
Medios de cabotaje: la nacionalización del mapa de medios con Milei – Por Martín Becerra
28 octubre, 2026A pesar de que la República Popular China sostiene que no desea implantar su pensamiento político en ningún otro país, poder compartir una unidad de destino sigue siendo un punto de mira planetario. El autor analiza la vigencia del socialismo desde la óptica del desarrollo de las fuerzas productivas, el intercambio universal y la originalidad del fenómeno chino, que se expande.
Por Mariano Ciafardini*
(para La Tecl@ Eñe)
«El marxismo señala el camino para el avance de la sociedad humana. Es una poderosa arma teórica para que comprendamos el mundo y su tendencia subyacente, busquemos la verdad y cambiemos el mundo. El marxismo no es un conjunto de dogmas rígidos, sino una guía para la acción que debe evolucionar a medida que cambia la situación». (Xi Jinping 2022).
Con una mano en el corazón: para cualquier especialista en temas internacionales, tenga la ideología que tenga, la sugerencia del título es la cuestión geopolítica central de la época, aunque sea en términos subrepticios. Asimismo, desde un abordaje positivo, constituye el mayor temor para aquellos que sueñan con la continuidad interminable del capitalismo y, particularmente, para los que se enriquecen con él. Es la mayor esperanza e ilusión para aquellos que desean un mundo socialista (algunos de los cuales vienen de reponerse del golpe que significó para ellos la caída de URSS).
La República Popular China afirma reiteradamente que no tiene ninguna intención de imponer ningún sistema político social a nadie, ni de inmiscuirse en los asuntos internos de ningún país, y así lo confirman los hechos. Por el contrario, sí expresa que brega por una «comunidad de naciones de destino compartido». ¿Podría algún país capitalista avanzado integrar tal tipo de comunidad? Nada se dice al respecto, aunque pareciera que se orientan hacia una comunidad sin exclusiones. En ese caso, ¿qué tipo de comunidad seria? Lo cierto es que el solo concepto de «comunidad» y de «destino compartido» se da de patadas con el ADN del capitalismo realmente existente, y ni qué decir con el liberalismo de la escuela austríaca.
Lo que es indudable es que China, además de ser un fenómeno económico y político nunca visto, está impulsando el desarrollo industrial y comercial -e incluso financiero- de una cantidad importante de países integrantes del llamado sur global; el desarrollo de las fuerzas productivas es una clave básica para la implantación del socialismo. Otro elemento que podría llevar a pensar que China mantiene abierta la cuestión de la vigencia del marxismo y de la posibilidad del socialismo en el mundo es la resistencia que suscita entre las principales potencias capitalistas y los grandes actores financieros internacionales. Desde esta perspectiva, parecería que muchos de ellos contemplarían con satisfacción un eventual debilitamiento de China, siempre que ello no pusiera en riesgo sus propios intereses. Quienes sostienen esta interpretación consideran que tal dinámica es bien conocida por los servicios de inteligencia y los organismos especializados en el análisis estratégico.
Por otro lado, y yendo ya al plano de la validez teórica del marxismo -y con ello de todas las posiciones políticas verdaderamente de izquierda-, si China juega o no, aunque sea no intencionadamente, el papel de ejemplo de socialismo, es algo que tendría implicancias ideológicas fundamentales sobre la validez del marxismo y el materialismo histórico.
La caída de la URSS fue anunciada, entre otras cosas, como el fracaso de estas teorías y su principal argumento era que, si en más de 150 años una teoría no había logrado sus objetivos de expansión mundial sino sólo un experimento de «apenas» 70 años, que terminó en un regreso al capitalismo actual de Rusia, eso, de por sí, convertiría a la teoría mencionada en una utopía como la de los socialistas franceses del siglo XVIII y XIX que el propio marxismo criticó. Distinto sería si la interpretación de esa caída fuera que China ha «tomado la posta» del socialismo del siglo XX y lo estuviera continuando, en las especiales características del siglo XXI (aun inintencionalmente), con lo cual, aunque los tiempos hayan sido mucho más extensos que los imaginados por Marx y Engels, e incluso por el mismo Lenin, la cuestión de la posibilidad de un mundo socialista (socialismo real) seguiría teniendo vigencia.
Una forma de abordar un intento de aproximación a la respuesta de la pregunta del título podría estar relacionada con un concepto del propio marxismo, ya mencionado, como lo es el del desarrollo de las fuerzas productivas, a las que los padres fundadores del marxismo le dieron crucial importancia. Marx sostuvo en La ideología alemana que «el comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción coincidente o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que lleva aparejado».
