

Ricardo Forster evoca en este texto – que es parte de un libro de próxima aparición – el fatídico 24 de marzo de 1976 recuperando a «aquellos que fuimos antes de que se desencadenara la noche criminal de la dictadura y modificara de un modo irreversible nuestras vidas y a nuestro país.«.
Ricardo Forster*
(para La Tecl@ Eñe)
Elijo evocar el fatídico 24 de marzo de 1976 –cuando tantas cosas terminaron– recuperando, desde los hilos de una memoria siempre caprichosa, a aquellos que fuimos antes de que se desencadenara la noche criminal de la dictadura y modificara de un modo irreversible nuestras vidas y a nuestro país. Volver a esos años es como cruzar una frontera invisible que, al hacerlo, nos devuelve a otro mundo al que ya no pertenecemos. Es recuperar otra vida, otro país, otros sueños; es rememorar lo que ya no existe, como si nos hubiéramos trasladado a otro planeta o hacia una historia que, para un joven del siglo XXI, resulta un viaje en el tiempo, un cruce de galaxias, algo difícil de imaginar y comprender desde su realidad tan diferente. Al hacerlo, al evocar esos años intensos y fatídicos, siento que soy parte de una generación anfibia. Que hemos vivido cruzando fronteras que parecían infranqueables: experimentando con intensidad única el mito de la revolución, asumiendo que la historia estaba de nuestro lado y que era cuestión de apretar el acelerador para hacer estallar al sistema; nos creíamos eternos; habíamos continuado lo que inició la generación anterior cuando, en los años sesenta, irrumpió demoliendo valores y tradiciones y forjando al nuevo sujeto: los jóvenes. Sentíamos que todo estaba a la mano, que podíamos crear nuevas canciones, que podíamos revolucionar la música y experimentar otro modo de estar en el mundo, de hacer el amor, de abandonar la sociedad patriarcal. No podíamos sospechar que a la vuelta de la esquina nos esperaba la más feroz contrarrevolución, que el revanchismo del capital y sus adultos sería brutal. De repente, pasamos a otro estadio, entramos en otra realidad y nos sentimos anfibios. Es esa condición la que me lleva, una vida después, a preguntarme por esos jóvenes entre soñadores, ilusos, solidarios y alucinados que, a diferencia de otras generaciones, dejaron una huella imborrable.
¿Cómo regresar a aquellos años únicos sin sentir una extraña mezcla de emoción, temblor, nostalgia e inquietud? ¿Cómo dejar que la memoria haga el complejo trabajo de la rememoración y que acabe por elegir lo que guardamos sin saberlo? ¿De qué manera recordar aquellos que fuimos en los años iniciáticos cuando entre el hoy y el ayer nada parece corresponderse? ¿Cómo escribir de quienes ya no están, pero persisten, inconmovibles, en imágenes de una juventud espectral? Girar nuestra mirada para regresar al pasado, a cierto pasado que nos ha marcado para siempre, no resulta sencillo. ¿Quiénes fuimos? ¿Qué nos conmovió de tal modo como para lanzarnos a la aventura de la transformación del mundo? ¿Por qué arriesgamos todo a cambio de una promesa? ¿Era pura ilusión o la manifestación de una profunda sed de justicia y reparación? Éramos demasiado jóvenes, algunos quinceañeros, todos dispuestos a ser parte de una cofradía que soñaba entrelazar la política imaginada como revolución con la amistad, la pasión amorosa, el riesgo y, claro, cierta inocencia que nos permitía plantarnos ante la injusticia de la sociedad con toda la hermosa prepotencia de quienes viven con plenitud sus años salvajes. Nuestros padres, a veces pienso, no se dieron cuenta del torbellino que lo envolvería todo y a todos; no la vieron venir mientras perdían nuestros rastros. Ellos vivían todavía en el interior de una sociedad relativamente conformista, hijos e hijas de la segunda posguerra, de la llegada del Estado de bienestar y de la movilidad social ascendente junto con el estallido de la sociedad de consumo. No pudieron sospechar que sus hijos e hijas se rebelarían contra esos valores que a ellos les parecían todo un hallazgo y un gran paso adelante, como aquel de Neil Armstrong cuando alunizó y descendiendo de la nave inició la primera caminata lunar. La generación del sesenta inició la revuelta y fundó la crítica contracultural asociada no solo y apenas a una rebelión estética sino creyendo, en especial en el sur del mundo, que era hora de transformar radicalmente la sociedad en beneficio de los más humildes. Nosotros, los