

La dictadura cinceló desiertos de silencios sobre pieles humanas. Vidas quebradas que fueron la carne de la molienda, insertadas como cruces huecas en sepulcros vacíos. Necesitamos conocer sin maquillaje el pasado, y mirarlo con los ojos y los oídos bien abiertos, sin miedo a las palabras, cobrando conciencia de que nosotros, ahora, en nuestro presente, también estamos ciegos a injusticias que se volverán evidentes con el paso del tiempo.
Por José Luis Lanao*
(para La Tecl@ Eñe)
Fueron días afilados, de sangre seca. De silencios duros, concretos. De tumbas desiertas, sin nombres. Un tiempo quieto y vacío, deshabitado. De furia desatada, obscena, de ojos en blanco en cuerpos oscuros. Un odio obtuso, salvaje, irracional. Tan ligero de piel y huesos, tan naturalizado. Un pasado fundido a negro con demasiado dolor, demasiado odio, demasiado de todo. Qué hacer entonces con el crujido seco de las voces mutiladas, con la memoria, y con el presente. Qué hacer con la tristeza. Y con el miedo. Ese miedo que regresa altivo cuando la “nueva “política legitima la masacre. Qué hacer entonces con el pasado de días y tiempos desnudos, donde no quedó poesía en pie, ni belleza, ni eternidad. La sangre duele. El olvido duele. Todo el tiempo duelen.
La dictadura cinceló desiertos de silencios sobre pieles humanas. Vidas quebradas que fueron la carne de la molienda, insertadas como cruces huecas en sepulcros vacíos. Sin pulso. Sin aliento. Lugares donde el tiempo humano dejó de existir, bajo una realidad cretinizada que serpenteaba como un cadáver vivo lleno de ausencias. Historias que te zarandean los ojos, para que no lo olvides, para que creas, para que no te equivoques, para que no mientas.
El poder de algunas ideas poco tiene que ver con la verdad que contengan. Los viejos sueños eran buenos sueños. Ideas que nacieron como esa luz de la mañana que camina hacia el atardecer iluminando la reflexión de una vida entera. No sabemos lo que nos deparará el futuro. Puede haber inocencia, ignorancia, ceguera, lucidez. Pero sabemos lo que sucede cuando los indiferentes, los atomizados, los expulsados de todo interés común se ponen en marcha, abandonando de pronto su aparente indiferencia. Buscarán la playa bajo el asfalto. Querrán ver, descubrir, entender, abrir los cerrojos de sus párpados, y desafiar el vertiginoso amanecer de esas ideas rancias que vienen de un pasado tan lejano. Llevará tiempo descolonizar tantas mentes, sacarlas a pasear, a que le dé un poco el aire. La dictadura arrasó con toda humanidad, y ya no hubo forma de ducharse por dentro. De quedarse limpio.
Nuestro tiempo puede ser tan miserable que no logremos encontrar en la sociedad que nos rodea la naturaleza humana que necesitamos para resistir a las dos lacras de nuestra época: el exceso de miseria y la miseria del exceso. Frente a la violencia económica y social de la realidad tóxica, la fuerza está en lo colectivo, en el cuidado, en ese acompañamiento indispensable para sostenerse, para entendernos, para sentir la pertenencia. Sin embargo, no ha hecho más que ampliarse la distancia entre la realidad y la percepción autocomplaciente de esa ensoñación narcisista de un yo dominante e incontrolado, perfectamente funcional al sistema.
Donde existe libertad para envilecer, para subyugar, sólo contamos con la fuerza de lo común. Con resistir, enfrentar, desobedecer, sin olvidar que en la rabia, en la impotencia, en el fondo de la herida hay un gesto generoso hacia un futuro que espera, agazapado, en darle un nuevo mordisco a la esperanza. Una mirada sublime para hermanarse con el otro. Para ejercitarnos contra los prejuicios y contra los abusos.
Necesitamos conocer sin maquillaje el pasado, y mirarlo con los ojos y los oídos bien abiertos, sin miedo a las palabras, cobrando conciencia de que nosotros, ahora, en nuestro presente, también estamos ciegos a injusticias que se volverán evidentes con el paso del tiempo.
Un nuevo futuro en la boca es lo que necesitamos. Una enorme luciérnaga que ilumine la inmensidad de la noche más oscura, para clarear el paisaje y embellecer esa imagen noble y hasta heroica de nosotros mismos. Nada es tan hermoso como esa luz que lava la mañana, que la acaricia y la entrega cálida a la suave brisa de la patria común.
Hay que seguir. Empecinarse en seguir. Empujar, resistir, cobijar, en este presente donde se debilitan las formas éticas de solidaridad y de ciudadanía, donde desaparece el pensamiento propio, la reflexión, la mesura, y la racionalidad. Abundan los ladrones de mentes, enquistados en defensa “de lo mío”, tan alejados de los valores comunes, los esenciales, los que no se pueden recobrar si se pierden, ni quedar sometidos al capricho de la codicia, de la compraventa, de la rapacidad de unos cuantos y la indiferencia de muchos. A pesar de los pesares, los sueños se mantienen. Los del pasado, y los que están por venir. Ahí afuera, en la vida de todos los días, la esperanza acecha, supura, y huele olorosa, inundando de sonrisas perfumadas los tiempos vacíos. Hoy más que nunca hace falta seguir. Cobijar lo colectivo, lo lleno de vida, de vida honda, acariciando ese pensamiento mágico que te haga sentir que ese ya no es tu cuerpo, es otro, uno nuevo, más libre, más solidario, más humano. Un cuerpo que se nutre de lo íntimo, de lo cercano, para penetrar en las entretelas humanas con el deseo de averiguar, buscar, sentirse parte, transgredir y solidarizarse sin rebabas, sin dobleces hacia una “Memoria” limpia, humana. Sobre la semblanza de cada ausencia nos quedará siempre la esperanza de abrazar un mundo nuevo, un espacio social de crecimiento íntimo y colectivo, un instrumento de diálogo, de consenso, de memoria y de mañana.
Hay un nosotros sagrado, amenazado, un nosotros que es un cuerpo colectivo que asedian, con furia, sin tregua, con esa insólita dureza de corazón, de rencor de clase, de negación del otro como ser humano. Ahí fuera suena el latido de la “Memoria”. Ir a buscarla. A contarla. A cuidarla. Es todo lo que tenemos. «Descansa en la hierba/ suelta el freno de tu garganta/ ni palabras, ni gritos, ni tristeza quiero/ solo el susurro de tu voz ausente», dejó escrito el poeta.
Hoy toca llorar hasta secarnos. Llevamos tanto tiempo pintando el cielo de tristeza sobre la noche más oscura. Tal vez algún día lleguemos a comprender cómo somos mirándonos en el espejo de lo que fuimos. La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda.
*Periodista. Colaborador de Página 12, “Las Mañanas” de Víctor Hugo Morales. Ex Jugador de Vélez Sarsfield, clubs de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.

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