
Derecho de resistencia a la opresión – Por Rodolfo Yanzón
17 octubre, 2026La autora de la nota sostiene que la muerte y la sexualidad continúan interrogando al sujeto aún cuando las condiciones técnicas de la existencia se transformen. Según afirma Ricccono, la clínica actual da cuenta de las consecuencias que se presentan ante el rechazo de la muerte y la sexualidad. La tecnología y las religiones son discursos que dan respuestas, procedimientos y cálculos mientras el psicoanálisis abre preguntas acerca de los efectos subjetivos de tal rechazo.
Por Carla Riccono*
(para La Tecl@ Eñe)
Introducción
Actualmente somos espectadores del debate que se establece entre, por un lado, los tecnoprofetas quienes confían en que la inteligencia artificial, la ingeniería genética, las neurotecnologías, la robótica, la medicina regenerativa, entre otras permitirán superar progresivamente límites biológicos humanos: enfermedades, envejecimiento, deterioro cognitivo. Por otro lado, los bioconservadores quienes advierten sobre los riesgos de modificar tecnológicamente la condición humana. No necesariamente rechazan la medicina o la tecnología, pero cuestionan el paso de curar una enfermedad a «mejorar» o rediseñar los cuerpos. Se preguntan, por ejemplo, qué ocurriría con la igualdad, la identidad, la dignidad humana o los vínculos sociales si fuera posible seleccionar genéticamente características de los hijos, prolongar radicalmente la vida o aumentar artificialmente ciertas capacidades.
¿Qué saberes se despliegan si nos preguntamos acerca de los efectos de tal radicalización en relación con el vínculo entre la sexualidad, la muerte y el lenguaje? ¿Con qué armas contamos para batallar los malestares actuales? ¿Qué rol tiene lo singular ante el discurso de un capitalismo salvaje?
Cuerpo, lenguaje y sexualidad
La muerte y la sexualidad constituyen dos dimensiones que interrogan al sujeto, ante la falta de certeza hacia las cuestiones que promueve tienden a movilizar construcciones destinadas a tramitar la angustia. No son únicamente acontecimientos biológicos: la muerte confronta con la finitud y la sexualidad introduce una experiencia que no puede reducirse a la reproducción ni al encuentro de los cuerpos. A lo largo de la historia, la religión y la ciencia han elaborado respuestas heterogéneas a estos interrogantes.
En relación a la sexualidad, más allá de las diferencias en las grandes tradiciones religiosas vigentes, se radicaliza la distancia entre el culto y la sexualidad (islamismos, cristianismo, etc.), incluso el catolicismo promulga «sin pecado concebido»; mientras que las ciencias avanzan en posibilidades, transformaciones y condiciones para la procreación y el goce sexual mecanizado. Hay un punto de confluencia entre ambas, ambas se desprenden del seseo sexual y deslizan nuevas preguntas clínicas, éticas, sociales y culturales.
Estos cambios no suprimen el trabajo psíquico que suscitan. Allí donde se cuestiona lo posible, persisten preguntas acerca del deseo, la pérdida, la filiación y el lugar del Otro. No se trata de oponer ciencia y religión, ni de considerar toda innovación como una defensa frente a la castración, sino de distinguir entre la legalidad intrínseca y sus efectos subjetivos. Desde esta perspectiva, sería importante examinar los efectos subjetivos que tiene el rechazo a la elaboración de la muerte y la sexualidad como significantes privilegiados en la constitución singular y también colectiva.
Conviene comenzar por una distinción: acto sexual y sexualidad no son equivalentes. El primero designa una práctica en la que el cuerpo se presenta en carne viva, que puede o no involucrar a otra persona y que no agota las modalidades del goce. La sexualidad, en cambio, excede la genitalidad y la función reproductiva. En «Tres ensayos de teoría sexual» (1905), Freud mostró que la pulsión no puede deducirse de una finalidad biológica única: sus objetos, recorridos y satisfacciones no coinciden necesariamente con la procreación. Esta separación resulta indispensable para abordar las nuevas tecnologías reproductivas sin confundir reproducción, vínculo amoroso y deseo de hijo. No es lo mismo «coger» que «hacer el amor»: el primero se presenta como algo primario en las necesidades del cuerpo con su goce y el segundo implica un cuerpo atravesado por el lenguaje, interceptado por la pulsión.
El cuerpo que nos interesa es el que se construye luego del nacimiento, no desde un enfoque evolutivo, sino con el primer llanto, las caricias, las palabras y la mirada, un «cuerpo inconsciente» que niega la complementariedad dejando afuera la fórmula simbólica que garantice una proporción o armonía universal.
