
La Historia no lo absolverá – Por Hugo Presman
25 agosto, 2026Con este trabajo de Rocco Carbone, La Tecl@ Eñe recupera una vieja modalidad del debate de ideas: el folletín. La tensa andadura de las entregas periódicas es propia de la novela decimonónica y de la polémica política del siglo XX. Su sistema de producción consiste en un modo peculiar de publicación: por fascículo y con una ciclicidad periódica que determina un modo específico de escribir y de leer. Durante tres entregas leeremos sobre tecnofascismo, plataformización del capitalismo y -sobre una carencia, por ahora, del campo nacional y popular- revolución.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
Tecno
Para que en el ámbito de la economía existencial se imponga el monopolio totalitario, en la cultura política debe instalarse el fascismo. El concepto de tecnofascismo no se presenta como una categoría descriptiva ni como mera analogía histórica con los fascismos arqueológicos sino como una hipótesis teórica destinada a explicar la articulación entre las nuevas modalidades de acumulación del capitalismo, la concentración del poder económico y el surgimiento de formas políticas orientadas a garantizar su reproducción.
La crisis actual obedece al desplazamiento del capitalismo de libre empresa hacia el capitalismo monopolista y corporativo, y global, y absolutista, y totalitario. Es el tecnocapitalismo, una de cuyas expresividades mayores se verifica en la palma de la mano de cada ser humano a través del uso de alguna plataforma que se materializa en el celular. Ese desplazamiento engendra una carrera para la conquista totalitaria de los mercados globales y para la privatización de las estatalidades por parte de una nueva clase social: las aristocracias tecnofinancieras y de sus servidores políticos (los Milei de la vida, para decirlo sintéticamente). Los factores cruciales de esta carrera son: los datos, la fuerza de trabajo, las mercancías y las fuentes de materias primas (los bienes naturales comunes). El tecnocapitalismo, para imponerse, necesita de una herramienta política: el tecnofascismo, la fuerza cuyo propósito esencial consiste en volver privado lo público, lo social, lo común: el Estado.
Etimología
Fascismo en su sentido etimológico quiere decir reunión, concentración. Basta recordar la insignia del fascismo arqueológico italiano para entenderlo: el fascio littorio. El fascismo aparece como una concentración o condensación espesa de poder. Es un poder político monopólico totalitario. En el siglo XX, se manifestó esencialmente con el campo de concentración. Hoy, en esencia también, lo podemos ver a través de algunas palabras concentradas, que varían en función de las latitudes. En la Argentina la palabra central es: «libertad». «La libertad es una gran palabra, pero bajo la bandera de la libertad de industria se han hecho las guerras más expoliadoras y bajo la bandera de la libertad de trabajo se ha despojado a los trabajadores» (Lenin, ¿Qué hacer?, p. 104). La misma falsedad intrínseca encierra el empleo actual de la expresión mileiana «Viva la libertad, carajo». Bajo esa bandera de libertad pulsa su negación. En los Estados Unidos la consigna se expande apenas y se articula con «Make America Great Again», que da la sigla MAGA. En el caso de Vox aparecen ciertas dualidades repetitivas: «España Siempre» o «Por España». Es homólogo al caso de Alternative für Deutschland que se expresa con concentraciones como «Mut zur Wahrheit» o «Deutschland. Aber normal». En el caso de Fratelli d’Italia y Giorgia Meloni: «dios, patria y familia». A todas estas expresiones, con el Horacio de las Sátiras, podríamos contestarles: «Mutato nonime, de te fabula narratur». Es decir: bajo otro nombre, la fábula habla siempre de lo mismo. De vos, del fascismo.
