
Teatro. «Par´Elisa» (Tiempo de despedida) – Por Jorge Palant
31 julio, 2026Todo en el plan de gobierno se sustenta sobre la idea de las poblaciones desechables. Lo que se discute con la ley de extranjerización de las tierras no es distinto a lo que aparece cuando se intenta derogar las leyes de protección y fomento de la cultura o lo que se pone de manifiesto en la desfinanciación de la universidad y la ciencia.
Por María Pía López*
(para La Tecl@ Eñe)
Un pequeño, pequeñísimo grupo de multimillonarios, que sueñan con gobernar el mundo concentran como nunca antes el capital. Un país hermoso, con lagos, mar y playas, islas, montañas, está gobernado por un grupo que piensa que todo es mercancía y que las regulaciones que resguardan lógicas de competencia, o de preservación de los bienes comunes y la soberanía nacional, deben ser depuestas para dejar sólo la razón mercantil. O sea, desregulan para que un Elon Musk o un Peter Thiel puedan comprarse la Argentina, las zonas más pródigas, hermosas y productivas, para crear enclaves extractivistas y refugios privados ante amenazas bélicas globales que ellos mismos provocarían. El grupúsculo extremista que gobierna está dispuesto a eso.
La Sociedad Rural, los grandes propietarios de tierra, se engolosinan con recibir rápido un flujo de dólares y olvidan que movilizaron en 2008 produciendo una sinonimia entre campo y nación, para que miles de personas se sintieran afectadas por lo que veían una expropiación a sus justos derechos de propiedad. Ahora, minga de nación: somos los dueños de la tierra -tiempos de releer las grandes novelas de David Viñas para repensar el país y sus dramas- y queremos venderlas al mejor postor. La bandera planchadita para adorno de Cardón.
La composición es extremadamente grave: ¿quiénes no están contempladas en este entongue? Las poblaciones que viven en cada territorio. Nosotrxs. El drama de la Argentina, dijo un funcionario menor, es que hay argentines. Todo en el plan de gobierno se sustenta sobre la idea de las poblaciones desechables. Eugenésicos, van contra les discapacitades y apalean jubilades. Pero no es solo eso: desechables somos la mayoría. Sobramos en ese territorio al que se debe convertir en desierto para que sea cercado por los tecnomagnates. ¿Qué haremos los sobrantes, las restantes, les desechades?
Lo que se discute con la ley de extranjerización de las tierras no es distinto a lo que aparece cuando se intenta derogar las leyes de protección y fomento de la cultura (ahora en debate con el intento de destruir las precauciones para sostener la competencia en el mundo editorial y entre las librerías) o lo que se pone de manifiesto en la desfinanciación de la universidad y la ciencia. No es distinto y a la vez aparece con una materialidad dramática. Implica el despojo territorial y el desplazamiento. La Franja de Gaza es el laboratorio global y su historia es tan vasta como la de los cercamientos de las tierras feudales y la colonización de América. Ese es nuestro presente. Sobramos. Nos han declarado sobrantes.
Eso lo intuimos en la vibración colectiva ante una pequeña bandera que decía, en el centro de los reflectores, las Malvinas son argentinas. Una insumisión decirlo ahí, que hizo templar un resto, una advertencia, un llamado. No para desplegar a partir de eso un patrioterismo fascista -como hace el gobierno- sino para convertir a ese reclamo en una denuncia contra la conversión del territorio entero en un enclave a disposición del mejor postor. Producir ese enlace es una tarea política de quienes hemos sido declarados excedentes, sobras y restos, o estamos por serlo.
El humanismo cristiano, explícito en la última encíclica, llama a dar cuenta de esta tragedia y enfrentarla con una civilización del amor. Los pueblos originarios, que han peleado contra la colonización y la opresión cristiana, sostienen una cosmovisión de encuentro más allá de lo humano con todo lo viviente. Buscar lo común es parte de las resistencias hoy: un común que diga, a la vez, que ninguna persona es desechable y que la vida a preservar no es sólo humana. Pero eso implica una discusión sobre la lógica de la propiedad y también sobre el modo de composición de las existencias. Las luchas sociales y las experimentaciones transfeministas, tienen, también, mucho que decir en este horizonte de riesgo.
La discusión es filosófica y política. Se juega en las calles, en los parlamentos, en las reuniones, en los escritos, en las obras culturales. Porque para darla hay que considerar críticamente el núcleo ideológico del que parte el gobierno: la idea de que la sociedad es un conjunto de individuos que deben ser considerados sólo como consumidores. Esto lo ha dicho, recientemente, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado: la perspectiva única es la de consumidores, que entran al mercado como poseedores de dinero y que quieren usar la menor cantidad de ese capital.
Su punto de partida es que la sociedad, como tal, no existe y sólo hay individuos y familias, individuos en competencia entre sí y pequeños entornos afectivos directos. Esto es parcialmente cierto y parcialmente falso. Porque también hay instituciones y redes que exceden con mucho el entorno inmediato. Y esas instituciones y redes son tan necesarias para la reproducción de la vida como los lazos directos o el esfuerzo personal. Es decir, absolutizan uno de los rasgos de la sociedad y lo declaran la única realidad, pero esa absolutización es una operación ideológica mediante la cual buscan realizar eso que declaran ya existente. Porque dicen que sólo hay individuos y familias mientras emprenden un trabajo de demolición de las instituciones y redes, a las que han declarado inexistentes o superfluas.
Es clara la falacia: no somos sólo consumidores. Vivimos entramades, en redes de cooperación y asistencia mutua, disponemos de los bienes comunes, usamos el espacio público y las rutas y las calles, nos educamos en escuelas y universidades, y nos curan personas que tienen una certificación dada por el aparato educativo. También nos movemos en un mundo monetizado, en el cual, por supuesto, pretendemos pagar menos cuando podemos. Pero el mundo de vida, en el que entramos no sólo como consumidores, requiere un amparo, unos recursos, para ser más amplio, diverso y rico. No hay actividad cultural que sostenga su profusa y vital diversidad sin esas regulaciones.
Monocultivo y monocultura: ese es el destino que prescribe el mercado. Organizar el pesimismo es la tarea, no para renunciar, no para escapar, sino para dar la discusión con la radicalidad que el momento exige.
3 de agosto de 2026.

*Socióloga, ensayista, investigadora y docente.

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