
Juan Chaneton sostiene que el consenso tácito en la Argentina posdictadura – 1983 -, sintetizado en la consigna “Nunca Más”, significó ni dictadura militar, ni guerrilla. Un debate nunca saldado sobre el enemigo de las dictaduras militares que se resumía en una dicotomía problemática: o los militares habían venido a combatir a la guerrilla; o habían venido a destruir la organización obrera. Esta dicotomía y aquel debate irresuelto, afirma Chaneton, habilitaron un argumento simple y rudimentario como el de «memoria completa».
Por Juan Chaneton*
(para La Tecl@ Eñe)
El panorama político, en los años anteriores a 1976, exhibía, a trazo grueso, una «alternancia cívico-militar” en el poder del Estado que no expresaba sino la afinidad ideológica de la dirigencia política de entonces, con unas cúpulas militares que ya actuaban como posible opción de gobierno para «poner orden” en un país agitado por una actividad social cuyos protagonistas centrales eran, crecientemente, la organización obrera y una actividad sindical que tendía a rebasar a unas conducciones gremiales tradicionales, nada combativas y proclives a ponerse de acuerdo con las patronales para traicionar cuanto programa reivindicativo pudieran elaborar los cuerpos de delegados y comisiones internas de las fábricas.
El movimiento obrero no apelaba, entonces, sino a lo que, clásicamente, había sido su herramental de batalla: la movilización y la huelga. En tal contexto, y por un andarivel separado y nunca fusionado con el grueso del movimiento social, las organizaciones guerrilleras hacían sus propuestas metodológicas. Perón las alentaba desde el exilio. En febrero de 1970, el general les escribía a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP): «… el momento es para la lucha, no para la dialéctica política, porque la dictadura que azota a la patria no ha de ceder en su violencia sino ante otra violencia mayor. El Pueblo está en su derecho de luchar por su destino hoy comprometido por la irresponsabilidad de estos traidores entregados al imperialismo yanqui. Los pueblos que no son capaces, o que no quieren luchar por su liberación, merecen la esclavitud. Pero mientras haya hombres que, como ustedes, están resueltos a esa lucha, la Nación no tiene nada que temer y el Pueblo puede enorgullecerse de contarlos en sus filas …” (Roberto Baschetti, «Documentos de la resistencia peronista», Puntosur editores, Bs. As., 1988, p. 387).
La espectacularidad adicional que asume la política cuando a su alrededor zumban las balas o detonan las bombas constituyó luego, cuando la Historia pidió la palabra, un escenario muy apto para sesgar narrativas y, consecuentemente, para elaborar una versión de lo ocurrido.
Ya de vuelta a las prácticas parlamentarias (1983), la consigna «Nunca Más” fue vendida por los «mass media” de aquel entonces como una suerte de consenso democrático alrededor de lo que querían y no querían los argentinos, a partir de ese momento, en materia de sistemas institucionales. Se incurría, de ese modo, en una asimilación forzada con la primavera posfranquista que, en España, había alumbrado unos pactos de convivencia entre partidos políticos, conocidos luego como «acuerdos de La Moncloa”.
El consenso tácito, empero, en la Argentina, no fue uno sobre democracia, Parlamento, derechos y garantías, sino otro que versaba sobre lo que se dejaba atrás. Y toda la sociedad estuvo de acuerdo en que lo que se dejaba atrás era un período de muchos años signado por la violencia política, cuyo epítome y manifestación más evidente había sido la actividad de unas organizaciones armadas que se legitimaban a sí mismas acuñando un eslogan: «la violencia de arriba, engendra la violencia de abajo”. El “Nunca Más” significó, así, ni dictadura militar, ni guerrilla.
Un debate se abrió paso, a partir de 1983, en el seno de los organismos de derechos humanos y de los partidos de izquierda y alas progresistas del radicalismo y del peronismo. Y el hecho de que ese debate nunca se saldara de modo convincente sería, luego, lo que abriría en la corteza externa de aquel presunto «consenso democrático”, las fisuras que, con el tiempo, pondrían en pie otra versión de la historia: la “memoria completa”, que es menos una sincera aspiración de verdad que un sofisma.
Aquel debate nunca saldado versaba sobre el enemigo de las dictaduras militares y se resumía en una dicotomía problemática: o los militares habían venido a combatir a la guerrilla; o habían venido a destruir la organización obrera. Y el hecho de que aquel debate nunca se saldara consagró la idea más simplona, a saber, que la dictadura militar de Videla-Agosti-Massera había venido a poner un límite drástico a la «violencia guerrillera”, lo cual era una falsedad, interesada unas veces, de buena fe otras. Pues las dictaduras militares de este país (en particular las de Onganía y Videla) no venían –se supo luego- a combatir a la guerrilla sino a destruir la organización obrera cuyo hábitat natural no era ningún escenario rural ni urbano, al modo de los que dan cobijo a partisanos irregulares, sino unos establecimientos productivos en los cuales la asamblea en puerta de fábrica, los cuerpos de delegados y las comisiones internas negociaban, en un «inadmisible” equilibrio de fuerzas, con los gerentes patronales, acerca de salarios, ritmos de producción y condiciones de trabajo. Pero esta paridad de fuerzas al interior de las empresas devenía obstáculo insuperable para un modelo de país que el ministro José Alfredo Martínez de Hoz había ya diseñado precursoramente: en los reportajes periodísticos que concedía, repetía como un mantra que él había venido a poner límites o a eliminar la intervención «distorsiva” del Estado en la actividad económica y a «liberar las fuerzas del mercado”, y estas ideas, así, eran y son las que siempre proclaman las derechas de este país. Milei es la continuación de Martínez de Hoz por otros medios.
