
El Che y lo absoluto relativo – Por Diego Sztulwark
6 octubre, 2026La Tecl@ Eñe entrevistó a Julián Axat y conversamos sobre su último libro «Historia de un juez. Un relato sobre justicia, memoria y democracia», que se presenta el 22 de octubre en La Plata. El abogado y poeta indaga sobre la vida del ex juez Luis Arias, lo sigue por los pasillos, observa cómo trabaja, qué teme, qué desea, con quién se pelea y cómo llega a su casa después de dictar una sentencia. Desde este travelling que se inscribe en la mejor tradición walshiana de investigatión y escritura, podemos vislumbrar algo del laberíntico mundo del poder judicial.
Por Conrado Yasenza*
(para La Tecl@ Eñe)
– Conrado Yasenza: ¿Cómo nace «Historia de un juez»?
– Julián Axat: Nace de una obsesión literaria. Durante mucho tiempo tuve en la cabeza «Un hombre afortunado», el libro que en 1967 John Berger escribió junto con el fotógrafo Jean Mohr sobre John Sassall, un médico rural inglés. Berger hace algo que siempre me fascinó: sigue a un hombre en el ejercicio cotidiano de su profesión y, al contar esa vida aparentemente particular, termina interrogando una institución, una comunidad, una forma de estar en el mundo. Cuando terminé de leerlo pensé: quiero hacer algo parecido, pero con un juez. Quería saber quiénes son esas personas a las que una sociedad les entrega un poder enorme sobre la vida de los demás. ¿De dónde vienen? ¿Cómo llegan ahí? ¿Qué relación existe entre su biografía y sus sentencias? ¿Qué hacen cuando el derecho que deben aplicar entra en conflicto con el poder que los rodea? Entonces, un día apareció Luis Arias. Y entendí que ahí estaba la historia. Lo seguí, lo entrevisté durante años, hablé con su familia, compañeros, empleados y adversarios; leí expedientes, diarios, documentos. En algún momento advertí que ya no estaba escribiendo sobre Arias. Estaba intentando escribir una historia sobre qué significa ser juez en la Argentina.
– CY¿Y cuál es la relación con sus anteriores libros?
– JA: Creo que mis últimos libros forman, sin haberlo planeado inicialmente, una especie de trilogía sobre la Justicia. En «Diario de un defensor de pibes chorros» está mi experiencia como defensor público: el contacto con los chicos, los institutos, las familias, la policía, los expedientes. Después, en «Abogados del diablo», me corrí de mí mismo para preguntarme qué significa defender a otro, incluso cuando ese «otro» es considerado monstruoso o indefendible. Y ahora llego al tercer vértice: juzgar, los jueces. Pero con «Historia de un juez» cambia un poco el procedimiento con el que venía trabajando. Leyendo a Berger aprendí que se puede contar una institución sin escribir un tratado sobre ella. Se puede contar el Poder Judicial siguiendo a una persona por los pasillos, viendo cómo trabaja, qué teme, qué desea, con quién se pelea, cómo llega a su casa después de dictar una sentencia.
– CY: El libro plantea, a partir de la historia del juez Arias, varias preguntas. ¿Qué representa Arias dentro del sistema judicial, qué tipo de juez? ¿Y qué tipo de esencia humana habita dentro de la «familia» o corporación judicial?
– JA: Yo tendría cuidado con la palabra «esencia», porque justamente una de las cosas que intento demostrar en el libro es que no existe una esencia del juez. Los jueces no nacen jueces. Se hacen jueces. Y se hacen dentro de una estructura que tiene rituales, lenguajes, jerarquías, premios, castigos, padrinazgos y modos de pertenencia. La llamada «familia judicial» es una forma bastante precisa de describir ese fenómeno. Hay familias literalmente judiciales, apellidos que se reproducen generacionalmente dentro de los tribunales, pero también existe una familia en sentido simbólico: una sociabilidad cerrada que enseña cómo hablar, cómo vestirse, con quién relacionarse, hasta dónde avanzar y, sobre todo, qué cosas no deben hacerse si uno quiere permanecer y ascender.
