
La herida del suicidio en Argentina – Por Jorge Elbaum
26 septiembre, 2026En 1896 Alfred Jarry estrenó una obra con un personaje que tuvo y tiene una gran onda expansiva en la Argentina.
Por Vicente Muleiro*
(para La Tecl@ Eñe)
Postemilla. 1: Absceso que supura. 2. Punta visible de un tumor.
Escándalo. El 10 de diciembre de 1896, en el prestigioso Theatre de L’Oeuvre de París, se vivió el escándalo más grande que se recuerde en el teatro occidental. Alfred Jarry (1873-1907) estrenó esa noche su obra Ubú rey y desde la primera palabra (“¡!Mierdre!”), con la que el personaje salta a escena, volaron gritos, imprecaciones, sillas y puñetazos. La función se interrumpió durante 15 minutos, hubo una más y la bajaron de cartel.
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El rey payaso. Jarry se había anticipado a todas las disrupciones estéticas que conmoverían al teatro y el arte del siglo XX: surrealismo, desarticulación del lenguaje, absurdo, atemporalidad. También desdibujó, dos décadas antes del despliegue de las vanguardias, el reinado del naturalismo y el realismo, y el criterio del teatro como «espejo» de lo supuestamente real. Y lo hizo subiendo a escena a un personaje: Ubú, payasesco tirano que simboliza la imbecilidad y la crueldad del poder.
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La secretaria general. Ubú es un descendiente hiperbólico de los angurrientos de poder arrojados a las tablas por William Shakespeare. Como Macbeth, mata al rey para ocupar su lugar, azuzado por otra lady, una Madre Ubú, también desquiciada y ambiciosa, que funge como una suerte de secretaria general del reino de Ninguna Parte.
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De humillado a humillador. ¿Cuáles son las características de Ubú, según los mismos personajes que lo rodean y, luego, según los espectadores y críticos? Padre Ubú es cruel, infantil, irracional, sucio, tonto, amoral, glotón, avaro, cobarde, feo, vulgar, criminal, lujurioso, ignorante, grosero, malo y despectivo. Un rápido psicoanálisis lo planta como un humillado a quien el poder político le ha dado la posibilidad de reacomodar su flora emocional humillando a otros.
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¡Mierdra! La palabra con la que comienza la pieza y se repite como leitmotiv -siempre entre enojosos signos de admiración- es ¡Mierdra!, con esa «r» intermedia que Jarry empleó para esquivar la censura. Y que se abrió a diversas interpretaciones: el equívoco también remite al infantilismo de quien aún no maduró su lenguaje y entrega con su sola pronunciación lo infantil-inmaduro-caprichoso de su personalidad. Y, claro, da cuenta de otra huella impúber: la atracción por la escatología.
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¿Ubú demócrata? Pese a su creatividad anticipatoria, Jarry no imaginó que su personaje podría haber sido arquero de fútbol, especialista en crecimiento económico con o sin dinero, irrisorio imitador de cantantes populares, atrabiliario panelista de tevé, salivoso discursero en foros nacionales e internacionales, doctor en falsa escuadra y, menos aún, ¡Presidente de una democracia!
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La nacionalización de Ubú. ¿Cuál fue el primer país de habla hispana donde se estrenó Ubú rey? Pero claro que sí: Argentina, en 1966, en el Theatrón de Buenos Aires. La última puesta de por aquí nomás fue una celebrada adaptación del director y dramaturgo Andrés Bazzallo, con el actor Luis Campos a cargo de un Ubú disparado hacia un desvarío actualísimo, con oportunas referencias a la política argentina. Con algunos paréntesis, estuvo en cartel entre 2015 y 2024.
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Entre huevos de ñandú. Otro impacto ubuesco estuvo a cargo de Mariana Chaud con Ubú patagónico, estrenada en 2014 en el Centro Cultural General San Martín con cuatro años de cabalgata en carteleras porteñas, un reestreno en el Sarmiento en 2018 y la versión televisiva en la pantalla pública para el ciclo de Teatro Nacional curado por Rubén Szchumacher, en 2023. En una estepa patagónica e intemporal, con los personajes rodeados por gigantes huevos de ñandú fosilizados, se trazan correspondencias entre aquellas extravagancias del «Dios salvaje» (así calificó el poeta W. B. Yeats a Ubú) y la realidad argentina.
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El pudridero. Eduardo Tato Pavlovsky también se basó en Ubú rey en su obra El cardenal que estrenó en 1991 mientras olfateaba el clima menemista. En un lugar indeterminado llamado «pudridero» –alegoría concentracionaria- un gobernante descalabrado refriega su ambición y su impudicia entre un grupo de esbirros (los «enanos») que manotean adornianamente (por Manuel Adorni, no por Theodor Adorno) las sobras de una corrupción burda, exhibicionista y desenfrenada. El Cardenal es un papanatas, pero posee una tremenda capacidad de destrucción. El final es de terror: en esa colonia de imbéciles, el Apocalipsis sucede todos los días.
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¡Qué muchachos! El Ubú de 1896 rescató, hacia atrás, a Calígula y Nerón, entre otros; prefiguró a unos dictadores ampulosos y terribles a los que dedicarían famosas novelas narradores latinoamericanos como Asturias, García Márquez, Roa Bastos y Vargas Llosa. También anticipó a Idí Amín Dadá y a Francois «Papa Doc» Duvallier. Y ¡mierdra! imantó a un país del sur americano con aproximada forma de triángulo isósceles, donde hubo sátrapas de diversos perfiles cívicos y militares. Claro: ninguno tan fielmente ubuesco como el que te dije
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¿Carne de psiquiátrico? Lo escribió María Pía López y aquí lo refrendamos: carne de psiquiátrico o no, ningún otro podría ser tan representativo de los desvaríos y el desenfreno del capitalismo actual como él (que te dije). Y ya que Alfred Jarry, con su Ubú rey , ha acertado tanto en sus anticipaciones estéticas y en sus pronósticos políticos, sería extraordinario que se cumpla el reparador final de la obra: Ubú, aterrado en un campo de batalla, abandona aún a quienes lo defienden y huye cobardemente intercambiando insultos y reproches con la secretaria general.
28 de septiembre de 2026.

*Escritor, dramaturgo, poeta y periodista.

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