

La zona gris es ideal para el mileísmo y sus dueños: no detiene ninguno de sus grandes proyectos destructivos. La ausencia de una oposición nacional clara es el aire que oxigena y da vida al gobierno.
Por Ricardo Aronskind*
(para La Tecl@ Eñe)
El año 2025 termina y el mileísmo completa 2 años de mandato en los que las orientaciones y acciones políticas, económicas y sociales que lo caracterizan están clarísimas, para quienes quieran y puedan verlas.
El mileísmo es continuidad y superación del neoliberalismo argentino que se estrenó en el poder en 1976, aquel golpe cívico-militar donde la élite argentina decidió “desempatar” el partido con los sectores populares y hacer un país a su imagen y semejanza. Eso vienen haciendo a través de sus sucesivas incursiones en el gobierno del Estado.
El mileísmo, en esa línea histórica Dictadura-Menem-Macri, es el gobierno más dispuesto a las concesiones al capital extranjero, a derrotar profunda y agresivamente a los trabajadores, a debilitar sistemáticamente todas las capacidades del Estado Nacional, y a subdesarrollar en forma más decidida al país. Estructuralmente apunta a obturar la posibilidad futura de que el país pueda ejercer plenamente su soberanía.
Dado el carácter absolutamente subordinado del mileísmo a los Estados Unidos, que a su vez está gobernado por un poder ejecutivo que asume abiertamente un papel imperialista en la región latinoamericana –ver los recientes documentos oficiales norteamericanos en materia de seguridad nacional-, puede especularse con la posibilidad de que este gobierno mileísta sólo esté haciendo las tareas preparatorias para posteriores etapas de desintegración nacional, de acuerdo a las necesidades de la potencia hemisférica.
Si se analiza el conjunto de las medidas tomadas por el gobierno en todos los campos que abarcan las políticas públicas, surge claramente una coherencia antinacional, dado que todas las medidas apuntan a debilitar a todos y cada uno de los aspectos que los países soberanos cuidan y protegen para mantener y consolidar su lugar en el mundo.
No hay distinción entre las doctrinas nacionales que siguen los Estados Unidos, la República Popular China, o la Federación Rusa, en cuanto al valor clave del poder industrial-científico-tecnológico-militar, con un rol central del liderazgo estatal –político y cultural- coordinando e impulsando a los sectores con capacidad de proyectar los intereses estratégicos nacionales.
La gestión Milei es la antítesis perfecta y total de lo que se debe hacer para ser una nación independiente capaz de gobernar su propio destino.
Pero el gobierno mileísta no es sólo acción de gobierno, sino también intento de cambiar la forma de pensar de una parte significativa de la población. Aprovechando lo sembrado por décadas de propaganda neoliberal incesante, el vacío social dejado por el espacio nacional y popular y la inefectividad discursiva de la izquierda, y utilizando el quiebre cultural y cognitivo generado por los nuevos dispositivos comunicacionales en sectores jóvenes, se está intentando instalar, en masas poblacionales relevantes, una ideología que refleja exactamente los intereses y apetencias de las corporaciones multinacionales.
No es sólo una ideología decididamente contraria a los trabajadores y sus derechos, sino también a las instituciones públicas que los protegen –muy debilitadas en nuestro país, pero que aún mantienen ciertas funciones de un pretérito estado de bienestar-.
Es una ideología que incluye elementos fuertemente antinacionales, contra la soberanía nacional, la cultura y los logros locales, y a favor de una abierta colonización por el capital norteamericano. Es una ideología que busca disolver las relaciones entre las personas con la sociedad, y potenciar la relación de las personas con las empresas, invisibilizadas éstas bajo la forma de “tecnologías” neutrales.
Un celular es una empresa, y es un proyecto de sociedad.
Socialmente el cuadro no requiere abundar en los daños ocasionados, y por ocasionar, incluyendo fenómenos tan oscuros como la declinación en la vacunación, como parte del descuido absoluto por la salud–física y psíquica- y las condiciones materiales de vida de las mayorías. No vacunar a los hijos habla de un empobrecimiento cultural y subjetivo que no tenía peso en nuestro país hasta no hace mucho tiempo.
En síntesis: no puede quedar ninguna duda sobre el daño enorme que este gobierno le hace a nuestra sociedad y a nuestro país, que no se está realizando en función de alguna acumulación originaria de capital productivo –que en el futuro nos dará el paraíso-, sino de negocios cortoplacistas de grupos concentrados cuyos excedentes terminarán en buena medida fuera de la economía local.
No hace falta ser extremista, ni radicalizado, para observar el cuadro dramático que este gobierno está provocando, rompiendo con parámetros civilizatorios que hasta ahora compartía buena parte de nuestra sociedad.
Este cuadro que no tiene perspectiva alguna de mejoría en el corto plazo, dada la composición e ideología lumpénica del personal de este gobierno y, fundamentalmente, a qué negocios corporativos está representando.

