

El ’76 es repetición y conjura. Continua como patrón de acumulación, miedo a la sanción y saber penoso de una sociedad incapaz de desarrolar sus posibilidades; y se lo subvierte cuando se desarrollan contrapoderes colectivos capaces de hacer de la política una forma de conocimiento vivo sobre la base de la revalorización de la existencia común.
Por Diego Sztulwark*
(para La Tecl@ Eñe)
“No es, pues, entregarse a una violencia física irrestricta, sino decir la verdad (decir lo que es), desatar la violencia de la palabra que sacude y moviliza a la gente. La violencia política real que pueda seguir debe ejercerse de manera gandhiana”.
Slavoj Žižek
Salpicado de febrero
Un puñado de imágenes de febrero de 2026 ayudan a enfocar cómo retorna 1976: la puesta en funcionamiento policial de un guante-picana, a estrenar en una marcha de la CGT en Córdoba contra la reforma laboral que plantea el gobierno nacional; una foto que difunde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en la que se ve a un grupo de jóvenes puestos contra la pared, arrodillados y esposados por la policía con la consigna a la Bukele: “Así quedaron: de rodillas. Ley y orden”; un video de deportaciones de extranjeros (también en Caba) que preanuncia una campaña del tipo ICE argentino; la aprobación del proyecto de reforma de la edad de penalidad juvenil ubicado “a la derecha de Videla”. Hay más: la represión en medio del anuncio del cierre de la principal fábrica de neumáticos del país: La Policía Bonaerense tiró balas de goma en la puerta de FATE; declaraciones del general Presti, militar en actividad a cargo del ministerio de defensa del país hizo un homenaje de Operativo Independencia, con previa descalificación de los juicios por lesa humanidad, tildándolos de “revanchismo”; y declaraciones del gobernador de la Provincia de Buenos Aires: “esta reforma laboral es el proyecto de la dictadura”. Hay más: elGobierno denunció por “terrorismo” a los manifestantes que protestaron con ese mismo argumento contra reforma en el Congreso. Este verdadero sarpullido ocurre en una etapa histórica en la que por razones biográficas-etarias, una parte mayoritaria de la población no tiene ningún recuerdo directo de la dictadura.
Sea recordado por quienes lo vivieron o bien estudiado como un episodio histórico por quienes no, el ’76 se sigue pesando como una fecha que condensa aquello que se venía preparando desde antes y aquello que se puso en acto en los años subsiguientes. La cifra sintetiza la ecuación política que congela el pensamiento colectivo en la terrorífica equivalencia que iguala todo diferencial conflictivo a una conducta que merece las más severas de las sanciones. Cinco décadas en las no se revirtieron esos efectos acaban por aproximar –como si la distinción fuera de grado y no naturaleza– las técnicas de disciplinamiento aplicadas al campo social, a la memoria de la aniquilación de las fuerzas sociales que, con eje en la clase trabajadora, fueron objeto de genocidio. Cuando se estrechan los márgenes de lo posible y se brutalizan las relaciones de poder, como sucede hoy a la vista de todo el mundo –Gaza, Caracas o EE.UU. (en Minnesota no se agredió sólo a inmigrantes considerados ilegales) – las facultades de la percepción y de la memoria hacen su síntesis, y reconocen lo que retorna.
Un saber penoso
Podemos lamentar, como lo hace la politología mainstream, el presunto divorcio del supuesto matrimonio entre capitalismo y democracia (y/o entre capitalismo, democracia y liberalismo), aunque semejante lamento se cierne sobre el nivel en el que se registran los desarreglos normativos e institucionales. Pero la mistificación organizada bajo la forma de lo matrimonial, no alcanza a dar cuenta de los antagonismos que animan y colorean los diversos formatos constitucionales. Como una micropolítica real que subtiende a las categorías y opera como correlación vivida entre miedo y libertad que bloquea o favorece (según sea el caso) la capacidad de actuar y pensar políticamente.
Cuando la organización del miedo, pasión “triste” que nos separa de lo que podemos, pasa de ser no ya producto de la incerteza propia de la vida inter-humana, sino el principal recurso de control social, entramos en una fase de dominación dura que en el lenguaje de los Estados y las derechas extremas actuales rima con concepciones neofascistas de la enemistad, que se proyectan sobre la actividad social autónoma revistiéndola como fuente de un peligro existencial para la cultura y la soberanía. De allí el efecto de proximidad tendencial que comunica la sanción represiva con las prácticas de aniquilación.
