

La actualidad ilumina el pasado y le da sentido. La Argentina 2026 es hija, o nieta, de la Argentina de 1976. La realidad de hoy aparece claramente prefigurada en el proyecto político-económico que animó el surgimiento de aquella dictadura.
Por Ricardo Aronskind*
(para La Tecl@ Eñe)
La elite argentina asesina al país del progreso
La actualidad ilumina el pasado y le da sentido. La Argentina 2026 es hija, o nieta, de la Argentina de 1976. No era necesario que fuera así, no era la única posibilidad. Pero la lamentable realidad actual aparece claramente prefigurada en el proyecto político-económico que animó el surgimiento de aquella dictadura.
La evolución de la sociedad argentina en un sentido socialmente regresivo, de empobrecimiento material y cultural no es otra cosa que el despliegue, a largo plazo, de ese proyecto político-social. La dependencia material e ideológica, también.
Si hay que fechar en qué momento la clase dominante argentina decidió dar por terminado su propio proyecto nacional, es en el transcurso de esa dictadura, porque para sostener el experimento desindustrializador forjó una alianza con el capital financiero internacional y encadenó al país a la dependencia de las potencias occidentales, como reaseguro de las propias debilidades hegemónicas de ese proyecto económico.
En ese camino, la elite argentina terminó por hipotecar cualquier proyecto de derecha viable: todo experimento neoliberal incluye un componente financiero que no sólo traba la posibilidad de alguna expansión productiva exportadora, sino que lleva al propio experimento al derrumbe.
La Argentina pre 1976
Vale la pena recordar que Argentina, antes del 76, era un país de desarrollo intermedio, con estándares muy por arriba de la región latinoamericana en materia de alfabetización, pobreza, urbanización, industrialización e ingreso per cápita. Su economía mostraba un sector industrial que casi triplicaba la producción agropecuaria. El país venía creciendo desde los años ´30 y su sociedad se había sofisticado y complejizado.
La sociedad argentina no valoraba demasiado a la democracia antes de 1976.
Los golpes militares se habían sucedido sin pena ni gloria desde 1955. El golpismo –la intervención de las elites antidemocráticas en el proceso político a través de diferentes fracciones militares- estaba naturalizado.
Los presidentes civiles Frondizi, Illia e Isabel Perón cayeron sin que hubiera resistencia civil significativa en ningún caso. Los ascensos y movimientos de personal dentro de las fuerzas armadas podían dar pistas significativas sobre quién sería el próximo presidente argentino.
Las fuerzas armadas
Las fuerzas armadas que ejecutaron el golpe del 76 tenían una historia compleja y contradictoria. Habían existido diversas corrientes de pensamiento internas –conservadores, nacionalistas, radicales, peronistas, desarrollistas, fascistas-. En las décadas previas al golpe habían recibido formación ideológica por parte de los franceses y los norteamericanos, sesgados hacia el anticomunismo y la represión de los movimientos tercermundistas.
No había control civil sobre el estamento militar, que se había autonomizado, y cuyas ideas estaban influenciados por potencias extranjeras. Así se reforzó la propia ideología reaccionaria y antipopular de diversas fracciones de las fuerzas armadas, que ya eran conservadoras y antiperonistas.
Para Estados Unidos, en plena guerra fría contra los soviéticos y el comunismo, era clave la formación de los militares del “patio trasero” sudamericano. Lo estudiado en esos cursos de adoctrinamiento ideológico norteamericano constituyó, posteriormente, el núcleo argumentativo de los cabecillas de las Juntas Militares en los Juicios de Lesa Humanidad. Alucinaban que salvaban a “Occidente”. Mientras entregaban la economía argentina al capital internacional, veían un imperialismo que tenía color rojo.
A pesar de que la “lucha contra la subversión” –en realidad una guerra irregular clandestina contra toda la izquierda- fue una meta compartida por todas las fuerzas, con pocas excepciones internas, las FFAA no eran tan homogéneas a la hora de apoyar otros aspectos de la gestión de la propia dictadura. Hubo duros choques internos en torno a las políticas económicas neoliberales, a la forma de decidir y conducir la guerra de Malvinas, y al propio desemboque político de la dictadura.
A qué vino la dictadura
El “Proceso de Reorganización Nacional” fue una creación de civiles, desde el propio nombre que se auto asignó esa dictadura. Es allí, en círculos de empresarios, historiadores, abogados, clérigos, filósofos, sociólogos y economistas reaccionarios, donde hay que buscar los lineamientos ideológicos y políticos de la dictadura.
El plan económico ejecutado por Martínez de Hoz, figura que sintetizó a la elite de la industria, el agro y las finanzas de aquel momento, fue preparado por lo menos un año antes del golpe, cuando el gobierno peronista no había cumplido siquiera dos años de gestión.
Dado que la lucha contra la guerrilla estaba prácticamente terminada en marzo de 1976, y que en ese momento faltaban sólo meses para que se convocara a nuevas elecciones nacionales, es evidente que el asalto al estado se hizo para imponer transformaciones antipopulares y antinacionales para las cuales el funcionamiento de instituciones democráticas, partidos, sindicatos, prensa libre, hubiera sido un estorbo.
La dictadura no se limitó a reprimir y atemorizar, sino que volcó todo el aparato del estado, y de los medios de comunicación privados que se plegaron rápidamente al poder militar, al lavado de cerebro colectivo de la población argentina. Durante 7 años y medio se le machacaron en forma monopólica, a la desguarnecida población argentina, las ideas económicas y sociales de la clase dominante argentina -graciosamente llamadas liberales-.
La represión posterior al golpe fue un programa de exterminio planificado, que apuntó a quebrar la capacidad de resistencia de los sectores populares y democráticos a la reconfiguración social, económica y política que estaba en la cabeza de los ideólogos de la dictadura.
Fue también un golpe a favor del capital extranjero, en especial el financiero, que inició el ciclo de endeudamiento externo y de injerencia de las grandes potencias occidentales en nuestras políticas públicas a través del FMI. Allí comenzó la subordinación –hasta hoy- de las distintas fracciones de la clase dominante argentina al capital financiero occidental.
La deuda externa que se contrajo en ese período se transformó en el instrumento que obligó a sucesivos gobiernos a aceptar, bajo amenaza de sanciones y aislamiento internacional, los lineamientos sub-desarrollantes que exigen las grandes potencias de occidente, comandadas por Estados Unidos.
La dictadura endeudó al Estado, a las empresas públicas y a otros organismos. Dinamitó al sector público y lo maniató financieramente para imposibilitar que siguiera siendo el motor del desarrollo nacional.
Debilitó al tejido productivo, llevándolo a la concentración. Así, expulsó del circuito productivo a masas de trabajadores que no pudieron reinsertarse posteriormente en la actividad productiva.
Generó pobreza y desempleo, cortando un largo ciclo histórico de mejora económica y social que había arrancado con la industrialización de los años ´30 y la redistribución peronista.
Lecciones
Dos claves para interpretar la dictadura, que pueden ayudar a entender y transformar la Argentina actual:
*Economista y magister en Relaciones Internacionales, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento.

La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Alias de CBU: Lateclaenerevista