
Entre las brumas del otoño y las lecciones de la historia, este texto recorre la relación entre emancipación, reacción y memoria para reflexionar sobre el presente. Desde Marx y Trotsky hasta el genocidio en Gaza y la detención de integrantes argentinos de la Global Sumud Maghreb, el texto plantea una defensa de la solidaridad internacional como práctica indispensable frente al horror.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
El otoño es una estación signada por días grises. Nos levantamos, abrimos la ventana y descubrimos un día sin sol: brumoso. Entonces, podríamos decir que estamos atravesando un mes brumoso, el mes de las brumas. Estamos atravesando el mes de brumario. Históricamente, brumario es el nombre del segundo mes del calendario republicano francés, propuesto durante la revolución francesa y que tuvo vigencia durante catorce años: entre 1792 y 1806. Tiene nombres preciosísimos referidos a la vida de las plantas y los animales en la naturaleza: vendimiario, brumario, frimario, nivoso, pluvioso, ventoso, germinal, floreal, pradial, mesidor, termidor, fructidor. La revolución, entonces, entre otras cosas, cambia la relación de la humanidad con la temporalidad.
El nombre de brumario deriva del francés brume, que quiere decir niebla, bruma, pues los rasgos del otoño son las neblinas, las brumas bajas de la naturaleza. A este mes, Marx le dedicó un libro emblemático: El dieciocho brumario de Luís Bonaparte. Su inicio también es emblemático. Recordémoslo: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa”. Aquí está la gran lección del viejo Carlos: que la historia es abierta y que se repite. Que la tragedia abre la ventana de la farsa y que esta a su vez abre la de aquella y así. O sea, la historia no procede en línea recta, sino al sesgo. Luego de un salto adelante, hay un reflujo. Otro gran personaje del siglo XX, León Trotsky – en «Leçon d’Octubre”- lo dice así: «luego de un disparo de cañón, siempre hay un retroceso”. Cada avance emancipatorio tiene como secuela un periodo reaccionario. Este, sin embargo, jamás devuelve a la sociedad a su punto de partida en el ámbito económico, si bien al pueblo le confisca una parte importante de sus conquistas políticas y golpea a lxs que están a la cabeza de la emancipación. Hasta aquí, la lección de Marx. Y la de Trotsky.
Recupero todo esto para decir que la víctima puede volverse victimario, si es que no logra mantener firmes sus convicciones emancipatorias. El genocidio es una figura del horror y lamentablemente – dolorosamente – esa figura habita también el siglo del cual somos contemporánexs. Gaza ha sido transformada en un campo de concentración. Una función esencial del campo de concentración es exterminar a una otredad, función que se empalma con otra: homologar al resto de la sociedad, que el resto de la sociedad (quienes no se encuentran dentro del campo de concentración) se vuelva uniforme: en sus modos ideológicos, en sus formas de pensamiento, en sus modalidades vitales, en su singularidad existencial.
Puesto que una función del campo de concentración es exterminar, nadie puede acceder a él para llevar siquiera ayuda humanitaria. En el documental palestino de 2024, No other land, se muestra cómo el ejército del estado de Israel destruye las casas, las escuelas del pueblo palestino. Y no contento con eso, porque el fascismo es un poder que no reconoce límites, afecta también el acceso al agua. La película muestra cómo se destruyen tuberías e infraestructuras hídricas. El acceso al agua se vuelve una herramienta de control y desplazamiento forzado de las comunidades palestinas de su tierra.
La ayuda humanitaria es agua, medicamentos, algo de comida, un abrazo. Y así. Esto lo conocen muy bien las y los integrantes de la Global Sumud Flotilla, una iniciativa marítima internacional, que tiene el objetivo de romper el bloqueo sobre Gaza, llevar ayuda humanitaria por mar y por tierra, organizar convoyes internacionales de solidaridad y denunciar el genocidio en Palestina. El nombre de la flotilla viene del árabe ṣumūd, que significa «firmeza, perseverancia, resistencia”. De la Argentina participaron distintxs compañerxs: Celeste Fierro, del Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), Lautaro Rivara, que integra la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH), entre otrxs. La Global Sumud Maghreb participa de la global Sumud Flotilla. Dos de sus integrantes son ciudadanxs argentinxs y compañerxs nuestrxs: María Paula “Pili” Giménez y Lucas Aguilera. Desde el 24 de mayo están detenidxs e incomunicadxs en Libia del Este, en una ciudad llamada Bengasi. Pili y Lucas son directores de investigación del portal informativo
Estaban llevando a Gaza ambulancias, vehículos sanitarios, asistencia médica, suministros médicos, fórmula infantil y materiales de apoyo humanitario. A una semana de la detención de Pili y Lucas aún desconocemos su paradero exacto, cuál es la autoridad que lxs tiene en custodia, su estado de salud, su condición física y de alojamiento, si tienen acceso a atención médica, cuál es su situación judicial. Y tal vez lo que es peor, no se ha registrado aún acceso consular argentino directo.
Pili y Lucas están detenidxs en Libia del Este porque parece que en el mundo del siglo XXI la solidaridad se convirtió en un delito capital y porque se ubicaron de un lado de la historia, del lado de lxs que sostenemos que el genocidio es un acto intolerable. Pili y Lucas, como tantxs de nosotrxs, luchan para afirmar otra humanidad. Sabemos que es posible. Y a ellxs lxs queremos de nuevo entre nosotrxs. Porque «sin nosotrxs, no somos nada”, tal como nos legó Horacio González frente a los vientos de la historia.
La utilización de lenguaje inclusivo es decisión del autor.
Martes, 2 de junio de 2026.

*Filósofo y analista político. CONICET.

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