

A cincuenta años de la implantación del terrorismo de Estado, una burguesía lumpen se aviene a entregar la soberanía nacional, todos los recursos naturales, el manejo de la política exterior y sumir a la inmensa mayoría de la población en una ciénaga de miseria y de odio de todos contra todos.
Por Carlos Girotti*
(para La Tecl@ Eñe)
La principal derrota infligida por la implantación del terrorismo de Estado consistió en que, desde entonces -y de esto ha transcurrido medio siglo- la palabra revolución fuera erradicada de la lengua política. Hasta las y los revolucionarios caídos pasaron a ser “víctimas”. Sus ideales, sus pertenencias partidarias, sus trayectorias militantes y la dignidad con la que enfrentaron a sus verdugos, todo, sin excepción, fue eclipsado con la victimización social y cultural de la que fueron objeto tras la restauración democrática.
Durante estos cincuenta años, la camaradería sonriente de quienes, con sus armas en el suelo como señal de rendición, poco antes de ser masacrados en los calabozos de la Base Almirante Zar, en Trelew, viró estampita; una iconografía de un tiempo pretérito que ni valía mentar porque piantaría votos.
Los miles de obreros industriales que, desbordando a sus direcciones sindicales, coparon la Plaza de Mayo durante el “Rodrigazo” y luego se rearticularon en las Coordinadoras de Gremios, Comisiones Internas y Cuerpos de Delegados, más tarde fueron convertidos en el réquiem del sindicalismo combativo.
Hablar de revolución durante este medio siglo fue hablar de Historia, de estudios de caso, de exhumaciones de anécdotas de la clandestinidad y el destierro. Nunca, como en estos cincuenta años, la revolución devino tema de cátedras, simposios y papers para no corporizarse jamás en otro tipo de práctica social que la recreara, ya no como un imperativo de la hora sino, al menos, como un futuro construible desde lo cotidiano.
Las acciones que promovieron la memoria, la verdad y la justicia -imprescindibles puntales éticos para una sociedad que llegó a negar a los desaparecidos y consintió la desmalvinización- tampoco refirieron a la necesidad de la revolución para cambiar de raíz las relaciones de poder instaladas desde 1976.
La sistemática degradación del Estado de bienestar surgido en la posguerra, fruto de los embates sucesivos de la clase dominante a lo largo de los últimos 80 años, arrinconó a la clase trabajadora en una fase defensiva caracterizada tanto por el auge del corporativismo economicista, como por la paulatina fragmentación de sus filas a instancias de la tercerización, el fraude laboral y la informalidad cada vez más creciente. El único horizonte posible pasó a ser el pasado, volver a una época venturosa que, a medida que transcurría el tiempo y se sucedían las agachadas en un peronismo cada más descompuesto en internas, solo aparecería tangible durante los tres gobiernos kirchneristas.
La implosión de la Unión Soviética y sus aliados y el posterior surgimiento del capitalismo de Estado, desalentaron cualquier expectativa revolucionaria. Las postrimerías del siglo XX y el inicio del actual acentuaron la certeza de que habría de ser “más fácil asistir al fin de la Humanidad que a la desaparición del capitalismo”. No obstante, el impulso dado por Hugo Chávez al “socialismo del siglo XXI”, y la emergencia de China como emblema exitoso de un capitalismo de Estado regido y dirigido por su Partido Comunista, así como el nacimiento de los BRICS y la UNASUR, habrían dado más oxígeno a la esperanza de consolidar un nuevo bloque interregional que, sin ser ni aspirar a constituir una nueva Tricontinental, pusiera coto al neoliberalismo y al nuevo patrón de acumulación fundado en la financiarización. La derrota del ALCA en Mar del Plata fue la pila bautismal de una nueva estrategia de poder nacional y popular basada, precisamente, no en cuestionar de raíz al capitalismo sino en consolidar un esquema de alianzas que morigerara sus aspectos más brutales y desembozados y posibilitase, otra vez, el fifty-fifty como modelo de distribución de la riqueza.
Pero no fue posible. Los titubeos para avanzar contra la dominación imperial norteamericana en momentos en que ésta iniciaba su declinación mundial, las infundadas esperanzas en que un buen plan de negocios entre el Estado y los grandes grupos económicos locales saciaría la voracidad ilimitada de éstos, la pertinaz dependencia con la restricción externa por no avanzar en la nacionalización del comercio exterior, la sustitución del protagonismo popular por la ocupación de cargos estatales como estrategia de acumulación de fuerzas y, por fin, la derrota electoral frente al macrismo, acentuaron la convicción en la dirigencias políticas nacionales y populares que, para volver a ganar el gobierno, lo único que podían hacer era inclinarse a su propia derecha.
Este desatino fue el que precipitó, tras la pandemia y la aceptación de la deuda contraída por Macri con el FMI, el acelerado proceso de descomposición del peronismo. Para las grandes mayorías populares resultó tan incomprensible como inaceptable que un gobierno proclamado peronista no solo no avanzara un centímetro en favor de sus intereses, sino que, para intentar ganar las nuevas elecciones, girara aún más hacia su derecha.
