

Durante la segunda sesión del Foro de la Cultura Democrática desarrollada en Córdoba, el foro delineó un escenario atravesado por tensiones profundas entre riesgo y oportunidad. Lejos de cualquier determinismo, las intervenciones coincidieron en que el futuro de la IA no está dado de antemano: dependerá de la capacidad de las sociedades para organizarse, deliberar y orientar esta tecnología hacia un horizonte de desarrollo humano, justicia social y bienestar colectivo.
Por Gustavo Beliz*
(para La Tecl@ Eñe)
La consigna tiene más de medio siglo de vigencia, y la levantó el movimiento obrero argentino en su resistencia al atropello militar y a las consecuencias de un plan económico de latrocinio y devastación.
Podría repetirse hoy, frente a la dictadura de los algoritmos. Porque se trata de recrear el mundo desde una nueva imaginación, frente a la irrupción de la inteligencia artificial y el avance tecnológico, que puede ser una nueva fuente de dominio imperial o, por el contrario, una herramienta para un turbo-desarrollo de la humanidad. No es ideología sectaria sino sentido común. De alguna u otra manera, lo están diciendo las voces más calificadas del universo tecno, cuando afirman: “La pelota está en manos de los políticos”. No se trata de regular como un sonámbulo, sino de atender a los llamados que la ciencia seria y los principales creadores de los grandes modelos de lenguaje están reclamando en múltiples foros.
En Córdoba, durante la segunda sesión del Foro de la Cultura Democrática – inspirado por el reconocido periodista Claudio Fantini y con el apoyo de autoridades de la Municipalidad local -, tuve la oportunidad de presentar el Atlas de la Inteligencia Artificial para el Desarrollo Humano del PNUD que coordiné, en el marco de un espacio de diálogo multidisciplinario muy productivo, porque discutimos los avances de la IA con el aporte de ciencias y religiones diversas. La IA es algo demasiado importante – por lo potencialmente dañino y lo potencialmente beneficioso – como para dejarla exclusivamente en manos de los tecnócratas.
El físico Francisco Tamarit, ex rector de la Universidad Nacional de Córdoba y pionero en el estudio de redes neuronales en la Argentina, advirtió: «Tenemos una tecnología que es acelerada, que híper concentra y que es mental; hace las cosas, más allá que podamos discutir si es inteligente como nosotros somos. Es como una inteligencia alienígena… Nos estamos encontrando con algo que sería parecido a encontrarse con una especie que nunca vimos de otro país, de otro planeta porque no la conocíamos, no la teníamos en nuestros planes… Y empieza a tomar decisiones, porque hay manos irresponsables, porque no nos animamos a poner orden en todo esto”.
Desde una perspectiva ética, el rabino Marcelo Polakoff – del Centro Unión Israelita de Córdoba -, propuso comprender la IA como “un hijo que uno crea y que no puede controlar”, subrayando la necesidad de educarla con criterios de sabiduría que no se agotan en el aprendizaje automático, sino que incluyen la capacidad de anticipar y de transformar vínculos. La sabiduría, según una tradición antigua, tiene tres dimensiones. La primera es la capacidad de aprender de todos – algo que la IA ya hace al nutrirse de múltiples fuentes. Pero hay dos dimensiones que hoy faltan y que debemos incorporar: la capacidad de anticipar el futuro a partir de comprender el presente, y la capacidad de transformar conflictos en vínculos, es decir, “convertir enemigos en aliados”. En este sentido, el desafío no es solo que la IA aprenda, sino que contribuya a imaginar mejor el futuro y a fortalecer la humanidad en nuestras relaciones.
En una línea convergente, el sacerdote jesuita José Gabriel Funes – quien fuera Director del Observatorio Astronómico del Vaticano -, sostuvo que estamos ingresando en un territorio desconocido -“aquí hay dragones” – y que el desafío consiste en “entrenar a este dragón” y construir “mapas de esperanza” – tal cual lo convoca el Papa León XIV -, que orienten su desarrollo hacia fines humanos: “Tenemos la responsabilidad de dar voz a los que no tienen voz, es decir, a los más pobres, a las poblaciones más vulnerables, que no pueden ni tienen la posibilidad tal vez de pensar críticamente… y este diálogo se da en tiempos acelerados”
Por su parte, Daniel Barraco – profesor titular en la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación -, planteó una advertencia estructural: la IA amenaza con alterar la “arena” sobre la cual se edificó la civilización en los últimos diez mil años. Si el trabajo pierde centralidad, advirtió, se pone en riesgo la distribución de la riqueza y, con ello, el propio funcionamiento del sistema social. En este sentido, sostuvo que la humanidad ha repetido históricamente un patrón peligroso: avanzar tecnológicamente “sin evaluar las consecuencias…Estamos viendo lo que en su momento Carl Sagan llamaba la concepción adolescente de la tecnología”.
