
En el fondo – Por Martín Kohan
1 noviembre, 2026El arte también es, a veces, un golpe de suerte, y acaso todo se reduzca a objetos en los que pasa lo que no tenía que pasar, y lo que tenía que pasar no pasa.
Por Rafael Bielsa*
(para La Tecl@ Eñe)
Una obra de arte no necesita ser opulenta; si le fuese indispensable, «La paloma» de Picasso apenas sería una litografía confusa. Si exigiera despojo, en cambio, no sería una obra de arte «El retrato de Adela Bloch-Bauer I» (Dame in Gold), de Gustav Klimt, asombroso óleo sobre lienzo con hoja de oro y plata. Acaso todo se reduzca a objetos en los que pasa lo que no tenía que pasar, y lo que tenía que pasar no pasa.
Duke Ellington decía que era imposible escribir música bien hasta no saber «cómo juega a las cartas el hombre que la va a tocar». Llamaba «personalidades tonales» a cada intérprete, tan identificativos eran para él un sonido, un ataque y un modo de frasear: componía para sus tendencias naturales. Con las notas como colores de una paleta, sus orquestas tenían un estilo propio de afinar. El autor de «Melancolía índigo» no buscaba la homogeneidad ni la uniformidad; su modo de la perfección era que todo el conjunto sonara vivo y terrenal.
Se atribuye a Ernest Hemingway haber escrito el relato más conciso de la literatura: «Se venden zapatos de bebé, nunca usados» (For sale: baby shoes, never worn). ¡Pobre del Premio Nobel de Literatura (1954) si el arte narrativo tuviese que ser cuantioso! Pero si fuese necesariamente escueto, ¡pobre de Marcel Proust por los siete tomos de «A la búsqueda del tiempo perdido»!
El violinista Jascha Heifetz nació en 1901; hizo su debut en Londres, en mayo de 1920, a los 19 años. George Bernard Shaw, que había asistido con su esposa al Queen’s Hall, se llenó de ansiedad al escucharlo y le escribió una carta. En ella le decía que tocar con tanta perfección sobrehumana, podía enemistar a un dios celoso. «Te aconsejo encarecidamente que toques algo mal todas las noches antes de acostarte, en lugar de rezar. Ningún mortal debería presumir de tocar tan impecablemente». Si no cometía errores, le advirtió, presumiría de ser divino, y la deidad lo haría morir joven. En el arte, acaso, no hay nada que se reduzca a algo, y todo es tan fluido y cambiante como la vida misma.
«La piedad» es la única escultura que firmó Miguel Ángel. En una correa que cruza oblicuamente el pecho de la Virgen, para sostener su manto, puede leerse la inscripción: «Lo hizo el florentino Miguel Ángel Buonarroti» (Michael.A[N] Gelus Bonarotus Florent[INVS] Faciebat). En un texto que imagina al artista anciano y casi ciego trabajando en la Capilla Sixtina, Marguerite Yourcenar le hace decir: «Yo excavaba el mármol, como si la verdad estuviese en el corazón de las piedras». Se lee en el Soneto 151 de las «Rimas» de Miguel Ángel: «El mejor artista no tiene concepto alguno / que un solo mármol no contenga ya en sí / con lo que le sobra, y sólo a él llega / la mano que obedece al intelecto». Si el arte, para ser tal, exigiera semejante multiplicidad de genio, no sería artístico. ¿Será entonces que el arte es otra cosa?
Las mejores canciones se desprenden de su autor, alcanzan su mayoría de edad y se van a vivir solas. Salen como gajos de los ojos y las bocas, en las calles adoquinadas donde se astilla el sol. Gustavo «Cuchi» Leguizamón contaba una historia al respecto: «Una vez venía bastante enojado con todos estos inconvenientes que tiene la vida, y un changuito pasó en bicicleta, silbando la “Zamba del pañuelo”. Entonces lo paré y le pregunté qué es lo que silba: —No sé; me gusta y por eso lo silbo— me contestó». El Cuchi también dijo: «Me produce una gran satisfacción ver a una vieja en el mercado tarareando una música mía».
El óleo sobre lienzo de Picasso que se llama «Retrato de Gertrude Stein», pintado al final del Período Rosa y en transición hacia el Cubismo —para el que ella posó unas noventa veces—, tenía el efecto de hacer que la gente dijera que el rostro no era el de ella. «Todo el mundo dice que no se parece», respondía Picasso, «pero eso no importa: ya se parecerá». No buscaba copiar la realidad ni urgir al tiempo, sino imponerse frente a ambas cosas. Con el tiempo, Gertrude Stein acabó pareciéndose a su retrato.
En 1975, múltiples pistas superpuestas de la voz de Freddie Mercury crearon las armonías con las que empieza «Rapsodia Bohemia» (Bohemian Rhapsody): «¿Esto es la vida real? ¿O es solo fantasía?». Había empezado a desarrollar las primeras ideas de la canción a finales de los años 60 (hacia 1968), mientras estudiaba en el Ealing Art College. Pasaron aproximadamente siete años hasta el 24 de agosto de 1975, fecha en la que Queen comenzó a grabarla en los Rockfield Studios (Gales).
Hoy, la Inteligencia Artificial genera beats e instrumentaciones completas; los compositores escriben un prompt —«canción de rock alternativo con influencias de Queen, guitarra eléctrica con riffs potentes, bajo marcado, batería fuerte y piano en algunas partes»— y en minutos obtienen una base lista. Ya existen intérpretes generados íntegramente con IA que hacen remixes, escriben letras y producen contenidos para redes. Los músicos a veces componen por amor al arte; la IA, en cambio, nunca lo hace. El problema viene siendo la velocidad, que es lo que mata de las balas. Puede importar más que la artesanía, pero no que el arte; puede seguir las modas, pero no las andanzas del espíritu. Aun así, en el emparejamiento entre el talento humano y la inteligencia artificial puede surgir belleza: el arte también es, a veces, un golpe de suerte.
1° de noviembre de 2026.

*Abogado y escritor. Ex Canciller de la República Argentina.

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