Libros: Prólogo a «Caminar por el desfiladero de la cultura y la barbarie. En torno a lo judío» – Por Ricardo Forster

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Libros: Prólogo a «Caminar por el desfiladero de la cultura y la barbarie. En torno a lo judío» – Por Ricardo Forster

El retorno del hijo pródigo, Rembrandt (1662)

El retorno del hijo pródigo, Rembrandt (1662)

Ricardo Forster nos envía el prólogo a su último libro – de próxima publicación – que lleva por título provisorio «Caminar por el desfiladero de la cultura y la barbarie. En torno a lo judío (Benjamin, Cohen, Rosenzweig, Scholem, Celan, Jabès, Derrida, Agamben…)». Este trabajo es el resultado de lo que Forster ha escrito durante los últimos treinta años  y en donde pone en discusión su relación con lo judío en un momento histórico de gran complejidad. Escribe Forster: Libro de confluencias en el que el ensayo filosófico dialoga con una escritura nacida del dolor y de la urgencia, testimonio personal de una identidad que permanentemente se interroga a sí misma y que, enclavada en una tradición que ha sabido atravesar el tiempo y la historia, reconoce como propia la experiencia de aquel que camina por un desfiladero, cuyos lados representan la catástrofe y la esperanza, la oportunidad y el peligro.

Por Ricardo Forster*

(para La [email protected] Eñe)

 

Prólogo

Los ensayos que integran este libro fueron escritos a lo largo de varias décadas y a partir de lo que yo creía, entonces, diferentes intereses marcados por las derivas, los giros, las rupturas y las demandas de cada tiempo histórico que, de algún modo, fue diseñando aquello que de lo judío iba cobrando mayor o menor significación en mi propio itinerario intelectual y afectivo. Sin embargo, y a medida que los años fueron pasando, algunas afinidades demostraron su persistencia, como si un hilo secreto enhebrase a Walter Benjamin con la problemática del mal heredada del antinomismo de cierto mesianismo oriental transmitido por Gershom Scholem; a Edmónd Jabès con la larga y clandestina travesía del marrano; a la generación de intelectuales judíos de entreguerras que soñaron, en sus diferencias y proximidades, un mundo otro y la consumación del crimen masivo que marcó a fuego la historia quebrada de los judíos; las secretas indagaciones de un cabalista medieval y el fervor revolucionario de Rosa Luxemburgo; la figura trágica e inolvidable de Hurbinek –magistralmente rescatada del olvido más absoluto por Primo Levi– y la palabra poética rota y punzante de Paul Celan; los ideales revolucionarios de la generación del setenta –que en Argentina involucraron a una significativa parte de jóvenes de origen judío– con la realidad de un Israel convertido en un país opresor que nada tiene que ver con aquellos ideales redencionales que atravesaron a una generación irredenta; la escritura única y desoladora en su potencia anticipadora de Kafka y el hilo delgado -último ejemplo de una cultura condenada- del idish de Isaac Bashevis Singer que alcanzó a devolvernos los espectros de un mundo arrasado; la filiación ladina de la poesía de Juan Gelman y la marca comunista de aquellos judíos y judías ucranianos de los que descendía el poeta que supo de Auschwitz y de la ESMA. Apenas como señales de un derrotero dominado por las luces y las sombras, la ilusión redencional y la catástrofe, la crítica del poder y la busca de una lengua mística, el viaje incesante por las comarcas neblinosas del pasado y la demanda de un futuro incierto como expresiones de una historia persistente en su más allá del tiempo y el espacio. Una presencia constante e insistente que impulsaba la escritura, cierto aire de familia en todos esos ensayos que, por diversos caminos, confluían en ese vasto e inasible territorio que por comodidad podemos denominar lo judío. Y el enigma -en mí- de una identidad polifacética y quebrada. Ese era el secreto que señalaba una continuidad más allá de los personajes y de los temas, como si alrededor de lo judío, de mi propio interrogar desde y a partir de un judaísmo siempre en movimiento, mis otras preocupaciones intelectuales encontraran su verdadera significación. Presencia biográfica, como una huella imborrable que visita sin permiso la memoria y que, casi sin darnos cuenta, testifica, a través de su permanencia, aquello que nos marca. Quizás una determinada sensibilidad o un mandato impostergable que plantea sus exigencias más allá de las posibles simulaciones o de los imposibles abandonos. Huella y origen, distancia que desde su lejanía se proyecta hasta teñir la visión del mundo e impregna el sentido de una búsqueda. En este ir y venir con y desde lo judío algo de lo espectral se fue haciendo presente en mí. La consciencia de una filiación, la inevitabilidad de una marca, algunas palabras escuchadas en mi infancia y esas letras que, desde el origen de los tiempos, anclan en lo judío como recordando, en cada generación, una necesidad de internarse por el laberinto de una lectura interminable. No puedo siquiera imaginar otro derrotero capaz de ausentarme de esa judeidad que le da un sentido especial a mis interrogaciones y a las escrituras que derivan de ellas. 

