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Foto: Erich Salomon

Foto: Erich Salomon

El  periodista y director de La Señal Medios Gabriel Fernández señala que el cipayismo tradicional –lo de afuera es mejor- ha parido un sucesor: el cipayismo temporal –lo de antes fue mejor-. Entre ambos, despliegan con fuertes fundamentos el desprecio por lo propio, cuyo cenit suele ser el desmerecimiento de nuestros jóvenes, de nuestros trabajadores, de nuestros pensadores.

Por Gabriel Fernández *

(para La [email protected] Eñe)

 

Si se aprovecha la posibilidad de observar algunos asuntos presentes por el espejo retrovisor, el nivel de comprensión puede mejorar. Al revés de lo que algunos infieren de modo natural, esa mirada –con un enfoque adecuado- descorre velos actuales y sitúa el ayer en su justo lugar.

 

EL FÚTBOL. Una constante en nuestras vidas es simple y reconocible: la aseveración “antes se jugaba mejor”. Atraviesa todos los antes, desde el ahora. Al transitar varias décadas, puede colegirse que esa era la frase predilecta en los años 60, cuando los mayores hacían referencia al período “de oro” ubicado entre los 40 y los 50.

La frase se vivificó en cada tramo. Lo mismo dijeron los adultos en los 70 para referirse a los tiempos inmediatamente previos. Y así se cristalizó en los períodos siguientes, apenas actualizada por otros nombres, otras jugadas, otras formaciones. En la mayor parte de las alocuciones, surgía acompañada por “hoy se juega mal, falta esto y sobra lo otro”; se sigue escuchando, con algún decibel menos.

Así fue que nos preguntamos  en qué consistía ese antes.

Al entender que abarcaba casi ochenta años de fútbol, concluimos en dos asertos: muchas personas idealizan el pasado, durante el cual fueron jóvenes e impetuosas, y sus comentarios incomprobables les brindan un aura de sapiencia digna; esas personas se pierden de disfrutar el presente liso y llano que les provee la disciplina artística popular por excelencia y la industria cultural más impactante, lo cual las lleva a devaluar su propia era y en definitiva, a sí mismas.

Esto es lo que también sucede con el periodismo argentino y con su componente analítico más vigoroso: el Pensamiento Nacional.

 

EL PERIODISMO. Es curioso, pero al difundir un parecer con esos rasgos, los sabios retrospectivos se suman al tono aristocratizante de quienes añoran las vacas y las mieses y además, destituyen anticipadamente los logros que, en medio de las dificultades, nuestro pueblo hace nacer día a día. Período a período.

Somos tantos los que a esta altura del partido coincidimos en la crítica acerva a los medios concentrados, su periodismo de guerra y sus periodistas adocenados, que podemos dar por asentado ese hilván. No por terminado, pues siempre hay más tela para cortar y nuevas trampas a descubrir, pero si por aprehendido. De hecho y pese a las objeciones y desajustes, el tramo kirchnerista sirvió para que una enorme porción de la opinión pública comprendiera que los medios son empresas y que su decir encarna intereses que barren verdades.

La cuestión es que a lo largo y a lo ancho del país se ha generado un sinnúmero de espacios comunicacionales, llevados adelante por periodistas populares, de innegable vinculación conceptual con aquella lejana prensa federal, con esa reverberante prensa anarquista, con los Cuadernos de Forja, con los periódicos resistentes y subterráneos, y con los intentos más estructurados de tiempos cercanos.

(La calidad siempre estuvo imbricada en esa historia. Para no efectuar una nómina que ya realzamos en varias ocasiones, sintenticemos: los tres más grandes periodistas de nuestra historia se desplazaron en ese antes: José Hernández, Arturo Jauretche y Rodolfo Walsh. Desde otra franja, apenas Domingo Faustino Sarmiento consiguió hacer vibrar al lector con su pluma).

Por supuesto que hubo zonas de encuentro más que apreciables (intersecciones) y excepciones en uno y otro sentido. Pero aquél lugar común de “los liberales –se les llama la derecha y quizás no resulte una gran definición- sí que saben hacer medios”, configura una auto denigración bien propia de quienes postulándose transformadores, abrevan en la derrota con el argumento de ejercer el realismo.