De este modo, no podríamos decir simplemente que el socialismo de la URSS haya fracasado, sino que habría sido un intento de instaurar el socialismo -o una forma de enfrentar al capitalismo en el mundo- propio del siglo XX, tiempo en el que las fuerzas productivas mundiales no estaban lo suficientemente desarrolladas. Por lo que la disolución no implicó un fracaso del socialismo, sino un cambio a una expresión distinta de país socialista, como la actual República Popular, que se adapta a las circunstancias del siglo XXI y que desarrolla, ahora sí, fuertemente las fuerzas productivas. De esta manera, el camino hacia la victoria socialista mundial seguiría su curso y por lo tanto el marxismo, aunque sea con modificaciones (no estructurales), no habría perdido su valor ni se habría transformado en ninguna utopía.
Cierto es que los campeones del desarrollo de las fuerzas productivas en el siglo XX fueron los capitalistas EE. UU. de América del Norte y la propia Europa Occidental (ayudada por el Plan Marshall), desarrollo al cual, hay que decirlo, también aportó los suyo la URSS. Precisamente ese gran desarrollo de las fuerzas productivas es el que alteró la forma industrial de acumulación de capital del capitalismo del siglo XX y lo llevó a la actual etapa superior y final de acumulación financiera.
Hoy, el principal impulsor de las fuerzas productivas es la sedicente socialista China, que además las impulsa en todo el mundo, y las relaciones de producción que están en crisis -aparentemente definitiva por el juego perverso de la finaciarización- son las de los países capitalistas, especialmente las de los más desarrollados.

Los términos históricos no son los tiempos breves de las historias humanas individuales. Aunque hayan pasado más de 150 años del Manifiesto Comunista, lo sucedido indicaría simplemente que los tiempos fueron mayores que los imaginados por los padres del marxismo, pero que el camino al socialismo continúa hoy y con mejores perspectivas.
Para que todo el mundo cambie a un sistema (socialista sin explotación ni violencia sistémica), que resumiría 100.000 años (circa) de historia de la humanidad, iniciada con las guerras tribales, es obvio que se necesita de un proceso de transición en proporción con esos tiempos históricos, es decir: largo y complejo.
Nuevamente, para que quede claro, si la experiencia de la URSS hubiera sido un fracaso de una teoría utópica equivocada y la China actual fuera otra expresión de capitalismo con sus mismas características explotadoras y guerreras, habría que, siendo honestos y dejando de lado un fanatismo dogmático, poner seriamente en duda la obra de Marx, Engels, Lenin y tantos otros que abogaron por el cambio mundial en el sentido socialista y comunista.
Pero si se considera a la Revolución de Octubre de 1917 y a la URSS surgida de ella como un primer intento histórico, o un segundo si se tiene en cuenta la experiencia de la Comuna de París, realizado en un mundo en el que todavía no se habían desarrollado suficientemente las fuerzas productivas requeridas para sustentar una sociedad socialista y comunista, la evaluación del proceso podría ser distinta. Desde esta perspectiva, ese intento encontraría una continuidad histórica en la República Popular China, país que ha protagonizado uno de los procesos de desarrollo de las fuerzas productivas más extraordinarios de la historia moderna. China ha alcanzado en pocas décadas niveles de industrialización, modernización e innovación que a las principales potencias capitalistas les demandaron un período mucho más prolongado. Asimismo, al evaluar las condiciones materiales necesarias para la eventual construcción de un socialismo de alcance mundial, habría que considerar no sólo el desarrollo alcanzado por China, sino también el de otros países anteriormente subdesarrollados y, en cierta medida, el de las propias economías capitalistas avanzadas. Después de todo, las fuerzas productivas, consideradas en sí mismas, no poseen una ideología determinada.
Con ello sí podríamos decir ahora que aquella famosa condición del desarrollo de las fuerzas productivas a nivel mundial se está dando independientemente del color ideológico y las intenciones declaradas políticamente por los gobiernos de los distintos países, incluidos los capitalistas avanzados. Es decir que, desde cierto punto de vista, las fuerzas productivas actuales de toda la humanidad ya empezarían a ser suficientes como para ser la base del dichoso socialismo anunciado a mediados de 1800.