 Revista Haroldo

 

En un tiempo donde casi todas las biografías han sufrido profundas alteraciones, donde las viejas ideas han quedado sepultadas bajo los escombros de sueños revolucionarios; época de incertidumbres y de errancias sin objetivos, desértica experiencia de una soledad que apenas si alcanza a cobijar palabras intransferibles; en este nuevo y crujiente milenio agobiado por la presencia sofocante de lo insustancial, de catástrofes que ya no son una lejana amenaza sino que nos habitan aunque miremos hacia otro lado; pero también época de nuevos y renovados combates políticos atravesados, más allá de sus limitaciones y dificultades, por la irradiación de lo emancipador, he descubierto que ciertas continuidades intelectuales, que algunas fidelidades nacen de un cultivo demasiado judaico de la memoria. Suerte de presencia huidiza que me impide extraviarme por esta selva de signos que pueblan caóticamente una realidad estallada en su ser y que prefiere el espanto mediático de las distopías a las antiguas fulguraciones del sueño utópico tan recurrentemente visitado por judíos y judías de distintas épocas. Como una patria, un puerto en el que refugiarme de todas las tormentas y tempestades que nos han asolado en las últimas décadas. Ese lugar al que uno siempre regresa sin saber muy bien por qué lo hace, suerte de infancia que me permite campear el temporal de una época desertada de ideas e ideales y que graciosamente se ufana en confiscar la memoria para depositarla definitivamente en la frialdad del museo. Es allí donde mi judaísmo equívoco y a veces iconoclasta, incapaz de encontrar la vía de una comunidad que denominamos “judía” pero que no alcanza a representarme, aparece como huella que remite más allá del presente a un origen demarcatorio y esencial, del que no puedo ni quiero huir. Y la escritura se convierte en deudora gustosa de esa huella del origen; expresa, con enormes dificultades, la profunda distancia que la civilización actual ha establecido con todo aquello que no la representa y a lo que no puede dominar.

