

Una serie de bocas abiertas de tiburones del artista rionegrino Diego Cirulli es indagada en esta nota como metáfora a la vez indeterminada e incierta de un tiempo devastado y ruin.
Por Diego Tatián*
(para La Tecl@ Eñe)
Sólo conversé con Diego Cirulli una vez, en un café de Buenos Aires. Antes de eso me había hecho llegar dos libros: uno llamado Mutilación, otro con un catálogo de obras entre 2012 y 2016. Después continuamos un intercambio esporádico a la distancia. Desde el primer momento sentí la seriedad de un trabajo, la humildad de quien lo realizaba y la fuerza de una obra, que me pareció concentrada en radicalizar una alegoría de algo que no sabemos. En algunos casos -como la impresionante exposición “21 105” de 2012 en el Centro Cultural Haroldo Conti-, la perturbación de esa obra da la impresión de que obedece a otra cosa, quizá incluso opuesta: ninguna alegoría, solo mostrar lo que sí sabemos y ya no es posible no saber. Allí, Diego trabajó con 21 legajos -tomados del archivo de Abuelas- de mujeres que dieron a luz en la ESMA.


Muchos de sus temas son inmediatamente sociales: laviolencia hacia la infancia (“Educación pública”, 2012; “Arenero”, 2014), el mundo carcelario (“Porosidad”, 2013), pero sucede allí algo que, sin suprimirla, desborda la denuncia social: algo sustraído de la urgencia por la que quizá fueron motivados. Una ola como de mar turbulento que, después de haberse abatido sobre la sensibilidad para sacudirla de su impasibilidad, arrastra hacia una extraña serenidad. Hacia una experiencia de lo indisponible, aunque el lenguaje llame a eso “obra de arte”. “Al pintar -escribe Cirulli en el catálogo de Hollow (2016)- me descubro frente a una afirmación. Algo más allá de mis intenciones. No puedo más que soportar la ausencia de lo que busco y aceptar la mirada de la imagen”. La mirada de la imagen, una mirada de nadie. Las pinturas de Diego Cirulli nos hacen estar frente a ellas como si se trataran de objetos extraños por los que nos sentimos percibidos y no tanto sus espectadores.


Cuando sucede (pocas veces sucede) el hallazgo de una metáfora permite obtener la comprensión de algo que no podría ser comprendido de otro modo -por medio del lenguaje discursivo, por ejemplo-. Como es el caso de la serie Mutilaciones (2019): impresionante todo lo que hace ver del fondo de las cosas, aunque nos deje sin saber qué hacer con lo que vemos (ese no saber podría ser el principio de algo). O la serie que acompaña a este apunte (más bien al revés), que Diego Cirulli acaba de enviarme junto a estas palabras: “Diego, ¿cómo estás? Estuve pintando estas bocas. Siempre me impresionaron las bocas. Me concentré en las mandíbulas de los tiburones, quizás por su violenta estructura, su forma cónica algo abstracta. Ahora que lo veo con un poco de distancia tal vez tenga algo inaugural en la abyección de la boca. Como en Milán Kundera opera el vacío que llama a saltar, hay algo ahí cautivante”. Quizá la palabra “abyección” sea apropiada. Pero lo que arrolla y turba en estas bocas es una potencia indeterminada y al mismo tiempo muy precisa.


Alguien definió alguna vez el arte como una forma de pensar. Como una extraña capacidad que tenemos los seres humanos de concebir significados con total prescindencia de conceptos; es decir, la capacidad de producir objetos que dejan comprender algo que no podría ser comprendido (o no de la misma manera, o no en toda su intensidad) de ninguna otra forma. Pero quizá eso que el arte da a comprender no es algo que el artista comprendió “antes” sino “con” lo que allí se produjo. Quiero decir: como todo artista de verdad (siento que en este caso estamos ante uno de ellos), Diego Cirulli no sabe muy bien lo que hace. La maestría técnica -que en este caso resulta evidente- es apenas la ocasión de algo que se muestra, pero de lo que no se dispone. Recurrir a palabras para referir eso que allí aparece -eso que allí piensa sin palabras- lo despoja de su potencia para hacer un hueco en lo que hay. Encontrar allí una metáfora de la voracidad, de la crueldad, de la humillación social que transita la Argentina, de la recurrencia del genocidio en la historia, o lo que fuera, seguramente no sería desacertado: todo eso existe en esas mandíbulas tremendas. Pero apocaría con una interpretación -por lo demás inevitable, como lo es la conversación humana en torno a las obras de arte- lo que la insistencia en esas bocas de tiburones nos amenaza, nos conmueve, nos sume en una sordidez y, afortunadamente, nos saca de la impasibilidad.


Quizá sea solo eso lo que el arte hace: mantener abierta una capacidad de ser afectados o una pasibilidad (lo contrario de una pasividad) en los seres humanos, pues podrían perderla y entonces ya dejarían de serlo.
Miércoles, 15 de octubre de 2025.
*El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM.

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