¿Milei contra el viento?
Muchos analistas han señalado, y coincidimos con ellos, que no se trata de un gobierno tan fuerte ni tan poderoso –encierra un conjunto de contradicciones importantes en varios planos-, sino que parte de la posibilidad que ha tenido de impulsar una agenda pública completamente reaccionaria se explica por la falta de potencia y vocación de disputa de la oposición.
La oposición principal pareció replegarse en el ámbito parlamentario-legal-partidista, desentendiéndose de otros combates fundamentales para el actual período: la difusión de ideas alternativas, el debate público en todos los espacios posibles, la organización de los millones de agredidos por este gobierno y, por supuesto, la manifestación de la disidencia no sólo en las redes sociales, sino en las calles, los barrios, las universidades, los lugares de trabajo y todo espacio en el cual se puede intercambiar con compatriotas.
Las movilizaciones en estos dos años han sido esporádicas, y es evidente que las conducciones en los diversos ámbitos prefieren no hacerlas, ni convocar a las bases sociales a la movilización y el involucramiento. Se apuesta a la moderación, al diálogo con un poder básicamente autoritario, y se está a la defensiva frente a la mirada de una derecha que no hace concesiones y muestra cotidianamente su desprecio por cualquier práctica democrática.
Son una minoría los espacios que enuncian con total claridad su rechazo pleno a las metas sociales, las políticas públicas y la ideología retrógrada que caracteriza a este gobierno. El resto es gris.
El gris de ausencia
Cuando se observan las declaraciones de las dirigencias realmente existentes en los ámbitos sindicales, universitarios, industriales, prima un tono gris que pretende ser “colaborativo” para solucionar los problemas que presuntamente se habrían creado por algún “error” o “malentendido”.
Los pedidos de los sectores grises se limitan específicamente a su área de incumbencia puntual, y no pasan de pedidos particulares que no impugnan la orientación general del gobierno. En ese sentido, siempre le dejan una puerta abierta a “la rectificación” de los errores, que seguramente son producto de “un funcionario equivocado o mal asesorado”.
Los grises le dan todo el tiempo, desde hace dos años, crédito político a este gobierno.
No pueden establecer una línea clara de separación, porque miran encuestas donde transitoriamente la barbarie gobernante cuenta con simpatías de masas ilusionadas, porque hay negocios de cargos y partidas que se pueden obtener por la vía del “diálogo” –que en este contexto es sinónimo de subordinación a cambio de prebendas puntuales-, y porque en el fondo no tienen disidencias fundamentales con el proyecto neo-colonial.
Abundan, a lo largo y ancho del país, dirigencias que no tienen otro horizonte que lo territorial –a lo sumo provincial- o lo sectorial. Todo un conglomerado de archipiélagos dirigenciales que parecen haber perdido una perspectiva nacional de los problemas. Una marea de seres grises que repiten modestos discursos vacíos de ocasión.
En un momento de grave ataque a la idea de Argentina como nación, se acumulan las dirigencias de cortísimo vuelo y aspiraciones. Entregan el país por una regalía ínfima, del 3%. Se comportan como empleados de grandes intereses, más que representantes de las sociedades donde viven.
La ideología libertaria festeja y promueve ese tipo de comportamientos políticos, coherentes y complementarios con el gran programa estratégico que Milei encabeza: la entrega definitiva del dominio del país al capital extranjero, preferentemente estadounidense.
En el campo nacional y popular también hay sectores sensibles a las necesidades corporativas. Tan sensibles, tan comprensivos, tan políticamente correctos con el capital que entraron decididamente en la zona gris. Abrieron un compás de espera “a ver qué pasa”.
La zona gris es ideal para el mileísmo y sus dueños: no detiene ninguno de sus grandes proyectos destructivos, pero alimenta la ficción de que hay una “oposición” y que por lo tanto hay “pluralismo”.
El problema es que después están todos sorprendidos con la desafección democrática, la crisis de representatividad y la incapacidad de las masas de diferenciar entre los responsables del desquicio y los que no lo son.
La aparición de una fracción de la población que no fue a votar en las recientes elecciones de octubre, muestra un panorama de desorientación y rechazo al mismo tiempo.
No fueron los grises de la centro derecha los que pudieron capturar el voto popular que ya no acompaña a Milei. Tampoco los nacionales y populares, ni la izquierda.
La ausencia de una oposición nacional clara al actual proyecto le sigue dando aire para seguir destruyendo.
La construcción de una oposición nacional con convicciones, capaz de oponerse con efectividad a la barbarie y a la depredación es una tarea urgente, que puede tener un gran premio si se la realiza con audacia: el poder político.
Este modelo de exclusión vigente está generando todos los días un público que debe ser convocado por una gran causa que sintetice las pequeñas baldosas personales, sectoriales y regionales.
Creemos que esa convocatoria no puede ser meramente a votar en 2027 por algún gobierno gris, sino a involucrarse activamente en una gran gesta colectiva, que tenga en su centro un gran corazón patriótico.
Viernes, 19 de diciembre de 2025.
*Economista y magister en Relaciones Internacionales, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento.

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1 Comment
Excelente nota Ricardo, un llamado a optar por una alternativa que se proponga no el diálogo con las organizaciones político partidarias existentes sino, en primer lugar, con el conjunto social.