
Una locomotora en acción – Por Gabriel Martínez Picco
11 septiembre, 2026El libro «El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad» , escrito por David Graeber y David Wengrow, es una obra en la que un antropólogo y un arqueólogo revisan lo que creemos que sabemos acerca de la historia de la humanidad para contrastarlo con los datos que surgen de las investigaciones más actuales y desmontar así lugares comunes del evolucionismo.
Por Ana Ojeda*
(para La Tecl@ Eñe)
«¿Cómo qué no? También podés elegir si querés morirte de hambre. ¡Y claro, obvio!», exclama el primer mandatario en la entrevista que Jorge Fontevecchia le hace junto a Juan Grabois en mayo de 2022. Cuatro años más tarde, en agosto de 2026, frente al dato de que veinte millones de familias están endeudadas con bancos, billeteras virtuales y prestamistas informales –de las cuales casi seis millones son morosas por más de noventa días (https://www.eldiarioar.com/politica/argentina-ultraderecha-javier-milei_1_13452534.html)–, invoca un supuesto acuerdo «entre privados» en el que el Estado no debe intervenir. Mientras tanto, entre el 1º de enero y el 31 de agosto de este año, el Observatorio Mujeres de la Matira Latinoamericana (MuMaLá) registró 176 femicidios, es decir, uno cada 33 horas, más que el total de asesinadas por ser mujeres en todo el año pasado (https://www.filo.news/noticia/2026/08/31/se-registraron-176-femicidios-en-lo-que-va-de-2026-uno-cada-33-horas): otro aspecto, sin duda, de una cuestión «entre privados».
Traigo este tridente ejemplar a colación para marcar que vivimos inmersas en una estructura de pensamiento en la cual existe un vínculo íntimo entre libertad, propiedad y la im/posibilidad de vivir. Entre cuidado y sujeción (en su doble acepción: sumisión y proceso de creación de sujetas, individuas a la vez conscientes y amarradas al sistema). Si damos por sentada esta conexión como si fuera «natural» o evidente es porque «el desarrollo espontáneo del movimiento obrero marcha precisamente hacia su subordinación a la ideología burguesa […] pues el movimiento obrero espontáneo es tradeunionismo [reformismo] […] y el tradeunionismo implica precisamente la esclavización ideológica de los obreros por parte de la burguesía […]. La política tradeunionista de la clase obrera es precisamente la política burguesa de la clase obrera […]. ¿Por qué […] la supremacía de la ideología burguesa? Por la sencilla razón de que la ideología burguesa es mucho más antigua por su origen que la ideología socialista, porque su elaboración es más completa; porque posee medios de difusión incomparablemente más poderosos» (Lenin, pp. 137, 182 y 139).
Quienes viven del trabajo ajeno han desarrollado una ideología para nosotras, las que vendemos nuestra fuerza de trabajo. Nos la enseñan e imponen gracias a entelequias aspiracionales que tienen que ver con gozar de un tipo de riqueza que no tenemos (pero vemos continuamente en las pantallas de nuestros celulares) sin distraer un minuto de eso que se codifica como un consumo permanente de «experiencias» y cosas para dedicarlo a la realización de las tareas que reproducen las condiciones de nuestras vidas. Una riqueza material desgajada del cómo conseguirla, riqueza no como resultado de un proceso, sino como fait accompli, hecho misterioso de un real cuyos mecanismos parecen difíciles de desentrañar, opacos.
Las promesas proyectadas por las apuestas on line, los consejos de brokers, traders, criptobros, etc., nos reubican en el espacio mental que habitaban los personajes de Roberto Arlt hace cien años (El juguete rabioso salió en la Colección de Autores Noveles de Editorial Latina en 1926), cuyo objetivo vital era dar “el batacazo” y salir, de la noche a la mañana, de la desolación de unos trabajos de mierda que lo único que hacen es alargar la agonía del vivir para trabajar.
