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31 julio, 2026Marcelo Brignoni sostiene en este artículo que la democracia liberal ha muerto y que es hora de crear una nueva utopía.
Por Marcelo Brignoni*
(para La Tecl@ Eñe)
“El poder desgasta…
… al que no lo tiene”
Giulio Andreotti
Próximos a cumplirse los 43 años de institucionalidad democrática continua en Argentina, periodistas, analistas y también dirigentes sociales y políticos, llevan ya un largo tiempo hablando de la «crisis de representatividad» y de la «insuficiencia de la democracia». Lo extravagante es que son debates en los cuales los principales protagonistas de esta situación dicen no tener casi ninguna responsabilidad al respecto.
Es cierto que esta circunstancia excede a la República Argentina, ya que los altos niveles de ausentismo electoral junto a la desilusión sobre el accionar de las instituciones, se propaga como reguero de pólvora por todo el «occidente democrático».
Colin Crouch llamó a este proceso «postdemocracia», y aunque lo anunció en el año 2000, todo indica el agravamiento de ese curso a lo largo de los años recientes.
Cuando los grupos de presión, los gigantes financieros y las corporaciones multinacionales toman más decisiones sobre tu vida que los políticos que elegís y los gobiernos de los países donde vivís, la democracia se torna un simulacro de escaso valor real.
A esto debemos también sumarle la extensión ilimitada de la corrupción y el comportamiento prebendario y nepotista de buena parte de «los electos», que utilizan esas funciones estatales o institucionales, en organizaciones de distinta índole, para beneficio de sus representados, sus familiares y amigos.
Mientras el agite patético de dirigencias que traicionaron su contrato electoral e incrementaron su patrimonio personal de modo manifiesto e injustificable, nos hablan de «alarma fascista» y «regreso de la dictadura», el problema parece ir más allá de la acusación a un supuesto conjunto de malvados que han decidido apoderarse del mundo actual.
Lo evidente es que al capitalismo actual ya no le sirve asumir «el costo» de la existencia de las clases medias y de la democracia. En su actual modalidad globalizada y financiera, no necesita de la fuente de mano de obra calificada que requería para funcionar en el pasado, y el consenso mayoritario que le proveía la democracia electoral y presencial hoy lo resuelve mediante distintos modos de control social, en cuyo primer renglón el algoritmo y los smartphones se destacan por sobre el resto.
Por si esto fuera poco, la Inteligencia Artificial provee una herramienta extra que colabora con la destrucción de ambas cosas al mismo tiempo: un futuro mejor y una democracia real.
Aquel diseño de democracia liberal representativa y cuantitativa, pergeñada en los albores del siglo XX para convivir en las sociedades de entonces, hoy parece más vetusta que la tracción a sangre.
La democracia, como la conocimos, ha muerto, y aunque como toda transformación histórica importante, en sus albores no parece ser percibida, excepto por algunos, los datos son obscenamente elocuentes.
Esta democracia no está muriendo por culpa de Trump, Le Pen o Milei. Los asesinos se esconden en bibliotecas de izquierda junto a libros que explican lo que debería hacerse para alcanzar un mundo más justo en el futuro; porvenir que ellos traicionaron en su paso por los gobiernos de sus países.
Mientras tanto, nadie se anima a discutir la visible incompatibilidad de esta democracia con una sociedad más justa e inclusiva; con un Estado que pueda controlar las arbitrariedades del mercado y la violencia generada en sociedades como la nuestra, cada vez más desiguales.
La democracia actual funcionó en occidente en una época donde la «amenaza comunista» obligó a que los capitalistas pusieran la mano en sus bolsillos y pagaran salarios dignos; cuando no existían ni Internet ni los algoritmos; cuando las familias vivían con un solo sueldo, y cuando los estados tenían voluntad y capacidad de arbitrar el conflicto social a favor de los más débiles.
Si las condiciones económicas, sociales, familiares, tecnológicas y demográficas cambiaron, aquel sistema de ayer es obsoleto hoy.