Un judaísmo sin Dios, pero atravesado por las herencias de los sabios y los rabinos que construyeron la arquitectura del Talmud, de los cabalistas que en noches españolas persiguieron el enigma del verbo divino, de profetas que desde Isaías y Amós hasta Nathan de Gaza y las filiaciones anarquistas y comunistas de cientos de hombres y mujeres que en los últimos siglos también profetizaron contra las injusticias soñando con la redención y con “la tierra de leche y miel”. Un judaísmo iconoclasta y subversivo, bañado por las aguas turbulentas de todas las heterodoxias que se sintetizan, por qué no, en el nombre de Baruch Spinoza. Pero también un judaísmo que me rebela contra la brutalidad del aparato militar israelí que somete al pueblo palestino al mismo tiempo que borra, de un plumazo y para satisfacción de muchos que en un pasado no tan lejano habilitaron el camino del exterminio, la historia de injusticias y violencias cometidas sobre el cuerpo judío por los distintos poderes de turno y por el prejuicio que recorrió sus complejas relaciones con diversas culturas. Como si la totalidad de una herencia quedara interdicta por el giro actual de los acontecimientos dominados por el retorno de un nacionalismo guerrero que poco y nada tuvo que ver con la travesía por el tiempo del pueblo judío. Los poderes fácticos, los que marcan el ritmo del mundo, no se sienten a disgusto con los “pueblos guerreros”. Lejos quedó, al menos en mis recuerdos de la niñez y la adolescencia, esa tierra de pioneros capaces de vivir en comunidad de bienes e ideales tratando de darle al desierto un aspecto de vergel. Sin haber sido nunca sionista, ni siquiera cuando la palabra socialismo se mimetizaba con esa identidad, sentía -y de vez en cuando algo tenue de ese sentimiento retorna en mi- un cierto orgullo por esos jóvenes que intentaban, en sus kibutz, construir la utopía de la igualdad en la tierra de los ancestros y en amistad con sus otros habitantes milenarios, los palestinos. Entre León Tolstoi, Emma Goldman y Martin Buber la promesa de un Israel renacido de las cenizas de la Shoah se conjugaba con la frescura mitológica de aquellos pioneros. Una “melancolía de izquierda” -como la llamó con justicia Enzo Traverso- habita aquel sionismo entre anarquista y socialista que hoy se ha convertido en testimonio de un pasado invadido por las brumas y las malas hierbas.  

 

Spinoza: La Firmeza Del Filósofo Que Vivió Marginado

‘Spinoza, excomulgado’. Por Samuel Hirszenberg, 1907

 

En todo caso, un judaísmo con el que no tengo nada que ver, que me produce un malestar cada día mayor y que me confronta con una realidad opresiva y cegadora de los mejores sueños de aquel otro judaísmo que siempre me cautivó. Si lo judío se desprende de su memoria de la injusticia, si se transforma en victimario de otro pueblo –como efectivamente está sucediendo en Israel–, la que queda dañada es una tradición que supo representar, con sutilezas y conflictos, la impronta de todos aquellos que han sufrido, aquí y allá, la violencia de todos los poderes. No me interesa un judaísmo beligerante que se ufana de su poder de fuego. Incomodidad que me devuelve a ese lugar del margen que lo judío casi siempre ha tenido como expresión de un otro irreductible a la “verdad” de las mayorías o de aquello que representa el sentido común de una época. No hay, para mí, judaísmo sin esa mezcla de rebeldía, sueño redencional y sospecha de lo que el status quo del poder determina como lo que hay que aceptar. Nada más insulso que un judaísmo del poder y para el poder. Es el otro judaísmo, el del remanente y el del margen, el que siempre tocó mis fibras íntimas, el que conmovió mi modo de ver el mundo y de sentirme heredero de una ética de los débiles. Es por eso que, en su momento, la lectura de Levinas tuvo algo sustancial que decirme. La tensión entre ética y política, muy presente en las últimas generaciones de judíos que sintieron la necesidad de transformar la realidad de acuerdo a los preceptos de la igualdad, se ha constituido en un punto de clivaje en nuestro tiempo dominado por un sistema opresivo –el capitalismo neoliberal– que intenta capturar el instante bajo la forma de la eternidad. En todo caso, es el judaísmo profético junto con las resonancias del mesianismo, el que siguió insistiendo en las generaciones que soñaron con la revolución o en aquellos que, bajo la forma de la herencia “maldita” del gnosticismo, buscaron quebrarle el espinazo a la injusticia de una realidad sometida a los imperios de poderes que se ofrecen como imperecederos. El judaísmo ha sido, por el contrario, la persistencia de los débiles y el testimonio de lo incompleto como figura de todo lo que acontece en el seno de la historia. Lo peor que podría pasarle es olvidar esa marca para dejarse capturar por los cantos de sirena de un sistema que aspira a concluir con la historia. Y, de paso, con el propio judaísmo que, como decía Franz Rosenzweig, si ha sobrevivido y no se ha convertido en una nota a pie de página de un libro que describe las peripecias de pueblos desaparecidos, es porque renunció a dar la sangre por un pedazo de tierra. El ideal del “Gran Israel”, la transformación de los israelíes en un contingente de soldados pertrechados hasta los dientes, no augura nada bueno. O, como señalaba George Steiner, es un trago demasiado amargo haber atravesado las terribles peripecias de su historia trágica y única para concluir en la construcción de una fortaleza militarizada al extremo. Un delirio que no se corresponde con su paso errante, con su sueño mesiánico y con su sed de justicia. O, quizás, la normalización, finalmente, de un pueblo irredento que ha decidido volverse hacia el poder y sus exigencias. ¿Acaso el crepúsculo de un judaísmo a contracorriente y portador de una carga desiderativa asociada con el futuro, se corresponde con el sonambulismo de una humanidad que camina hacia el abismo sin siquiera percibirlo? Poco y nada me representa una tradición que regresa sobre sí misma desprendiéndose de sus momentos heréticos y críticos. Menos me interesa un repliegue hacia el nacionalismo cuando lo que caracterizó su marcha por el tiempo fue la transgresión de todas las fronteras.  

