
Jugar con plata – Por Rafael Bielsa
22 octubre, 2026La idea de que existe una vida sin síntomas y sin angustias parte del mismo discurso del poder que abusa. Y que se apropia de nuestra potencia erótica, deseante y vital. Frente a una situación de injusticia, sin síntomas ni angustia, hay encerrona trágica.
Por Sofía Guggiari*
(para La Tecl@ Eñe)
En la terapia de grupo se habla de la angustia. Ese afecto pegajoso, espeso que toma el cuerpo. Lo vuelve un extraño. A veces un tirano. De cuando la angustia se vuelve invisible. Se proyecta. O se sostiene y sostiene para no verla con claridad. De cuando es efecto de la crueldad del otro en nosotros y nos desorienta. De cuando nos pone en peligro. O nos obliga en todo caso al riesgo de hablar. De cuando se vuelve síntoma. Finalmente, de cómo se hace para hacer algo o de cómo hacerle un lugar. Pero una participante interrumpe la conversación compartida y lanza una flecha en el corazón del problema: Yo estoy angustiada todo el tiempo. Estoy angustiada por la guita, por la situación social, por la gente que tengo alrededor. Me siento muy impotente. Me siento mal todo el tiempo. No me pidan que le haga un lugar a la angustia
¿Cómo hacemos para hacerle lugar a la angustia cuando ya ocupa demasiado espacio? Me siento mal todo el tiempo. No me pidan que le haga un lugar a la angustia. ¿Es lo mismo el sufrimiento permanente, la angustia como afecto vivo, o el síntoma? ¿Podría ser lo afectivo y lo erótico del síntoma lo que interrumpe esta captura del malestar?
Fernando Ulloa, psicoanalista argentino, desarrolló un concepto para referirse a situaciones de cronificación del sufrimiento. Cuando éste se prolonga en el tiempo y parece no haber salida: lo llamó la encerrona trágica. Se trata de una escena en la que sólo hay dos lugares posibles: quien sufre y quien ejerce el daño. Sin terceridad o instancia de intervención, que rompa con esa relación cerrada. El hecho de que quien sufre depende de quien le hace daño para vivir va generando progresivamente un estado anímico de desesperanza y acostumbramiento. Se naturaliza el malestar. Ulloa nombró cultura de la mortificación a ese estado en el que se pierde, poco a poco, la posibilidad de imaginar que las cosas podrían ser diferentes. Como si ya no hubiera nada que hacer, como si no existiera otra salida posible.
La naturalización del sufrimiento, ese malestar permanente que se aguanta, más bien se soporta; es la encerrona trágica de la que habla Ulloa. El poder abusando de la vida. La angustia, en su sentido de energía de lo vivo, y el síntoma son otra cosa. Esta diferencia es crucial de hacerla hoy. La angustia es un afecto que interrumpe, a veces terrible, que invade e intensifica el cuerpo. El síntoma es movimiento libidinal, nunca consciente, ni voluntario, en una situación de impedimento o imposibilidad. Se mueve. Insiste. Busca su lugar. De modo desplazado. Pero, en todo caso, se trata siempre de la posibilidad de excitación y sensibilidad de un cuerpo. De una insistencia libidinal y, por lo tanto, erótica.
Así, lo erótico, como dice la filósofa Sara Torres, como lo que intensifica, invade, toca, angustia, excita, amenaza con disolvernos, habita en la posibilidad de sintomatizar. Algo que es propio de la experiencia de vivir. De vivir una vida que valga la pena. Vivir, que no es lo mismo que sobrevivir. A diferencia de la encerrona trágica que tiende a lo mortífero, a la detención del movimiento. Decir Eros dulce amargo, como lo nombra la poeta Anne Carson; decir que Eros es dolor, placer, pero Eros al fin, también quiere decir que, en el síntoma, en lo que insiste, que excede mi voluntad, que me produce malestar, que me resulta una incógnita, en lo que me angustia, ahí está Eros, porque ahí está lo vivo. Afecto queriéndose enunciar. La idea de que existe una vida sin síntomas y sin angustias parte del mismo discurso del poder que abusa. Y que se apropia de nuestra potencia erótica, deseante y vital.
Sin síntomas, sin Eros, no habría salud. Frente a una situación de injusticia, sin síntomas ni angustia, hay encerrona trágica.
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Estamos angustiadxs todo el tiempo por las condiciones en las que nos obligan a vivir y, al mismo tiempo, sin poder dejar de cumplir las expectativas que ese mismo modelo de vida nos impone. ¿Acaso no sería esta nuestra encerrona actual?
La figura del zombi hiperactivo, propuesta por Suely Rolnik, nombra una forma de vida en la que perdemos la posibilidad de escuchar el saber que tienen los afectos en el cuerpo: eso que nos inquieta, nos moviliza y nos pide una transformación. Y, sin embargo, seguimos compulsados permanentemente a producir, rendir y adaptarnos, como si no pudiéramos detenernos nunca. Entonces, no se puede parar de trabajar. No se puede parar de hacer cuentas. No se puede parar de pensar. Pero tampoco se puede parar de estar angustiada por la guita, por la situación social, por la gente que tenemos alrededor, y con la sensación de que no podemos hacer nada más que seguir. Dice Rolnik, vidas anestesiadas. Yo diría: no anestesiadas en nuestra posibilidad de sentir, sino todo lo contrario. Tan afectadxs, con tanto dolor, que no se puede hacer de eso una singularidad para leer y escuchar. Y quizás también porque circulan, cada vez con más frecuencia, discursos que desacreditan este saber del cuerpo en su dimensión sensible y vibrátil.
Frente a la encerrona trágica del malestar, a la sensación de impotencia, a la experiencia de que no hay salida, quizás haya que volver a reorientarse por la potencia de la plasticidad de la libido y la fuerza creativa que abre el deseo. Escuchar ahí donde algo está llamando a que se abra. Entonces, elogio al síntoma, al afecto que interrumpe el poder, al inconsciente, al delirio, al sueño, a Eros. No como falta ni como patología, sino como portal. Una reorientación hacia la vitalidad.
24 de octubre de 2026.

*Psicóloga.

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