
China, la vigencia del marxismo – Por Mariano Ciafardini
30 octubre, 2026Reseña de la Odisea de Christopher Nolan, una lectura del presente.
Por Hernán Sassi*
(para La Tecl@ Eñe)
Queremos olvidar, más bien que gozar. Cuando Odiseo venga nos encontrará comiendo flores de loto.
Ezequiel Martínez Estrada, «La cabeza de Goliat«.
Hubo un tiempo en el que hombres y mujeres temían y honraban a los dioses, uno en el que era obligación hospedar al forastero, tañíase el arco para cazar con honor y no se peleaba sino en pos de algo que unía. Por entonces, un padre debía ser «un hombre muy exigente, pero justo«, como se dice de Ulises en una Odisea que nos revela ominoso este tiempo en que el olvido es ley.
«Me cansé de ser reina en Ítaca sin mi rey«, se queja Penélope tras años de lidiar sola entre bestias que pisotean las leyes de hombres y de dioses. «La estructura no es nada si las personas no respetan lo que representa«, le enseña a Telémaco, que aún tiene camino por recorrer para ser hijo, tarea que no es cosa de soplar y hacer botellas.
Según las musas, al mando de Agamenón, Ulises es uno más de la partida rumbo a Troya, plaza que tomó la friolera de diez años en caer. Los vivos volvieron, los muertos esperan sepultura y Ulises vaga como una sombra –no lo sabe– en busca de su identidad.
«Nadie sabe quién es el padre y decimos conocerlo«, cree Telémaco, quien toma coraje de ser hijo y va en busca de rastros de su padre. Un compañero de tropa, Menelao, «hermano de Agamenón, esposo de Helena, hijo de Atreo«, según se presenta, le cuenta la historia del caballo «desde adentro«, como no habíamos imaginado, como ahora vemos gracias a la deslumbrante y humana, demasiado humana, versión de Christopher Nolan.
Ulises es el de las mil tretas, el que sorteó las sirenas y engañó a Circe, también el sabio que, cuando escucha decir que «el amor no es un sacrificio«, corrige con un «por supuesto lo es«, como probó por cuánto le costó volver a la querencia, al lugar donde viven los que quiere. Para volver, Ulises toma «el camino menos seguro«, el que le hará saber quién es realmente. Agamenón, en cambio, prefirió saquear por «la ruta del abastecimiento» y ser parte de «los pueblos del mar«, hombres que «hacen lo que quieren [sin rey ni ley]».
Aferrado a un amuleto de Atenea, Ulises pide a los suyos que «recuerden a los que dejamos«. Según Circe, «de la voz de los muertos escuchará cómo volver a casa«. Enamorada de él, Calipso le da flores de loto para que olvide a los suyos, pero Ulises «tiene la fuerza para recordar» y vuelve, no sin pasar por el reino de las sombras, donde Tiresias le recuerda que olvidó enterrar a los que murieron en Troya y que, de volver a Ítaca, debe honrarlos.
Al igual que Ulises e Ítaca, los espectadores no somos los mismos luego de recorrer con él este largo viaje. Ese poder tiene el arte, el de transformarnos. Ulises reconoce haber violado en Troya «lo más sagrado […], la idea de un hombre […], la ley de Zeus«. Él también, ahora lo sabe, forma parte de «los pueblos del mar«. Nosotros con él, también sabemos que «nuestra civilización se derrumba [en] una era oscura [con pueblos] que no cumplen con la ley» y que debemos hacer algo para que no se derrumbe del todo.
Ulises va finalmente «a honrar a los hombres«. Deja a su hijo ese testimonio ético como también la culpa que lo atormenta. Telémaco será nuevo rey y «una nueva era iluminará el mundo de las tinieblas«.
Este Ulises no es el mismo de Homero ni el que interpretó Kirk Douglas. Nolan no quiere que «Odiseo nos enc[uentre] comiendo flores de loto», esas que nosentretienen en pantalla y fuera de ella, nos hacen olvidar lo esencial, las leyes escritas y no, los ritos, los lazos, los tabúes, el plexo simbólico que nos había sacado del estado de bestias, de «pueblos del mar«.
Agamenón, emblema del afiche de promoción, esa figura sin identidad ni culpa, es el modelo a seguir en esta era sin padre que honrar y superar, sin ley ni nada que una más allá del propio interés que todo lo disgrega.
Si cada quien, como Ulises, «no soport[a] ver las ruinas de lo que h[a] hecho«, se reconoce hijo de, hermano de, padre de y madre de, y recuerda a su patria, que no es otra que su cultura hecha de leyes escritas y no, acaso no lleguemos a ser, todos también, «los pueblos del mar«. Para no serlo, fuimos a ver la película en familia. Aún confiamos, con mi compañera, en que vale la pena escuchar a los muertos y transmitir legados. Como el Ulises de Nolan, nosotros también creemos que habrá quienes «recuerden a los que sabíamos escribir«.
31 de octubre de 2026.
*Profesor y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000, $10.000 ó $15.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


