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No miren arriba, miren abajo – Por Pablo Suárez

Foto: David Valdez/El Sol de San Juan del Río.

El historiador Pablo Suárez sostiene en esta nota que son necesarios nuevos criterios de organización territorial que contemplen las formas en que la sociedades humanas disponen de los bienes naturales (suelos, ríos, montañas, bosques) para producir sus espacios.

Por Pablo Suárez*

(para La [email protected] Eñe)

En el marco de los debates sobre el desarrollo, se ha puesto mucho más énfasis en los problemas ambientales generados por ciertas industrias (contaminación de los acuíferos o los incendios de los bosques) que en los efectos de las silenciosas y graduales formas de ocupación del espacio que preceden a otras tragedias “ambientales”. Cuando ellas se desencadenan, algunos actores sociales adquieren protagonismo y quedan en evidencia la precariedad de ciertas estrategias de territorialización que dejan librado al azar la distribución espacial de los asentamientos humanos.

En este sentido, quisiera llamar la atención sobre la miniserie polaca de este año “La gran inundación” que puede verse en Netflix. En seis capítulos se cuenta la historia de un hecho real, justamente, la gran inundación de 1997 en la ciudad de Breslavia (Wroclaw, en polaco).

Es significativo que todas las ciudades o regiones ribereñas o bajas tienen una “gran inundación” para diferenciarlas de todas las otras. El título de «gran» va cambiando. En Santa Fe, la de 1905 señoreó durante muchos años hasta que la de 1982 se llevó el puente, hasta 2003. En la cuenca del Ludueña, en Rosario, la de 1986 se quedó con el título superando a las de 1963 y 1966.

La serie muestra una secuencia conocida. Tras unos días de lluvias intensas, los ríos comienzan a engordar, las napas comienzan a subir y lo que originalmente es un problema de las regiones rurales da pie a una tragedia en las zonas urbanas.

Y entonces, el funcionariado a cargo, cambia. Lo que originalmente era un asunto del gobernador o del ministerio de agricultura, comienza a ser un problema del alcalde y de los cuerpos de defensa del complejo mundo urbano: ejército, policía, hospitales y bomberos se sientan alrededor de una mesa junto a los especialistas universitarios que acreditan conocimientos que permitirán estudiar y predecir los efectos a medida que se va recopilando información. Pero claro, no todos los técnicos tienen el mismo conocimiento, y no siempre los funcionarios a cargo del poder político están dispuestos a escuchar al que tiene sólo malas noticias para dar.

Es entonces cuando uno de los personajes principales, hombre en funciones y candidato a un cargo ejecutivo, convoca a una antigua compañera de estudios ante la desconfianza sobre los burocratizados profesores de la plantilla ministerial. La serie muestra la Polonia de 1997, conviviendo con las viejas estructuras (no sólo materiales sino también humanas y sociales) agrietadas y decadentes; en ese marco, el cuerpo de técnicos y políticos debe gestionar la catástrofe. La hidróloga convocada (con quien el funcionario comparte un pasado de militancia anarquista contra el régimen comunista) debe elaborar un modelo para decidir las medidas a tomar. Todo parece encaminarse hasta que descubrimos que los mapas con los que se elaboró el modelo eran de… 1967. Obviamente la intervención (consistente en la demolición de algunos diques) tiene efectos sobre zonas que se poblaron en esos 30 años. Y aquí tenemos la marca fundamental de las inundaciones. A diferencia de otros desastres socioambientales, las inundaciones tienen un ritmo de preparación muy lento, de varias décadas de ocupación granular e irracional de las cuencas. Basta una semana de lluvias con valores extremos, de esos que ocurren cada 50 o 100 años para que el desastre se haga presente con toda su potencia destructiva de bienes y vidas. 

Volviendo a la serie, a la hora de demoler otros diques, para evitar que el agua arruine el centro de Breslavia, la gestión deberá enfrentar la oposición de los campesinos que no quieren sacrificar sus campos para salvar a la ciudad… y es ahí donde amaga irrumpir, como siempre en estos casos, la lógica represiva. Como vemos, los conflictos «naturales» quieren ser «sociales» a toda costa en un contexto de ineficiencia, falta de planificación, mal manejo de la crisis, obras mal realizadas, nada que nos sorprenda. Pero si quieren saber más, véanla, ya conté bastante.

Me gustaría relacionar esto con la película «No mires arriba». No son iguales, pero hay temas en común: la naturaleza rebelde incontrolable, científicos esclarecidos, políticos que creen que controlando los discursos manejan la situación, gente que no quiere asumir el desastre, los medios de comunicación buscando la noticia sensacionalista, etc. Considero que es un buen ejercicio visualizarlas en tándem. ¿Por qué? Pues porque (en nuestras coordenadas espacio temporales) la inundación es un evento posible y mucho más cercano que el del choque con el meteorito. De aquí a que un meteorito impacte con la Tierra para poner fin a nuestra civilización, miles o millones de personas verán afectadas (o terminadas) sus vidas a causa de desastres llamados «naturales». Con una gran diferencia: al contrario de lo que ocurriría con el ocaso de la Tierra, se puede hacer mucho para evitar ciertas tragedias, pasa que… la sociedad.

Entonces, más allá de lo que se agita en la película protagonizada por Leonardo Di Caprio, que muestra muy bien las dinámicas discursivas que emergen en situaciones de desastre, creo que es recomendable tener una mirada más atenta a situaciones que están a la vuelta de la esquina y que tienen relación con nuestras dinámicas socioambientales. A veces pienso que le dedicamos tiempo a pensar catástrofes extraordinarias, mientras se nos pasan las que nos pueden afectar directamente y posiblemente, mañana. 

La sociedad moderna (iba a poner “capitalista”, pero me acordé que Polonia volvió a serlo recién en 1990) ha desplegado formas de ocupación del espacio que priorizan las razones parciales (logísticas, proximidad, paisajísticas, segregacionales, etc.) por sobre las miradas sistémicas que tienen en cuenta el funcionamiento de las cuencas, los regímenes de lluvia históricos y otros datos que muchas veces están mejor registrados en la memoria de los pobladores que en los memorandums ministeriales (y en ese sentido es fantástico el personaje de la hidróloga dialogando con los viejos y «leyendo» los paisajes). Pero muchas veces estas razones técnicas y humanas están lejos de los centros de decisiones, que son esclavos de algo que podríamos llamar «fetichismo del hormigón» que celebra en los medios la obtención de créditos para obras de defensa y saneamiento (por ejemplo) que serían innecesarias si se siguieran otros criterios de organización territorial, unos que contemplen de otro modo las formas en que la sociedades humanas disponen de los bienes naturales (suelos, ríos, montañas, bosques) para producir sus espacios.

Rosario, 28 de octubre de 2022.

* Historiador. Es autor de «La ciudad híbrida. Historia de Rosario 1689-2021»  e «Historia del agua en Santa Fe. 1520-1815.