TANTEOS EN LA SOMBRA 12 – A bañarse – Por Noé Jitrik

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TANTEOS EN LA SOMBRA 12 – A bañarse – Por Noé Jitrik

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América. Óleo, Museo del Prado.

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América. Óleo, Museo del Prado.

Del cine en la TV pública a la relación entre no bañarse y enfermarse.

Por Noé Jitrik*

(para La Tecl@Eñe)

Gracias al talento de Fernando Martín Peña, que desde hace año recupera en la televisión pública buenas películas, olvidadas algunas, no vistas otras, perdidas unas cuantas, podemos acercarnos al misterioso poder del cine. Talento y audacia porque insta al público nocturno a ver el cine de otra manera, liberándolo cada fin de semana a altas horas de la noche, de los productos casi siempre mercenarios y mercantilizados de las cadenas televisivas y las distribuidoras de productos en mal estado (mental). Acompañado por el no menos apasionado cinéfilo Roger Koza, a quien conocí en La Cumbre presentando películas como para hacer salir de la modorra a los plácidos habitantes de ese bello lugar y a los no menos amodorrados visitantes del verano. No es que hagan docencia: discurren, no es que digan “esto es lo mejor”, como si cada película fuera la inventora del cine; a veces las películas son malas pero siempre tienen algo que a espíritus abiertos puede suscitarles alguna inquietud, ya sea por el tema presentado, ya por sus contradicciones y vicios, ya por cómo fueron vistas y apreciadas por el variable público.

En el caso al que me quiero referir no es así, la película, La clave de la cuestión, no es mala, la actuación de Sidney Poitier memorable, de modo que no es cuestión de elogiarla y elogiar a quienes la sacaron de la sombra. Se desprende de ella un problema que va más allá de los enfrentamientos de personajes y de cómo se presenta el doloroso y enfermizo enfrentamiento de blancos y negros en los Estados Unidos, menuda cuestión. En pocas palabras, un médico negro debe ocuparse de un preso, un obsesivo psicópata blanco que, además de despreciar al médico, no puede dormir. El psiquiatra, en realidad psicoanalista, que le aplica las técnicas propias del psicoanálisis freudo-kleiniano, logra su objetivo, el nazi logra dormir después de unas cuantas sesiones en las que el psiquiatra debió soportar insultos y agresiones raciales de la peor estirpe. Cuando, una vez curado, o sea que puede dormir, se presenta ante el médico para agradecer el servicio que le hizo su antes denostado negro, éste le niega la salida que, no obstante, le es concedida. Nadie entiende por qué esa negativa y él lo declara, fracasé, dice, nada en él ha cambiado, sigue siendo el mismo. En eso reside el interés de la cuestión, la clave del título: el psicoanálisis mejora la salud (mental) del individuo pero no modifica en nada su personalidad, en este caso presentada como aberrante, nazi, racista, antinegro, antisemita, capaz de matar por estas ideas aunque, después del tratamiento, pueda dormir. Sobre esta diferencia, objetividad o neutralidad y subjetividad, los psicoanalistas se rompen la cabeza, muy difícil es comprenderlo, tanto como resolverlo. Habría que ver cuántas y qué tentativas registra la historia de la disciplina, me pregunto si las críticas, o el rechazo al psicoanálisis, un lugar común, no se basan en esta cuestión, en suma, sobre los límites.

Y sigo con esto. Hace años, creo que fue en 1973, esperando al nuevo Jefe de la Policía Federal en su suntuoso despacho, un hombre intachable y amigo de mis amigos, escucho una conversación entre dos policías que estaban cerca aunque no me veían. Uno, una mujer creo, ensalzaba las virtudes del psicoanálisis, el otro escuchaba y hacía preguntas, se diría que en el orden de la eficacia, y la mujer insistía en que si lo admitiera para él “se sentiría mejor”. Sentí un ligero vértigo: el psicoanálisis había sido un arma exclusiva de la izquierda y resulta que las fuerzas del orden, por llamarlas de alguna manera, se la estaba apropiando. Y en la opción señalada en el fragmente precedente, para que los ejecutores del orden se sintieran  “mejor” pero sin cambiar un ápice de la función que habían elegido o a la que habían sido obligados a ejercer. ¿Sería ese dilema lo que está por debajo del relato titulado “El Señor Galíndez”, escrito por un psicoanalista, Eduardo Pavlovsky? ¿No será igualmente lo que recorre los argumentos de Hanna Arendt cuando razona sobre la tortuosa personalidad de Adolf Eichmann?

