

A propósito de la Revolución Permanente.
Por Mario Casalla*
(para La Tecl@ Eñe)
El río Chururbusco, en Coyoacán (México DF) no se parece en nada al río de la Plata, pero no era la hidráulica la que me llevó allí, sino visitar el número 410 de la avenida costanera, donde tuvo su último hogar un revolucionario tan íntegro como ilustre: León Trotsky. Invitado a México, hice un hueco en la agenda para volver a respirar –aunque más no sea por un rato- el aire fresco del jardín trasero y recorrer la casa con la vana esperanza de encontrarme con Sieva y preguntarle por su abuelo León. Lamentablemente esto último no fue posible, pero lo primero sí. Merced a la hospitalidad de sus cuidadores, reviví el fresco de ese jardín y la energía y la fuerza que –aún vacío de gentes- transmiten las paredes de su estudio. Ese mismo donde Ramón Mercader (infiltrado al círculo íntimo como “Jacques Mornard”) se le acercó -con el pretexto de entregarle un artículo periodístico- y terminó clavándole un piolet en la cabeza. Era la nefasta tarde del 20 de agosto de 1940 y la mano stalinista (que antes había matado a casi toda su familia y a miles de fieles seguidores dentro y fuera de la URSS) lo alcanzó en América Latina. Acusado y difamado públicamente como “servicio de inteligencia e instrumento de la derecha reaccionaria”, de poco sirvió la posterior prueba de falsedad absoluta. A pesar de que una comisión especial –encabezada por el célebre filósofo John Dewey- estudiara puntillosamente el caso y llegara a esa conclusión, la piqueta asesina de Mercader pudo más y llegó más rápido. Debo confesar que –mirando un hermoso retrato de su juventud- pensé por un momento en la inutilidad de la filosofía cuando los stalinismos (de izquierda o derecha) optan por el trépano craneal. Algo que sólo la prudencia y la justicia pueden enmendar.
Asilo y derechos humanos
Funciona allí también el Instituto de Asilo y Derechos Humanos, lo cual es congruente. México ha sido y es –estrictamente hablando- generosa tierra de cobijo y refugio para cientos de perseguidos políticos de todo el mundo. Lo saben muy bien las generaciones de latinoamericanos azotados por recurrentes dictaduras, los miles de republicanos españoles que llegaron huyendo del franquismo y el mismo León Trotsky. Fue el 9 de enero de 1937 cuando –acompañado por su mujer, Natalia Sedova- desembarcó en el puerto mexicano de Tampico, donde los esperaba otra singular pareja: Frida Kahlo y Diego Rivera. El general Lázaro Cárdenas -entonces presidente de la República- les mandó el tren presidencial para que viajaran a la ciudad con total seguridad. Nunca les pidió nada a cambio y concedió el asilo ni bien Diego Riviera y otros miembros heterodoxos del comunismo mexicano se lo solicitaron. Una actitud singularmente valiente, más aún teniendo frontera común con los EEUU y una fuerte resistencia en sectores de su gabinete. Sin embargo, al poco tiempo, el PC mexicano ya manifestaba por las calles portando carteles “Fuera Trotsky” y tildaba al general Cárdenas de “fascista y populista” por haberle dado asilo. Del otro costado, la oligarquía mexicana lo acusaba de “comunista” mientras EEUU le negaba la visa a pesar de haber sido invitado por la Cámara de Representantes. En fin, que el viejo León empezaba a hacer su experiencia latinoamericana: esa peculiar conformación de lo nacional y lo popular que no es comprensible del todo con la sola dinámica de la lucha de clases, ni mucho menos con la idea abstracta del individuo y la sociedad. Debate teórico y práctico todavía pendiente.