 

Walter Benjamin, hoy como hace 80 años - Levante-EMV

Bertolt Brecht y Walter Benjamin.

 

A veces tiendo a pensar que mi relación con lo judío continúa la experiencia histórica del exilio; exilio de mi época y de sus “virtudes”, fraternidad de mis anacronismos con esa recurrencia judía por recobrar, en el presente, aquello que pertenece a otro tiempo, o que los hombres de este tiempo desearían que permaneciese para siempre a otro tiempo. Molestia del que insiste y que rodea sin descanso la fortaleza de la memoria, aunque su actitud se vuelva molesta para los otros que simplemente desean olvidar. Exilio y memoria constituyen las dos experiencias fundamentales del ser judío, en el cruce doloroso de ambas experiencias la huella ha dejado su marca y nos marca. Lo impostergable nace de ese cruce, allí se forjan los hilos de acero de una continuidad hecha de vanos intentos por abandonarla. Su presencia no constituye una virtud sino una cita con lo impostergable de nosotros mismos. No hay libertad allí donde la presencia del origen se ofrece como insustituible; pero tampoco hay pesar o rencor por no poder deshacernos de nuestra piel en un tiempo caracterizado por las continuas mutaciones y por la bancarrota de toda experiencia que intente remitir a alguna forma de identidad. Lo falso recubre toda intencionalidad restitutiva, del mismo modo que huele a rancio todo discurso que apele a ontologías inasibles. Sin embargo, y aquí encuentro una diferencia sustancial, lo judío -en el sentido que lo vengo planteando- no se ofrece como rancio ni aparece recubierto de falsedad pseudo anacrónica simplemente porque siempre estuvo fuera de época, jamás representó un tiempo determinado sino, por el contrario, se desplazó hacia lo otro en correspondencia con su deriva diaspórica. Y eso, paradójicamente, lo protegió, le permitió vivir el anacronismo sin proclamarlo ni hipostasiarlo. Memoria en el judaísmo no significa exaltación de un pasado ejemplar sino la presencia selectiva de lo impostergable, ayer, hoy y mañana. Continuidad no en un sentido escatológico, como cumplimiento inexorable de un destino o de una promesa; continuidad, más bien, como expresión de lo frágil, de aquello que se puede perder, ejercicio de la rememoración que salva en el presente aquello que de ningún modo tiene garantizado la permanencia, ni en el tiempo ni en el recuerdo de los hombres y mujeres. En este sentido, lo propiamente judío de la memoria se relaciona con lo amenazado, con lo que permanece en estado de intemperie y que la historia de los vencedores -como decía Benjamin- desplaza hacia el olvido.

Es por eso que, en una época destemplada, capaz de girar enloquecidamente alrededor de la fascinación del instante y que actúa como autómata, resulta cada vez más lejano ese impulso -propio del espíritu judío- de actualizar, a través de la memoria, lo que del pasado sigue conmoviendo creativa y disruptivamente el presente. La eternización del aquí y ahora parece eliminar esa doble dimensión en la que el presente se dejaba habitar por el pasado y por un futuro anhelado. Convertido el pasado en objeto de culto mercantil, reducido a industria turística o a mercancía cultural fosilizada, lo propio de la memoria judía sólo puede ofrecerse como incomodidad de lo que queda a deshora. Atrofiada la expectativa de futuro cuando lo que predomina es la distopía, la promesa redencional permanece como aquello que puede sacar de quicio a la lógica de la repetición propia de un capitalismo autófago.  

