
Apuntes sobre el tiempo y el cine – Por María Pía López
8 octubre, 2026Dos actores en un sótano en los terribles años setenta de terrorismo de Estado son secuestrados. Uno de ellos es violado y el otro desaparece. La obra «Un paraíso a orillas del río, de Bruno Tignanelli, habla de la represión, donde el odio encuentra su cauce, para evitar la felicidad y la libertad genuina.
Por Bruno Tignanelli*
(para La Tecl@ Eñe)
Todo comienza cuando leo la entrevista a un actor transformista de los años 70. Él contaba que había sido secuestrado por la dictadura, y obligado a practicarle sexo oral a un cana (varias veces). Y que siempre lo soltaban haciéndolo firmar un documento inciso no sé qué por prostitución y escándalo en la vía pública. Cuando en verdad se lo llevaban por puto. Puto él y puto el cana, las cosas como son. Semejante relato me dejó pensando mucho en la posibilidad -o imposibilidad, mejor dicho- de poder ser algo que la dictadura no quería permitir. ¿A qué le tenían miedo? Un miedo que parece persistir todavía. No olvidemos al presidente en Davos tomando el caso de una pareja de hombres homosexuales que había abusado de su hijo adoptivo para hablar de la homosexualidad, la diversidad sexual y la pedofilia como si fueran territorios naturalmente próximos.
Aquella entrevista me llevó a escribir el guion de una película que le propuse al enorme Hugo Arana. Proyecto que con el desfinanciamiento de la industria audiovisual en la presidencia de Macri no fue posible, y quedó archivado en mi computadora. Pero frente al ataque de este gobierno actual la idea resurgió y me senté a reescribirla para transformarla en teatro. Porque las historias que merecen ser contadas tarde o temprano encuentran la forma.
Dos actores en un sótano en los terribles años setenta de terrorismo de Estado son secuestrados. Uno de ellos es violado y el otro desaparece. Con esa premisa me surgió un interrogante, además del hecho lógico de reclamar por el cuerpo de un desaparecido: ¿Cómo podía darle una razón concreta a semejante reclamo? Y la promesa del ritual pos mortem era la coartada perfecta.
Crecí escuchando la historia de Adriana Arias, una amiga de mi madre desaparecida. En mi casa estaban las cartas que ella le había enviado desde la cárcel de Devoto, donde le contaba los motivos por los que luchaba. Adriana tenía veinte años y la convicción de que la revolución era necesaria para la construcción de un nuevo hombre, donde predominara el amor y para que dejara de «meterse la mierda en nuestra América Latina». Me emocionaba (y aún lo hace) semejante compromiso, algo que la llevó a enfrentarse con lo más rancio del ser humano: el odio.
Nací en democracia y las palabras del presidente Raúl Alfonsín – «Con la democracia se come, se cura y se educa» – fueron siempre como un mantra en mi vida. Creo que la democracia es el mejor sistema para vivir en genuina libertad. Pero no podemos darla por conquistada y ya, hay que defenderla. Porque como dijo alguna vez Alberto Laiseca «el mal no muere, se traslada». Y aquellas ideas rancias logran, cada tanto, hacerse lugar en nuestras vidas y gobernarnos (aún con la democracia como sistema). “Que peligroso, que triste” escribió Lali en su cuenta de X cuando ganó las elecciones un gobierno que reivindicó muchas veces aquellos años nefastos, visitó genocidas en la cárcel y hasta elogió a Margaret Thatcher. Con semejante panorama, y quedando aquella nefasta dictadura tan lejos en el tiempo, me resulta imprescindible contar esta historia. Decidí hacerlo dándole más fuerza al amor que al odio y tratando de relatar la ternura que pretendieron borrar de nuestras vidas.
Osvaldo y Miguel, los protagonistas, quieren ser libres y felices, a su manera, una que solo puede joder a los hijos de putas que no soportan la felicidad del otro. El contraste entre lo tierno y lo perverso, que busca siempre destruir, me resulta bestial. Mi obra habla de eso, de la represión (donde el odio encuentra su cauce) para evitar la felicidad y la libertad genuina.
Cuando uno quiere construir una historia desde la convicción del amor y la verdad, encontrar un equipo es fácil. Y así apareció Carlos (Márquez) un productor dispuesto a llevarla a cabo. E inmediatamente se sumaron tres actores sensibles y talentosos dispuestos a darle vida a estos personajes que soñé y escribí: Nicolás Maiques, Taiu Braver y Leandro Sandonato.
10 de octubre de 2026.

*Actor, director, dramaturgo, guionista y docente.

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