La cuestión nacional y popular
La experiencia del exilio y la persecución despiadada fueron para Trotsky, sin embargo, otro acicate intelectual y político. Es así que -a la vez que discute las tesis stalinistas del “socialismo en un solo país” y denuncia la transformación de aquélla revolución en un Régimen- empieza a entender mejor la realidad propia del mundo colonial, el fenómeno de los imperialismos y la dinámica de los nacientes Frentes Nacionales en situación colonial (paralelamente harían lo mismo Mao en China y Ho Chi Minh en Vietnam). La futura IV Internacional estaba en gestación. Ya en 1930 -exilado en la isla de Prinkipio, frente a la costa turca- Trotsky redacta un breve escrito donde expone una de las ideas centrales de su pensamiento político: “La revolución permanente”. Polemizando con Stalin y Radek, desarrolla allí su crítica al estatismo burocrático soviético y la necesidad de renovar, universalizar y profundizar continuamente el proceso revolucionario, so pena de que éste deje de serlo. Si bien esa expresión está originada en una circular redactada por Marx en 1850, los ricos desarrollos de Trotsky la vuelven guía de diferentes y posteriores pensamientos libertarios y democráticos. Con este escrito y muchos más ya a cuestas, embarca Trotsky en el petrolero Ruth hacia México y utiliza esa larga travesía para leer sobre historia de ese país y de América Latina. No extrañe entonces que –cuatro meses antes de su asesinato- publique su manifiesto “Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina” (marzo de 1940), donde se suma –desde el marxismo- a ya la larga prédica bolivariana en pro de la unidad continental; que en su artículo “Imperialismo y Revolución Nacional” (publicado en el diario “Crítica” de la Argentina, un mes antes) hable de la posibilidad y necesidad de conciliar los intereses nacionales liberadores con la construcción de la revolución a escala mundial. Que dos años antes (1938) recibiera en esta casa al militante obrero argentino Mateo Fossa y contestara un breve cuestionario (luego publicado bajo el sugestivo título de “Guerras nacionales y guerras imperialistas”). Allí Trotsky da sugerentes ideas acerca de cómo los marxistas en América Latina deben relacionarse con los nacionalismos emergentes (Cárdenas en México, Vargas en Brasil y el APRA peruano) y los exhorta a trabajar junto a ellos. Refiriéndose a los conflictos mundiales de esa época afirma, por ejemplo: “Verdaderamente hay que tener la cabeza vacía para reducir los antagonismos mundiales y los conflictos militares a la lucha entre fascismo y democracia”. Es una verdadera lástima que Trotsky muriera antes, ya que pocos años más tarde (el 14 de noviembre de 1945) nacía el Buenos Aires la Unión Democrática la cual -para enfrentar a la incipiente forma de acceso al poder que ensayaba la clase trabajadora argentina- operaba exactamente al revés y elegía como lema de oposición: “Por la libertad contra el fascismo”. Sin embargo, por aquellos mismos años, comenzaba también a escribirse la protohistoria del trotskismo argentino: aparecía el legendario GOR (Grupo Obrero Revolucionario), liderado por “Quebracho” (Liborio Justo, hijo del general Agustín P. Justo), de cuya primera composición participaron –según los mejores estudiosos del período- sólo ocho personas: Mateo Fossa (aquél militante obrero que entrevistó a Trotsky en México), Angel y Adolfo Perelman (este último también militante sindical textil, luego de gran influencia en la vida política e intelectual boliviana); Abadie (estudiante de Derecho), Constantino Degliuomini (hermano de Delia D. de Parodi, luego diputada peronista); Luis A. Murray (quien también posteriormente ingresaría al peronismo), Enrique Rivera y Jorge Abelardo Ramos (éste último luego fundador de la ya legendaria Izquierda Nacional). Separándose del comunismo clásico, aquel trotskismo adopta una postura inicial de “apoyo crítico” al peronismo (que identificaba como una forma de “bonapartismo”) la cual sin embargo irá cambiando con el tiempo y generando, al interior de la familia trotskista, sucesivas divisiones y fracturas que llegan hasta el presente. Pero claro, esta es otra historia. Y ahora estamos en la de Trotsky: un cráneo todavía intacto con el cual es posible pensar, polemizar y disentir con la misma pasión con la que él lo hizo. Vale la pena seguir intentándolo porque –aunque los trepanadores sigan al acecho- siempre habrá un León que, desde Coyoacán, aliente la lucha por las libertades y la justicia.
*Filósofo, preside la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales (ASOFIL).

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