El abandono de las banderas que durante ochenta años posibilitaron mantener esa identidad de combate -que tantas veces llevó a la clase trabajadora y a los más amplios sectores populares a defender una perspectiva de liberación nacional y social- ahora sucumbía, por sus propias contradicciones ideológicas, ante un ignoto bufón neocolonial. De allí a la implosión del kirchnerismo no hubo más que un instante, escenificado con la injusta detención de Cristina Fernández y las respuestas -tan frágiles como dispares- que ante el hecho dieron las dos grandes fracciones que se constituyeron en medio de la derrota electoral.
Probablemente, ningún acontecimiento sea tan emblemático del abandono de la perspectiva revolucionaria que históricamente habitó en lo más dinámico del peronismo como esta fractura expuesta del kirchnerismo. Siendo, como fue, la experiencia más avanzada desde la restauración democrática, el kirchnerismo optó por pontificar que «no había sistema más eficaz para la producción y distribución que el capitalismo». Canceló así la posibilidad de recrear, en términos de Cooke, una visión revolucionaria que volviera a proyectar al peronismo como “el hecho maldito del país burgués”. Por eso no es comprensible la disputa interna entre Axel Kicillof y Cristina Kirchner. ¿Qué debaten, más o menos neokeynesianismo o un programa anticolonialista? ¿En torno a qué son las terribles diferencias?
Una larga lista de temas sobre los cuales tendrían sentido las polémicas y hasta las divisiones debería incluir la nacionalización del comercio exterior, de los puertos privados y del subsuelo, la reindustrialización complementaria con una escala regional, la plena integración a los BRICS, el inmediato retiro de tropas extranjeras, el repudio al guerrerismo de Trump y Netanyahu, la reasignación de fondos genuinos para las universidades y el sector científico y tecnológico, el fomento a la industria naval, la recuperación del plan nuclear y aeroespacial, la intangibilidad de los glaciares, la reforma de la Corte Suprema y de todo el sistema de justicia, el fin del trabajo precario, la disminución de la jornada laboral, la restitución de jubilaciones y pensiones dignas, un plan nacional de salud fundado en la promoción y modernización del hospital público en todo el territorio de la Nación, un plan nacional de viviendas como eje de la obra pública, la expropiación de tierras en manos extranjeras, el absoluto monopolio estatal sobre la extracción y comercialización de litio, tierras raras y otros minerales críticos, la derogación de la Ley de Entidades Financieras.
¿Faltan temas? Sin dudas, Aquí no está la pretensión de presentar una versión corregida y ampliada de los Programas de La Falda, Huerta Grande y el de la CGT de los Argentinos, pero lo que se impone como ineludible es el señalamiento, la crítica a un modo de entender la política que, a lo largo de medio siglo, gambeteó la responsabilidad de profundizar aquello que, desde los albores de la Resistencia Peronista, pasando por la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, el Cordobazo, el Rosariazo, la eclosión de las organizaciones revolucionarias y, en definitiva, la estrategia de confrontación obrera y popular resumida en la consigna “Luche y Vuelve”, se convirtió en el santo y seña de la lucha por la liberación nacional y social: La Patria dejará de ser colonia o la bandera flameará sobre sus ruinas.
A cincuenta años de la implantación del terrorismo de Estado, una burguesía lumpen se aviene a entregar la soberanía nacional, todos los recursos naturales, el manejo de la política exterior y sumir a la inmensa mayoría de la población en una ciénaga de miseria y de odio de todos contra todos. Esta perspectiva neocolonialista, que, por supuesto va de la mano con la determinación de Trump y Netanyahu de poner a la Humanidad al borde de un abismo insondable, les impone a todas las fuerzas del campo popular un cambio revolucionario en el modo de entender y practicar la política.
No es concebible enfrentar al neocolonialismo con jetoneos, selfies y discursos de ocasión. Es preciso una nueva dirigencia, forjada en la cotidianeidad de las luchas en las que se resiste al oprobio, a la bajeza de pegarle a los ancianos, a la brutalidad de reprimir a los despedidos, a la crueldad de los femicidas con permiso, a la sobreexplotación de los “uberizados”, a la violencia descomunal de compelir a la gente a dormir en las veredas sin un mendrugo de pan a la mano.
Revolucionar la política es revolucionar la calle, los territorios del hambre y el desamparo y aun aquellos en los que la resistencia es un motivo más para la alegría, para la sororidad y la fraternidad, para el respeto por el semejante y para experimentar, sin cálculos ni barreras, la más profunda admiración por quien combate a pecho descubierto contra el robo de la patria de todos.
Lo que nunca debiéramos haber abandonado en los últimos cincuenta años es lo que hoy tenemos que recuperar: el sentimiento revolucionario de ser parte del destino común de liberarnos de las cadenas con las que quieren aherrojarnos de por vida.
*Sociólogo. Secretario de Enlace Territorial de la CTA de los Trabajadores.
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En esta actualidad mundial del siglo 21, la visión revolucionaria que propone el autor de la nota no pasa de ser una abstracción sin posibilidades de ejecución. El mundo real no funciona con soluciones revolucionarias. ¿Dónde se intentó algo parecido? ¿Cómo terminó?