Lo judío es para mí, y creo que estos ensayos escritos a lo largo de más de 30 años intentan dar cuenta de eso, un modo de la persistencia, un hilo que siguiendo caminos laberínticos reúne, sin embargo, tiempos distintos, experiencias diversas y biografías que sedimentaron y sedimentan mi propia tradición espiritual. Lo judío es un modo de leer e interpretar, es esa percepción de ser un visitante en tierra ajena, es también un encuentro extraño con palabras de otros tiempos y una suerte de impostergable deber ético que siempre está allí, casi secreto pero operando infatigablemente sobre mi conciencia. Pero es también un gesto anacrónico que no se siente a gusto con la actualidad del judaísmo normativo ni, mucho menos todavía, con el giro nacionalista, guerrero y opresivo de quienes hoy dirigen los destinos de Israel. En todo caso, y esa es mi sensibilidad, lo judío como una alteridad que no se corresponde con el ejercicio del poder ni la usurpación territorial y, mucho menos, con el abandono de los ideales de un mesianismo libertario. Tal vez, por qué no, una ficción personal, un viaje idiosincrático hacia una geografía que ya no existe. Un judaísmo imposible entre Rosenzweig y Benjamin, entre Scholem y Kafka, entre los entrañables personajes de Isaac Bashevis Singer que ven de qué modo su mundo se va desvaneciendo y la integridad ética de Amós Oz, imaginado como un mar de escrituras que buscan, bajo la forma de la eternidad, sus lectores capaces, siempre, de anunciar una nueva interpretación.

 

Jorge Luis Borges siempre quiso tener raíces judías - Israel Internacional

Jorge Luis Borges

 

Un modo de leer e interpretar, una patria desterritorializada o un libro compuesto de infinitas páginas que, como quería Borges, imposibilitan cualquier gesto de soberbia. El libro como patria simboliza el derrotero histórico de un judaísmo en vías de extinción. Nos remite a una experiencia crucial que, desde mi lectura, constituyó el corazón vital de la tradición judía. Fuera del territorio y del estado, en los márgenes de los poderes establecidos, vagabundo de las verdades impuestas por la fuerza, lo judío se desplegó como conciencia crítica y como ese otro permanentemente repudiado por el poder. Su exilio significó su oportunidad, esa vivencia diaspórica posibilitó la continuidad de una tradición que, de otro modo, hubiera languidecido como tantas otras abrumada por el esfuerzo de imponer su verdad. Pero ese judaísmo errante atrincherado en el Libro y en sus infinitas interpretaciones, permanece hoy en el exilio, amenazado por el triunfo en su interior de la identidad nacional montada ahora sí en la realidad de un Estado propio.          

Lo judío en mí se retrotrae hacia esa experiencia de la ausencia de territorio, ahí creo encontrar mi peculiar modo de permanecer en el seno de la tradición; pero es también una travesía cosmopolita por los diversos legados de Occidente que confluyen desde sus originalidades en ese crisol que nace de un modo transversal de leer e interpretar, suerte de amalgama a partir de la cual se rompen inexorablemente los inútiles localismos. Lo judío entonces como un territorio de las mezclas y las confluencias, espacio signado por lo propio y lo ajeno. Pertenencia a una tradición heterodoxa construida desde su propio genio y desde la apropiación de otras escrituras y de otras lenguas con las que supo describir con nuevas inflexiones la historia de su derrotero por el tiempo. Es éste quizá el modo más genuino y secreto de ser occidental, un modo desterrado de las prácticas actuales del multiculturalismo académico o de la masificación tecno-mercantilista que impone obsesivamente sus uniformidades. Un modo a contrapelo de ese mismo Occidente que ejerció, hacia adentro y hacia afuera, una violencia homicida de toda diferencia que no se resignaba a adaptarse a la condición de pieza de museo. Un judaísmo alejado, a su vez, de cualquier intento por separarse de su pertenencia a Occidente en tanto que legados y tradiciones mutuamente entrelazadas; porque no se trata de retornar a una suerte de integridad perdida o de reclamar la pureza judía frente al decadentismo occidental; sabiendo, a su vez y por experiencia trágica, que ese mismo Occidente no dejó de convertir al “judío” en chivo expiatorio de sus propias oscuridades.

