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Animar-se: O para una teoría (política) del contagio – Por Sebastián Russo

Sebastián Ruso afirma que en una posible teoría política del contagio la acción de animar es justamente política en tanto que contribuye a configurar sujetos y comunidad, y sostiene que el estatuto político de una acción se mide no por su «verdad» intrínseca, su expresión de racionalidad argumental, sino por su capacidad de contagio. El contagio es en política la expresión más viva de su mutuo y conflictivo existir.

Por Sebastián Russo*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Tengo miedo de la escena de la calle
Tengo miedo que en la calle no haya nadie
Esa es la rapsodia de los que
Decoran el tiempo

Charly García

 

Ante las teorías del desánimo (que Sopa de Wuhan recopila dedicada, puntillosamente) se impone lo contrario. Una apuesta política, vital. Militante, dirá Damián Selci. Y que no es solo dar ánimo. En tanto levantar, movilizar, al que está deprimido, desalentado, saturado. Sino también crear las condiciones para animar a que el otro/yo se anime, se envalentone, que haga algo que no (se) hace, que no (se) hizo, que experimente, se aventure.

En el ideario de Jung (nos informa Wikipedia, con lo limitante y estimulante del caso -Wiki-) habitan el anima y el animus. La primera refiere al arquetipo femenino para el hombre y el otro a la inversa. El anima es el alma, la fuerza erótica, que Jung asocia a la poesía, a la sensibilidad, a la creación. El animus es el espíritu y tiene la fuerza del logos, vinculado a la voluntad, el temple.

Una distinción que nos interesa, sobre todo, en la necesidad de una fuerza combinada de ambas (temple sin sensibilidad y viceversa son las formas de la brutalidad o la impotencia) Aunque el carácter de la aventura parece no estar contemplado en la caracterización jungiana.

En ese sentido y a través de una palabra y sus acepciones se conjugan la sensibilidad del alma (el anima), la fuerza del espíritu (el animus), con el riesgo de la aventura (el animarse) Y siempre en carácter vitalista y entrelazado: estoy vivo si estoy de buen ánimo, animado, como condición propicia a animarme, jugármela. Si estoy de mal ánimo, no me animo siquiera a confiar (esperanzarme) en la vida. El vínculo animoso de amor a la vida es eminentemente erótico (a diferencia del tanático del desánimo). Siendo que dar ánimo, animar, alentarse y alentar a otros a animarse, es dar vida. Y reanimar, es volver a la vida a alguien que estuvo muerto (sin pulso), o «muerto en vida» (deprimido)

Tal acción, la de animar (a otrxs, a uno mismo), diremos, es política. En tanto contribuye a configurar sujetos, comunidad. Ya que no es lo mismo una sociedad animada que una sociedad desanimada (ya lo planteaba Arturo Jauretche reversionando a Spinoza, con respecto a los pueblos/afectos alegres y tristes) Sus capacidades de acción y reacción son opuestas: “los pueblos deprimidos no vencen”. Podemos decir, en ese sentido, que generar miedo tiene un doble carácter. Generar el ánimo perverso de expulsar y apartarse del otro. Un reaccionarismo activo. O generar parálisis. Una reacción pasiva.

En todos los casos, el estatuto político de una acción se mide no por su «verdad» intrínseca, su expresión de racionalidad argumental, sino por su capacidad de contagio. Sí. El contagio es en política lo contrario que en medicina: no el enemigo a combatir sino la expresión más viva de su mutuo y conflictivo existir. En ese sentido, la política actúa como un virus, mas no como una «viralización» internáutica. Contagiar en política es la capacidad de generar en el otro (desde formas más o menos invisibles) el ánimo para hacer algo, sin la necesidad de evidenciarlo, ni de pedirlo, y mucho menos exigirlo. El buen líder, sostiene Selci en su Teoría de la Militancia, sería aquel que por su propia acción genera contagio en quienes lo rodean.

El contagio, así, es expresión de la voluntad de llevar a cabo algo por «cuenta propia» (inoculando en otrxs el virus del accionar político), emulando el accionar del referente. Es por ello la forma más profunda y encarnada de la política, en tanto el sujeto no responde órdenes sino que toma como propias (se las apropia, y por tanto modela) las directrices de una política que lo compromete, en términos sensibles y de responsabilización. Y hacia un devenir dirigente de sí, de su destino (como dijo alguna vez, aquella vez, CFK), del destino de su comunidad.

Y en ese sentido el animar, deviene una red, un archipiélago, una trama de contagios animosos. Y el estar animado es la condición para que el animar al otro sea posible, siempre más por contagio que por incitación. Por lo que convocar a actividades creativas que animen y permitan animarse a lo que no se viene haciendo (por temor, abulia, inseguridad), promover tramas colectivas donde cada quien pueda escuchar a otros, sentirse acompañado, que otros lo escuchen, sean partícipes voluntarioso de su aventurarse, en aquello que le es sensible y riesgoso, fortaleciendo temples. He allí un germen vital, el principio del aliento.

Algo que, como se dice, se sabe dónde comienza, mas no dónde y en qué deriva. Siendo ésta (el aliento) una otra palabra de contagiosidad política necesaria a indagar. Y es que cuando la cadena del ánimo se echa andar, una cosa lleva a la otra, por contagio, y no se puede parar. Es un sentimiento. Una mutación sinfónica.

 

Buenos Aires, 25 de abril de 2020

 *Docente – Sociólogo.

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