
En la Argentina convertida en laboratorio del neoliberalismo extremo, la estrategia de anestesiar a la sociedad golpe a golpe está mostrando hoy toda su eficacia, y la falta de organización y de una reacción social masiva para resistirla y combatirla lo demuestra.
Por Daniel Cecchini*
(para La Tecl@ Eñe)
En “El gran cuaderno”, la primera novela de la trilogía Claus y Lucas de la escritora húngara Agota Kristof, dos gemelos a los que su madre ha dejado en la casa de una abuela que la y los detesta ensayan estrategias de supervivencia. Viven en los bordes de un pueblo fronterizo de un país en guerra donde no conocen a nadie y soportan los maltratos de todo tipo a los que los somete esa abuela que descarga sobre ellos el odio que siente hacia su hija. Atrapados sin salida, los gemelos buscan maneras de soportar cada uno de esos maltratos: se golpean entre ellos hasta dejar de sentir los golpes y así no sufrir cuando la que los castiga es la abuela; hacen ayuno voluntario para no sentir el hambre que no pueden saciar con la escasa comida que se les brinda de mala gana; uno de ellos se cubre los ojos para enceguecerse y no ver lo que le duele mientras el otro se tapa los oídos para no escuchar nada. Se aíslan: no buscan ayuda, no les importa nadie más que ellos que se saben (y se sienten) solos en ese mundo hostil. Se anestesian a fuerza de sufrimientos para, paradójicamente, no sufrir y en esa operación pierden toda empatía. Se encierran en ellos mismos para sobrevivir, tanto que llegan a convertirse casi en un solo ente que vive dentro de sus propios límites y en su propia soledad. La anestesia también los lleva a la indiferencia. Los golpes no paran, el hambre sigue ahí, el mundo hostil continúa rodeándolos, pero los gemelos han decidido – y logrado – dejar de sentirlos. El mundo no les importa. Ellos no lo saben, pero se han propinado voluntariamente una terapia de shock como el único recurso a su alcance para la supervivencia. Hasta aquí, lo que nos importa recortar de la novela de Kristof, que después toma rumbos inesperados y que no tiene gracia spoilear.
Esa terapia de shock es la que hoy el poder – a través del gobierno de Javier Milei – utiliza para anestesiar a buena parte de la sociedad argentina, para volverla indiferente a los otros con los que podría crear lazos, para someterla sin resistencia. A diferencia de los gemelos, aquí nadie ha decidido recibir – y mucho menos propinarse – esos golpes, pero los efectos son los mismos. Es el gobierno el que maltrata, hambrea y castiga real y simbólicamente en una sucesión vertiginosa que no para, que anonada y que termina generando indiferencia.
Los golpes se pueden medir en datos económicos. Según los cálculos del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) y de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, en 30 meses de gobierno libertario la economía argentina perdió entre 240.000 y 300.000 puestos de trabajo asalariados registrados. El poder adquisitivo de los sectores de ingresos fijos más bajos y los empleados estatales han sufrido fuertes caídas y, en particular, el haber mínimo de los jubilados y pensionados acumula una pérdida de poder adquisitivo real cercana al 10,3% frente a la inflación. Según informes económicos de la UBA, la caída del salario mínimo fue de entre un 32% y un 38% real y golpea principalmente a los trabajadores precarizados y no registrados. La canasta de servicios públicos (electricidad, gas, agua y transporte) acumula un aumento promedio que ronda el 600% en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), lo que representa una suba que triplica el índice de inflación general acumulado en el mismo período. Los aumentos en los alquileres desregulados, según un informe de la UBA, duplican a la inflación dibujada del INDEC. Hay más, pero no se trata de enumerar todos los desastres.
A todo esto, se suman los “castigos” simbólicos: el desprecio flagrante que manifiestan el propio Milei y muchos de sus voceros por los discapacitados y los jubilados que reclaman por sus derechos, a los que el presidente ha definido como “curros” y “estafas”, y la calificación de “parásitos mentales” a quienes reclaman que el Estado garantice derechos básicos como la salud y la educación, como en los casos del Hospital Garrahan o las universidades públicas, por citar solo dos. En espejo juega la corrupción flagrante – a la vista de todos – del gobierno mileísta: la estafa de $Libra, el 3% de Karina, las casas y los viajes de
Adorni y hasta el Tesla del diputado Manuel Quintar estacionado en el Congreso. Si la corrupción menemista era obscena, la libertaria resulta pornográfica, con los efectos que eso produce: es sabido que el abuso de la pornografía termina matando el deseo, genera impotencia.
Podría pensarse que esta continua sucesión de golpes deliberados sobre buena parte de la población no es otra cosa que la aplicación en la Argentina de hoy de lo que Naomi Klein llamó la doctrina del shock, en la que el capitalismo neoliberal de las corporaciones y sus gobiernos gerenciadores producen situaciones de crisis para imponer reformas impopulares aprovechando la desorientación de una sociedad abrumada por el shock que le causan esos golpes.
Pero no es solamente el mecanismo opresor el que produce este efecto de anestesia. La falta de reacción colectiva se debe también, y en buena medida, a la ausencia de instrumentos organizadores, a la crisis de representatividad que existe en casi todos los planos.
En lo político partidario, el simulacro de representación de la democracia burguesa ya no convence a nadie más que a quienes lo utilizan para su propio beneficio. No es un fenómeno nuevo: desde 1983, la política partidaria se ha convertido cada vez más en una vía de movilidad social ascendente para sus partícipes. Ese tipo de política ha dejado de ser un instrumento de transformación social para convertirse en un trabajo en beneficio propio. Para decirlo claro: con las excepciones del caso, que siempre las hay, la inserción en un partido del simulacro es un medio de vida que trasciende a cualquier proyecto político, principio o ideología. Otro tanto ocurre con la supuesta representación sindical, con cúpulas eternas en las que abundan los gremialistas-empresarios, más interesados en cuidar sus quintas de poder y sus negocios que en defender los derechos y los salarios de los trabajadores. Que desmovilizan a sus clientelas cautivas en lugar de organizarlas para la acción.
Ni unos ni otros representan efectivamente a nadie más allá de sí mismos, y frente a ellos y a su accionar impúdico se ha pasado de la indignación a la indiferencia. Millones de argentinos, más allá de la ceremonia del voto, no ven en la institucionalidad vacía donde ellos están enquistados una vía eficaz para resolver los acuciantes problemas reales que hoy los abruman.
Como en el caso de los gemelos de la novela de Agota Kristof, en este contexto buena parte de la población argentina parece haber quedado anestesiada a fuerza de golpes y solo busca, sin encontrarla, la manera de sobrevivir por las suyas, de manera individual, con los lazos sociales cortados, en una suerte de sálvese quien pueda sin ningún sentido de pertenencia ni posibilidad subjetiva de ejercer la solidaridad. Porque, paradójicamente, en ese hiperindividualismo en el que busca supervivencia el ser humano como sujeto de la historia, el hombre de la modernidad se pierde, y con él toda humanidad.
De ahí la apatía social – más allá de las protestas focalizadas y aisladas de algunos sectores, como el de los jubilados -, el rechazo por la política tal como se la vive y se la muestra, y un aislamiento de supervivencia que conlleva la indiferencia frente al padecimiento del otro.
En esta Argentina convertida en laboratorio del neoliberalismo extremo, la estrategia de anestesiar a la sociedad golpe a golpe está mostrando hoy toda su eficacia, y la falta de organización y de una reacción social masiva para resistirla y combatirla lo demuestra.
Bolivia es otro país.
Jueves, 21 de mayo de 2026.

*Periodista.

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