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21 julio, 2026La bandera que los jugadores de la Selección Argentina desplegaron tras la semifinal con Inglaterra no fue sólo una celebración deportiva, fue un acto de soberanía que, en cuestión de minutos, transformó un estadio en una tribuna global de reclamo legítimo.
Por Iván Ambroggio*
(para La Tecl@ Eñe)
El fútbol, calificado por el entrenador italiano Arrigo Sacchi como «la más trascendental de las trivialidades», ha demostrado una vez más que, en el ADN argentino, su influencia trasciende el campo de juego. Tras la histórica semifinal del Mundial 2026 contra Inglaterra, una imagen recorrió el planeta: los jugadores de la Selección Argentina desplegando una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas». No fue solo una celebración deportiva; fue un acto de soberanía que, en cuestión de minutos, transformó un estadio en una tribuna global de reclamo legítimo.
La repercusión fue inmediata y digitalmente medible. Los datos de Google Trends reflejaron un aumento del 2.400% en las búsquedas globales sobre las Islas Malvinas durante la semana posterior al encuentro. Personas en rincones del mundo que quizás nunca habían reparado en el archipiélago, se preguntaron qué eran, por qué ese reclamo y, fundamentalmente, por qué la Argentina insiste tanto. Frases como «argentina falklands banner» y «qué son las Malvinas para los argentinos» se dispararon, rompiendo el cerco comunicacional que a menudo los intereses británicos imponen sobre la cuestión.
El segundo impacto llegó desde el propio Reino Unido. El diario The Guardian, uno de los principales y más influyentes medios británicos, publicó una extensa columna del periodista Simon Jenkins en la que sostuvo que las Islas Malvinas «no pueden ser británicas para siempre» y reclamó que Londres retome las negociaciones con la Argentina. El artículo apeló al «sentido común geográfico» más que a argumentos históricos, cuestionó el costo de mantener la defensa militar del archipiélago de 60 millones de libras al año y consideró que la bandera desplegada por la Selección podría convertirse en el impulso necesario para reabrir un diálogo congelado desde hace más de cuatro décadas. Jenkins recordó que durante la década de 1970 existían negociaciones sobre la soberanía, mencionó el reciente acuerdo entre Londres y Madrid sobre Gibraltar como antecedente diplomático y expresó su deseo de que la bandera exhibida por la Selección sirva para impulsar nuevamente conversaciones entre ambos países.
Este fenómeno subraya una verdad ineludible: la causa Malvinas no puede ser patrimonio exclusivo de la diplomacia de escritorio. Requiere, imperativamente, que el pueblo la abrace y la mantenga viva, actuando como un escudo contra el olvido. Los gobiernos, de cualquier signo político, son temporales; los intereses geopolíticos, a veces, se ven tentados por la comodidad de la inacción. Cuando la sociedad civil pone a Malvinas en la agenda internacional —como ocurrió en esta Copa del Mundo—, les impide a los gobiernos claudicar en un reclamo que es, en esencia, una herida abierta en la identidad nacional.
La visibilización es, además, una herramienta estratégica frente al argumento de la «prescripción adquisitiva» que el Reino Unido esgrime —junto al principio de autodeterminación de los pueblos (que no aplica en este conflicto por tratarse de una población implantada)— para legitimar su ocupación. Los británicos intentan instalar la idea de que, a fuerza de tiempo y ocupación ininterrumpida, su presencia se ha vuelto «derecho». Sin embargo, el derecho internacional reconoce que la soberanía no prescribe cuando hay una protesta constante. Los diversos gobiernos argentinos han reclamado, con mayor o menor énfasis, la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y espacios marítimos circundantes en foros internacionales. Por esta razón, el argumento británico carece de base sólida. No obstante, cada vez que un argentino, un deportista o un ciudadano común despliega la bandera o alza la voz, le recuerda al mundo, a la ONU, y a los propios británicos que en el Atlántico Sur persiste una situación colonial pendiente de resolución. Mantener el reclamo vivo es, en términos jurídicos y diplomáticos, la forma más eficaz de invalidar el paso del tiempo como factor de consolidación de un robo colonial.
Jorge Valdano, integrante de la Selección Argentina campeona del mundo en México 1986, ha reflexionado a menudo sobre la carga emocional que implica enfrentar a Inglaterra. Remarca que no es un partido más, y exhibe números que lo confirman. En 2022, la camiseta que Diego Maradona utilizó en aquel histórico partido de cuartos de final de 1986, donde el 10 cambió la historia con sus dos goles, fue subastada por la cifra récord de 8,9 millones de dólares. En contraste, la camiseta que usó en la final contra Alemania en ese mismo mundial alcanzó los 300.000 dólares. La brecha no es casualidad: la «camiseta azul que Diego usó contra los ingleses» no es un objeto de colección, es una reliquia de un duelo que va mucho más allá de la FIFA. Es la cicatriz de una guerra y la reafirmación de una justicia que el deporte, a su manera, ayudó a equilibrar.
Para la Argentina, jugar contra Inglaterra siempre será un partido distinto. Y mientras esa camiseta cueste millones y esa bandera sea desplegada en los escenarios más grandes del mundo, el Reino Unido sabrá que su ocupación no es aceptada, ni será olvidada. La Cuestión de las Islas Malvinas no es un reclamo del pasado; es una bandera que no se arría, que late cada vez que un argentino le recuerda al mundo a quién le pertenecen, realmente, esos archipiélagos.
21 de julio de 2026.
*Analista internacional, docente de Ciencia Política, autor del libro MALVINAS.

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