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Filosofía y realidad social, o ¿qué es la filosofía? – Por Pedro Karczmarczyk

Esta nota reflexiona sobre la interpelación que constituye, para la comunidad filosófica, la inclusión de filosofía en el programa de becas para realizar carreras universitarias «Manuel Belgrano». Se toma a la pregunta ¿qué es la filosofía? como hilo conductor. Esto permite poner de relieve los vínculos que la filosofía mantiene con el saber (la ciencia y las técnicas) y con la política fundamentalmente. El autor sostiene que defender la filosofía es una misma cosa con la vocación de transformarla y considera que la pregunta aludida ofrece una buena orientación en ese sentido.

Por Pedro Karczmarczyk*

(para La Tecl@ Eñe)

En una nota reciente D’Amico, Tozzi, Penelas y Morgade[2] reflexionan sobre la inclusión de Filosofía en la tercera convocatoria del Programa de Becas estratégicas “Manuel Belgrano”, pensado para que jóvenes provenientes de hogares de bajos ingresos puedan estudiar carreras universitarias en distintas disciplinas consideradas claves para el desarrollo del país.

Dicha nota propone una serie de ideas en defensa de esta política, con el propósito de generar un debate que, dada la interpelación que esta decisión representa para la comunidad filosófica, sería muy saludable que se instale intramuros y también extramuros. Querría aportar, entonces, mi mirada.

Atravesamos un período de cambios vertiginosos que afectan a la producción material, a la circulación de la información y a la reproducción de la vida en general cuya magnitud acaso sea comparable a la de transformaciones que implicaron un cambio civilizatorio mayúsculo, como la aparición de la escritura o la de la imprenta. Siempre es difícil calibrar la magnitud de lo que se está viviendo, pero una cosa parece segura: lo sólido continúa desvaneciéndose en el aire. Hasta el siglo XX el paradigma de la relación intersubjetiva era la relación cara a cara. Entrados en el siglo XXI la relación cara a cara quedó desplazada durante la pandemia, aunque es obvio que las condiciones para este corrimiento estaban preparadas desde antes. Las restricciones nos hicieron percibir mejor la dirección en la que ya veníamos navegando.

Pero no deseo profundizar en esta dirección, la menciono sólo para traer a colación las circunstancias extraordinarias en las que se plantea la pregunta fastidiosa que querría que enmarque estas reflexiones: ¿qué es la filosofía? La filosofía, desde Platón, ha intentado ser un razonamiento que se legitime integralmente. Ante las diferentes heridas infringidas al mito por el logos en la sociedad griega, y en particular aquellas debidas a las matemáticas, Platón tomó la delantera dándole forma a la idea de una racionalidad inaudita, la filosófica. En la puerta de entrada a la escuela de Platón, la Academia, había una inscripción que decía: “No entre aquí nadie que no sepa geometría”, pero con este elogio Platón no las colocaba en el primer lugar de la jerarquía, sino en el segundo, detrás de la filosofía. Desde entonces la filosofía ha tenido que ver, constitutivamente, con el saber (con las ciencias y con las técnicas) y con la pólis, con la sociedad.

La idea de una legitimación integral de la argumentación tiene una enorme potencia, ya que exige una revisión constante de los supuestos, pero también requiere una curiosidad omnímoda sobre lo que pasa en las ciencias, en la política, en las artes, en la economía, en la tecnología, en todos los quehaceres. En ese sentido podemos decir que la filosofía no tiene un objeto como lo tienen las ciencias, que poseen uno delimitado de antemano. Basta asistir a un congreso de filosofía para notar que las preocupaciones allí son múltiples: filosofía de las ciencias, del arte, de la tecnología, de la religión, de la mente, ética, filosofía política, metafísica, etc. Los insumos de la reflexión filosófica provienen de los lugares más diversos: de la tradición cultural, de la práctica de las ciencias, de las técnicas, de la vida política, económica, de las artes, etc., y también, naturalmente, de la tradición filosófica.

