
Libros: Sátira y política: Para una teoría de la imaginación política – Por Alejandra González
5 agosto, 2026El abogado y militante libertario Alejandro Sarubbi Benítez propuso aislar y exterminar a personas que viven en el conurbano bonaerense.
Por Rocco Carbone* y Carlos Rozanski**
(para La Tecl@ Eñe)
Alejandro Sarubbi Benítez (abogado y militante libertario), en el canal de streaming Carajo, durante su programa «La Trinchera», lanzó una propuesta de aislamiento y exterminio de quienes denomina los «cabecitas» del conurbano bonaerense.
Afirmó que se trata de una «inmensa porción de gente que, pase lo que pase, ya no tiene salvación», y anunció una «serie de propuestas» para resolver lo que presenta como un problema.
La primera consiste en la esterilización. En la Alemania nazi, el régimen puso en marcha un amplio programa de esterilización forzosa. La Ley para la Prevención de la Descendencia con Enfermedades Hereditarias, promulgada en 1933, condujo a la esterilización coercitiva de cerca de medio millón de personas consideradas portadoras de enfermedades hereditarias o calificadas como «no aptas» según la ideología eugenésica del régimen. Aquella política no fue un hecho aislado: preparó el terreno para medidas aún más extremas, como el asesinato sistemático de personas con discapacidad y, posteriormente, el genocidio.
La segunda propuesta de Sarubbi Benítez consiste en cercar todo el conurbano con un muro de quince metros de altura, coronado por francotiradores ubicados cada diez metros, que seleccionarían a sus objetivos por «portación de cara» -según sus propias palabras-.
El gueto judío de Varsovia fue establecido por el régimen nazi en octubre de 1940, tras la invasión alemana de Polonia iniciada el 1º de septiembre de 1939. Pocas semanas después, Reinhard Heydrich, jefe de la Gestapo, junto con Heinrich Himmler, diseñó el plan de concentración de la población judía en guetos como paso inicial de la Endlösung -la «solución final de la cuestión judía»-. El confinamiento territorial, la segregación y la clasificación de seres humanos como descartables fueron etapas decisivas de una maquinaria de exterminio.
La tercera propuesta de Sarubbi Benítez -que él mismo presentó como más económica que la de los francotiradores- consiste en arrojar todas las mañanas bombas de napalm sobre el conurbano, al que definió como «un territorio que no tiene retorno». Agregó que previamente se avisaría para que pudieran retirarse «las personas que hay que salvar». Según un cuadro de tonalidades de piel exhibido por Kalina Ann durante la transmisión, entre esas personas estarían los objetivos.
Conviene recordar qué es el napalm. Se trata de una mezcla gelatinosa incendiaria que se adhiere a la piel humana y resulta casi imposible de extinguir. Alcanza temperaturas de entre 800 y 1200 grados centígrados y consume el oxígeno del entorno inmediato, provocando también la asfixia de quienes se encuentran cerca, incluso si no son alcanzados directamente por las llamas. La propuesta no consiste simplemente en bombardear un territorio: implica imaginar el exterminio cotidiano de una población civil.
Como el teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now, Sarubbi Benítez parece hacer propia la célebre frase: «Me encanta el olor a napalm por la mañana» (I love the smell of napalm in the morning.)
El cierre de ese intercambio sobre el exterminio estuvo a cargo de la otra conductora, Sofi Drehe, quien remató: «Los cagones no hacen historia».
Las tres propuestas comparten una misma lógica: identificar a un grupo humano como irrecuperable, separarlo del resto de la sociedad y plantear su eliminación como una solución política. Esa lógica no es nueva. Tiene antecedentes históricos bien conocidos y consecuencias que la humanidad conoce demasiado bien. Y que afectan los modos democráticos de vida en común.
Naturalizar discursos que convierten a una parte de la población en un enemigo biológico, racial o social constituye un riesgo profundo para la convivencia democrática. La historia demuestra que los procesos de persecución y violencia colectiva no comienzan con las armas, sino con las palabras que deshumanizan, clasifican y presentan a determinados grupos como vidas prescindibles.
Cuando la eliminación del otro deja de ser un límite moral y pasa a discutirse como una opción política, o incluso como una broma, se erosiona el pacto básico que hace posible la vida en común: el reconocimiento de la igual dignidad de las personas.
Defender ese principio no significa renunciar al debate político ni a la crítica, sino impedir que el odio y la incitación al exterminio encuentren un lugar aceptable en el espacio público.
6 de agosto de 2026.
*Filósofo y analista político. CONICET.
**Ex Juez de Cámara Federal y ex presidente del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N.º 1 de La Plata.

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