Bajo estas condiciones, la vida política es desposeída de su potencia cognitiva y se la reduce a modo de conocimiento penoso de la sociedad y de sus (im)posibilidades. Como si de la reflexión que la política moderna pone en juego solo pudiera subsistir como un subproducto frustrante (de ahí que se declara muerto Nicolas Maquiavelo, una de las glorias fundantes) incapaz de darle al argumento una densidad estratégica útil a los diversos colectivos más o menos desposeídos que forman parte de la Ciudad. El conocimiento penoso es el saber de un presente desprovisto de sus posibles, monopolizado por la función motosierra (artefacto cuya simbología política hace recordar al “ajuste sin anestesia” de Menem-Cavallo que a su vez ponía en metáfora el recuerdo de la picana y la estatización de la deuda privada de la dictadura).
Estado, deuda y terror
Eduardo Luis Duhalde caracterizó en «El estado terrorista argentino» (libro pionero de 1983) el tipo particular de institución estatal de la última dictadura, reconocible por el “carácter permanente y oculto” y por “las formas más aberrantes de la actividad represiva ilegal”. Más que una versión entre otras del estado de excepción, el argentino constituyó una novedad por la dimensión de su estructura clandestina (casi tan importante como su estructura pública) y por la sistematicidad con la que recurrió al terror como método de gobierno, en contradicción abierta con “las bases fundamentales del Estado democrático burgués”. La emergencia histórica del terrorismo de Estado como forma política se explica, para Duhalde, como una reacción frente al hecho de que el Estado tradicional se muestra “incapaz de defender el orden social capitalista y contrarrestar con la eficacia necesaria la contestación social”. Como agrega Emilio Crenzel en su reciente libro «Pensar los 30.000″, la dictadura “estableció una variedad de obstáculos epistemológicos de orden discursivo, jurídico y político”, desde el ocultamiento hasta la desinformación.».
Estamos, pues, muy lejos de repetir ese tipo de diseño estatal. La merma en la intensidad de la lucha de clases frente a la cual ese Estado fue una reacción, y la desaparición del mundo de la guerra fría que le ofreció contexto, impiden que la historia se repita. La forma-estado se constituye en respuesta a variables y problemas históricos precisos. Y, sin embargo, algunas de las variables que empujaron a la estatalidad terrorista siguen presentes. Por ejemplo, la correlación entre endeudamiento, fortalecimiento de la retórica anti-terrorista (que se usa también como tipificación), forzamiento persecutorio del marco legal y robustecimiento del aparato material represivo. (En su libro «Masacre en el comedor», Ceferino Reato relata el siguiente episodio: ante el pedido del general “legalista” Juan Antonio Buasso de realizar una represión “por derecha”, el presidente Videla habría respondido: “Ya nos dijo Martínez de Hoz que, si hacemos lo que hizo Chile, nos van a cortar todos los créditos”). En otro mundo, y sin ruptura con el Estado de Derecho, el gobierno de la extrema derecha mantiene la orientación dominada por la correlación entre endeudamiento y represión. Luego de las últimas elecciones legislativas, el gobierno avanzó en esa dirección con la reforma de la ley de inteligencia y la destrucción de regulaciones que limitaban el accionar policial y su relación con el poder judicial. La derecha extrema usufructúa el saber penoso heredado del ’76 y lo reconduce a una nueva versión de los “obstáculos epistemológicos”, fundada en la noticia falsa, la ironía cínica y el desarme político de la sociedad.
Kafka y el verdugo
En su relato “En la colonia penitenciaria”, Kafka nos coloca ante la siguiente escena: un observador extranjero debe brindar un informe sobre los métodos con que se practica la justicia en una isla en la que un oficial opera una máquina infernal de castigos que escribe con unas púas metálicas sobre la espalda de los acusados. Juez y verdugo al mismo tiempo, el oficial termina asesinado por la máquina. El texto de Kafka parece una respuesta a la glorificación que Joseph De Maistre hizo de esa figura del matar-legal que es el verdugo. De Maistre describe así al héroe de su teoría política proto-fascista de la soberanía: “toda grandeza, todo poder, toda subordinación descansan sobre el ejecutor: él es el terror y el vínculo de toda asociación humana. Eliminad del mundo a este misterioso agente, y de inmediato el orden dará paso al caos: se derrumbarán los tronos y desaparecerá la sociedad. Dios, que es creador de la soberanía, es por tanto creador también del castigo”. El entero orden de jerarquías se sostiene en el terror que el verdugo aplica al enemigo subversivo. Su crueldad es una crueldad que salva. Al volverlo víctima de sus propios métodos, Kafka coloca al verdugo ante la paradoja final de ese matar presuntamente salvífico. El relato termina en la cantina del pueblo, donde ha sido enterrado el antiguo comandante (creador de la máquina penal). En la lápida se lee la siguiente inscripción: “Aquí descansa el antiguo comandante. Sus partidarios, que ahora no pueden decir su nombre, cavaron la fosa y pusieron la lápida. Hay una profecía que dice que después de un determinado número de años el comandante resucitará y desde esta casa conducirá a sus partidarios a la reconquista de la colonia. Crean y esperen”.