Cualquier forma de integrismo, aunque se disfrace de crítico o se vista con el ropaje de venerables discursos filosóficos, se opone violentamente a ese judaísmo diaspórico y en ocasiones herético del que me siento parte y que recorre las páginas de este libro. Porque es allí, en los entresijos del exilio y la memoria, del desgarramiento y la espera, donde acontece la imposibilidad de cerrar la deriva de una sensibilidad que se traiciona a sí misma cuando “olvida” ese viaje por una historia construida desde la debilidad, la escasez, la errancia, los sueños desiderativos forjados en los talleres de la redención prometida pero nunca alcanzada. Un judaísmo que se enfrenta a sus contradicciones y a los intentos recurrentes en nuestra actualidad de convertirlo en muralla guerrera de una dogmática del poder y de la idolatría militar-nacional. ¿Acaso un judaísmo utópico? ¿acaso esté en la travesía del judaísmo el envés de un Occidente que hizo de su proyecto civilizatorio la realidad de la barbarie? ¿sigue ese legado milenario dando testimonio de la fractura y la violencia ejercida sobre el cuerpo del “otro” desde la maquinaria del poder o, por el contrario, ha sido absorbido por sus verdugos convirtiéndolo en huella borrada de un dolor expulsado de su actualidad militarizada y nacionalista? A veces pienso que ha llegado el tiempo crepuscular de un pueblo errante que supo sortear cada uno de los desafíos y pruebas a las que fue sometido a lo largo de esa travesía milenaria. Me preocupa, y me incomoda que, en esta época, donde todo se acelera bajo la forma de la autodestrucción civilizatoria de un capitalismo tanático y autófago, lo judío simplemente quede borrado sin siquiera atreverse a levantar, otra vez, la voz profética de los desesperados[1].

Quizás en el recorrido de estas páginas pueda encontrar mi propia nostalgia de un judaísmo extinto dando testimonio de un viaje que ha concluido. Nunca dejé de establecer un vínculo estrecho entre las irradiaciones mesiánicas provenientes de tiempos lejanos y fundacionales, la errancia diaspórica nacida de las pérdidas y las derrotas, y los ideales revolucionarios de una época secular y profana que, aunque no lo supiera o lo negase, fue descendiente de esa sed redencional. El moro de Tréveris, nieto de rabinos, cabalgó sobre monturas confeccionadas por generaciones de exiliados y derrotados capaces, tanto él como aquellos, de convertir en universales sus ideales mesiánicos. Difícil seguir las huellas de la revolución, de sus mitos y catástrofes a lo largo del siglo XX, borrando su lengua judía. Al menos a mí me resulta imposible. El siglo XXI, sin embargo, parece empeñado en borrarlas allí donde la tradición iconoclasta, herética y revolucionaria del judaísmo de la edad moderna se ha ido convirtiendo en una expresión más del conservadurismo contemporáneo. Hay quienes, incluso, no dejan de señalar la influencia (¿complicidad?) de ese “mesianismo secularizado” en la propagación de las nuevas formas de la barbarie totalitaria que recorrió el siglo XX; con lo que la “normalización” de una judeidad adaptada a los nuevos vientos de época no sería sino la confirmación de que todo impulso redencional acaba por abrir las puertas del infierno. Confieso que me siento a disgusto con esta posición que renueva, de un modo aparentemente inopinado, la vieja práctica de hacer del judío un portador perpetuo del mal, y del gesto revolucionario un programa que conduce directamente hacia el totalitarismo. Y eso, lo aclaro por si alguien se imagina lo contrario, sin dejar de lado la dialéctica salvaje que atravesó los ideales de la revolución allí donde logró concretarse. Una dialéctica que desenrrolló la intolerancia y el dogmatismo como mecanismos de contralor de la promesa salvífica. Siempre, aunque permanezca a otra tradición, nos persigue el otro rostro de Jano. Una vez más, lo judío, al menos en mi propia deriva y apropiación, supone la tensión y el conflicto, la espera mesiánica y la catástrofe que la adelanta. La fascinación antinómica que habitó a esa mística judía que tanto fascinó a Gershom Scholem. La espera imposible ante “la puerta de la ley”. 