Ante todo, entonces, debemos aprender a pensar de nuevo, en un lenguaje que no sea el heredado. Con Donna Haraway, cuando sostiene: «Importa qué pensamientos piensan pensamientos. Importa qué conocimientos conocen conocimientos. Importa qué relaciones relacionan relaciones. Importa qué mundos mundializan mundos. Importa qué historias cuentan historias […] pensar debemos» (pp. 65-67).
«El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad», de David Graeber y David Wengrow, va en esta dirección. Es una obra en la que un antropólogo y un arqueólogo revisan lo que creemos que sabemos acerca de la historia de la humanidad para contrastarlo con los datos que surgen de las investigaciones más actuales y desmontar, así, lugares comunes del evolucionismo (la vulgata que sostienen, por ejemplo, los libros de Yuval Noah Harari) que no resisten el menor contraste con los datos. Si «nuestros campos han avanzado desde entonces [el auge de las teorías evolucionistas], lo han hecho sin poner en su lugar ninguna visión alternativa, y la consecuencia es que casi todo aquel que no es ni antropólogo ni arqueólogo tiende a recaer en el viejo esquema cuando se lanza a pensar o escribir sobre la historia mundial […]. La razón por la que estos modos de pensar permanecen intactos, pese a todas las veces en que la gente señala su incoherencia, es precisamente que nos resulta muy difícil imaginar una historia que no sea teleológica, es decir, organizar la historia de un modo en que no implique que las disposiciones actuales eran de algún modo inevitables» (Graeber y Wengrow, pp. 548 y 551).
«El amanecer de todo» es ante todo un libro que pone en duda la inevitabilidad de nuestro presente, amarrado a un futuro hipertecnificado que nos quieren vender, también, como inevitable, en el que la IA reinará suprema. Predecir «el futuro es un gran negocio. El capitalismo es experto en sus propias versiones de escenarios de ciencia ficción para tener el cuidado de calcular bien sus posibilidades de perpetuar la codicia depredadora de que se alimenta. La ciencia ficción en la convergencia posthumana se convirtió en una técnica de gobierno socioeconómico corporativo» (Braidotti, p. 255).
Para empezar, entonces, desechar la idea de que la jerarquía y la comparación, la acumulación desmedida y la desigualdad radical son situaciones «inevitables». Graeber y Wengrow lo dicen así: «tal vez [todo] comenzó a ir mal precisamente cuando la gente empezó a perder la capacidad de imaginar y representar otras formas de existencia» (p. 614).
Debemos ser capaces de imaginar. De desvestirnos de lo que otras imaginan para nosotras. Por ejemplo, la dominación traficada como cuidado: «Esta conexión entre cuidado y dominación –mejor, tal vez, esta confusión– es de importancia crítica de cara a la pregunta de cómo perdimos la capacidad de recrearnos a nosotros mismos recreando las relaciones con los demás» (Graeber y Wengrow, p. 629). A nivel macro y a nivel micro (“Me cela porque me quiere”) porque, justamente, no se trata de una cuestión entre privadas, sino de articulaciones políticas para conformar supraorganismos igualitarios con millones de individuas: los «sistemas complejos no tienen por qué organizarse de arriba abajo, ni en el mundo natural ni en el mundo social» (Graeber y Wengrow, p. 630).

Un asunto entre privadas… ¿de qué?
La esclavitud: otra cuestión entre privadas. De tres libertades primordiales: la libertad de movimiento, la libertad de desobedecer y la libertad para crear o transformar relaciones sociales. «La pérdida de la primera libertad significó, cada vez más, la pérdida de la segunda. La pérdida de la segunda implicó una erosión de la tercera […]. La voz inglesa free procede de un término germánico que significa ‘amigo’, dado que, a diferencia de la gente libre, los esclavos no tienen amigos, porque no pueden comprometerse ni hacer promesas. La libertad para hacer promesas es probablemente el elemento más básico y elemental de nuestra tercera libertad, así como nuestra capacidad de alejarnos físicamente de una sitaución difícil es el elemento más básico de la primera. En realidad, la palabra más antigua con el significado de ‘libertad’ registrado jamás en una lengua humana es el término sumerio ama(r)-gi, que significa literalmente ‘regresar a la madre’, porque los reyes sumerios emitían periódicamente decretos de anulación de deudas, que cancelaban todas las deudas no comerciales y en algunos casos permitían a aquellos mantenidos como peones por deudas en casa de sus acreedores regresar a casa con su familia» (Graeber y Wengrow, p. 634 y p. 524).