Asimismo, a este acontecer argentino no le era irrelevante la geopolítica continental. Hay unas líneas de fuerza comunes en el proceso histórico que vinculan el 28 de junio de 1966 (golpe de Onganía contra Illia) con el 24 de marzo de 1976 (golpe de Videla contra Isabel Perón).
En efecto, una de las respuestas estratégicas que implementaron los Estados Unidos frente a la recién declarada revolución cubana, fue la realización de las Conferencias de Ejércitos Americanos (CEA), cónclaves castrenses donde se planificaba y coordinaba la represión contrainsurgente en un continente latinoamericano que, en realidad, no se hallaba inmerso en ninguna actividad armada generalizada que buscara la implantación del «comunismo” sino, más bien, entregado a la esperanza de que a las dictaduras que habían asolado el continente (auspiciadas y financiadas por Washington) las sucedieran sistemas de gobierno democráticos y pluralistas «elegidos por el pueblo”. La primera de aquellas reuniones castrenses fue celebrada en 1960 en Fuerte Amador, zona de soberanía norteamericana en el Canal de Panamá.
La contrainsurgencia como objetivo estratégico fundamental de los militares latinoamericanos dirigidos por los estadounidenses, queda de manifiesto ni bien se atiende al contenido de las sucesivas CEA que se realizaron a partir de 1960. Así, en el marco de la V° Conferencia realizada en los EE.UU. en 1964, el representante argentino, general Juan Carlos Onganía, intervino desarrollando lo que después el periodismo llamaría –con obsecuente complacencia- «doctrina West Point”, en virtud de la cual se declaraban legítimos los golpes de Estado cuando los gobiernos «violen las leyes o no den solución a los problemas nacionales”. Dos años después de esta declaración era derrocado Arturo Illia por el propio Onganía, quien iniciaba en nuestro país el primer ensayo general de la «doctrina de la seguridad nacional” que otro general, Roberto Viola, resumiría después así: “ … el concepto de legalidad pierde significación frente a la agresión marxista”. Estos dichos datan de 1979 con motivo de una visita a Bogotá del militar argentino.
La lúgubre vuelta de tuerca final a esta última «doctrina” la dio el representante argentino ante la XI° CEA, celebrada en octubre de 1973 en Montevideo, Jorge Rafael Videla, quien manifestó, en esa oportunidad: “Si es preciso, en la Argentina van a morir todas las personas que sean necesarias para lograr la seguridad del país”. Faltaban cinco meses para el 24 de marzo de 1976.
El continuum histórico se revela, así, más amplio: Onganía-Videla-Milei. Los une su carácter de instrumentos de «la libertad” al servicio del mercado. Los unen unas políticas económicas. Milei no es sinónimo de tortura en los «chupaderos», como los otros, pero sí de quita de derechos laborales después de destruir la organización.
El enemigo de ayer de estas políticas económicas era la organización obrera. Si lo que dejaba atrás el “Nunca Más” era la violencia como insumo de la política, esa violencia, con el tiempo, iba a ser atribuible a todos. Es lo que hizo la “memoria completa”. Si en cambio, hubiera quedado claro para todos que la causa de las dictaduras no era la guerrilla sino la necesidad del capital de relanzar un nuevo proceso de acumulación que los derechos laborales obstaculizaban, lo «demoníaco” hecho política no habría encontrado auditorio. No había habido «demonios”. Ni uno ni dos. Había habido unas fuerzas armadas locales instrumentadas para matar o desaparecer a los delegados y representantes de una clase trabajadora que se oponía tanto a la pérdida de sus derechos como a la menguada soberanía nacional que le deparaban al país las alianzas geopolíticas de las dictaduras. Pero el caso es que nadie tuvo capacidad o voluntad, en aquel pasado, para saldar a fondo esa discusión. Hay que hacerse cargo.
Consecuentemente, la discusión, hoy, no debe versar sobre «Formosa” o sobre tal o cual coronel o militar, del grado que haya sido, víctima de asesinato. Y ello por la única y fuerte razón de que ese más de 60 % de los 30.000 desaparecidos eran obreros industriales y trabajadores que no empuñaban otras armas más que su disciplina y su asamblea en puerta de fábrica para defender sus derechos como seres humanos y como ciudadanos argentinos.
El de «memoria completa”, en suma, es un argumento simple y rudimentario que sólo prospera si la lectura de nuestro pasado también lo es. Y nuestra mayor fortaleza es que, a diferencia de ellos, podemos captar esas complejidades de la realidad, incluso las de un pasado que es un desafío no apto para criptocerebros y negacionistas insanablemente incapaces de reflexionar más allá de la paridad cambiaria.
Jueves, 26 de marzo de 2026
*Abogado, periodista y escritor.

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