  

Mestre da cabala, Gershom Scholem nos ajuda a entender a ideia de mito na política - 09/02/2021 - Juliana de Albuquerque - Folha

 

Retrato de Scholem (1925)

 

Ensayos indagatorios que persiguen, en diferentes direcciones, las huellas de una identidad, no con el ánimo de alcanzar el puerto seguro de la certeza consumada, sino como manifestación provisional de una búsqueda. En mí lo judío constituye un sedimento insustituible, un punto de partida que, en gran medida, determina el sentido de mi biografía y de mis lecturas. Pero sedimento no significa agotamiento en lo judío de todas las otras tradiciones culturales que atraviesan esto que denominamos Occidente –en su esplendor y en su miseria–, ni tampoco implica la elección de un punto unívoco desde el cual mirar el mundo, la historia y los hombres; es, más bien, una forma de la sensibilidad, un rasgo del carácter, una deuda impaga que siempre estamos pagando, la persistencia de la memoria convertida también en mandato ético, una ejemplar manera de leer y de transitar por el libro del mundo, una reivindicación de la crítica, de la provisionalidad, del entrelazamiento de legados y de la permanente controversia. Una sed de justicia que no se sacia ni acaba por olvidar las marcas del dolor y del sufrimiento. Un sueño desiderativo que busca sustraerse a las demandas de certeza y posibilismo que dominan nuestra época. La exuberancia de un legado que, cada día que pasa, queda más lejos del presente. Como si lo que cautivó a varias generaciones de jóvenes entramados, de diversos modos, con lo judío, se fuera convirtiendo en bruma de un tiempo desvanecido. Un gesto melancólico que insiste con la figura de lo espectral en una época azotada por los vientos del olvido. O, peor aún, de una época que se deleita con la figura de la víctima transformando al “judío” en la figura hiperbólica de la víctima por antonomansia. Nada más lejos de mi judeidad que ese podio olímpico en el que los descendientes de Moisés ocupan el lugar más destacado. Convertirlos en víctimas eternas es la mejor manera de desactivar ese otro legado de herejía y provocación, de heterodoxia y subversión de los valores. A la víctima le expropian todo: su nombre en primer lugar, sus ideas, sus sueños, sus rebeldías hasta volverla una cifra impensable y absurda. La nada de una cuantificación monstruosa. Lo judío en mi larga indagatoria buscó desvictimizarse o, mejor, asumir que hay algo más poderoso en ese ejercicio, muy cristiano y occidental, por deshacerse de sus judíos que se vincula con un cierto desafío, con un modo de ser y de actuar que desde siempre molestó a los poderes. Una exigencia descomunal que creyó que era posible traer el cielo a la tierra. Inaceptable. Absurdo. Monstruoso.

Libro de confluencias en el que el ensayo filosófico dialoga con una escritura nacida del dolor y de la urgencia, testimonio personal de una identidad que permanentemente se interroga a sí misma y que, enclavada en una tradición que ha sabido atravesar el tiempo y la historia, reconoce como propia la experiencia de aquel que camina por un desfiladero, cuyos lados representan la catástrofe y la esperanza, la oportunidad y el peligro.

