Una (sutil) astucia del capital – Por Carlos Zeta

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Una (sutil) astucia del capital – Por Carlos Zeta

Carlos Zeta sostiene que frente al posicionamiento anti humanista de la derecha panfletaria es preciso poner en valor la palabra política, esa palabra que Alberto Fernández rescató en su discurso del 1º de marzo. Una palabra que sea capaz de construir una lengua que esté entre nosotros para no enredarnos los pies con esa envolvente astucia del capital.

Por Carlos Zeta*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Frente al ya abundantemente comentado Manifiesto que dio a conocer la Fundación Internacional para la Libertad, quizá sea preciso rescatar no solo la importancia de la conversación, sino más precisamente una conversación en curso que es, ni más ni menos, la que está salvando miles de vidas.

En primer lugar, es preciso poner en entredicho el carácter de manifiesto que, de manera excesiva, se le atribuye al panfleto de estos malos muchachos (y algunas muchachas… apenas poco más del quince por ciento de quienes firman). Hay textos fundamentales de la historia que han merecido, por su contenido, por sus alcances y por sus propósitos, ese título, en tanto expresaban el núcleo fundamental de grupos y/o movimientos políticos, religiosos, filosóficos, artísticos o literarios que, a través de —precisamente— el Manifiesto, se dirigían a la opinión pública para exponer y defender un programa de acción considerado revolucionario, emancipatorio, humanista, novedoso con respecto a lo establecido.

Si lo han leído, sabrán que no hace falta agregar una sola línea para que quede claro que no sería el caso. Sin embargo, menos que a ese aspecto quiero referirme a quienes condenan esta auténtica zarandaja en olor de querer expresar un progresismo bienpensante. En efecto, es seguro que movido por buenas intenciones, no pueden evitar filtrar, entre los párrafos de la condena, uno no menos extenso ni menos conceptuoso, en el que se preocupan por deslizar una creciente desconfianza respecto de la naturalización que podría imponerse, pos pandemia, de ciertos patrones de control social, para terminar aceptando —por ahora y a regañadientes—, eso que Diego Fischerman gusta mentar en estos términos: “Los malos sin contradicciones nos llevan casi inexorablemente a volvernos partidarios de los buenos con contradicciones”.

Es cierto que pocos temas son tan arduos como el de la libertad. Tratado por la filosofía desde sus comienzos, será siempre una cuestión “a ser resuelta” para que, en definitiva, no se resuelva nunca, puesto que es imposible escindirlo de su condición nuclear: es una relación entre seres humanos. Lo que nos lleva a reflexionar, acerca de la naturaleza misma de las relaciones entre seres humanos en el sistema capitalista. Con particular énfasis en la fase iniciada hace cuarenta años, que se extingue frente a nuestros ojos sin que jamás hayamos acertado a ponerle nombre. Pero eso no será aquí ni será ahora, puesto que las posibilidades de esa reflexión —a la que considero cada día más urgente— son (casi) infinitas. Convendrá, en todo caso, no minusvalorar la genial reformulación que hace el barbado filósofo de Tréveris parafraseando a Hegel, para advertir que la libertad es una astucia del capital.

En fin, que no quiero dispersarme, porque creo que hay un núcleo fundamental que unos y otros pierden de vista. La derecha panfletaria y anti humanista, porque lo desprecia. Otros porque apenas logran (y eso no siempre) verlos como multitud, sin poder registrar ni comprender sus razones más profundas. Sin embargo, hay un pueblo crecido que es el protagonista central de este aislamiento, al que se ha visto obligado por un virus letal, metáfora brutal de la decadencia de un periodo criminal de la historia del mundo. Y ese pueblo crecido, que silenciosamente se cuida y cuida a las demás, a los demás, lo hace recogiendo legados y tradiciones profundas, acuñadas en la gesta común de un país que se construía —y se proyectaba— como una casa común.

En el cierre del Congreso de Filosofía, realizado en la Universidad Nacional de Cuyo el 9 de abril de 1949, Juan Domingo Perón adelantó las coordenadas esenciales de un texto fundamental: La comunidad organizada. Allí el entonces presidente de la nación, entre otras muchas cuestiones fundamentales, abordó las relacionadas con el materialismo, la crisis de la civilización, la igualdad, los límites de la ciencia moderna como ordenadora social, una cultura de las obligaciones humanas, la  educación como medio de perpetuación del orden justo, en fin, pilares doctrinarios del peronismo. Me detengo un momento en un pasaje que considero insoslayable para lo que aquí he venido a decir:

«Nuestra comunidad solo puede realizarse en la medida en que se realice cada uno de los ciudadanos que la integran. Pero “integrar” significa, para nosotros, “integrarse”; y la condición elemental de la integración del ciudadano en la comunidad es que la sienta como propia, que viva en la convicción libre de que no hay diferencia entre sus principios individuales y los que alienta su patria».

