el jefe, llámese Trump o Milei o Meloni.
Igualdad
Una tarea del campo de la emancipación es asumir el desplazamiento de las energías depositadas en la esfera de los símbolos -el de la “batalla cultural”, que le dicen, que bien visto es una trampa diseñada para inhibir nuestra fuerza social transformadora- hacia la lucha de clases con vistas a una refundación y ampliación de un movimiento por la igualdad que dé un nuevo paso en la historia de la clase trabajadora. Si lo hicimos en el pasado, podemos volver a hacerlo, en el territorio que nos incumbe: la Argentina, porque la historia nos señala que las luchas del pasado pudieron ser organizadas, desplegadas y ganadas. No es sencillo, pero es posible. Este movimiento brota de la movilización social y de una fuerte e imponente demanda política por la reciprocidad. Surge de la igualdad política, que quiere decir tener voz dentro del Estado, tomar decisiones desde el corazón de la estatalidad con un sentido de clase, tener poder, participar. Igualdad quiere decir también igualdad de derechos en el acceso a los bienes fundamentales: educación, salud, vivienda, comida (sana), movilidad, acceso ordinario a una información veraz y chequeada (filtrada, incumbencia de las instituciones), derecho al voto y la participación más sofisticada posible en las diversas formas de vida comunal.
Junto con el movimiento a la igualdad es menester la abolición de los privilegios de la clase de la gran propiedad, en su fracción terrateniente, financiera, comercial e industrial, local y global. Este propósito implicará limitar el poder de los monopolios corporativos locales y globales, la acción desigualizante de las aristocracias tecno-financieras y aquella de los individuos mil millonarios que ejercen una influencia desproporcionada y confusional en la política, el mercado, los medios, las subjetividades: la existencia trabajadora. Implicará también limitar la desigualdad inherente al poder de adquirir el tiempo de los demás, pues en el mundo existe un puñado de individuos mil millonarios que con una hora de sus ingresos compran un año completo del trabajo de millones de trabajadores. El límite que imaginamos condicionará los efectos más descarnados de los flujos libidinales de capital dentro la esfera pública para reponer todos los modos de una vida comunal.
Para afirmar la concreción de la igualdad radical; para reestablecer un orden cooperativo; para impedir que la sociedad se hunda en la barbarie bestial que produce la indignidad desorbitada de la pobreza provocada por la acumulación recargada de riqueza organizada por los libertarianos -o los trumpianos o los melonianos- en favor propio y de la clase de la gran propiedad es necesario agregar todas las energías positivas -de clase- del país para detener la fragmentación absoluta del lazo social impulsada por el poder de gobierno. Esas energías positivas deberán limitar la acción de la clase de la gran propiedad y obligarla a trabajar si quiere comer. Obligarla a que no siga explotando a la clase trabajadora hasta la brutalización dictada por la “reforma laboral” pre-esclavista.
Una tarea del movimiento que estamos imaginando podría consistir entonces en desplazar el poder tanático absolutista del corazón de la estatalidad para afirmar la libertad en su estado mayor: acompañada de la igualdad, la solidaridad y la dignidad humanas y clasistas.
A 50 años del golpe de Estado contra el pueblo debemos dar un nuevo paso en la historia de la emancipación.
*Filósofo y analista político. CONICET.

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