Poder
La comprensión crítica del fascismo indica que no se trata de un autoritarismo de derecha que funciona dentro de la estructura del Estado moderno. Este nombre de aliento trágico nombra un poder espesísimo y antiguo que tiene la capacidad de religar clases antagónicas, de inhibir (o aminorar) la lucha de clases y, por ende, hacer convivir la heterogeneidad -con violencia libre e irresponsable cuando es necesario, con el fin de reducir las divergencias y anular el disenso- y ponerla en diálogo con lo sagrado, entendido como autoridad o como un principio incondicional, encarnado en la figura del jefe. El conductor (condottiere) para el fascismo se vuelve el objeto trascendente de la afectividad colectiva. Su autoridad es violenta, marcial, por ende produce un goce, y eso interpela especialmente los modos conservadores, machistas, de la política. Esta línea se ve refrendada tanto si pensamos tanto en Trump como en Milei, en De la Espriella, Bolsonaro o Meloni. Tal como anota Bataille en La estructura psicológica del fascismo -un librito de 1933, contemporáneo de la vertiente europea arqueológica, que explica ese poder no solo como fenómeno económico y político, sino también como fenómeno afectivo, simbólico y psicológico-: lxs líderes fascistas son agentes políticos de cambio en sentido negativo y es “imposible no tener conciencia de la fuerza que los sitúa por encima de los hombres, de los partidos, e incluso de las leyes” (pp. 39-40). Este último punto no carece de interés si lo religamos con la Ley de financiamiento universitario. El poder de gobierno en Argentina la niega (la promulgó, pero suspendió su aplicación). Votada cuatro veces por el Congreso de la Nación y vetada por partida doble por el Ejecutivo… porque el fascismo se piensa por encima de las leyes. Este poder a través del condottiere domina a sus semejantes disidentes: en razón de la edad, del estado jurídico, de la condición genérica, del credo religioso, de la situación clasista, del poder. El conductor es el amo que domina y oprime. Y complementariamente activa una efervescencia afectiva entre sí (sea el líder fascista arqueológico o tecno) y la masa, integrada por los que lo siguen, en la plataforma, en la plaza o a través de la represión. Ese flujo afectivo une al líder a sus seguidores: «es función de la conciencia común de los poderes y las energías cada vez más violentos, cada vez más desmesurados que se acumulan en la persona del jefe y se convierten, en él, en indefinidamente disponibles» (Bataille, pp. 40-41).

Imperativo
El fascismo es un poder que se ubica dentro del campo de fuerzas de otros poderes imperativos: el imperialismo, el patriarcado, el colonialismo, el capitalismo, las modalidades del exterminio y la xenofobia, el belicismo, los fundamentos de toda opresión, etc. Poderes definidos por una pasión destructiva: el sadismo. El fascismo se pone en situación de dependencia ante esas modalidades imperativas. Siente por ellas una atracción pura e intensa. Necesita someterse a una autoridad externa porque dentro de sí mismo no puede encontrar una razón para actuar. Se somete o queda subordinado a órdenes, mandatos o formas de autoridad que se presentan como incuestionables; como Eichmann, tal cual lo demostró Arendt. Por eso Milei se «babea» ante Trump, Georgieva o Netanyahu. El fascismo se siente atraído por la autoridad y por las órdenes porque no tiene una razón propia autónoma que justifique su existencia y sus acciones. Esta situación (dependencia) deja al desnudo su incapacidad. La de pensar y actuar por sí mismo. El fascismo es incapaz de encontrar en sí una razón de ser y actuar, por eso debe ser entendido como herramienta del capitalismo. Es su servidor y el capitalismo lo comanda. En cambio, la razón de ser y actuar es propia de los poderes positivos. Suele ser la chispa de la liberación, la emancipación política, la revolución.
Concurrentemente, el fascismo es un poder habitado por una cantidad de seres que excluyen la posibilidad de la afirmación del semejante disidente: sean lxs linyeras, lxs trabajadores ambulantes, lxs jubiladxs, lxs estudiantes, lxs profesores, lxs científicxs. El fascismo se precisa como una forma radical de la exclusión que exige avidez. Nos invito a pensar en esta escena. Los seres humanos marcados por la miseria -programada por las políticas de gobierno- que viven en nuestras ciudades se han transformado en intocables. Es decir que han sido caracterizados por una prohibición de contacto, salvo el contacto violento que les deparan las fuerzas represivas. Se ha constituido allí un tabú, que es precisamente eso: la prohibición del contacto del semejante (que no del policía). Y este, sea físico, material, olfativo, visual, humano, hace al lazo social, a la configuración y a la existencia de una sociedad. El fascismo busca romper el lazo social, a crear una fosa infranqueable. La descomposición social o la desintegración crítica que propone concierne, sin embargo, solo a la clase trabajadora. Mejor: tiende a romper el lazo social inherente a la clase trabajadora, al tiempo que solidifica aquel que une y consolida a la clase de la gran propiedad. Que es la clase del negocio y de la herencia, que implica un contacto fisiológico; y ese contacto habilita una transmisión de bienes y poder.