La experiencia analítica muestra que no todo saber sobre el funcionamiento del organismo se traduce en un saber del sujeto acerca de lo que desea. Lacan (1972-1973) formalizó la imposibilidad de inscribir una complementariedad plena entre los sexos. Su afirmación «no hay relación sexual» no niega los encuentros sexuales: señala la ausencia de una representación simbólica que garantice una proporción o armonía universal entre los modos de gozar.
La muerte presenta una dificultad diferente. Hay dificultades a la hora de imaginar nuestra propia muerte; en «La transitoriedad» (1916 1915) Freud vincula el valor de lo perecedero con la experiencia de pérdida. No es necesario idealizar la finitud para reconocer que la posibilidad de morir interviene en la manera en que cada sujeto construye proyectos, vínculos y duelos. Heidegger (1927), dice: pensar el ser-para-la-muerte sin proponer una celebración de la muerte, sino situando la finitud como posibilidad constitutiva de la existencia. Son elaboraciones distintas, pero permiten formular una pregunta compartida: ¿qué ocurre cuando una época puede suponer que el límite podría volverse administrable?
Nick Bostrom, filósofo sueco, cofundador en 1998 de la Asociación Transhumanista Mundial puesta en boga en los últimos años, investiga acerca de tecnologías emergentes que aspiran al prolongamiento de la vida de manera significativa. Algunas de sus formulaciones cuestionan el envejecimiento y la muerte como límites que deban aceptarse sin más ¿Intenta esta corriente la conservación de lo mismo? ¿Hay un espanto a lo no finito que lleva a la aspiración a la eternidad?
La ciencia ha logrado avances decisivos en el tratamiento de enfermedades y en la extensión de la esperanza de vida y a la disminución del dolor. Estos logros no deben confundirse con una eliminación de la muerte. El punto que interesa aquí es la significación subjetiva que puede adquirir la expectativa de optimización ilimitada: ¿se convierte el cuidado de la vida en un imperativo de vivir más y mejor, sin margen para el malestar? La pregunta no supone que prolongar la vida sea patológico. Interroga, más bien, la posibilidad de que un beneficio técnico se transforme en mandato superyoico.
La religión y la ciencia responden a la muerte desde registros distintos. En ciertas tradiciones religiosas, la resurrección o la trascendencia inscriben la muerte en un relato de continuidad; la biomedicina interviene sobre procesos corporales observables intentando no pereceder. No cabe afirmar que ambas persiguen idénticos fines, pero sí advertir una zona de resonancia cultural: la dificultad de admitir una desaparición definitiva. El psicoanálisis, por su parte, no ofrece una respuesta metafísica alternativa. Su aporte consiste en escuchar qué función tiene para cada sujeto la esperanza de continuidad y cómo la angustia se organiza alrededor de ella.

Hablar con los muertos: tecnología y duelo
Joshua Barbeau, un canadiense, perdió a su pareja, Jessica Pereira, en 2012, cuando ella tenía 23 años. Ocho años después, utilizó un programa de inteligencia artificial llamado Project December para crear una simulación de Jessica a partir de mensajes que ella había escrito. El sistema le permitía mantener conversaciones mediante textos que imitaban su manera de expresarse. Joshua manifestó que esas conversaciones le habían proporcionado cierto alivio durante su duelo.
Las herramientas de inteligencia artificial permiten construir simulaciones conversacionales a partir de mensajes, grabaciones y otros rastros digitales de personas fallecidas. Estos sistemas, llamados griefbots (Grief = duelo y bot = programa automatizado) o deadbots (bots de muertos), plantean interrogantes sobre consentimiento, privacidad, dependencia y elaboración de la pérdida. Esta dinámica de vinculación introduce dilemas éticos y advierten que las relaciones con estas representaciones involucran a quien dejó los datos como a quien hace uso de los mismos. Nos preguntamos acerca del lugar que ocupa este fenómeno en el trabajo de duelo: ¿facilita u obtura la elaboración que implica perder a alguien? ¿La tecnología puede sustituir al objeto perdido? ¿Es una nueva forma de presencia simbólica? ¿Cuál es la diferencia entre estos duelos del siglo XXI y los que se llevan a cabo hace más de 3.000 años como por ejemplo el «día de los muertos» en México donde se realizan ofrendas reconociendo la ausencia y sosteniendo el vínculo? ¿Podría ser que en uno se simula la vida, en otro el muerto tiene lugar como muerto?
La última encíclica publicada es «Magnífica humanidad», del papa León XIV. Fue firmada el 15 de mayo de 2026 y publicada el 25 de mayo de 2026. Aborda cuestiones como la dignidad humana, el desarrollo tecnológico y los límites éticos de la inteligencia artificial. Hay un diálogo entre discursos donde se tocan las mismas temáticas. Ya es inevitable y necesario abordar temas como la finitud, la muerte, la sexualidad, la filiación, el cuerpo y los límites de la acción humana, ejes de debate impensables años atrás.