nacidos al final de la década del cincuenta, que fuimos niños en la gran época del mayo francés, de la primavera de Praga, del Cordobazo, de Vietnam y de la revolución del rock y del hipismo, nos encontramos de lleno, al entrar en la adolescencia y en la primera juventud con que ya no eran tiempos de paz, amor y flores, que no se trataba de cantar, de soñar con hacer alguna experiencia comunitaria, de ir a Katmandú y de fumar marihuana sino que, ahora, las cosas se ponían serias y la palabra revolución se encarnaba en luchas concretas, en fusiles y metralletas, en selvas y ciudades. Se terminaba el tiempo de la salvaje libertad y de Woodstock y empezaba el de la violencia y la muerte. Nos curtimos antes siquiera de darnos cuenta de que la cosa venía dura. Que de los fogones cantando canciones de Violeta Parra y Daniel Viglietti pasaríamos inmediatamente a jugarnos la vida. Demasiados encontraron la muerte sin entender qué es lo que había pasado para que todo pasara tan rápida y trágicamente.
No había, entre nosotros, cálculo alguno ni mezquindades. Creíamos en ideales transformadores y en la arcaica potencia de lo utópico. Nos sentíamos elegidos para abrir las sendas de una nueva historia. No imaginábamos, no podíamos hacerlo, que el precio a pagar por ese derrame de militancia e idealismo sería la entrada en la noche más oscura. Vivíamos la plenitud de cada día, de cada instante creyendo que el mañana sería nuestro y que en el riesgo se jugaba, también, la oportunidad de ser actores de un tiempo preñado de esperanzas. La muerte no era otra cosa, no podía serlo, que la entrada al mito, la metamorfosis heroica de quienes habían caído llevando las banderas de la revolución. Allí estaba la imagen eternizada del Che para recordarnos que no podíamos morir porque seguiríamos viviendo en cada compañero hasta el día de la victoria final en el que todos, absolutamente todos, nos reencontraríamos en las plazas de la libertad y la igualdad. No podíamos siquiera imaginar que la muerte también nos sería escamoteada, que el aura de heroicidad sería convertida en imagen siniestra de lo que no podía ser pensado como posible. Ya no se trataba del Che ni de los combatientes, ni del ejemplo militante… de repente se abrió una fosa delante nuestro que pareció tragarse todo bajo ese nombre espantoso: “desaparecido”. Por eso el camino laberíntico de la rememoración busca restituir lo que se intentó borrar; intenta recuperar rostros y vidas que también fueron las nuestras y que seguimos añorando. Es doloroso el anonimato que cayó sobre tantas vidas arrasadas en la plenitud de existencias henchidas de ilusiones; hombres y mujeres que creyeron que luchaban por algo justo, que sus ideas podían y debían transformarse en acciones capaces de modificar el orden de las cosas. Una generación que creyó tocar el cielo con las manos, que vislumbró un horizonte y que estaba convencida de que los poderosos también se derrumban. Ahí estaba el ejemplo del “heroico pueblo vietnamita” que había derrotado al Imperio usando la astucia, la solidaridad popular, la convicción de quien sabe por qué pelea, de quien siente amor por su tierra. Los vientos de la historia nos favorecían, era la época del Tercer Mundo, de los incontables, de los oprimidos que estaban construyendo el mañana. La flecha se dirigía no hacia el norte opulento y decadente sino hacia el sur y sus movimientos de liberación: la Argelia del FLN y de Frantz Fanon, la Cuba de Fidel, de camilo Cienfuegos y del Che, el Congo de Patrice Lumumba, Angola, Mozambique y la revolución portuguesa de los claveles, Camboya, la China de Mao con su revolución cultural, el Chile de Salvador Allende y la lista parecía engrosarse cada día que pasaba con otros países que marchaban hacia la liberación y el socialismo. No pasaría demasiado tiempo para que esas revueltas tercermundistas terminaran convertidas en guerras civiles, en matanzas horrendas, en burocracias corruptas o en derrotas estrepitosas. Pero para eso todavía faltaban algunos años, los que serían acompañados por el giro neoliberal del capitalismo, expresión ideológica de una brutal ola contrarrevolucionaria que llegaría hasta nuestros días en los que se ha olvidado hasta el nombre de Tercer Mundo. Y, sin embargo, aquella generación fue tocada por el espíritu de la revolución, sintió la “pasión de lo real” encarnándose en su tiempo histórico.
