

El tres de enero de 2026 será considerado un día histórico, porque esa dimensión tuvo el discurso del presidente de los Estados Unidos. Un discurso que se proyectará hacia el futuro con consecuencias que, de momento, son imprevisibles.
Por E. Raúl Zaffaroni*
(para La Tecl@ Eñe)
En el siglo pasado hubo múltiples interferencias norteamericanas –por así llamarlas- sobre nuestra América; sería inútil recordarlas, pero ningún presidente de los Estados Unidos confesó abiertamente su objetivo ni afirmó que no toleraría a ningún gobierno nuestro que obstaculizase o molestase sus propósitos.
El operativo de secuestro de Nicolás Maduro era explicado al público por el narcotráfico y su supuesta dictadura, es decir, al viejo estilo de inventar pretextos, cuando de repente, sin aviso previo y sin ninguna necesidad, Donald Trump confiesa que su objetivo real es el petróleo y al parecer, decide sancionar a todo Estado de la región que lo moleste, algo así como hace setenta años los soviéticos en Hungría y, por ende, cabe preguntarse si acaso no está anunciando una nueva Cortina de Hierro. Con la más absoluta sinceridad exige Trump públicamente la subordinación de toda la región y se erige en su tutor y nominador de interventores.
La interferencia norteamericana en sí misma no es una novedad ni mucho menos, porque la verificamos con la promoción del lawfare criminalizador de nuestros líderes (Castillo, Lula, Cristina Kirchner, Evo, Glas, Correa, Milagro, Amado Boudou, etc.) con pretexto de corrupción o de cualquier otro, mediante las heces (llamadas fake news) de los medios de comunicación concentrados y los vómitos (llamados sentencias) de algunos verdugos ataviados de jueces. Tampoco es una novedad su más reciente intervención en las elecciones de nuestros países, con abiertos apoyos a los candidatos de su gusto y la descalificación y estigmatización de otros. Ni siquiera lo son las intervenciones bélicas de todos los tiempos (desembarcos en Veracruz, invasión a Guatemala, a Panamá, etc.), pero siempre hubo pretextos, y eso es lo que otorga a su discurso una dimensión histórica, pues se trata de la gran confesión: tengo el poder y hago lo que quiero, no me importan los organismos internacionales, voy a liberarme de todo el que pretenda molestarme, por las buenas y por las malas y cuídese el culo quien me perturbe.
No se trata ahora de alimentar brotes antiyankees ni mucho menos, sino de destacar que lo que comenzó el 3 de enero es algo nuevo, un antes y un después que no puede pasar inadvertido, porque es histórico en razón de sus imprevisibles efectos futuros. Si de lo que se trata es de elevar una nueva Cortina de Hierro y convertir a todos los países latinaomericanos en satélites, esto es nuevo. Si no lo fuese, no se explica el sinceramiento brutal de Trump, salvo que obedeciese a un gravísimo error político o a alguna falla personal, pero esas son hipótesis que de momento al menos carecen de asidero.
Además de lo señalado, cabe observar que una potencia que pretende satelizar una región siempre fue totalitaria (los nazis con sus territorios ocupados, el estalinismo con Europa oriental) y, por cierto, al parecer algo grave está pasando con la propia institucionalidad de los Estados Unidos, pues su presidente ignoró al Congreso. No es Roosevelt solicitando autorización al Congreso al día siguiente de Pearl Harbor para declararle la guerra al Eje, sino precisamente su imagen contrastante. Por otra parte, en el librito anarcoaustríaco de Walter Block, que Mileil repartió a sus ministros, varios ex-presidentes norteamericanos son estigmatizados como socialistas. Nada bueno está anunciando el discurso histórico de Trump, ni para nuestra América ni para los Estados Unidos.
Cuando alguien deja de lado todos los pretextos y dice claramente tengo el poder y haré lo que quiero en la medida de mi poder, violando la norma más elemental del derecho internacional, abre la puerta para cualquier otra violación, no solo por su parte, sino también ajena: ¿Por qué otra potencia habrá de respetar el límite jurídico, si el otro me muestra que no lo respeta? En la experiencia común, cuando se rompen acuerdos (y el derecho internacional son acuerdos), cuando alguien ignora las reglas del juego, los otros se consideran habilitados para hacer también lo que quieran: ¿Si el otro incumplió el acuerdo, por qué he de respetarlo yo? Esto, que se maneja en la sociedad de fomento o en el club deportivo del barrio, es lo mismo que vale en el caso del derecho internacional.
La conclusión que a primera vista parece más lógica –y también la más deprimente- sería que el derecho internacional ha muerto. ¿Pero será verdad que el derecho internacional está muerto? Todo depende de lo que se entienda por derecho, es decir que eso sería verdad cuando se lo concibe como algo bucólico, como una normativa que siempre se respeta, como algo casi intangible y que está establecido de una vez y para siempre.
Pero hay otra forma de concebir al derecho que, de algún modo, expresó con claridad Rudolf von Jhering, un jurista alemán del siglo XIX, para el cual el derecho es lucha, porque siempre es algo dinámico, no es algo que se concede, sino que se obtiene por lucha. También del siglo XIX fue otro jurista, menos conocido en razón de que era nuestro, brasileño y del nordeste, Tobias Barreto, cabeza de la llamada escuela de Recife, quien se percató claramente de que la guerra –como el poder de penar- no son fenómenos jurídicos sino políticos puros, pues el poder bélico y el punitivo los ejercen quienes tienen el poder de hacerlo y en la medida de ese poder: el que quiere penar pena (como en el lawfare) y el que tiene las armas hace la guerra (como Trump).