Procreación sin acto sexual: técnica, filiación y deseo
Las técnicas de reproducción humana asistida separan de manera inédita dimensiones que durante mucho tiempo se imaginaron necesariamente unidas: encuentro sexual, fecundación, gestación y filiación. La donación de gametos, la criopreservación y la fertilización in vitro permiten distintas trayectorias reproductivas. Esa ampliación de posibilidades tiene consecuencias materiales y jurídicas, pero también introduce preguntas sobre las narraciones de origen, la transmisión y los lugares en una familia.
La posibilidad de concebir sin un acto sexual no significa que la técnica produzca el deseo de tener un hijo. Puede facilitar una gestación, pero no determina el sentido subjetivo que tendrá esa experiencia. Tampoco permite concluir que la intervención de un donante haga desaparecer la función paterna, o que la filiación pueda leerse directamente a partir de la carga genética, por eso Lacan habla de funciones, de lugares a encarnar.
En «Tótem y tabú», Freud (1913) construye el mito del asesinato del padre primordial para pensar la articulación entre prohibición, culpa y lazo social. Su valor no reside en ofrecer una reconstrucción histórica verificable del origen de la familia, sino en formular una hipótesis sobre la constitución de la ley. Esta lectura impide equiparar sin mediaciones al padre biológico con la función ordenadora que el mito pone en escena. Los cambios en la reproducción y en las configuraciones familiares no implican, por sí mismos, una ausencia de ley: exigen interrogar cómo se inscriben hoy los vínculos, las responsabilidades y las diferencias generacionales.
La novela «El cuento de la criada» (1985), de Margaret Atwood, ofrece un contrapunto literario. Su régimen ficticio convierte la capacidad reproductiva de ciertas mujeres en recurso administrado por el poder. No describe las técnicas reproductivas actuales, pero permite advertir que la intervención sobre la reproducción nunca es ajena a disputas sobre autonomía, cuerpo y decisión. El atravesamiento geopolítico influye de manera directa en la natalidad; esto se observa en el caso de China, donde se promulgan leyes para reorganizar la planificación familiar y fomentar la formación de «nuevos consumidores» debido al exceso de producción. Sexualidad, reproducción y capitalismo alineados.
El desafío ético no consiste en defender un modelo familiar único ni en celebrar acríticamente toda innovación, sino en evitar que el cuerpo gestante quede reducido a instrumento y que el deseo sea reemplazado por una prescripción social o técnica.
Las transformaciones contemporáneas de la natalidad, las formas de pareja y las prácticas sexuales no admiten una explicación única. Los cambios educativos, económicos, culturales y sanitarios interactúan de manera compleja.
Conclusión
La muerte y la sexualidad continúan interrogando al sujeto aún cuando las condiciones técnicas de la existencia se transformen. La clínica actual da cuenta de las consecuencias que se presentan ante el rechazo de la muerte y la sexualidad. La tecnología y las religiones son discursos que dan respuestas, procedimientos y cálculos mientras el psicoanálisis abre preguntas acerca de los efectos subjetivos de tal rechazo.
La religión puede dar lugar a respuestas en masa, automatizadas en relación a una demanda absoluta que no se puede cuestionar. La técnica ofrece medios para alcanzar fines. Ninguna puede garantizar el deseo ¿Puede ser el psicoanálisis un tercer discurso que oscile entre el cuerpo y su constitución teniendo como origen la pregunta “qué deseamos cuando deseamos”?
La música ordena sonidos alrededor de silencios. El silencio no es simplemente una falla que deba suprimirse; puede constituir la condición de una forma. De manera análoga, el psicoanálisis no propone celebrar el sufrimiento ni renunciar a aliviarlo, sino reconocer que la ausencia de una respuesta total no equivale a la imposibilidad de crear. La práctica analítica se sostiene en la transferencia, en la palabra y en la singularidad de aquello que no se resuelve por anticipación.
Referencias bibliográficas:
Atwood, M. (1985). El cuento de la criada. [Edición original.
Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual. Obras completas. Amorrortu.
Freud, S. (1913). Tótem y tabú. Obras completas. Amorrortu.
Freud, S. (1915). De guerra y muerte. Temas de actualidad. Obras completas. Amorrortu.
Freud, S. (1916 [1915]). La transitoriedad. Obras completas. Amorrortu.
Freud, S. (1917 [1915]). Duelo y melancolía. Obras completas. Amorrortu.
Heidegger, M. (1927). Ser y tiempo.
Lacan, J. (1972-1973). El seminario, libro 20: Aún. Paidós.
León XIV. (2026) Magnífica humanitas: sobre la custodia de la persona amada en el tiempo de la inteligencia artificial” (Carta encíclica). Santa Sede.
Max M. (1990). Transhumanismo: hacia una filosofía futurista.
18 de octubre de 2026.

*Psicoanalista, docente e investigadora.

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