
Mario Roberto Santucho, medio siglo después – Por Daniel Cecchini
19 julio, 2026Un día el bicho humano dejó de hablar a instancias de la Técnica, menos aliada que sepulturera. El autor cree que, de cambiar, la escuela ayudará a recuperar lo perdido.
Por Hernán Sassi*
(para La Tecl@ Eñe)
I.
Quieta es el agua de la desgracia:
ayer mi madre murió de pronto,
sin que en el aire de las orillas
o en la resaca de cada ola
hubiera señas de que venía,
como una trucha cortando el tiempo,
el viento norte de las parquitas
para llevarse de un manotazo
su cuerpo vivo, mientras comía.
«El velador», Guillermo Saavedra
Un día mamá dejó de hablar.
Venía de comprar en lo de Vittorio, el almacenero de toda la vida. Venía lo más campante, contenta como cuando la vida te sonríe. Y eso que la vida no le había sonreído o, más bien, ella no supo qué hacer para que así fuera.
Acomodó lo que trajo, parte en la heladera, parte en la mesada, me saludó al pasar y fue a recostarse en la catrera, como le gustaba llamarla.
Pasado un rato, le hablé de habitación a habitación como hablaban dos cajeros del peaje, de habitáculo a habitáculo, antes de haber sido reemplazados por máquinas. Le pregunté cómo andaba y qué era de Vittorio, preguntas que hacemos los humanos, no las máquinas, que repiten preguntas de humanos que ya no hacen preguntas.
Se hizo un silencio, y antes de que yo repreguntara, se hizo otro más denso. Porque a veces a un silencio le sigue otro, que siempre es más denso.
Fui al borde de su cama y le hablé. Estaba con los ojos abiertos, pero muda, como estuvo por días interminables en que debió hacer algo con lo que de ella quedó tras el accidente cerebro-vascular. Ella, que había sacado al bebé que fui del balbuceo para meterlo en la lengua, y con ella en la cultura, había perdido el habla.
En su estadía en el hospital municipal, le leía lo que estaba leyendo, «Los papeles salvajes» de Marosa di Giorgio, textos de una vitalidad que desentonaba con el limbo entre la vida y la muerte en el que ella estaba.
No sabía si me entendía, pero yo leía, un poco por costumbre de profesor de literatura, pero mucho más, con ganas locas de devolverle la lengua que ella me había dado.
Mamá estaba reducida a «la vida mínima, la de un animal capturado, sin acceso al lenguaje, pero con la desgracia de comprenderlo«.[1] Con gestos y silencios, que no esperaban otros, aprendimos a comunicarnos como dos extraños que recién se conocen y no comparten el idioma.
Veo una rima entre esa tragedia personal y la que vivimos desde hace un tiempo, la de la pérdida de la lengua, la de una nueva barbarie a manos de la Técnica.
II.
¿Cómo asumir las cosas –la sociedad, yo, el arte, la vida misma y la muerte– en este mundo que tiende a la desaparición del signo?
Winfred Hassler, epígrafe a «El árbol de Saussure» de Héctor Libertella
Los humanos somos seres simbólicos y no delfines o perritos. La palabra es algo más que una herramienta de comunicación, mucho más que un señuelo. Da sentido al sinsentido de la vida con un plus de sentido, con eso que Walter Benjamin vio como resto de soplo divino. Ese misterio, ese «fondo maternal» como también lo llamó, no está en las palabras, sino en relatos que alguien nos cuenta. Que tengan forma de mitos y leyendas o se cuenten como anécdotas en la mesa de un bar o en la de cualquier casa, es lo de menos.
Para este pensador, así como un día apareció la palabra, hubo otro que marcó su destierro. Benjamin notó que los soldados volvían de la Gran Guerra mudos, sin capacidad de narrar. «Volvieron más pobres en experiencias comunicables«, escribió. No era para menos. Quienes habían sobrevivido a la guerra que contabilizó más muertos que ninguna, volvían a otro mundo. «Una generación que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado y, en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras, estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano«, dice.
Como a Heidegger, a Benjamin le llama la atención el choque entre «ese enorme desarrollo de la técnica» y «una pobreza del todo nueva«, la del lenguaje. En los años que siguieron a tamaña conflagración hay una «avalancha de libros sobre la guerra«, pero en ninguno, cree Benjamin, hay trasmisión de experiencia, de esas que una generación transmite a la siguiente «con la autoridad de la edad y en proverbios; prolijamente, con locuacidad, en historias; a veces como narración de países extraños, junto a la chimenea, ante hijos y nietos«.