La filosofía entonces, como discurso que pretende legitimarse integralmente, está sometida a un conjunto de exigencias que se disparan en distintas direcciones y cuya compatibilización es una tarea complicada, pero ineludible. Por ello no hubo, hay o habrá buena filosofía que sea complaciente con estas exigencias, esa es su tarea propia. La física o la biología no pueden pensar en sus propios términos las relaciones que ineludiblemente entablan con otras prácticas. Platón percibió el hecho de que las matemáticas tampoco pueden hacerlo. De allí que la filosofía, que también posee un exterior, corra con la ventaja de estar constitutivamente obligada a pensarlo, de una manera sublimada, o de manera explícita, como viene ocurriendo cada vez más frecuentemente.

El papel de la filosofía en el desarrollo del conocimiento científico es en general reconocido y es algo que puede documentarse fácilmente. La capacidad de la filosofía para abordar situaciones complejas del mundo contemporáneo es también generalmente reconocida. La pandemia dejó ver que, ante la perplejidad general, filósofos y filósofas intentaban con audacia, y con suerte dispar, pensar, casi en vivo, el momento presente. En ese sentido hay que reconocer que la decisión del Ministerio de Educación que comentamos intenta aproximar, de manera muy saludable, los dichos y las acciones.

Pero no todas son rosas para la filosofía, hay también algunos nubarrones en el horizonte. Es difícil negar que las concepciones filosóficas impregnan diferentes prácticas sociales. Muchas veces esto abre un interesante espacio de juego, ya que las prácticas ponen en acción ideas, las estiran, las transforman, las interpretan, pero también muchas veces quedan atrapadas en las mismas. Por ello hay que constatar que no todos los efectos de las ideas filosóficas son benéficos. Por ejemplo, en la disputa sobre la enseñanza de Darwin en Estados Unidos los creacionistas reclamaban que, puesto que la teoría de la evolución es una hipótesis, debía considerarse como una hipótesis alternativa al relato del Génesis. Aunque algunos filósofos se revuelvan en su tumba, lo cierto es que así de impiadosa es la realidad extrayendo consecuencias. Este escenario podría plantearse pronto entre nosotros, y en verdad el terraplanismo ya está explotando a su manera este sustrato filosófico. Dicho de otro modo, si permanecemos presos de una concepción del conocimiento que opone la teoría y los hechos que todavía dominan la escena, herencia de una contraposición entre sujeto y objeto cuya motivación, como se puede mostrar aunque no podamos hacerlo ahora, anida en otros dominios, externos a la epistemología, entonces no podemos sorprendernos, en el mediano plazo, al recoger sus consecuencias prácticas. ¿Exagero? Tal vez un poco, naturalmente, pero indico con certeza un problema real.

El rechazo legítimo de algunas concreciones de la idea de la filosofía como justificación integral del razonamiento, condujo lamentablemente a que se arrojara al bebé junto con el agua de la bañadera. Dicho de otra manera, este fracaso condujo a una vulgata más bien estéril, que lleva a hacer de todo un asunto de opinión. Se puede reforzar políticamente el valor de la opinión, mostrando la incompatibilidad de las opiniones obstinadas con el diálogo y en última instancia con la democracia. El fantasma sería entonces el totalitarismo. Pero este es un típico fragmento de discurso filosófico, un filosofema, es decir, algo así como un eslogan de fuerte impacto, que, cuando es sometido a examen adquiere sentidos diversos de acuerdo a los contextos en los que se lo inserta. Inmediatamente podríamos mostrar que no hay diálogo sin un genuino interés por la verdad del asunto sobre el que se conversa. La constatación de que tenemos opiniones diversas tiene su lugar más que al comienzo del diálogo, al final del mismo, cuando constatamos su fracaso. Podríamos preguntarnos también por las condiciones del diálogo, y si, habida cuenta de estas condiciones, éste puede ser una realidad primordial o sólo un fenómeno emergente. Podríamos preguntarnos incluso por las condiciones de posibilidad de las opiniones, lo que las desplazaría de su lugar de suelo último para ponerlas en red con otros conceptos, el lenguaje, la tradición, la ideología, la cultura, se podría discutir mucho qué conceptos integran esta red, y también discutir cómo vamos a entender estos conceptos y cómo se anudan o se enredan entre sí. Al cabo del trayecto, los problemas que el filosofema parecía responder o eludir aparecerán abiertos nuevamente, bajo una luz nueva, ante nuevas alternativas.

