

Este 24 de marzo nos encuentra en un tiempo de definiciones ya que nos encontramos en un momento en el que se comenzará a definir un nuevo ciclo (el cuarto) de una batalla que, como todas las que se basan en la confrontación de representaciones, nunca se salda definitivamente.
Por Daniel Feierstein*
(para La Tecl@ Eñe)
Los ciclos ascendentes y descendentes
La disputa por las representaciones de los hechos históricos que afectan la identidad de un pueblo (la creación de un Estado, las migraciones masivas, las guerras civiles, las revoluciones, los genocidios) se construyen a lo largo de un largo tiempo, que incluye modulaciones a medida que se incorporan a la misma distintas generaciones. Los mismos hechos suelen ser una y otra vez resignificados para permitir su articulación con cada presente. Nunca es equivalente el efecto de un hecho histórico para la generación que lo vivió en primera persona, para sus hijos, sus nietos o sus bisnietos.
Este proceso se suele dar por ciclos, que articulan y sedimentan las vivencias, necesidades y proyectos de cada generación. Por lo tanto, no es que se salda una determinada explicación, sino que, en todo caso, se salda para dicha generación hasta tanto la siguiente la cuestione a partir de sus propios proyectos y necesidades.
Esto nos permite abandonar el mantra de “creíamos que ya no íbamos a discutir esto” porque, en verdad, los que lo discuten nunca son los mismos que creían eso. Claro que a los “nuevos” se suman, como es lógico, aquellos miembros de las generaciones previas que fueron marginados en su momento y que encuentran la oportunidad de reabrir el debate, sea en un sentido progresivo o reaccionario.
Llamaremos, entonces, ciclo “ascendente” al momento en el que una generación salda la representación del pasado y su conexión con el presente en una dirección favorable a los intereses del campo popular, en tanto que llamaremos ciclo “descendente” al momento en el que dicho saldo favorece los intereses de los sectores hegemónicos.
Dos ciclos ascendentes en la disputa por el sentido del genocidio argentino (aprox. 1980-1995 y 1995-2012)
Una de las características peculiares en la disputa por el sentido del genocidio argentino es que logramos articular dos ciclos ascendentes continuados: el primero dio cuenta de la generación que vivió el golpe militar (los compañeros de los desaparecidos, los sobrevivientes, los presos, las Madres y familiares) y se extendió desde el fin de la dictadura hasta mediados de la década de los 1990. El segundo implicó la aparición de la generación de los hijos (cuya irrupción política acaba de cumplir 30 años), en un proceso que se inicia en 1995 y se extiende hasta comienzos de la segunda década del siglo XXI.
Al abarcar a varias generaciones, la articulación de tres décadas “ascendentes” nos acostumbró mal y dificultó comprender el cambio de ciclo
El primer ciclo descendente (aprox. 2012 al presente)
Muchas cosas cambiaron con el inicio de la segunda década del siglo XXI. Las he analizado en numerosos trabajos, pero resumamos:
Estas transformaciones abrieron la puerta a los hechos que hoy nos preocupan y sorprenden: la denuncia del “curro de los derechos humanos” (en donde se estigmatiza y difama a partir de un núcleo de verdad: la dificultad creciente de diferenciación entre organismos de derechos humanos y aparato político partidario), el avance de las versiones recargadas de los dos demonios, consecuencia lógica de la hegemonía de conceptos como el de terrorismo de Estado (que habilita de modo transparente la pregunta por “el otro terrorismo”) o dictadura cívico-militar (que homologa las responsabilidades entre las fuerzas armadas y los partidos políticos, en momentos de hegemonía de la antipolítica) o los revisionismos que buscan cuestionar la cifra de los 30.000 detenidos desaparecidos o la caracterización del golpe militar (que no solo aprovechan las formas actuales de post verdad sino que pueden presentarse como “contrahegemónicas” al haberse transformado las representaciones construidas por el campo popular en “verdades oficiales”). Esto fue favorecido por los ineficaces intentos para clausurar el debate apelando a la condena legal a las opiniones con las que se disiente. Imposible imaginar escenario más propicio para los negacionistas que transformarlos en “víctimas” del “silenciamiento oficial”.
Desafíos para el presente
El cincuenta aniversario del golpe nos encuentra en el fin de este primer ciclo descendente, que involucró las preguntas y planteos de quienes hoy tienen, aproximadamente entre 18 y 30 años, surgidos al debate después del Bicentenario (2010) y hasta la asunción de Javier Milei.
Pero la pregunta que comienza a asomar es: ¿cómo se conectarán con estos hechos aquellos jóvenes que se suman al debate ya con Javier Milei y Victoria Villarruel a cargo del gobierno, cuando aquellos jóvenes rebeldes que seguían a Laje o a Márquez son hoy parte de un aparato de propaganda oficial en las redes, cuando las fuerzas de seguridad se jactan de reprimir cada miércoles a los jubilados en la Plaza del Congreso?
El escenario no es propicio. Conmocionados por el quiebre del largo ciclo ascendente, seguimos sin ser capaces siquiera de reconocer el cambio de dirección, preguntándonos qué fue lo que pasó, cómo fue que un buen día desapareció “lo que ya habíamos saldado”. No queremos escuchar ni reconocer que hace tiempo que no tenemos la hegemonía en la disputa por el sentido.
Y, en medio de esta confusión, me pregunto cómo vamos a interpelar a estos jóvenes que se suman al debate: ¿repitiendo las cuatro verdades que fueron efectivas cuarenta, treinta o veinte años atrás o siendo capaces de escuchar las interpelaciones, proyectos y necesidades de una generación para la cual el genocidio es un hecho que, simbólicamente, resulta tan lejano como el cruce de los Andes y requiere conexiones con este presente de 2026? No es que las conexiones falten, claro. Pasa que son otras que las de otros períodos. Pasa que seguimos arrastrando los errores e imposibilidades que explican el cambio de ciclo. Pasa que nos está costando recuperar aquel trabajo “de abajo hacia arriba” en lugar de apostar cuándo será posible reocupar las oficinas gubernamentales. El carro delante del caballo, que espanta a quienes podrían sentirse interpelados por las injusticias cotidianas.
Más fácil sería, este 24 de marzo, solazarnos en los lugares comunes, cantar las canciones que sabemos todos y consolarnos con que los jóvenes “están en la pavada por culpa de las redes sociales”. Sería un “discurso consuelo” que no hará más que hundirnos en un segundo ciclo descendente.
Estamos en un nuevo punto de quiebre. Son años donde se decidirán las características de un nuevo ciclo en el modo en que los que hoy son muy jóvenes decidan conectar con la vigencia del genocidio, en la importancia que le asignen, en la decisión de ante quién y ante qué y de qué modo rebelarse (porque toda nueva generación se rebela, la pregunta es ante quien y ante qué). La pregunta sobre qué herramientas de las generaciones previas podrán aprovechar para apropiarse.
Depende de los que se suman (pero sobre todo de todos aquellos que aquí estamos, con todas nuestras luchas, aciertos, errores y contradicciones a cuestas) la forma que asumirá esta disputa. Ojalá que podamos ayudar a orientarla en dirección a los intereses de los sectores populares. El destino de las próximas décadas se juega en ello.
*Investigador Principal CONICET. Profesor Titular Regular UNTREF y UBA.

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