Arias representa una anomalía respecto de ese molde. No proviene de la familia judicial. Es un pibe de barrio, de El Mondongo platense, hijo de un hombre llegado desde el norte gracias a las políticas educativas del primer peronismo, criado en una casa donde había una experiencia concreta de movilidad social, de barrio, de universidad pública. Después se forma como abogado administrativista, pasa por distintos lugares del Estado y recién -mucho más tarde- aparece la posibilidad casi impensada de convertirse en juez. Ese momento no es casual y ocurre en el año 2003, donde se da cierta apertura en la justicia para que ingrese gente así. La pregunta que atraviesa el libro no es si Arias era un juez bueno. La pregunta que me interesaba es qué ocurre cuando alguien que no fue socializado enteramente por la corporación, ingresa en ella y conserva algo de esa exterioridad. Y ahí es donde empiezan los problemas.

– CY: Algunas preguntas que recorren el libro: ¿Qué son los jueces? ¿Quiénes son? ¿Cómo piensan? ¿De qué material humano están hechos? ¿Arribó a alguna respuesta?
– JA: Llegué a una respuesta parcial, que quizás sea la única posible: antes que jueces son personas. Parece una obviedad, pero el Poder Judicial hace enormes esfuerzos por ocultarla. El juez aparece detrás del expediente como una voz sin cuerpo. «El tribunal considera», «el juzgado resuelve». Como si la sentencia descendiera de algún lugar neutro. Pero detrás de esa firma hay una infancia, una familia, una clase social; lecturas, miedos, prejuicios, amores, frustraciones; una concepción de la propiedad, del orden, de la policía, de la pobreza. Por eso reconstruyo la infancia de Arias antes de llegar a sus sentencias. No es un capricho biográfico. Quería preguntarme cuánto queda de aquel pibe cuando, muchos años después, tiene delante suyo a una familia que está por ser desalojada, o a chicos que viven en la calle. No creo en la mecánica vulgar de decir: «falló así porque tuvo tal infancia». Pero tampoco creo en la ficción opuesta: que la biografía desaparece cuando alguien se pone una toga.
— CY: Me parece que Arias adquirió notoriedad por la investigación del número real de fallecidos en la inundación de 2013 en La Plata, y luego por la persecución que culminó con su destitución. ¿Puede explicar lo ocurrido?
-JA: La inundación de 2013 es un punto de inflexión, porque allí Arias se encuentra con algo elemental: el Estado no sólo había sido incapaz de proteger la vida; tampoco podía decir con certeza cuántas personas habían muerto. La cifra oficial inicial publicada por el gobierno de Daniel Scioli se cerraba, mientras familiares, hospitales, registros y testimonios planteaban dudas. Arias abrió las puertas del juzgado y comenzó un trabajo casi detectivesco: cruzar registros, certificados de defunción, testimonios, movimientos de cadáveres, información hospitalaria. La causa terminó estableciendo judicialmente 89 víctimas fatales. La sentencia de hábeas data fue dictada a comienzos de abril de 2014. Un año después de la inundación. En el fondo lo interesante es qué revela todo este episodio. Un juez contencioso administrativo, que teóricamente debía controlar actos de la administración, terminó obligando al propio Estado a decir una verdad que el Estado no quería decir. Y eso tuvo costos. Después vinieron los grandes desalojos de Gorina y Abasto, los conflictos salariales docentes, la Ley de Medios, las tarifas y muchos otros asuntos complejos. El libro reconstruye, incluso, cómo después de todos estos casos la Suprema Corte comenzó a abrirle sumarios disciplinarios por cuestiones de funcionamiento de su juzgado; Arias llegó a acudir a la Corte nacional denunciando una persecución política. Entonces yo no leo la destitución de 2018 como un rayo caído del cielo. El libro trata de reconstruir la acumulación histórica de conflictos que convirtió a este juez, en un juez incómodo.
– CY: Arias no es de «familia judicial». ¿Esa no pertenencia tuvo consecuencias sobre su accionar?
– JA: Creo que sí, y para mí es una de las claves del personaje. Arias no tenía internalizado desde niño el ceremonial judicial. Su papá era un humilde abogado y él lo ayudaba en el estudio. En el libro cuenta que en los pasilleos tribunalicios padeció a las burocracias judiciales «del otro lado del mostrador», de allí que cuando un día le tocó ser juez, todo aquello nunca se lo olvidó. Por eso decidió organizar el juzgado sin mostradores ni distancias. Privilegió el lado humano, la sensibilidad, el respeto, el lenguaje claro y cierta sencillez. Todo eso parece menor, pero en el fondo no lo es. Quien pertenece naturalmente a una institución suele naturalizar sus hábitos. Quien viene de afuera, todavía puede preguntarse: ¿por qué hacemos esto así? ¿Por qué una persona tiene que esperar seis horas para que el juez te atienda? ¿Por qué escribimos de una manera que nadie entiende? ¿Por qué nadie explica una sentencia? Arias conservó durante bastante tiempo esa mirada del extranjero. Y creo que allí estuvo simultáneamente su potencia y su fragilidad. No tenía incorporado del todo el instinto de conservación corporativa.