Michel Foucault.

El discurso filosófico revela la instalación o el emplazamiento de otras prácticas, discursos o concepciones, pero no provee, sin embargo, un emplazamiento alternativo, un lugar donde instalarse. Eso es lo que rechazamos en los sistemas que creyeron que eran efectivamente la concreción de un razonamiento justificado integralmente, pero es también lo que ofrece el filosofema al que aludimos, que rechaza con demasiado apuro la idea de una legitimación integral. La ciencia galileana, por ejemplo, no estableció los principios de la física en virtud de una experiencia, tampoco como una hipótesis entre otras posibles, sino en virtud de una operación que se parece más a una definición, es decir, al establecimiento de ciertas exigencias previas, a las que cabe llamar conceptuales, o también metafísicas, las que establecen que la experiencia debe poder reducirse a esquemas matemáticos. En ese sentido, instauró una forma de racionalidad, que radica en los procesos de formación de los conceptos, en las condiciones de su rectificación y coordinación, y no en las teorías pensadas como puntos de vista que se suceden. En cuanto tal, esa forma de racionalidad habilita ciertos movimientos en su interior. Cuando Leibniz protestó contra Newton, en su correspondencia con Clarke, porque el privilegio del movimiento rectilíneo uniforme le parecía injustificable en términos matemáticos, algo así como una reposición del movimiento normal aristotélico, puesto que requiere un sistema de referencia absoluto, realizaba una jugada en el interior del terreno abierto por esa racionalidad, la ciencia galileana, es decir, tomaba una distancia que hacía ver un hueco allí donde todo parecía estar lleno, toma de distancia cuya agudeza puede apreciarse todavía hoy en día. Pero Leibniz no le reclamaba a esa forma de racionalidad unos pergaminos exteriores, se situaba en su interior para dejarnos ver que la filosofía estuvo siempre, a pesar de lo que quiso creer el positivismo, en la cocina del pensamiento científico creativo. En cuanto tal, la aparición de una forma de racionalidad es un acontecimiento histórico-conceptual, puede lamentarse o festejarse, puede gustarnos o no, pero habría que comprender que pedirle unos pergaminos exteriores para que se legitime es imaginar un exterior cuando no hay exterior posible que esté en el mismo plano.

Diríamos entonces que la filosofía, al analizar la emergencia de una forma de racionalidad, descubre sus supuestos, su instalación, su emplazamiento, pero no lo hace planteando una instalación o emplazamiento alternativo, en el mismo plano, que pudiera disputar con aquello cuyo emplazamiento descubre. Puede plantearse la cuestión de la jurisdicción de aquello cuyo emplazamiento se descubre, que es una forma de tornarlo relativo sin subjetivizarlo, sin reducirlo a mera opinión. En ese sentido, Hegel, Kant, Leibniz o Marx admitirían que si adoptamos un enfoque físico experimental, entonces nunca se tendrá necesidad de apelar a algo externo a lo que este armazón admite, lo que cuestionan es si este modo de considerar las cosas es el definitivo, plantean la cuestión de si los supuestos que podemos poner de manifiesto en este enfoque no dependen de otros conceptos, más fundamentales. Hegel, Kant, Leibniz o Marx se distinguen por las maneras en las que piensan que ese enfoque no es definitivo. En ese sentido la filosofía desempeña un papel importante frente a los científicos, que tienden a ser muy cautos en los congresos de su disciplina, y muy audaces en los sets de televisión, donde están sometidos a una variedad de exigencias que no tienen que ver con su disciplina. Pero puesto que la filosofía no ofrece un lugar donde instalarse, nos lleva fuera de sí misma. Ahí está la clave del papel creativo que la filosofía ha desempeñado en el desarrollo del saber.

