

A cincuenta años del golpe del 24 de marzo que dio inicio a la dictadura más brutal del siglo XX, Hernán Brienza sostiene que es necesario endurecer el espíritu y abandonar la teoría de los demonios para dar lugar a lecturas e interpretaciones que nos permitan comprender nuestra propia condición humana, por un lado, y por otro, reconocer las “zonas grises” que dejan la caída de este tipo de interpretaciones que han marcado a varias generaciones en democracia.
Por Hernán Brienza*
(para La Tecl@ Eñe)
No siempre el pasado se presenta como una evocación. Ni como un discurso racional premeditado, sesudo y bien pensante. A veces creo que la dictadura militar está agazapada en el cajón más oculto del inconsciente con sus microterrores y sus micromandatos, como si se tratara de un manojo de miedos atávicos. En la misma vereda del edificio en el que vivo, hay una baldosa que recuerda que, en 1977, fue secuestrado de su departamento un militante del PRT. La colocación de ese cenotafio fue un acontecimiento en el barrio, fue un festival de argentinidad. Los nuevos vecinos se anoticiaban de que la historia pasaba por la puerta de su casa y los que aún quedaban de aquella época entre aquellos que siempre supieron –sin distinción de ideologías- y los que no sabían nada, o se habían olvidado, y recién se enteraban que se había tratado de un hecho vinculado a la represión ilegal.
Yo me acordaba del caso. Mi abuela vivía en ese edificio y nos había contado lo sucedido. No estaba muy al tanto de los pormenores del hecho, pero mis padres, trabajadores con conciencia política, pero sin militancia activa, interpretaron rápidamente lo sucedido. No conocían los detalles, pero sí la intencionalidad de lo ocurrido. Pero, más allá de la experiencia personal, cotidiana, casi intrascendente, lo que me resulta interesante son las formas en las que la dictadura militar -y casi todos los Estados Terroristas- se sumergen y quedan anegados allí en los terrenos de las micro supervivencias: desde el silencio temeroso hasta los olvidos cómplices, o los apoyos sigilosos y risueños; desde los terrores mínimos hasta la desconfianza razonable o la indiferencia un poco cobarde hacia la política.
Hace más de veinte años, escribí para la editorial Marea el libro “Maldito tú eres. El caso Von Wernich.”. Allí escribí: De mi gente me aterra esa facilidad para esconder la tierra debajo de la cama. Porque hay algo que no funciona claramente en una sociedad si en 1973 aplaude mayoritariamente a Montoneros, en 1976 apoya la dictadura militar y en 1983 se despierta anonadada por la violación a los derechos humanos y se justifica argumentando: ‘Yo no sabía nada de lo que pasaba’. Ese mecanismo se repite preocupantemente en democracia: algo similar ocurrió con el menemismo y volverá a ocurrir una y otra vez. Y de esa manera, nadie paga las consecuencias. Nadie se hace responsable. No hay posibilidad de reflexionar sobre nuestro pasado reciente por la sencilla razón de que la ignorancia, supuestamente, da certificado de inocencia. No es posible reflexionar sobre lo que no se sabía.
Pero, ¿y si la ignorancia es pura complicidad? ¿cómo se puede ver lo evidente y no saber? Milan Kundera escribió: “Los pueblos también son culpables de lo que deciden ignorar”. La frase, me parece, es aplicable a todas las veces que los argentinos decidieron olvidar las consecuencias de un sistema político autoritario o de un modelo económico devastador para la economía nacional.
Si alguien decide ignorar, decide repetir. Por eso también es necesario volver sobre lo sucedido durante la dictadura militar para comprender, sin justificar, para analizar también las interpretaciones autocomplacientes y, sobre todo, con aquellas construcciones de tipo mitológicas para explicar el mal radical aplicado por la dictadura durante la represión ilegal. Hoy, a 50 años del golpe, los argentinos no podemos seguir repitiendo la teoría de los dos demonios ni siquiera la teoría de un solo demonio. Creo que es hora de devolvernos una humanidad brutal a todos los argentinos: a los que participaron de la violencia política, a los que fueron cómplices, a los que decidieron ignorar. Fuimos muy humanos, demasiado humanos. Incluso, los hubo fieramente humanos.
La filósofa italiana Simona Forti escribió en su libro “Los nuevos demonios. Repensar el mal y el poder”: “Cada vez que se pone en tela de juicio el estatuto dostoievskiano del mal, la imagen dicotómica se complica; resulta difícil trazar límites fuertes entre los demonios absolutos y las víctimas inermes. Y, cuando se abandona el dualismo político y moral, hay que indagar en la subjetividad. No tanto ni solo porque sea portadora de malas intenciones, sino porque muy seguido sirve de soporte involuntario de la dominación. (…). El libro de Primo Levi, “Los hundidos y los salvados”, se podría leer como el contratexto de “Los endemoniados” y de la “Leyenda del Gran Inquisidor”: desmiente aquella concepción maniquea que abre un abismo entre la febril voluntad de potencia del malvado y la indiferente pasividad de la masa (…). Nuestro deseo de distinguir de modo neto y claro al amigo del enemigo es tanto más fuerte cuanto más necesitamos protegernos de la complejidad que nos confunde. En efecto, como hemos observado muchas veces, nada simplifica más la realidad que el acto de separar el bien y el mal (…). Hay que tener el valor de ejercitar un espíritu menos blando que el que representa a los demonios en los habitáculos del poder: hay que mantener fija la mirada en la normalidad y sobre la banalidad de los hombres, tomados siempre en una ficticia red de relaciones”.
A cincuenta años del golpe del 24 de marzo que dio inicio a la dictadura más brutal del siglo XX, creo que es necesario endurecer el espíritu y abandonar la teoría de los demonios para dar lugar a lecturas e interpretaciones que nos permitan comprender nuestra propia condición humana, por un lado, y por otro, reconocer las “zonas grises” que dejan la caída de este tipo de interpretaciones que han marcado a varias generaciones en democracia.
Abandonar el paradigma dostoievskiano y la teoría de los demonios obliga a ocupar esos espacios y lagunas de sentido vacantes con algún tipo de respuestas y explicaciones acertadas. Lo primero que creo que es necesario aclarar es que allí donde antes había demonios y víctimas, hoy debemos colocar a hombres y mujeres en su contexto histórico personal, económico y social. Parece una nadería, pero no lo es. Es más fácil imaginar a seres sobrehumanos o subhumanos, a entidades perversas disfrutando del mal, o demonios abstraídos por la ideología que pensar en seres simplemente humanos a los que la circunstancias los llevaron a cometer crímenes horrendos. Pero, sobre todo, a tomar decisiones, a elegir entre distintas opciones y, aunque suene aterrador, creyendo que elegían la mejor opción. Aunque fuera una opción brutal, terrorífica o simplemente de complicidad vergonzante.
*Periodista, escritor, politólogo y ensayista.

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2 Comments
Leí tranqui las 3 primeras notas de hoy y se agradece.en un tiempo que no envocamos una .que te ayuden a pensar
Muchas gracias, Miguel, Saludos.