– CY: ¿El sistema judicial es estructuralmente conservador? ¿Qué tensiones existen históricamente entre esa corporación y el peronismo, teniendo en cuenta la historia peronista de Arias?
-JA: Hay una tensión histórica evidente entre el peronismo y buena parte del Poder Judicial, pero sería un error convertirla en una película de buenos y malos. El Poder Judicial argentino tiene una matriz socialmente conservadora. Está construido alrededor de jerarquías, estabilidad, reproducción interna y una relación histórica bastante fluida con los sectores de acumulación económica. El peronismo irrumpió cuestionando parte de ese orden social y, naturalmente, produjo una tensión. Pero el peronismo también gobernó muchos años y durante esos años negoció, nombró y reprodujo segmentos de esa misma estructura judicial. Por eso no alcanza con decir «la Justicia es antiperonista». Hay que preguntarse también qué hizo el peronismo cuando tuvo capacidad de transformar la Justicia. Arias es interesante, porque su historia familiar sí está atravesada por el peronismo. Su padre Oscar había pasado por la Ciudad Estudiantil de la Fundación Eva Perón y esa experiencia de ascenso y justicia social quedó en la memoria familiar. El libro dice explícitamente que el peronismo y la justicia social llegan a Luis desde la historia de ese padre. Pero eso no convierte a Arias en «juez peronista». Falló muchas veces contra administraciones peronistas. Ésa es para mí la distinción fundamental entre tener una concepción política del mundo y ser un juez partidario.
– CY: El libro es una biografía pero también una investigación periodística. ¿Hay una influencia walshiana?
-JA: Sí, aunque nunca intenté escribir como Walsh. Sería una pretensión enorme. Pero hay algo walshiano en el procedimiento: desconfiar de la versión oficial y reconstruir una verdad a partir de entrevistas, expedientes, recortes de diarios, documentos, testimonios contradictorios, archivos familiares. Traté de que esos materiales tensionen el relato, la propia voz de Arias. En ese sentido, «Historia de un juez» está en esa tradición argentina de cruce entre crónica, investigación, documento y literatura. Pero sumaría, como ya te dije, la influencia de John Berger en «Un hombre afortunado».
– CY: ¿En el libro se da entender que existe una suerte de elogio de la valentía judicial. ¿Cuál es ese equilibrio entre independencia y subordinación al poder?
-JA: Una de las preguntas que atraviesa el libro es: ¿qué significa ser valiente siendo juez? Porque la valentía judicial no consiste en hacer discursos heroicos. Consiste muchas veces en firmar una resolución sabiendo que a la mañana siguiente va a sonar el teléfono, que determinado diario va a publicar tu foto, que un ministro va a hablar de vos, que te van a «carpetear» o que alguien va a empezar a juntar votos para un jury. Pero tampoco me interesa construir la figura del juez héroe. Una democracia sana no debería necesitar héroes judiciales. Debería construir instituciones donde un juez pudiera aplicar la Constitución sin jugarse la carrera por hacerlo. Por eso en el libro aparecen otros jueces, otras tradiciones, otras formas de independencia. Me interesa esa genealogía argentina de magistrados que, en determinados momentos, entendieron que su función no era acompañar al poder sino ponerle límites. Porque, finalmente, la independencia judicial no es un privilegio del juez: es una garantía del ciudadano frente al poder.
– CY: Arias participó en la reforma de la Bonaerense y en la investigación de la “Banda de los Comisarios”. ¿Fue allí donde comenzó su vínculo con la policía? ¿Sufrió presiones?