No puedo regresar a ese tiempo espléndido y terrible sin eludir la trampa del anacronismo, esa misma que nos hace juzgar lo que hicimos y quienes fuimos desde la severidad adulta o, peor todavía, desde un mundo que se ha puesto de espaldas a esa otra época en la que creíamos que podíamos tocar el cielo con las manos. Para mí, cuando viajo por los pasadizos de la memoria, cuando regresan los rostros entrañables de los que ya no están, no hay otra cosa que la nostalgia de aquello que fuimos, de aquello que soñamos, de las interminables discusiones en las que cada quien arrojaba sus propias impertinencias, de esa insaciable búsqueda que nos lanzó, sin que lo supiéramos, al más absoluto de los riesgos. En nuestras adolescencias fulgurantes vivimos con una prisa que presagiaba, quizás, que lo que no nos sobraría sería el tiempo. Una extraña suspensión de la temporalidad, un vivir el instante como si fuera eterno caracterizó, eso lo pienso a la distancia, aquella experiencia generacional en la que todo se ofrecía como posible. Sueño y voluntad, intrepidez y cierta arrogancia se conjugaron con el deseo ferviente de metabolizar en nosotros, en nuestras vidas, el ideal revolucionario. Generosidad y locura, ¿podía haber sido diferente? ¿Hubiéramos transitado del modo como lo hicimos la historia de aquellos años si la cordura hubiera definido nuestras actitudes? Lo dudo. El precio que se pagó –terrible, inmenso, brutal– fue la consecuencia de un sistema que no podía permitir que esos jóvenes siguieran inventando otro mundo.
Tengo demasiado presente el vértigo de aquel año emblemático -1973-; cierro los ojos y me encuentro de nuevo en el viejo edificio del Colegio Nacional “Julio A. Roca” de la calle Amenábar. Vuelve, siempre, la imagen y la presencia de Memo. Su luz. Era el mayor de nosotros, lo admirábamos por su inteligencia y por la pinta que tenía. Luego llegaría el tiempo de leer su poesía y de seguir admirando su frescura y su capacidad, siempre, para quedarse con la más linda. Con Memo recorrí los primeros pasos de la militancia. Juntos, más Ariel y Martín y después el Tupa formamos la célula del FLS en el colegio y cumplimos un papel destacado en la inolvidable toma que nos transformó, por un par de días, en jóvenes libertarios capaces de interrumpir la continuidad de una educación autoritaria y descorazonadora. Entre el 11 de marzo y el 25 de mayo del 73 aquello fue una fiesta. Todo estaba ahí: la agrupación, los primeros juegos de la clandestinidad adolescente, el fervor revolucionario, las manifestaciones, la noche del 25 caminando hacia Devoto para liberar a los presos, la extraordinaria sensación de pertenencia, de ser parte de algo grande y de hacerlo con los amigos. Una generación que, heredera de los movimientos de los sesenta que inventaron al joven y a sus rebeldías, nos convertía a nosotros, que recién entrábamos al escenario de la historia, en insólitos actores de un drama cuyo final no podíamos entrever.
