
Abundan en este momento los diagnósticos acerca de la situación de nuestro país, de nuestra América y del mundo, algunos bastante sesudos y otros algo superficiales, pero en general proveen una sensación de desconcierto que al fin nos interroga: ¿Estamos fuera de órbita los que pensamos de cierta manera? ¿O son los otros los extraviados?
Por E. Raúl Zaffaroni*
(para La Tecl@ Eñe)
Hay momentos en que es casi inevitable preguntarse quién se halla fuera de sus cabales, si los que piensan como uno o los otros. Algo de eso planteó Pirandello en su Enrico IV, cuando un señor se creía el emperador germano y todos le llevaban la corriente y lo trataban como tal, hasta que un día se golpea la cabeza con una ventana, recupera la razón y al ver que todos los tratan como el emperador se pregunta quién es el que verdaderamente está loco. Pero una cosa es leer o asistir a la representación de una comedia y otra, muy diferente, tener esa duda como vivencia. Abundan en este momento los diagnósticos acerca de la situación de nuestro país, de nuestra América y del mundo, algunos bastante sesudos y otros algo superficiales, pero en general proveen una sensación de desconcierto que al fin nos interroga: ¿Estamos fuera de órbita los que pensamos de cierta manera o los otros?
No obstante, creo que el diagnóstico del Papa Francisco resulta el más atinado y orientador: es la tercera guerra mundial a pedazos. El actual Papa León XIV no le va en zaga y no baja su tono frente a Trump, pese a que es alguien peligroso porque tiene al alcance de sus dedos la posibilidad de un estallido nuclear. Otro delincuente que ha emprendido la tarea de acabar con un pueblo es su socio Netanyahu, que parece haberlo convencido de la supuesta facilidad de someter a Irán, aunque otros opinan que puede haberlo decidido en función de algunos posibles carpetazos. Como la cosa no resulta tan sencilla, Trump no cesa de pasar a retiro a generales, almirantes y funcionaros vinculados a la seguridad de su Estado.
De esa pareja, capaz de tocar el pianito nuclear, toman distancia cada vez más países del mundo, en especial después de que Trump declarara que estaba dispuesto a hacer desaparecer una civilización, expresión que suena exagerada incluso en los discursos de los peores genocidas de la historia. Nuestro titular del Poder Ejecutivo y comandante en jefe de todas las fuerzas armadas de la Nación (art. 99 inc. 12 CN), a contramano de quienes se alejan, reafirma su identificación ideológica con la pareja tenebrosa y, como no sabe distinguir entre civilización y cultura, logró algo imposible: superó la exorbitancia verbal del propio Trump al promover la destrucción de una cultura. Y, además, lo hizo a doce mil kilómetros de distancia de la Argentina y como único jefe de Estado que va a visitar a Netanyahu, con una penosísima obsecuencia sólo análoga a la que muestra al visitar a Trump, mientras los demás tratan de ponerse a distancia.
Aunque no se lo imponga la Constitución, la más elemental delicadeza para con la Nación exige que antes de involucrarnos – al menos verbalmente y con exabruptos – en un pedazo de la tercera guerra mundial, con la que no tenemos nada que ver, nuestro comandante en jefe de todas las fuerzas armadas de la Nación auscultase la opinión del Congreso o directamente la de nuestro Pueblo, en especial cuando por su propia decisión asume – sin que nadie se lo haya pedido – el rol de procónsul de la peligrosa pareja que la llevan adelante, rompiendo impunemente con lo que siempre estuvieron de acuerdo (al menos en algo) tanto conservadores como radicales y peronistas, que fue la línea de neutralidad activa (en pos de la paz) de nuestra tradicional política internacional.
Pero nuestro jefe supremo de la Nación (art. 99 inc. 1º CN) no se contenta con injuriar en ángulo de casi 360 grados a opositores, periodistas, empresarios y demás, expresándose como un chico maleducado y con berrinches – quizá porque ningún papá lo corrige – sino que, dada su notoria ignorancia, ofende a su admirado Trump y a los Estados Unidos en general, cuando afirma que por su gestión éste ordenó a los jueces de la cámara de apelaciones de un Estado (provincia) norteamericano que fallasen en favor de la Argentina. En otras palabras: cree que Estados Unidos no es una república, que tiene un poder judicial más obediente incluso que su Comodoro Pi, puesto que pretende que allí el presidente digita toda la justicia, incluso a los tribunales provinciales. Por mucho que el norte sufra una decadencia grave, todo indica que hay oposición y jueces capaces de pararse de manos, es decir, que algo sigue funcionando.
Está lejos de mí la intención de patologizar todo, o sea, hacer una interpretación psiquiátrica de la realidad, pero es innegable que hay indicios susceptibles de causar cierta alarma: soy animalista decidido, me encantan los perros y los gatos y muchos más animales no humanos, pero nunca hablé con el espíritu de un perro ni se me ocurrió la posibilidad de hacerlo. Pero si esto fuese todo, en definitiva, no sería tan grave, pues lo cierto es que hay muchos más datos alarmantes y en ámbitos también mucho más peligrosos: Trump anunció que va a revelar la información acerca de la existencia de alienígenas y James Vance, el vicepresidente de los Estados Unidos, adelantó ya que no se trata de alienígenas, sino de diablos que manda Satán, que en hebreo significa enemigo. Ahora, en la Cámara de Representantes se ha formado una comisión para investigar las muertes dudosas de ciertos científicos vinculados a la investigación de los objetos voladores no identificados. Nos hallamos en la antesala de una nueva creación de realidad cuyas consecuencias son inimaginables. Insisto en que no quiero patologizar, pero algo no funciona del todo bien y, por momentos, llego a pensar que lo que no funciona bien está precisamente en los sujetos de cuyos dedos depende un desastre nuclear.
Mientras todo esto sucede en el mundo, en nuestra aldea se desbarata al Estado con saña, obstinación y crueldad sin precedentes en nuestra historia; la inflación comienza a descontrolarse, los salarios caen vertiginosamente, el desempleo cunde, las industrias cierran, se afecta la educación, la investigación científica, la previsión social, la salud pública, se reprimen las protestas – incluso de jubilados y discapacitados -, baja el consumo, aumenta el costo del transporte y disminuye su frecuencia, se desarma al servicio meteorológico y se pone en peligro la seguridad aeronáutica, en la ciudad más rica del país aumentan a ojos vista las personas en situación de calle. La política de este régimen entreguista causa un astronómico daño moral y patrimonial a nuestro Pueblo y Estado y, sin embargo, la información se concentra en los inexplicables viajes y compras de inmuebles de un patético funcionario, cuya torpeza supera la de cualquier ladronzuelo improvisado y cuyo monto, en comparación con el anterior, equivale al de una propina mezquina.
Podría continuar, relatar en detalle lo que sucede en nuestra América, particularizar sobre la horrible matanza en Gaza, lo de Ucrania y mucho más, pero con lo dicho es suficiente para explicar mi vivencia algo análoga a la del personaje protagónico del Enrico IV de Pirandello y, por cierto, de suma gravedad, porque no puedo olvidar que la psiquiatría explica que cuando el psicótico reconoce su enfermedad está en vías de remisión o curación. En lugar, lo que me pregunto se halla al menos en un estadio anterior: ¿Qué está pasando en el mundo y en mi país? ¿Estamos todos locos? ¿Acaso los locos son los que piensan más o menos como yo o son los otros?
Lunes, 27 de abril de 2026.
*Profesor Emérito de la UBA

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Excelente nota de Raúl Zaffaroni