El fascismo ha refundado desde la base hasta la cima -partiendo, por así decirlo, del vacío determinado por la pandemia- su poder. Y la ausencia -o la debilidad- de fuerzas políticas revolucionarias ha asegurado y sigue asegurando su supervivencia, reconvertido ahora en tecnofascismo.
Tecno
Este matiz indica la renovación de la existencia histórica del fascismo. El retorno sesgado. La repetición de la historia que se presenta con apenas una variación tonal. Pues la historia se repite dos veces, una de manera arqueológica, otra, tecno. Si en el siglo XX el fascismo fue una respuesta imperativa a la amenaza social ascendente del movimiento obrero organizado, en el XXI, en América Latina al menos, es una respuesta a la amenaza de la emancipación popular (a veces, y paradójicamente, organizada dentro de las fronteras del capitalismo). El fascismo -arqueológico o contemporáneo- quiere aniquilar toda forma de organización laboralista y democrática. En la Argentina, el tecnofascismo ha puesto en cuestión la existencia misma de la emancipación popular. (Por ahora.) El hecho de que Cristina Fernández de Kirchner esté presa basta para mostrar qué es posible esperar cuando el capitalismo recurre a fuerzas imperativas renovadas. Y qué sucederá si permanecen en el gobierno un ciclo más. La fuerza -lo imperativo- no solo vence. A su manera, convence. El asalto de la reacción no se conforma -solo- con destruir políticamente a su antagonista. Tiene que destruirlo físicamente, reconvertirlx en enemigx, para descomponer la veta moral del campo de lucha emancipadora.
En su vertiente tecno el fascismo reúne al poder real. Las condiciones elementales de posibilidad de esta fuerza son la dimensión económica, la judicial, la mediática, la policial-militar (la fuerza represiva está en el corazón del poder real) y la religiosa. El tecnofascismo concentra esas dimensiones para consumar de nuevo una opresión total. La monopólica. Este poder que ha retornado no defiende la patria: defiende la propiedad privada, los privilegios de una clase, sus ganancias. Y por eso quiere privatizar el Estado. Cada vez que esos «valores» están amenazados o puestos levemente en crisis elige de inmediato la confrontación frontal con las fuerzas de la emancipación a través de la violencia policial. Según Bataille, el poder fascista «se caracteriza en primer lugar por el hecho de que su fundación es a la vez religiosa y militar» (p. 76). La religión -incluso en el siglo XXI y a través de nuevos aparatos- sigue siendo fuente de autoridad social. Si admitimos esta concepción, entendemos porqué Milei apoyó tantas veces la frente en el Muro de los lamentos y también porqué hizo un acuerdo político con Bullrich, que quiere decir con Macri, síntesis de la violencia libre e irresponsable, esencial del poder mafioso.
Los intereses que defiende el tecnofascismo son esencialmente aquellos de las aristocracias tecnofinancieras y de sus empresas monopólicas. Se configura entonces como una herramienta política del capitalismo del siglo XXI y pone el Estado -producto de un largo resultado histórico y, en tanto tal, fuerza imperativa que domina la sociedad en su conjunto- y la economía (mundial) al servicio de los monopolios corporativos globales absolutistas totalitarios. Además, suele empalmarse con los grupos mafiosos, pues estos encarnan otro poder criminal ancestral. El mafioso es un animal económico y político que ha encontrado en las sociedades de mercado y dentro del Estado los espacios vitales ideales para satisfacer sus apetitos depredadores. La criminalización del mundo avanza a paso sostenido. Organiza la privatización generalizada, el desmantelamiento de los servicios públicos, la precarización extrema -cuando no esclavización- del trabajo, la lumpenización de seres humanos que son expulsados del proceso de producción. Este combo es el preludio de una decadencia extrema: de la civilización, el arte, la lengua, la cultura, la política democrática, los modos de vida en común. El tecnofascismo es herramienta de la plataformización del capitalismo. Significa también el auge de un nuevo charlatanismo y de un oscurantismo renovado. Su emergencia se da en un momento de transición de un sistema a otro, en una época de crisis social excepcional.
26 de agosto de 2026.

*Filósofo y analista político. CONICET.

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