¿Y el derecho? Combinemos las dos perspectivas y veremos que lo jurídico, lo propio del derecho, no es el poder punitivo ni el bélico, sino su contención, su acotamiento, que se obtiene por lucha en la que, dada su naturaleza, hay momentos en que se avanza y otros en los que se estanca o retrocede. Mientras haya lucha, mientras haya voces que se levanten y pueblos que resistan, el derecho estará vivo y, felizmente, nunca se agota la voluntad de lucha, aunque nos muerda la impaciencia o los costos humanos de los tiempos de no-derecho.
Seremos muchos que alzaremos nuestras voces, como otrora lo hicieron los que sufrieron las pulsiones del no-derecho en tiempos no tan lejanos, y volveremos a avanzar por el camino del derecho, que en definitiva si no es el de la razón, por lo menos es el más racional, porque la fuerza, por potente que se muestre, siempre es pasajera y en alguna medida frágil. Más aún, puede decirse que los momentos de mera fuerza, de no-derecho, tienen algo de patológicos, morbosos, enfermos.
Aunque sea pura coincidencia, no deja de llamar la atención que el domingo 4 de enero, cuando el Papa León XIV pidió garantizar la soberanía de Venezuela, invocase a José Gregorio Hernández, el santo popular venezolano, canonizado por Francisco, que era médico y curaba por las noches. Alguna noche de estas puede ayudarnos con alguna intervención psiquiátrica.
Miércoles, 7 de enero de 2026.
*Profesor Emérito de la UBA. Fue ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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3 Comments
Es enteramente cierto, pero lo grave es que también tiene de rodillas a buena parte de Europa, y que los términos que utiliza para referirse a sus habitantes sonabiertamente humillantes. Poco se puede esperar de una persona egocéntrica, codiciosa y sin modales.
Excelente nota, pero… Perfecto lo de «histórico», pero… Sin buscar peros, pero… De entrada, uno diría: sólo hay que darle «armas» a esta ira; metafóricamente hablando, claro está. A esta ira que cargan las palabras en los primeros párrafos, antes de que la «reflexión», para bien o para mal, venga a aquietarlas, a calmarlas, a decir lo que cada lector querría –o desearía– que digan. «Cargarlas» de proyectos, proyectos contundentes, no «tibiezas progresistas», no «corrección política», no «diálogo», porque al imperialismo, venga de donde venga, como alguien dijo, «no hay que creerle ni un tantico así», y lo acompañó con el gesto de una mano en la que juntó sus dedos por las puntas, como las cinco de una estrella. Lo segundo, y por fin, que sea un yanqui de m… de mar-a-lago, y no un piel roja, por suerte, el que echa un balde de agua hirviendo sobre los «tibios» de tantas latitudes, para descascararlos de su costra, la que aparentan ser. Y eso otro, lo tercero, ¿qué? ¿Tienen mal gusto los brotes antiyanquis, «aceitados», encima, con un «ni mucho menos» que parece «de oliva»? ¿Es que es mejor acompañar el asado –quienes puedan comprarlo– con una ensalada de marcorrubios y lamémelas? Algo más, lo cuarto: a Estados Unidos, ¿también hay que salvarlo? ¿De sí mismo, de qué? ¿De su consumada hijaputez? ¿No deberíamos salvarnos nosotros de que continúe haciendo daño? Por último, lo quinto: bien por Von Jhering y Barreto, que uno, no versado en derecho, sino en mera poesía y en «leperianos» caballos de carrera, no conocía. Lo que dicen es muy lúcido. Pero el derecho no se da en abstracto, se da en un marco, y en el que estamos es el capitalista. Ya que la nota nos retrotrae, en buena hora, al siglo XIX, tampoco estaría mal pensar que lo que comenzó este 3 de enero del XXI no es un antes ni un después, ni algo viejo ni nuevo, sino ambas cosas a la vez: ¡un AHORA! Convengamos también que, en este ahora, no será una Cortina de Hierro lo que tengamos por delante, eso ya pasó, aunque, si se la quisiera actualizar, no faltarían Muros de Migrantes, y a suplirla. Para evitar suspicacias, no mencionamos el Muro de Berlín; tampoco el otro, ése de los Lamentos, cosa de que no se nos caigan desde arriba las decenas de miles de palestinos muertos en la Franja de Gaza y así Milei pueda seguir fingiendo que lloró, no por ellos, y dándose golpecitos de cabezota contra el pecho de algún rabino «buscando uno fraterno para vivir abrazao», si se nos permite esta impertinencia con Discépolo. «Horrible peronista»., diría Adorni, «Fin», echando mano a esas tres palabras que más o menos sabe, aunque alguien le llegó a contar cuatro… Lo que sí es indudable es que, Cortina o Muro, en el mundo sigue habiendo dos lados y, de uno, no está Stalin, sino Marx. Marx con aquello que dijo, justamente, hace dos siglos, en el XIX, eso de la «lucha de clases». «¡Caramba!, ¿es que no lo leyeron?», diría Borges, «léanlo, ése sí que seguro no los va a defraudar». El comunista Borges, y a quien le queden dudas, que lo lea, sabrá de verdad lo que pensaba, si es que se le pasó cómo vivió.
Lamentablemente tengo que leer sobre este delincuente que ha tomado el poder en el país que dirige buena parte de la región.
No se si en el mismo discurso, dijo que su limite «es su propia moralidad», y aquí estamos en peligro toda la humanidad. No tiene moralidad, es un sujeto procesado por abuso sexual, probado pedófilo de la banda de epstein, y golpista de su propio país y de los ajenos.
Los principios del nazismo, no nacieron y crecieron en la misma alemania, ya habían dado frutos en el país del norte, y no es casualidad entonces la vergonzosa simulación cinéfila de que lo combatieron. Son ellos, el huevo de la serpiente. Lo demuestra este criminal.