– JA: Sí. Y es una parte fundamental de su formación anterior a la magistratura. Con la gestión de Luis Lugones es designado asesor y entra en contacto directo con la Bonaerense. Arias estudiaba minuciosamente los sumarios disciplinarios de la llamada «Banda de los Comisarios», especialmente sus aspectos patrimoniales, y preparaba informes aconsejando medidas al interventor. Después continuó vinculado al proceso con León Arslanián. Lo importante es comprender qué se estaba intentando modificar. No era solamente «depurar» algunos policías corruptos. Se trataba de quitarle a la Bonaerense facultades que históricamente le habían permitido regular ilegalmente territorios, hacer caja y hasta controlar aspectos de la investigación penal con la tolerancia judicial.
Hubo resistencias enormes. Arias recuerda las causas promovidas contra Lugones y la presión que existía alrededor de aquella intervención. Más tarde, con Arslanián, siguieron las prescindibilidades y las investigaciones patrimoniales. No diría que allí Arias sufrió personalmente una persecución equivalente a la que padecería después como juez. El libro no sostiene eso. Pero ahí aprendió qué es lo que pasa cuando el Estado toca intereses enquistados dentro del propio Estado. Esa experiencia le resultó decisiva cuando años después tuvo que juzgar actuaciones policiales.

– CY: En el libro también cuenta algo que nadie quiere contar: los padrinazgos y juegos de poder detrás de cada juez. ¿Por qué nadie habla de eso y hasta dónde es importante para democratizar la Justicia?
-JA: Porque el Poder Judicial construyó una ficción acerca de sí mismo: pareciera que los jueces llegan a sus cargos únicamente por mérito, como si atravesaran un procedimiento aséptico y finalmente apareciera el mejor candidato. El libro intenta abrir esa caja negra. Hay concursos, antecedentes y exámenes, pero también existen padrinazgos, relaciones políticas, universidades, estudios jurídicos, familias judiciales, negociaciones, nombres que circulan, pliegos que avanzan o quedan detenidos. No necesariamente todo eso constituye corrupción. El problema es que conforma un mercado muy restringido de elegibilidad: siempre terminan circulando personas provenientes de universos bastante parecidos. Lo interesante del caso Arias es que alguien que ingresó mediante esos mecanismos después resultó difícil de controlar. El sistema puede equivocarse respecto de las personas que selecciona. Por eso democratizar la Justicia no significa solamente modificar el Consejo de la Magistratura. Significa preguntarse quién puede imaginarse a sí mismo como juez en la Argentina. Si todos vienen de las mismas familias, las mismas universidades, los mismos estudios y los mismos pasillos judiciales, después no debería sorprendernos que muchas veces miren la sociedad desde el mismo lugar.
– CY: Un capítulo se titula «Un juzgado cerca de la gente». ¿Cómo fue esa experiencia? El título condensa una idea bastante sencilla y a la vez muy disruptiva: un juzgado no tiene por qué ser un lugar hostil.
– JA: Como ya te mencioné, Arias armó su juzgado prácticamente desde cero. Quiso que el trato fuera distinto, que hubiera contacto con las personas y que los empleados comprendieran que detrás del expediente había un conflicto real. Eso chocaba con una tradición donde la distancia forma parte de la autoridad. El despacho, el mostrador, el lenguaje técnico, la demora, incluso cierto maltrato, funcionan como dispositivos de poder. En eso intentó invertir esa lógica. No sin contradicciones, porque ningún juzgado deja de ser burocracia. Pero había una búsqueda deliberada de proximidad. Y por eso después aparece esa fórmula que me interesa tanto: «juez y pueblo». Que son dos categorías en permanente tensión en Argentina.
– CY: Arias tenía una práctica poco habitual: dar a conocer sus sentencias. ¿Cómo funcionaba ese modo de actuación de la justicia que es poco frecuente?
– JA: Desde que asumió decidió que las resoluciones relevantes se enviaran desde una casilla oficial del juzgado a medios, instituciones y referentes sociales. Para él, la sentencia era un acto de gobierno y, por lo tanto, debía ser pública. La primera reacción de la Suprema Corte fue pedirle que dejara de hacerlo, porque la Corte tenía su propia oficina de prensa. Arias no obedeció y continuó difundiendo sus decisiones. Además empezó a trabajar sobre el lenguaje. Si la sentencia iba a llegar a la comunidad, debía poder comprenderse. Implementó pautas de lenguaje claro antes de que exista esa moda en tribunales, y trató de construir decisiones pedagógicas. Por supuesto eso le ganó el calificativo de «juez mediático». Pero ahí me parece que hay una paradoja: se critica a la Justicia porque vive encerrada y cuando un juez explica públicamente lo que hace se lo acusa de buscar publicidad. Para Arias, la visibilidad también terminó siendo una forma de protección: cuanto más poderosos eran los intereses que tocaba, más importante resultaba que la sociedad supiera qué estaba resolviendo y por qué.