Tal vez, eso siempre lo pensé, el final se devoró de mala manera, junto con los amigos del alma, la exquisita locura de aquellos sueños. Claudio Ferraris (Memo para los días militantes y para el empecinamiento de la memoria) brilla, a lo lejos, con la luz de esas ilusiones; pero también brilla desde su bella juventud, en su poesía, en su generosidad para dar lo que no podía dar. Muchas veces trato de imaginar, sabiendo que era el mejor de nosotros, la vida que hubiera merecido vivir. Siento una gran tristeza por no poder sentir la nostalgia de esa vida, por no haber podido ser testigo de sus logros.
Pero también tengo un profundo agradecimiento por esos años, por el aprendizaje, por los sueños compartidos, por las noches mimeografiando panfletos y cuadernillos, por las interminables charlas acompañadas del hambriento deseo de saber más, por la ilusión grabada para siempre en aquellos grafitis de mayo del 68: “La imaginación al poder”, “Bajo el pavimento la playa”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “La libertad no se da, se toma”, “La revolución es increíble porque es real”. Esos grafitis no fueron apenas la ocurrencia de algunos incipientes poetas, fueron la expresión de creencias muy arraigadas en esos jóvenes que amanecían en lo que imaginaban como una nueva realidad que estaba al alcance de la mano. Hoy resulta difícil explicar que esas frases escritas en cientos de paredes y muros, que se convirtieron en remeras y pancartas no eran caprichosas, no eran vividas como una ilusión adolescente. Todo lo contrario, venían a evidenciar que algo grande estaba ocurriendo o por ocurrir, que los jóvenes se habían convertido en el centro neurálgico de una nueva época preñada de novedades y de un espíritu de revolución. El mayo parisino del 68, con todo su glamour, se expandió como la pólvora y se hizo carne en decenas de replicas en cada rincón del planeta: en Praga, en la plaza de las tres culturas en Tlatelolco, en el barrio clínicas durante el Cordobazo, en las paredes de Santiago mientras la Unidad Popular se preparaba para dar la gran sorpresa y llevar a Salvador Allende al gobierno de Chile, entre los estudiantes norteamericanos que se manifestaban contra la guerra de Vietnam. Era la apertura hacia una nueva historia, la posibilidad cierta de construir en el presente el futuro tan soñado. La dimensión del revanchismo de clase, la brutalidad de la reacción que le siguió a ese movimiento juvenil que parecía desbordar todo límite fue, en este país del sur del mundo, de un salvajismo que se quiso ejemplar, con un nivel de violencia y crueldad nunca antes vista. Quiso ser ejemplificadora bajo la forma del terror. En el norte opulento del mundo la respuesta sería una contrarrevolución neoliberal que acabaría por demoler aquellos sueños emancipadores apropiándose de algunos de sus símbolos más importantes y de sus prácticas más potentes para volverlas en su propio beneficio a la hora de adaptar el sistema a las nuevas necesidades. Y, sin embargo, los nombres de los que ya no están con nosotros siguen insistiendo para recordarnos, siempre, que hay fidelidades antiguas y fundamentales que nos acompañan a lo largo de la vida. Merleau Ponty decía que él nunca había logrado curarse de su incomparable infancia; nosotros, quizás, nunca acabaremos de curarnos de nuestra incomparable adolescencia y juventud compartida con aquellos compañeros a los que tanto extrañamos.
Viernes, 13 de marzo de 2026.
*Filósofo, profesor y ensayista argentino. Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba.

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1 Comment
Me pregunto si usted sigue creyendo en el «mito de la revolución».
Desde ya que hubiese sido fantástico «transformar radicalmente la sociedad en beneficio de los más humildes». Pero eso no sucedió. Ni va a suceder mientras sigamos aletargados entre ensoñaciones de un pasado envuelto en la arcaica potencia de lo utópico.