Boqueando envueltas en algoritmos como moscas en telas de araña a la espera del instante final, sujetas por la lógica de la «libertad» de autoexplotación hiperproductiva en un contexto en el que el trabajo ha perdido su valor y obliga a quienes alquilan sus potencias a agregar horas a las horas ya entregadas, las trabajadoras de hoy estamos perdiendo la capacidad de comprometernos y hacer promesas, nos cuesta sostener la amistad, los vínculos familiares y amorosos, cualquier sujeción compleja que no sea la laboral se rehúye (con ideas como «No me suma») o sencillamente se la abandona, se deserta de ella. El descenso de la natalidad también tiene que ver con esto: hemos perdido nuestra tercera libertad a manos de las libertarias carajeantes. La disponibilidad para la explotación laboral a la que se nos obliga es cada vez mayor y se dibuja en un horizonte que busca ser total. «Los esclavos no pueden tener amigos porque no pueden comprometerse con otros, al estar totalmente bajo el poder de una persona y obligados tan solo a hacer exactamente lo que su amo les exige» (Graeber y Wengrow, p. 235).
Pero en la historia de la humanidad existió otra idea de libertad, la que practicaban las sociedades americanas (como, por ejemplo, la wyandot), basada en una comunalidad fundamental que garantizara las condiciones necesarias de buen vivir mínimo para todas sus integrantes. A la exploración del choque entre estos dos tipos de libertad dedican Graeber y Wengrow el tramo inicial de su libro y es, tal vez, su aporte más espectacular, al echar luz sobre el diálogo de ideas que tuvo la Ilustración con los pensadores americanos (uno de ellos, Kondiaronk), quienes instalaron la pregunta por la igualdad en los debates del siglo XVII europeo, de los que Hobbes y Rousseau por ahí sean sus máximos exponentes, o los más conocidos.
«Para los americanos como Kondiaronk no había contradicción alguna entre libertad individual y comunismo, es decir, comunismo en el sentido en que lo hemos usado aquí, como cierta presuposición de compartir, de que se puede esperar, de personas que no son enemigas, que respondan a las necesidades mutuas. En la realidad americana [del siglo XVI], la libertad del individuo se basaba en cierto nivel de ‘comunismo de base’, dado que, al fin y al cabo, las personas que pasan hambre, carecen de ropas adecuadas o no disponen de refugio durante una ventisca no son realmente libres para hacer gran cosa, excepto lo que sea necesario para sobrevivir. En contraste con esto, la concepción europea de la libertad individual estaba ineludiblemente vinculada a nociones de propiedad privada. […] En esta concepción, la libertad se definía, al menos potencialmente, como algo ejercido a costa de los demás. Es más: había un fuerte énfasis, en el derecho de la antigua Roma (y en el moderno derecho europeo) en la autosuficiencia de las familias; de aquí que la auténtica libertad significaba autonomía en un sentido radical, no tan solo autonomía de la voluntad, sino no depender de otros seres humanos (excepto aquellos que uno domina directamente)» (Graeber y Wengrow, p. 88).
«El amanecer de todo» es una relectura apasionante de lugares comunes que se repiten sin cesar con ropajes de obvio. Recorre el acervo de supuestos conocimientos que creíamos tener (la agricultura es el origen de la acumulación, no hay sociedades complejas sin poder centralizado, etc.) y los redimensiona y reubica, generando nuevas conexiones impensadas, no solo porque lee la historia a contrapelo –para decirlo con Viñas–, sino porque deja en evidencia que «civilización» es la palabra que nombra sociedades cuyas características definitorias incluyen casi siempre autócratas, conquistas imperiales y el empleo de mano de obra esclava.
13 de septiembre de 2026.

*Escritora y editora.

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