Un libro que se inicia, en verdad, en un pequeño departamento del barrio de la Paternal en Buenos Aires donde, en los hermosos años de mi infancia, escuchaba las historias de mi zeide Simón; creo sentir su presencia y la nostalgia de aquellas inolvidables cenas de Pesaj, cubiertas por las palabras que traían a la memoria los recuerdos de un pasado cargado de sueños, catástrofes, exilios y esperanzas y… los olores inolvidables de las comidas preparadas por mi baba Cecilia, testimonio del amor, de la entereza, de la inteligencia y de la continuidad protectora que lo femenino siempre significó en la larga travesía de un pueblo errante.

 

Referencias:

[1] Es una paradoja trágica que el “enemigo” a batir por parte de Israel sea Hamas, una organización cuyos supuestos ideológicos, políticos y religiosos suponen un orden de la sociedad, si llegase a imponerse, en el que la ley coránica y el monoteísmo estricto constituirán los fundamentos de la uniformidad cultural. Pero la paradoja surge de que la radicalidad de un conflicto que se multiplica y se propaga en el tiempo ha llevado a que sea Hamas quien represente, a ojos del mundo, la resistencia del pueblo Palestino. Israel no ha podido, no ha sabido o no ha querido resolver, bajo la forma de la justicia y la correspondencia, un conflicto que viene arrastrando desde sus comienzos como nación. La bala que asesinó a Isaac Rabin hirió de muerte la posibilidad de paz y debilitó tanto a aquellos israelíes que siempre han querido caminar hacia una paz justa entre los dos pueblos, como también debilitó a aquellos palestinos que lucharon por conquistar su derecho a tener una patria sin postularse desde una perspectiva integrista y negadora de la existencia de su adversario. Lo trágico de este presente es que Israel dejó de ser David para convertirse en Goliath y que Hamas nada tiene que ver con los ideales de los débiles que sí, a su modo, representaron Yasser Arafat y las corrientes seculares de la resistencia palestina.  

 

Buenos Aires, 10 de junio de 2021.

*Filósofo, profesor y ensayista argentino. Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Forma parte del equipo de académicos e intelectuales que fue nombrado por el Gobierno nacional como asesores del presidente Alberto Fernández.

2 Comments

  1. Leo y releo este prólogo pensado y sentido desde «lo judío» pero con una mirada universal e histórica. Gracias Ricardo por tu aventura interior – emocional e intelectual- en un desafío a tanta cerrazón y prejuicios. Sobran estímulantes señales para leer tu libro y acercarse -acercarnos- como seres humanos y argentinos. Ah, tu temeridad no me extraña: me da envidia.

  2. Carezco de la voluptuosidad literaria de mi admirado Ricardo Forster. Mis preocupaciones son más cuantitativas: algún compatriota argentino y judío me confirmó que ellos son menos de 15 millones en el mundo. Mundo de casi 8000 millones. Entonces: cuando hablamos del judaísmo, estamos hablando de un tema global? o simplemente del conflicto cristianismo vs. judaísmo, que atañe a menos de una cuarta parte de esa población mundial. Y el resto? hablan de este tema?. Ampliemos el paisaje: agreguemos a los musulmanes. Se mueve tanto el amperímetro?. Hablemos del sionismo y su relevancia en la economía y política mundial. Y si hablamos del sionismo debemos hablar del capitalismo salvaje y colonialista, el cual está comenzando a ser jaqueado por una propuesta cuya demostración palpable y contundente es la emergencia imparable de China, cuyo comunismo no ha fracasado. Al contrario: desde 1953 su economía funciona mediante planes quinquenales, controlados por el Comité Central del P.C., cuya evolución, por supuesto, no fue lineal, pero con mucho énfasis en el cumplimiento de objetivos. Admiro profundamente el espíritu judío y los aportes a la civilización. Pero deberíamos dar vuelta la hoja histórica y preguntarnos no solamente sobre porqué Israel es tan animal con los palestinos, sino porqué hemos naturalizado la injusticia y la desigualdad a nivel global, cuando hoy en día la evolución económica (gracias!!! capitalismo) produce alimentos y bienes para que NADIE!!! en el mundo pase hambre o viva mal. Ni hablar de la necesidad de poner como prioridad detener la degradación ambiental.