Ese mundo pretérito ya no existe, y la democracia que conocimos no puede resolver los problemas de las sociedades actuales, porque esta democracia no es sólo un conjunto de valores. Como cualquier otro sistema de gobierno, es un dispositivo político diseñado para coordinar una sociedad y distribuir el poder dentro de ciertas limitaciones materiales, a partir de la tolerancia y el miedo en partes similares.
Es obvio que, aunque “sólo” hayan transcurrido ochenta años, el mundo de 2026 es diferente del mundo de la posguerra en casi todas las dimensiones de la vida humana.
Tan solo en lo referido a las finanzas, en la democracia de los años 1950 y 1960 del siglo pasado, un gobierno podía recaudar impuestos, manejar su propio presupuesto, subir o bajar los tipos de interés, administrar los términos fiscales y decidir la orientación de la inversión pública, sin temor a que el dinero desapareciera de sus países de la noche a la mañana.
En 2026, el capital puede moverse libremente con un simple clic. Cualquier política que se interprete como desfavorable a sus intereses, provoca fuga de inversores y empresas y activos del país en cuestión de horas. Por ende «aquella democracia» no sirve para este presente, y el de las finanzas es sólo uno de los múltiples ejemplos, y sería muy largo enumerar aquí.
Desde hace décadas, los sectores más ricos de las sociedades, mediante distintos mecanismos, han estructurado un plan muy eficiente de «obsolescencia planificada de la democracia». Vale destacar que, sin la cobardía y la genuflexión de «las izquierdas occidentales», les habría resultado más difícil de lograr.
Y aunque esta democracia formalmente sigue existiendo, ya no produce los resultados para los que fue diseñada, ni cumple las funciones que se pensó debía realizar.
Con la democracia no se cura, ni se come, ni se educa
Mientras tanto, en Argentina resulta pintoresco recordar cosas como aquella vieja pintada anarquista en mi Rosario natal que decía «gane quien gane, pierde el pueblo». Por entonces no parecía premonitoria.
43 años después, aprendimos que con la democracia no se come, no se cura, no se educa, ni se sobrevive, porque ni siquiera es capaz de garantizar la seguridad física de los más vulnerables.
Y si bien no se ven militantes de ultraderecha golpeándote con palos por la calle, ni autos verdes sacándote de tu casa a la madrugada, y no está suspendida la Constitución, esta democracia putrefacta no necesita ninguna de esas herramientas en el presente para que los ricos sean más ricos y los pobre más pobres.
Nuestra patética «dirigencia popular» ya no parece dispuesta a correr los riesgos que tomaron en defensa de sus valores hombres como Felipe Vallese o Rodolfo Walsh, quienes, comparados con los dirigentes actuales, tienen los niveles de coincidencia que puede tener un águila con un gorrión.
¿Y entonces?
Nunca las revoluciones han sido electorales ni pacíficas, y pensar que se pueden restituir valores mínimos de dignidad, igualdad de oportunidades y convivencia social en un destino común a partir de un sistema, que, como esta democracia, viene demostrando su insolvencia práctica manifiesta hace décadas, es de una candidez gigantesca o de una complicidad manifiesta con el actual estado de las cosas.
Mientras no pensemos que un futuro mejor implica refrescar ideas y acciones de la Revolución Francesa de 1789, de la Revolución Rusa de 1917, o del 17 de octubre de 1945, la clase social minoritaria, que dirige el saqueo y la miseria planificada de nuestros países, descansará tranquila sabiendo que controla esta democracia diseñada para perpetuar las desigualdades actuales.
Quienes crean que para construir, aunque sea un populismo módico de inclusión social, bastarán las instituciones de este régimen actual, diseñado para esquilmarnos y dejarnos sin futuro, se están engañando y nos están engañando, por incapacidad o a cambio de una banca en el congreso, algún viaje pago para exponer sobre «la inequidad capitalista», o la posibilidad de participar de la cleptocracia transversal de nuestro país, con mayoría de dirigentes de todas las vertientes, incapacitados de explicar honestamente su tren de vida y su patrimonio.
La democracia liberal ha muerto, y es hora de crear una nueva utopía.
31 de julio de 2026.
*Analista político.

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