Por estas horas las informaciones más certeras y los análisis más agudos del presente nacional e internacional pueden hallarse en ese archipiélago de espacios periodísticos; podemos certificar el emerger de generaciones que –usufructuando las nuevas tecnologías- operan como rutas de persistencia que se actualizan y se dinamizan de continuo.

 

LA ARISTOCRACIA. Las objeciones a esta evaluación manan de una confusión: la de identificar los caños de difusión con la dimensión (veracidad, belleza, contundencia) de la elaboración. Esto nos lleva a una réplica demasiado ostensible aunque por lo visto, importante: las empresas monopólicas tienen más dinero, más recursos, que quienes contrastan con su línea editorial, derivación pública del interés privado. Llegan más lejos, claro. Pero gritar más fuerte no implica tener razón.

Sobre todo es válido indicar que las nuevas construcciones comunicacionales están afincadas en la creciente integración al mundo político y cultural de delegados y militantes relacionados con los movimientos obrero y social que enlazan con esos jóvenes trabajadores de prensa. Existe, abajo, un clima que forma, contiene e incentiva los nuevos rumbos del Pensamiento Nacional aplicado a la narración del presente.

Sin embargo, son varias las voces que se desgañitan –en las redes, paradojalmente- anunciando el fin del peronismo desde un super peronismo, del periodismo desde el periodismo y del Pensamiento Nacional desde una faja que estima educativo extrapolar discursos y fragmentos clásicos a modo de recetas fijas o citas de las escrituras sagradas. Todos ellos consideran que antes se jugaba mejor.

Arturo Jauretche no merece ser evocado como rara avis, sino como uno de los generadores (relanzadores en verdad, con su idea de eslabón) de las nuevas camadas. Fue intenso cuando recriminó a sus antiguos compañeros la pulsión por quedarse en viudas tristes en vez de observar y valorar el panorama. Sabía que resulta más fácil asumir el rol de genio incomprendido, de aristócrata del purismo, y se zambulló en los nuevos tiempos –que son estos, con su presencia rectora- pues los energizó como nadie.

Otro error sencillo radica en la comparación anti temporal basada en la notoriedad. Suele suceder, cuando se recomienda zambullirse en alguna gran narración periodística gestada desde uno de los innovadores espacios nacional populares, que el militante derrotado antes de pelear exclame “¡Y a esos quién los conoce!”, infiriendo locamente que cuando Walsh escribía en Noticias la gente lo seguía por la calle para solicitar autógrafos como puede ocurrir hoy con un presentador televisivo. Como se ve, todo parte de una mitificación del ayer en detrimento de las acciones cotidianas.

Lo cual, dicho sea de paso, puede constituir una buena excusa para no pelear, ni crear, ni aventurarse, ni decir. Si “nadie hace nada”, si “todo es menos”, si “ya no tenemos aquello” ¿para qué lanzarse a construir contra viento y marea? Mejor ocuparse de los negocios personales y, de tanto en tanto, erguirse como azote imperioso del hoy y crítico filoso del ingenuo cusifai que brega con lo que tiene. Ese, que comete errores, claro, pero da batalla.

 

AFUERA Y AYER. Lo hemos apuntado. El cipayismo tradicional –lo de afuera es mejor- ha parido un sucesor: el cipayismo temporal –lo de antes fue mejor-. Entre ambos, despliegan con fuertes fundamentos el desprecio por lo propio, cuyo cenit suele ser el desmerecimiento de nuestra gente. De nuestros jóvenes, de nuestros trabajadores, de nuestros pensadores.

Una fina trama cultural permite que el ayer habite en el presente y lo potencie. Su negación nos deja sin peldaños, su entronización, sin futuro. Las banderas sin historia carecen de épica.  Las banderas cristalizadas, no flamean.

El aprendizaje, continúa.

 

Buenos Aires, 11 de junio de 2021.

*Director La Señal Medios / Área Periodística Radio Gráfica / Sindical Federal

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