Desde el mundo empresarial, el ingeniero Walter Abrigo, director de Santex, empresa global de desarrollo de software, describió una realidad inmediata: “No estamos en una transición tecnológica, estamos en una crisis de propósito… Si medimos reducción, vamos a obtener descarte. Si medimos el desarrollo, vamos a obtener evolución”. Y llamó a revertir dicha lógica a partir de un caso concreto: “. Uno de nuestros clientes es una gran corporación de alimentos americana. Nosotros propusimos que hacer un pop-up en una aplicación para un alimento alto en grasa para una persona que tiene diabetes, no era ético. Y lo hicimos en un negocio que representa el 12 por ciento de nuestros ingresos. Y nos fue bien, a tal punto que estamos trabajando con tres cadenas semejantes a esta, en otros lugares del mundo. Porque en un mundo donde la tecnología permite hacer más con menos, nosotros queremos hacer más, pero con mejores personas. Y eso no es un problema tecnológico, es una decisión cultural”.
En el plano social, la lingüista computacional Laura Alonso Alemany – que integra el equipo de Ética en IA de la Fundación Vía Libre -, enfatizó que el problema central no es solo la desaparición del trabajo, sino “la desaparición del sustento”, en un contexto donde la IA crece “a costa de nuestras mentes, de nuestra atención y de nuestra ilusión”. Subrayó la importancia de entrenar a las poblaciones vulnerables prioritariamente para “visibilizar más casos de éxito, que no son aburridos, de gente que ha tomado agencia, que ha tomado decisiones con respecto a la IA. Estos chicos que deciden encontrar cómo la IA no habla bien y dice tonterías de Córdoba; este juez italiano que decide que Uber está violando el derecho al paro de un trabajador; este Tribunal Supremo de España que decide que los algoritmos públicos tienen que ser abiertos, que, si vos estás usando un programa en lo público, ese programa tiene que ser público también”.
Desde una mirada crítica, Agustín Berti -vdoctor en Letras e investigador del Instituto de Humanidades del CONICETv- cuestionó la noción misma de inteligencia artificial, señalando que no es “ni inteligente ni artificial”, sino una tecnología social basada en la captura masiva de datos, como lo desarrolla en su libro “Nanofundios”, que remite a la idea de “latifundio”. “Quizá un mejor nombre para esta tecnología sea el de ´Nooscopio´ –destacó-, es decir un lente de magnificación del conocimiento… El problema está en las plataformas, el lugar donde se da la apropiación de los datos… Nosotros los generamos y los entregamos sin control; no hay una salvaguarda para que sean procesados y utilizados sin nuestro consentimiento o sin nuestro conocimiento; nos encontramos con un problema de nuevas mediaciones, que no son las mediaciones democráticas”. A su juicio, el verdadero riesgo no es una rebelión de las máquinas, sino el despliegue de un modelo económico concentrado y orientado al lucro que puede derivar en escenarios de insustentabilidad.
Darío Sandrone – vicedirector de la Escuela de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba -, sostuvo que la IA está transformando la condición humana al volver íntima y ubicua una tecnología que antes era externa, modificando incluso nuestras nociones de presencia, vínculo y realidad. “Antes- señaló-, las máquinas eran del ámbito de la producción; pero la vida cotidiana, la vida afectiva y la vida social no era ámbito de las máquinas. Es un escenario muy diferente al que tenemos nosotros hoy, donde las mismas máquinas con las que trabajamos son las que tenemos en la mesita de luz y con las que nos vinculamos con nuestros seres queridos. Nunca una tecnología subsumió tantas actividades humanas bajo sí”.
Finalmente, el astrónomo Diego García Lambas – investigador principal del CONICET y miembro de la Academia Nacional de Ciencias -, advirtió que el riesgo no es solo tecnológico, sino social: la aceleración puede generar “resbalones” inesperados que desestabilicen las sociedades. Dijo García Lambas: “Se da la paradoja que la IA o la “maquinola”, como le suelo llamar en lenguaje coloquial en clase, aprende mucho más colectivamente que nosotros, o está más dispuesta a escuchar de los demás que nosotros. Eso es un proceso que va en dos líneas distintas: mientras la máquina se comunica muchísimo, y ese es el gran beneficio que tiene; nosotros nos encerramos cada vez más en nuestras propias ideas y generamos todo este tipo de situación que vemos en el mundo”.
En conjunto, el foro delineó un escenario atravesado por tensiones profundas entre riesgo y oportunidad. Lejos de cualquier determinismo, las intervenciones coincidieron en que el futuro de la IA no está dado de antemano: dependerá de la capacidad de las sociedades para organizarse, deliberar y orientar esta tecnología hacia un horizonte de desarrollo humano, justicia social y bienestar colectivo.
Coinciden físicos, abogados, astrónomos, ingenieros, periodistas, lingüistas, filósofos, tecnólogos, empresarios, activistas sociales, rabinos, sacerdotes. Una IA para la paz, el pan y el trabajo es posible, siempre y cuando esté diseñada y aplicada en función de los intereses populares y no en función de la dictadura de los algoritmos. En tiempos de aceleracionismo, el único lujo que la dirigencia que toma decisiones no se puede dar es actuar en cámara lenta.
Viernes, 10 de abril de 2026.
*Miembro Permanente de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales y autor del Atlas de IA para el Desarrollo Humano.

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