
Llamado a la rebelión – Por Alberto Félix Fernández
6 julio, 2026En este tiempo de extrema concentración de la riqueza conforme a la actual economía financiarizada, llama la atención un documento que convoca a la razón en términos claros. Nos referimos a la encíclica «Magnifica humanitas», un texto fuertemente crítico de un momento del poder.
Por E. Raúl Zaffaroni*
(para La Tecl@ Eñe)
El incremento del poder punitivo sobre los estereotipados de cada país se produce tanto en el norte como en el sur del planeta, aunque persigue objetivos diferentes en ambas latitudes. En efecto: en el norte refuerza la estratificación verticalizante de la sociedad que aumenta su vocación bélica, en tanto que en el sur jerarquiza a las sociedades geopolíticamente sometidas para explotarlas conforme a los intereses colonialistas. En ambas puntas concentra riqueza conforme a la actual economía financiarizada, pero en el norte se creó una nueva oligarquía de sujetos que ostentan miles de millones de dólares y en el sur las de sus funcionales aliados descartables que fungen como procónsules del norte.
En el último tiempo llama la atención un documento que convoca a la razón en términos claros. Nos referimos a la encíclica Magnifica humanitas. Este texto se ocupa de una variedad de temas, pues se trata de un documento fuertemente crítico de un momento del poder, o sea que, en este sentido, comparte la misma naturaleza de la Mit Brennender Sorge de Pio XI de 1937.
En este caso, en sus párrafos 188 a 196, la encíclica caracteriza al presente momento mundial como de cultura del poder, que define como una instancia en que quien dispone de los medios para ejercer poder, lo hace directamente en la medida en que éstos se lo permiten: los medios ya ni siquiera se justifican, simplemente e usan.
Principalmente León XIV se está refiriendo a la guerra sin ocultar la realidad histórica reciente, pues recuerda el reclamo de Pablo VI –nunca más la guerra – en la asamblea de la ONU en 1965 y señala que, los siguientes sesenta años, «han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración».
En otras palabras, el texto destaca que esa fue la realidad, que a continuación distingue cuidadosamente del discurso: «Sin embargo, en el discurso público prevalecía la convicción de que la guerra debía seguir siendo una extrema ratio, sometida a rigurosos límites éticos y jurídicos y, en cualquier caso, a un horizonte político orientado a la paz». De este modo, pone de manifiesto que, desde la última posguerra, la paz ocupaba el centro del discurso jurídico internacional comenzando por la propia Carta de la ONU; por lo menos, en el discurso, la guerra era una extrema ratio.
Lo que según la encíclica caracteriza la actual cultura del poder es que esto ha cambiado, o sea, que se ha producido un muy significativo cambio discursivo, por no decir, una verdadera desfachatez discursiva: «Hoy, en cambio, asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso» (párrafo 190). Es difícil leer estas palabras sin darles el claro sentido de una respuesta a líderes mundiales.
No se le escapa al texto la manipulación mediática, con una observación que es difícil de distinguir si va dirigida contra el belicismo o contra el punitivismo: «La opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición” (párrafo 190). Los enemigos se fabrican, es decir, tanto el enemigo bélico como el que se reprime o suprime con el poder punitivo, lo fabrican las narrativas mediáticas polarizadas que menciona el documento: «Así, la guerra no solo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo» (párrafo 192).
La mención de las lógicas de amigo-enemigo no es ingenua, sino en expreso rechazo al inhumano concepto schmittiano de la política, que se hace manifiesto en los discursos de odio que dominan no solo los medios concentrados, sino los vergonzosos desatinos de algunos líderes mundiales.
La humildad de los internacionalistas – que nos faltó a los penalistas – consistió en dejar de lado la discusión y las interminables e inútiles especulaciones sobre la guerra justa (equivalente a las nuestras sobre la pena justa) y ocuparse de limitar las guerras y sus consecuencias. Pues bien, esto es lo que el documento subraya: «hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto» (párrafo 192). Recuerda a este respecto lo dicho por Francisco, quien destacó que en los últimos tiempos se pretendió justificar todas las guerras (Fratelli tutti).
Pero además de lo dicho, la encíclica no se limita a estas consideraciones, sino que va con su bisturí hasta el meollo central de la cuestión, destacando un factor motorizante que ha cambiado sustancialmente desde el siglo pasado: las armas. Éstas fueron siempre un medio para la guerra y su acumulación y perfeccionamiento era demostrativo del poder bélico, pero ahora es la industria bélica –o sea, las armas- que se han vuelto el motor de las guerras: antes se hacían armas para la guerra; ahora se hace la guerra para los fabricantes de las armas.
Vale la pena transcribir in extenso cómo lo explica sintéticamente la encíclica: «Un elemento decisivo del panorama actual es el crecimiento de la industria bélica, que se ha convertido en un sector clave de la economía de algunos países. La estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas genera una ‘nación armada’, en que la guerra parece casi una prolongación natural de la política y el mercado de las armas se convierte en un motor autónomo de las decisiones bélicas. No podemos ignorar los enormes intereses económicos que están detrás de la guerra. Las industrias armamentísticas y los países que suministran armas se benefician de un mercado que prospera precisamente gracias a los conflictos. En este sentido, existe también una lógica económica que contribuye a alimentar tensiones en diversas regiones del mundo» (párrafo 193).
El texto no deja de llamar la atención sobre las armas nucleares, que durante décadas proliferaron con el falso argumento de la disuasión, pero que ahora, las grandes potencias se niegan a ratificar su prohibición con creciente peligro ante «una nueva y difícilmente controlable carrera armamentística, acompañada del desmantelamiento progresivo de los acuerdos de reducción de las armas nucleares y del desarrollo de las armas ‘miniaturizadas’, que hacen más fácil considerar su uso como una nueva opción viable» (párrafo 194).
¿Y acaso Trump –dueño de una fortuna de 6.500 millones de dólares- no dijo que estaba dispuesto a eliminar una civilización? ¿Después no volvió sobre sus pasos para negociar? ¿No fue su amigo Netanyahu –reclamado por la justicia internacional- el que le obstaculizaba sus negociaciones? ¿Ahora se encontrarán de nuevo para charlar amistosamente? ¿Cuántos cadáveres han causado estos hombres? Es verdad que también puede haber otros, pero el descaro de estos es la manifestación más clara de la cultura del poder que señala la encíclica, la desfachatez de quien se siente poderoso, mucho más que impune y extendiendo el mentón hacia adelante dice «Sí, me gusta la guerra ¿Y con eso qué?». Lo que nos asombra de la encíclica es que se trata de un discurso fuerte, valiente, una respuesta a quienes avanzan el mentón, pero en la que lo que prima es la razón. El escaso uso de la razón por algunos líderes del mundo actual nos hace dudar acerca de si incurren en simples equivocaciones o errores políticos o si se trata de signos más o menos patológicos.
Lunes, 6 de julio de 2026.
*Profesor Emérito de la UBA. Ex miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Ex Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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