Es cierto que a esto hay que agregarle una circunstancia especial y muy compleja, cual es la de que si el socialismo triunfara en todo el mundo, eso significaría que los 8.000.000.000 de habitantes pasarían a vivir (si es socialismo en serio) con las necesidades básicas satisfechas. Ello implicaría inevitablemente que las pautas de consumo deberían cambiar radicalmente porque el planeta no resistiría las emisiones de carbono ni la destrucción contaminadora de una humanidad de esas dimensiones viviendo toda en las condiciones de las clases medias actuales. Este sería un tema central para esa comunidad de naciones de destino compartido que exigiría que se ponga a la altura de las circunstancias para llevar a cabo planes para evitarlo. Y el tiempo se acaba (al respecto, hay que decir que China es por lejos el mayor productor de sistemas de energías alternativas, y su grado de contaminación per cápita, aun siendo el taller del mundo, la pone en el puesto 21, cuando los EE. UU. están en el puesto 14). Planificación global de cambio de pautas de consumo y, por lo tanto, de producción, suena más a socialismo que a capitalismo.
Podríamos preguntarnos: ¿dónde están los indicadores políticos de esta situación de que el mundo esté yendo al socialismo? Ya hemos adelantado que, si el cambio que, según el marxismo, implica terminar no sólo con un modo de producción como el capitalismo, sino con toda una era de la explotación del hombre por el hombre (Marx dixit), a lo que hay que agregarle ahora la complejísima cuestión ecológica, los indicios políticos de tal cambio irán apareciendo poco a poco, en un proceso que, como se dijo antes, será más o menos largo y complejo. No es sólo la crisis del capitalismo, es una Crisis Civilizatoria.
De todos modos, algunos indicadores pueden avizorarse. Que el capitalismo está en su fase más parasitaria y decadente, como lo es la etapa financiera, es algo que nadie puede negar. Esa forma paradigmática de acumulación de capital lo ha llevado a una profunda crisis industrial y comercial, y las consecuentes crisis y levantamientos sociales ya empiezan a aparecer. Otro signo del gran cambio que se avecinaría es que los zarpazos guerreros que fueron efectivos en los tiempos del «fin de la historia» (de finales de los años 1980 hasta principios del 2000), no son ya el turismo castrense que eran. Por ejemplo, el complejo militar industrial de los Estados Unidos impulsó a Trump a darse la cabeza contra un Irán (apoyado política y económicamente por China), que fue pedantemente subestimado.
Además, hay que considerar particularmente la existencia y el permanente aumento del poder geopolítico de un país como China, gobernado por un Partido Comunista Marxista-Leninista y sus aliados globales, a lo que habría que agregarle que si se diera el muy posible triunfo militar y político de Rusia contra la OTAN en el territorio ucraniano, el tablero geopolítico mundial sufriría un cambio tectónico especialmente en Europa Occidental ya que, aun si Rusia no es un país socialista, todos saben que el eje chino-ruso es estratégico y además Rusia es miembro de la Asociación de Cooperación de Shanghái (que incluye acuerdos y actividades de cooperación militar y de seguridad), de los BRICS y de la Franja y la Ruta. Desde 2015, China y Rusia acordaron coordinar la Franja y la Ruta con la Unión Económica Euroasiática (UEE), impulsada por Rusia e integrada también por Bielorrusia, Kazajistán, Armenia y Kirguistán. Uno de los proyectos más importantes es el Corredor Económico China-Mongolia-Rusia, destinado a desarrollar infraestructura, transporte y comercio entre los tres países.
Claro, los actuales no son tiempos de revoluciones socialistas claras y puras como la rusa de Octubre del 17, la china del 49, la cubana del 59 o la vietnamita, pero el tablero en disputa hoy es el mundo entero y las condiciones económicas políticas y sociales son muy otras. La cuestión ideológica está lejos de haberse difuminado en ningún «fin de la historia».
De todos modos, con esto no estamos queriendo decir que haya una estrategia explícita para llevar al mundo al socialismo liderada por China, sino que el fenómeno chino, su estrategia comercial e industrial mundial, la cada vez mayor cantidad de países que se suman a sus proyectos globales, la crisis generalizada del capitalismo y los movimiento sociales y políticos que a partir de ello van apareciendo, cada vez con más energía, dan que pensar.
30 de octubre de 2026.

*Dr. en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y Coordinador del grupo de estudios sobre China del Centro de estudios y formación marxista Héctor Agosti (CEFMA).

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000, $10.000 ó $15.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