Otro texto de Kafka viene a cuento para pensar estos tiempos. En su relato La transformación, Gregorio Samsa se amanece metamorfoseado en un insecto. El despertar supone el descubrimiento de una mutación que ya ha ocurrido a las espaldas del protagonista. No cuesta demasiado situarnos en el lugar de Samsa. Tampoco nosotros hemos elegido convertirnos en esto que somos. Ni nos es lícito atribuir la mutación en curso a una desgraciada suma de infortunios electorales. Más profundamente, los reaccionarios en el poder son expresión (causa si, pero sobre todo efecto) de una remodelación reaccionaria previa del vínculo social. Este hecho introduce al razonamiento un dramatismo distinto. Si sospechamos –abunda la evidencia– que el amanecer de Samsa evoca el despertar de la “vieja profecía” –el retorno del verdugo bajo la forma de banales payasos asesinos, que hacen visible lo que algunos filósofos llaman una “inversión del juicio moral”–, no podemos sino advertir que el horror se ha incubado desde el interior de la democracia misma. A diferencia de lo ocurrido en el pasado, los fascistas del presente surgen abrazados al dispositivo electoral y a los valores de la libertad de comunicación y consumos. La palabra “autoritarismo” no alcanza a captar la gravedad del fenómeno.
Una enemistad no fascista
La política como forma de conocimiento de lo social consiste en restituir sus posibles y, por tanto, resulta incompatible con las técnicas de control fundadas en la difusión del miedo (a perder el empleo, a no llegar a pagar las deudas, a ser denunciado, al desalojo, a ser reprimido y/o deportado). De ahí la necesidad de elaborar formas antifascistas de la enemistad. Una enemistad, si se quiere, de tipo cognitiva, fundada en la comprensión del carácter estratégico del miedo, y en la crítica a la mistificación y el cinismo sobre los que se sustenta el orden de la explotación social. Una enemistad que, cargando de verdades al lenguaje, sea capaz de elaborar contra-violencia del conocer: pues comprender el mecanismo que suscita el miedo y la desmoralización es ya conocer y despejar el camino de un conocer más libre.
Contra el 76 (el ángulo de los contrapoderes)
La idea de que la dictadura fue sustituida por un “pacto democrático” debe ser revisada. Lo que hubo –como dijo en algún lado Alejandro Horowicz– fue una «parlamentarización de la dominación» (una inversión perfecta de la parlamentarización que consagraba ciudadanía obrera a partir de los años 1945/46). Es decir, una continuación por medios constitucionales del patrón de acumulación inaugurado en 1976. De allí que el filósofo León Rozitchner haya pensado que fue la derrota y no el deseo lo que abrió el campo democrático en 1983. Reconoceremos, por así decir, dos democracias en curso. Una que se ciñe a la derrota y la parlamentarización. Y otra que, en el marco de la anterior, desemboca en 2001, y que constituye una historia dentro de otra historia. Es la democracia de los contrapoderes desarrollados en las calles que rodeaban los salones en que se concibió el marco del “pacto democrático”. Los mejores momentos de estas décadas fueron precisamente aquellos en los que los contrapoderes hicieron de la parlamentarización una tregua al interior de la cual podían revisar la estructura social y revertir la correlación de fuerzas cristalizada por la dictadura. Esa historia de contrapoderes es la de la fuerza que aspira a revertir el estado de cosas –un patrón de acumulación, una legalidad, una miseria del conocimiento de las potencias sociales– cristalizado con vaivenes desde el 76. La libertad –nombre de lo que hoy está en disputa– no sólo precisa ser concebida como la forma más alta de la igualdad. Sino que además, para ser tal, debe combatir la mala fe que una y otra vez la impregna. Porque libre no es quien se desprende del tejido social para mejor explotarlo, sino quien busca las vías de un conocimiento amplio y público de los mecanismos de poder colectivos del que forma parte por el sólo hecho de existir en un entramado inter-humano; quien se dispone a deliberar (¿es posible retomar la experiencia de la revolución de este ángulo)? con otrxs en nombre de las posibilidades de ese poder colectivo del que emerge y debe emerger un derecho común, hoy amenazado.
*Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.

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