Defender la filosofía, defender la enseñanza de la filosofía, debe consistir, a mi entender, en una vocación de transformarla. Habría tal vez que comenzar por reconocer el equívoco que implica clasificar a la filosofía en el ámbito exclusivo de las humanidades o de las disciplinas sociales. Es verdad, según hemos argumentado, que la filosofía tiene que ver constitutivamente con la pólis, pero también es cierto que, de forma igualmente intrínseca, tiene que ver con el saber, con las ciencias y con las técnicas. Si concebimos a la filosofía como una exploración de las posibilidades que abren y de los problemas que plantean las formas existentes de la racionalidad, la filosofía tiene mucho que aportar, a la pólis, a la sociedad, evidentemente, pero también a las ciencias como vimos, y podría tener consecuencias interesantes si se la articulara con la enseñanza de las ciencias, que disfrutarían de una mirada renovada de su historia, en la que la emergencia de los conceptos aparezca junto con los problemas que ayudan a formular y a solucionar, apartándose de ciertas formas rutinarias de la enseñanza. Se podrían reforzar, asimismo, argumentos para defender la libertad de la investigación básica, contra las tendencias que buscan subordinarla a propósitos tecnológicos. También las ciencias sociales, la economía, la medicina y las técnicas podrían sacar provecho de un examen de las bases de sus pensamientos.

Resumiendo mi propuesta, diría que puesto que la filosofía no puede, a mediano plazo, eludir sus consecuencias prácticas concretas, la mejor manera de recoger la interpelación de ser considerada “estratégica” es ser simplemente filosofía: plantear las cuestiones, desconfiar de sus certezas, revisar sus consecuencias, reconsiderar su historia. En el caso concreto de nuestra comunidad filosófica ello significa, según creo, profundizar el estado de discusión en la que ya se encuentra, es decir, intentar hacer la mejor filosofía de la que seamos capaces.

Referencias:

[1]La Filosofía como área estratégica del Estado argentino”, Página/12, 25/2/2023. La convocatoria de las Becas se encuentra aquí.

Buenos Aires, 10 de marzo de 2023.

*Profesor de Filosofía contemporánea en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, Investigador de Conicet.

3 Comments

  1. apico dice:

    mE ENCANTÓ SU ANALISIS SOBRE LA UTILIDAD DE LA FILOSOFÍA. Coincido con Ud., que su mejor uso, no se si está bien dicha expresión, pero fue la única que encontré, sería la de empezar a preguntarse, que efectos cotidianos, podrá tener la combinación de la IA, el sistema 5G, la información aparentemente ilimitada que todo ello presupone, y ,sobre todo, cual puede ser la formación/deformación de los niños de tres años hoy, que manejarán sin limitaciones, tales avances¿¿¿,cuando tengan 20, o tal ves 15 años. Estoy aterrado, ante la captura de mis nietos por las nuevas tecnologías, que los transforma en sujetos parlantes de terceros, quienes generalmente, le simplifican sus conocimientos a través de intereses de dominación del pensamiento. ¿Nos convertirán acaso en una sociedad de sombis, igualados en la falta de libre albedrío?, o puedo esperar que su ciencia, nos de una respuesta mas venturosa. No encuentro respuestas y me tildan de viejo anticuado, y a lo mejor, tienen razón.

  2. Pedro Karczmarczyk dice:

    Estimado apico, gracias por sus comentarios. Es como si la alternativa ¿apocalípticos o integrados? que Umberto Eco planteaba frente a la cultura de masas se repusiera una y otra vez. Me gustaría recoger el espíritu de Eco al reconocer que la cultura de masas no es lo que sus detractores indicaban que era, sino que es un espacio más complejo. Me parece que conviene tener una actitud abierta hacia los nuevos desarrollos científico-tecnológicos, e imaginar (es decir, colocar en la agenda política) futuros venturosos allí donde un poco por costumbre se ven sólo horizontes apocalípticos. Dicho de otra manera, ver el futuro como un asunto que está sometido a disputas. Por ejemplo, se insiste en que la tecnología destruye puestos de trabajo, lo que es cierto, pero la tarea de la imaginación política es indicar que eso depende fundamentalmente de la organización del trabajo. Por qué no insistir con la idea de que una reducción sensible de la jornada laboral está al alcance de la mano?

  3. apico dice:

    Muchas gracias por su respuesta, la cual me da esperanza ,aunque con escasas posibilidades de ser, como diría el FMI. Muy atento de su parte.

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