En la hermosa ciudad de Granada hay dos construcciones muy significativas y muy conocidas, la Alhambra, construida por los árabes que dominaron la región durante más de siete siglos, tiempo más que suficiente para hacer algo duradero y desmedidamente bello y, por otro lado, en los albores del siglo XVI, la Capilla Real, construida por orden de los Reyes Católicos: aquella está en una colina, ésta abajo y parecen enfrentadas y de hecho parece que fue la idea, Isabel y Fernando no se atrevieron a destruir el símbolo árabe, dos grandezas, una vencida, la otra en pleno triunfo. Deslumbrante es la Alhambra, sombría es la Capilla, extremadamente funeraria, contiene los catafalcos de quienes la construyeron para ser sepultados ahí, así como sus hijos, Felipe (el Hermoso) y Juana (la Loca). Un penetrante halo de tristeza se percibe en ese lugar mientras que en el otro, además de las incesantes cámaras hay dos cosas que detienen la respiración, los baños y la escritura. Seguramente se ha escrito mucho sobre los baños, poco sobre la escritura. Ambas cosas me emocionaron, nada hay tan conmovedor como una derrota de algo bello. La escritura, seguramente versículos coránicos, es al mismo tiempo decoración, lo cual revelaría algo que en estos tiempos pareciera que hemos comprendido, o sea que la  forma de la letra no sólo tiene historia sino que es también significante. Lo digo al pasar porque lo que me importa es lo otro, los baños, suntuosos, amables, se puede imaginar los cuerpos que entre las aguas y los vapores disertaban o conversaban, acaso amaban.

Reina Isabel la Católica.

Esas imágenes me llevan a otra parte, a un enfrentamiento correlativo al de los dos monumentos. Los árabes, sin duda, se bañaban y los castellanos no, al menos la Reina Isabel que, tal como nos la muestran los viejos grabados, manifestaba un horror sacro al agua sobre el cuerpo, serían los baños de la Alhambra pura abominación y para combatirla hizo construir la sombría Capilla Real, lo cual, para delicia de los arquitectos, prueba la conexión que existe entre arquitectura, persona y, de remate, enfermedad. ¿Digo algo nuevo? Es un hecho comprobado que la suciedad que producen los cuerpos, si no es contenida, favorece la enfermedad que, para concederle todos los honores, es la madre de todas las pestes. La Reina Isabel no hizo este razonamiento, quizás para neutralizar su pestilencia y sus propios males acudía al Doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, el galeno que le impidió comer a Sancho Panza y, de paso, dictó una increíble ordenanza que hizo historia: a quienes descendían a las recién descubiertas Indias así como también a los desnudos naturales se les prohibía meterse en el mar, prohibido bañarse, así como suena. Sospecho dos cosas; la primera, que tal prohibición se instaló en España supongo que hasta mediados del Siglo XX –famosos los españoles por no bañarse- y la segunda que la acumulación de secreciones en los cuerpos de los conquistadores y de los sacerdotes favoreció la proliferación de enfermedades que, como tremendos ejércitos, diezmaron a los indígenas de a millares, viruela, sarampión, gripe, tifoidea, y toda una corte de pestes. El sabio Claudio Sánchez Albornoz, a quien vi pasearse muy atildado y limpio por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras, le pareció que el temor al baño había apartado a España de Europa, que, a decir verdad, espantados por la inveterada costumbre de los latinoamericanos por bañarse, tampoco profesaban una fanática inclinación al baño. Don Claudio investigó el punto respecto de España y llegó a la conclusión de que en los tiempos ibéricos y aun visigóticos había baños públicos y que por culpa de los franceses, que tapaban sus olores con perfumes, fueron siendo destruidos. ¿Por qué me he metido en este húmedo tema? Pues porque tal vez el coronavirus no quiso estar al margen de la tradición y logró echarse, según informes públicos, a más de seis millones en todo el mundo, una cifra parecida a las mejores obtenidas por las guerras del siglo XX. A bañarse, pues, si eso no detiene al coronavirus al menos quienes se lanzan a esa aventura huelen bien.

Hoy, 17 de agosto del 2022, por una especie de espíritu comparatístico, pero nada morboso, relaciono la cantidad de muertos por Covid con los muertos en las guerras más duras, no sé cómo anda el asunto en Ucrania. ¿Y si, como llegaron a afirmar algunos amantes de las películas de terror, hubiera una relación entre no bañarse y enfermarse? En ese caso habría que considerar que la enfermedad es un arma y, por lo tanto, se dirige a destruir a un enemigo. España es un ejemplo: creo que eso se sabe así como se sabe que traían pestes los viajeros que empezaron a desembarcar en las idílicas playas del Mar Caribe y no ciertamente con el propósito de veranear. Una pintura del Siglo XVII, creo, representa a Colón en el momento en que baja a tierra; él y los que lo acompañan visten con pieles y cubren todo su cuerpo, pero no está pintado el olor que emana de esos caballeros; frente a ellos los indios desnudos, limpios, siempre recién bañados. Como para tranqui1zar a la Reina Isabel, militante del miedo al cuerpo. ¿No será que en esa conmovedora suciedad hispánica proliferaran viruela, sarampión, tifoidea y que sin que les entrara en la cabeza fue el arma que terminó con una cultura?

Buenos Aires, 19 de agosto de 2022.

*Crítico literario, ensayista, poeta y narrador.  

3 Comments

  1. Juan Salinas dice:

    No quiero jactarme pero me baño todos los días, me vacune y no me enferme de COVID. En cualquier caso, el baño (y sentirse limpio) es muy placentero. Bella nota de Noe.

  2. Muy buena nota, placer lerla.

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