
Planificar en tiempos de incertidumbre – Por Nahuel Sosa y Pablo Bercovich
20 octubre, 2026En este artículo Diego Tatián reflexiona acerca del daño que la absolutización de los sentimientos ha producido en la vida compartida bajo las sociedades neoliberales. La recuperación de un suelo común que haga posible una conversación entre diferentes presupone una crítica del narcisismo individualista que reverencia al sentimiento como una prueba de la verdad.
Por Diego Tatián*
(para La Tecl@ Eñe)
La expresión «Moral del sentimiento» remite originalmente a una corriente filosófica del siglo XVIII, uno de cuyos máximos exponentes fue el filósofo escocés David Hume. Esa corriente postula que el origen de nuestras valoraciones morales no es la razón sino el «corazón». Es decir, que los seres humanos somos inmediatamente emocionales y afectivos, y antes de cualquier idea que podamos tener sobre los hechos, estos nos producen «agrado» o «desagrado». Las condenas y los elogios son juicios sobre personas, que en realidad expresan los sentimientos que esas personas o lo que ellas hacen nos producen. Consustancial al empirismo y al escepticismo, esa filosofía sostenía, por tanto, que no es posible fundar la moral universalmente (pues el sentimiento no es universalizable), pero esa restricción no vuelve imposible la vida ética, que presupone en el sentir humano más semejanza que diferencia, es decir, que los corazones sienten de manera similar. Pero si bien el origen de los juicios morales es afectivo y emocional, esos afectos no son absolutizados, sino que se vuelven en cada caso objeto de la reflexión, la revisión, el autoexamen y una conversación sobre ellos para su moderación o su enmienda.
La moral del sentimiento fue muy importante para cuestionar un cierto autoritarismo de las morales tanto teológicas como intelectualistas, que subordinan la complejidad de la vida humana a ideas que acaban por ser ineficaces para orientar la acción y para contener las pasiones tristes que toda sociedad genera. La conversación moral, en efecto, reconoce el hecho de los sentimientos, pero no los considera un destino, sino que procede de inmediato a la pregunta: ¿qué hacemos con ellos? ¿Cómo los impedimos cuando son portadores de daño, para sí y para otros? ¿En qué modo los transformamos en dirección de una vida tranquila? ¿Cómo los orientamos hacia una idea de justicia? No se trata pues de una moral que convalida los sentimientos de hecho, sino que parte de ellos para pensar y construir una ecuanimidad posible.
Lo que aquí se menciona como «nueva» moral del sentimiento es, sin embargo, algo completamente diferente de lo antes reseñado; algo que cunde: una reivindicación del sentimiento en su inmediatez, tal y como se presenta, cual si fuera por sí mismo vicario de alguna verdad o de algún derecho. Como si revelara alguna certeza por el solo hecho de que alguien lo experimenta. Como si los sentimientos no pudieran ser también -al igual que las ideas- ideológicos, falsos, inducidos, o coartadas negacionistas que adjudican a otros la responsabilidad por impotencias propias, para no quedar desnudos frente a lo que no queremos ver ni reconocer. No siempre el sentimiento de haber sido dañado, por ejemplo, coincide con haberlo sido efectivamente. Como los sentidos, también los sentimientos pueden ser distorsivos. Los sentimientos suceden, pero esa facticidad natural no los vuelve objetos de culto.
Cuando la distancia crítica entre lo que siento y la causa a la que adjudico lo que siento se pierde, se pierden también los hechos y el mundo mismo como posible regulación de la vida en común: solo quedo yo y lo que me pasa, lo que me gusta y lo que no me gusta, lo que me afecta y lo que me es indiferente -lo que me agrada y lo que me desagrada, para emplear los términos empiristas-. Clausurada la pregunta por lo que Adam Smith llamaba «imparcialidad» y Kant llamó «pensamiento extenso» (ser capaz de considerar la perspectiva impropia; ser capaz salir de sí mismo), se impone un puro narcisismo del sentimiento, sin mundo que importe, sin apertura crítica, sin examen de sí, sin imaginación de los otros ni del punto de vista ajeno. Solo importa lo que me sucede a mí.
La incapacidad de desconfiar del sentimiento tal y como se presenta tiene uno de sus avatares más antiguos en el odio racista, o la repugnancia hacia otros seres humanos en cualquiera de sus modos (Martha Nussbaum ha escrito páginas iluminadoras sobre la repugnancia como sentimiento social). Pero en el mundo neoliberal esa incapacidad es elevada a sistema, inoculada a gran escala por las redes y por el estímulo omnipresente de reafirmar lo que cada uno ya cree, lo que cada uno siente, lo que a cada uno le gusta… como si eso fuera garantía de algo. La habilitación cultural y social de una arrogancia ególatra lo impregna todo: el periodismo, la educación, la política, y su desembocadura es la imposibilidad de la vida tranquila -que no es una vida sin conflictos ni sin las intensidades que motivan la pregunta barthesiana por «cómo vivir juntos». También la imposibilidad de construir una lucidez colectiva sobre esos conflictos y esas intensidades inherentes a una sociedad democrática.
Lo que sentimos no es necesariamente -por el hecho de que somos nosotros quienes lo sentimos- un heraldo del Bien, ni el fundamento de una superioridad moral, ni la súbita revelación de una verdad incuestionable, sino que su ostentación acrítica se vuelve una forma -una más- de la vida obtusa. Sin ir más lejos, la Argentina se halla sumida bajo la vanidad de un gobernante que se percibe a sí mismo como depositario de sentimientos cuya brutalidad se multiplica por alarde, y por los que se siente habilitado a todas las violencias y todas las elementalidades. Pero en mi opinión no se trata simplemente de alguien incontinente, que confunde el insulto y la exhibición de estulticia con la honestidad, sino de un emergente social. Mal haríamos, creo, en no ver allí el signo cultural de algo más extenso en el que eso que nos humilla como ciudadanos tiene su raíz.
La restitución de la conversación civil y familiar, y amical y fraternal sobre los sentimientos para ponerlos en perspectiva, someterlos a crítica cuando corresponde y disipar el engreimiento pueril -y violento a la vez- como forma de relación consigo mismo y con los demás, tal vez permita comprender que nadie es el centro del mundo. Y a vivir como uno más, agradecido de que haya mundo (es decir sentimientos, pasiones, cuerpos; también hechos, ideas y almas…), y de simplemente estar en él.
21 de octubre de 2026.

*El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM.

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