Es en la tradición de esa comprensión radicalmente antiliberal de la libertad que se ha forjado un saber popular que teje, sin descanso, una y otra vez, la trama de una comunidad que se organiza en la sabia comprensión de que es esa organización el núcleo fundamental de la supervivencia. Es, también, esa comprensión común y profunda, la que no comete el error de separar (como pretenden los lobos voraces del poder concentrado) economía y salud. Porque comprende que, si lo hiciera, contribuiría a “lavarle la cara” a esta fase criminal, a su responsabilidad excluyente respecto de la situación en que debemos afrontar esta pandemia. En esta fase de deshistorización, de “abolición del sujeto”, de entronización del individuo empresario de sí mismo, del hombre libre de toda atadura (que debe abrirse paso como sea para garantizar su supervivencia… “empresa” que, de fracasar, lo tendrá como único responsable), aceptar la separación entre economía y salud, habilitar la pregunta sobre “la economía” escindida de las decisiones sobre el modo de atenuar las consecuencias de la pandemia, contribuye con el coro siniestro del establishment, y enflaquece la indispensable convicción de la sociedad para seguir garantizando el aislamiento y, así, el mayor número posible de sobrevivientes.

«El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino» (artículo 39, Constitución de 1949). No hay otra economía que la de las vidas en peligro; ¿qué otra contabilidad sería posible cuando todo esto haya pasado?; ¿cómo podríamos afrontar la durísima tarea de reconstrucción sobre la base de decenas de miles de muertes y una sociedad moralmente quebrada?

Deberíamos, mejor, radicalizar, en afirmación de nuestras propias convicciones, que no hay otra economía posible que una de raíz humanista. El totalitarismo neoliberal se propuso una auténtica mutación estructural, y para ello quiso arrasar cualquier rastro de historicidad y/o politicidad, cualquier atisbo que recuerde los legados simbólicos, las tradiciones emancipatorias, las huellas preciosas que la praxis nacional-popular forjó para prefigurar nuestros mejores sueños de justicia y de igualdad. Solo así podían conjugar los verbos de la destrucción y del saqueo.

La tensión ética y humanista de un proyecto requiere incorporar en su núcleo a las grandes mayorías populares para transformar la política en historia. Perón sostenía que «el concepto moderno de una nación democrática en marcha impone, en primer término, la distribución equitativa de la riqueza que su suelo produce. Para ello debemos ir pensando en la necesidad de organizar nuestra riqueza [puesto que ha] ido a parar a manos de cuatro monopolios, mientras los argentinos no han podido disfrutar siquiera de un mínimo de esa riqueza. Eso implicó enfrentar el condicionamiento socio-económico, que es lo que impide la vigencia de los más elementales derechos humanos básicos: el trabajo, la salud, la vivienda y la educación». Es decir, suplir la antigua fórmula de libertad, igualdad y fraternidad por la de la libertad, la justicia y la solidaridad, prefigurando el concepto de democracia social.

Contribuir, en suma, a poner en valor la palabra política. Esa palabra que Alberto Fernández rescató en su discurso del 1º de marzo. Una palabra que sea capaz de construir una lengua que no sea ni la tuya ni la mía sino que esté entre nosotros. Una lengua que se constituye en un territorio indispensable, que deseamos habitar, y que es la conversación misma, como argamasa de toda construcción comunitaria. Entre el presidente y el pueblo está ocurriendo una conversación realmente interesante. Escuchémosla.

O volveremos a enredarnos los pies con esa envolvente astucia del capital, que, si no se comprende desde una perspectiva social, común, nos será siempre ajena.

 

Buenos Aires, 25 de abril de 2020

*Editor. Docente

2 Comments

  1. Gastón Lamberti dice:

    Claro y sólidamente fundamentado, un docente imprescindible nos señala por dónde debe transitar (y, sobre todo, qué senderos debe evitar) un pensamiento auténtico, éticamente nacional, para lo que vendrá después del encierro y el parate.

  2. […] (3) Esta breve cita textual pertenece a un artículo escrito por Carlos Zeta y publicado en este sitio, cuya lectura recomiendo calurosamente: https://lateclaenerevista.com/una-sutil-astucia-del-capital-por-carlos-zeta/ […]

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