– CY: Lo central en su trabajo fueron los sectores vulnerados. ¿Algunos ejemplos?
– JA: Hay muchísimos. Quizás uno de los más claros sea la causa por niños y adolescentes en situación de calle en La Plata. Arias ordenó crear paradores abiertos las 24 horas, atención hospitalaria especializada para chicos con consumos problemáticos, vehículos para traslados, atención telefónica permanente y operadores territoriales. Lo interesante es que años después, en 2020, la Suprema Corte terminó confirmando aspectos centrales de aquella decisión. Pero están también los desalojos de Gorina y Abasto, personas con padecimientos de salud mental, usuarios de servicios públicos, trabajadores, docentes, personas afectadas por la actuación policial. No creo que Arias pensara «voy a fallar a favor de los pobres». Eso sería una caricatura. Lo que hacía era preguntarse qué significa la igualdad ante la ley cuando las partes llegan al expediente con poderes radicalmente desiguales.
– CY: El capítulo sobre la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA) muestra la relación entre medios dominantes, poder político, económico y judicial. ¿Qué hizo Arias?
– JA: A pocos días de asumir Mauricio Macri dictó el DNU 236/15, intervino el AFSCA por 180 días y desplazó a su Directorio. Martín Sabatella acudió a la Justicia federal. Pero, ante la proximidad de la feria, la delegación platense del organismo presentó otro amparo ante el juzgado de Arias. Arias sabía que era incompetente para resolver el fondo porque se trataba de una cuestión federal. Pero sostuvo que cualquier juez podía dictar una cautelar urgente para impedir que durante ese intervalo se consumara un daño irreversible. El 29 de diciembre de 2015 dictó una precautelar ordenando al Poder Ejecutivo no innovar ni afectar derechos vinculados al funcionamiento del AFSCA.
El juez federal Alberto Recondo la dejó sin efecto siete días después. Pero la Cámara Federal revocó a Recondo y volvió a poner en vigencia la cautelar originalmente dictada por Arias. Paralelamente, también hubo una decisión de la Cámara Federal de Mar del Plata que suspendió el DNU. A raíz de esto, Clarín publicó una nota con un titulo que decía: «Uno por uno, los jueces y fiscales que atormentan al macrismo», y puso la fotografía de Arias en primer plano. Él lo recuerda en el libro como una señal de amedrentamiento y el comienzo de su destitución.

– CY: Arias tuvo una participación crucial en el caso de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez. ¿Qué ocurrió y qué consecuencias tuvo?
– JA: Acá haría una precisión importante para no atribuirle al expediente algo que el libro no dice. Sandra Calamano, vicedirectora de la Escuela Nº 49 Nicolás Avellaneda de Moreno, y Rubén Rodríguez, auxiliar docente, murieron en agosto de 2018 por la explosión provocada por una pérdida de gas, después de que existieran reclamos por las condiciones del establecimiento. El libro ubica esas muertes dentro del conjunto de causas educativas que Arias venía resolviendo: descuentos salariales, conciliaciones obligatorias, condiciones de trabajo y decisiones administrativas que incidían materialmente sobre la comunidad educativa. Arias había suspendido descuentos a docentes, cuestionado la utilización unilateral de la conciliación obligatoria por el gobierno provincial y también había dejado sin efecto la pretensión de obligar a recuperar clases durante el receso invernal. Las muertes de Sandra y Rubén permiten comprender algo muy profundo que intento trabajar en ese capítulo del libro: una decisión administrativa nunca es simplemente burocrática. Presupuesto, mantenimiento, salario, infraestructura, salud y educación, terminan actuando sobre cuerpos concretos. Por eso aparece allí incluso la idea de necropolítica: hay decisiones estatales que determinan indirectamente qué vidas serán protegidas y cuáles quedarán expuestas al abandono.
– CY: Tengo la impresión de que hay cierto desconocimiento sobre las causas de la destitución de Arias. De hecho, su libro intenta echar luz sobre su destitución.
– JA: Creo que sí, que hay desconociemnto. Y ésa fue una de las cosas que más me sorprendió mientras escribía. Arias no fue destituido porque se hubiera enriquecido, porque hubiera cometido un delito o porque existiera una denuncia de violencia laboral o de género. Lo echaron después de una acumulación de conflictos producidos por su manera de ejercer la función judicial. Había investigado la verdadera cantidad de víctimas de la inundación de 2013; había afectado intereses económicos muy fuertes; había intervenido sobre tarifas, servicios públicos, cuestiones laborales, basura, salud mental. Durante años fue acumulando enemigos. En determinado momento apareció incluso su nombre en la prensa entre los jueces que supuestamente «atormentaban» al gobierno de Cambiemos. Finalmente, el 15 de agosto de 2018, un jury lo destituyó. La reconstrucción publicada a propósito del libro, también sitúa ese señalamiento mediático como parte del proceso que precedió a la destitución. Por eso quise reconstruir minuciosamente el proceso. No para convertir a Arias en mártir, sino para que el lector pueda mirar las pruebas y preguntarse por qué una democracia expulsa a determinados jueces y conserva a otros.
– CY: ¿Por qué hoy aparece una tendencia a disciplinar y echar jueces por el contenido de sus sentencias y no por mala conducta? ¿Es mal desempeño dictar una sentencia que declare una ley del Congreso inconstitucional?
– JA: Ahí está uno de los núcleos del libro. El mal desempeño no puede convertirse en una fórmula para remover a un juez porque al poder político, económico o mediático no le gusta cómo falla. Si eso ocurre, desaparece la independencia judicial. Eso lo estamos viendo en estos días con las denuncias contra las juezas De Marinis y Pascual. El mismo mecanismo que usaron con Arias para destituirlo. En el fondo, se trata de un mecanismo disciplinador: echar a uno para que aprendan cien. Por eso la historia de Arias me interesó tanto de contar. Su destitución tiene una dimensión ejemplificadora. El mensaje no se dirige solamente a Arias. Se dirige a todos los demás jueces: miren lo que puede ocurrir cuando se atraviesan determinados límites. Porque si cada vez que una sentencia disgusta al gobierno, la primera respuesta pública es pedir el juicio político del magistrado, dejamos de discutir jurídicamente si la sentencia está bien o mal fundada y comenzamos a discutir si el juez puede conservar su cargo. Son dos discusiones completamente diferentes. Arias jamas maltrató a nadie, no prevaricó, no robó. Como no encontraron ninguna causal objetiva para echarlo, le armaron varias por motivos formales, por los fundamentos que usaba en sus fallos, y por eso lo echaron.
– CY: Finalmente: ¿cómo definiría al sistema judicial argentino? ¿Hay esperanzas de algún grado de humanismo?
– JA: Sí. Si no creyera eso probablemente no habría escrito este libro. Pero el humanismo no va a surgir espontáneamente de la corporación. Las burocracias tienden a reproducirse a sí mismas. Zaffaroni lo explica muy bien en el texto que acompaña el libro: la burocracia enseña a evitar problemas; quien innova se vuelve sospechoso y quien además utiliza el Derecho en beneficio de los desfavorecidos puede convertirse directamente en alguien disfuncional. Yo no creo que la solución sea reemplazar jueces conservadores por jueces «nuestros». Eso repetiría el problema con otro signo político. Hay que modificar la cultura judicial: cómo se selecciona a los jueces, de qué sectores sociales provienen, cómo se forman, qué relación tienen con la universidad pública, cómo se vinculan con las personas que llegan a un tribunal, cómo escriben, cómo rinden cuentas y cómo se garantiza que puedan decidir contra un gobierno o contra un grupo económico sin temer por su cargo. Arias no demuestra que exista un modelo perfecto de juez. Demuestra que dentro de la estructura todavía es posible desobedecer algunas de sus inercias. Por eso el libro termina siendo menos pesimista de lo que podría parecer. Si un hombre que no pertenecía a la familia judicial pudo entrar allí, abrir las ventanas del juzgado, hacer públicas sus sentencias, escuchar a personas que normalmente no son escuchadas y durante quince años incomodar a poderes de distinto signo, entonces alguna posibilidad existe. La cuestión es que no podemos depender siempre de la aparición excepcional de un Arias. Una Justicia democrática debería conseguir que jueces así dejaran de ser excepcionales.

El libro se consigue escribiendo a [email protected]
6 de octubre de 2026

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