Benjamin nota que la humanidad, al tiempo que rebajaba la lengua a medio de comunicación, se olvidaba de que es también vía de conocimiento y de trascendencia. Por entonces, al saber y a la experiencia trasmitida en relatos los reemplaza la moneda de cambio de los medios masivos, la información. La noticia empezaba a hacer añicos el misterio de un relato como hoy las redes sociales y Tic Toc reemplazan una buena novela y una película inolvidable. «Nos hicimos pobres«, advierte, «la cotización de la experiencia bajó«, se queja, «entregamos la herencia de la humanidad a favor de `lo actual´», confirma el autor de «Infancia en Berlín».
La experiencia se adquiere andando, dicen, ya transformando la materia con nuestras propias manos, ya adueñándonos de una percepción o mirada atesorada en la memoria de un relato, que es uno de los modos de continuidad de la cultura. Benjamin llama «bárbaros» a quienes no se comprometen con la experiencia ni con su transmisión en el arte de narrar, que según ve, se está perdiendo. Confirma la barbarie con el auge del periódico, con la aparición de nombres deshumanizados (se refiere a nombres rusos, que no tengo modo de saber cuán deshumanizados son, pero le creo) y con una arquitectura fría en la que predomina el vidrio y el acero –como en la Bauhaus–, indicios de que se hace cada vez más difícil dejar una huella personal, que siempre es eco de la cultura. Lo asusta la pobreza en la lengua y en el mundo que lo rodea. Le da miedo –¿a él solo? – «el primitivismo y el confort«.
Pasó un siglo desde que Benjamin escribió «Experiencia y pobreza» y «El narrador». Desde el fin del Siglo XX, con la invención de Internet y al auge de la inteligencia artificial que corona la «cuarta revolución industrial», el desarrollo tecnológico crece exponencialmente y el bicho humano vuelve a quedarse -¿ahora definitivamente?– sin lengua, más aún, en días en que habla hasta por los codos en audios de Whatsapp y escribe sin parar en redes sociales. La lengua se escurre en palabras abreviadas, se desvanece con emojis, stickers, «impresiones», modos de comunicarse del chimpancé hiper-tecnológico. Como los soldados que volvían de la guerra, otra vez gracias a la Técnica nos volvimos más pobres.
No solo ya no compartimos la misma lengua –el algoritmo contribuye y cómo–, incluso la rebajamos, según advertía Benjamin, sólo a medio de comunicación. Una alumna me cuenta que un muchacho quiso seducirla con un texto tomado de la inteligencia artificial. El flaco renunció al misterio del lenguaje, un misterio que podía haberla seducido –sin que él ni ella supieran bien por qué– y reduce la lengua a un medio. La palabra eficaz en las charlas TED y en otras monerías, como clases inocuas, por ejemplo, no va en sentido opuesto: es sólo un medio de comunicación.
Al parecer, no queremos que la palabra diga más de lo que dice. Morimos de literalidad. Es el fin de la metáfora y de la posibilidad de la trascendencia, esto es, que la palabra diga algo sobre nosotros y nos transforme.
Hay pibes y pibas deslenguados, en parte, porque nadie les cuenta un cuento o una anécdota, una que vaya más allá del «el primitivismo y el confort«; nadie más que una máquina a la que recurren en ausencia de seres humanos con disposición de contarles y escucharlos. Hay padres y madres, docentes y políticos que sólo usan la palabra como moneda de cambio y no para que los cambie.
Está en cada quien frenar «la desaparición del signo» y volver a percibir, como insta Godard en Adiós al lenguaje, «la fuerza revolucionaria de los signos«. De no hacerlo, es muy probable que desaparezca la especie.
En la Modernidad lo aprendido en el aula servía para el ascenso social. Valía como moneda de cambio que se contaba en metálico. Si ya no sirve tan siquiera para eso, ¿no será hora de que sirva para preguntarnos para qué vivimos, hacia dónde vamos y qué hacer cuando perdimos el sentido de la vida?
Benjamin se pregunta: «¿Para qué valen los medios de educación si no nos une a ellos la experiencia?». La escuela no está unida a una experiencia: ni existencial, ni laboral, ni lúdica. Para transformarnos, debería ser un lugar para tener y transmitir experiencias, aprender un oficio y a tocar un instrumento, para recuperar la palabra y aprender una nueva lengua, y para preguntarnos, entre otras cosas, qué hacemos en este mundo a través de una leyenda mapuche o de Hamlet, de un tango, una copla o un tema de Cazzu o Wos.
Hay modos de recuperar la capacidad simbólica de la lengua. Solo hay que tener ganas. La escuela, si es que queremos, será un espacio en el que volveremos a ponerle nombre a nuestros miedos y a nuestros sueños. Pero hay que tener unos y otros. Y eso es lo que está faltando.[2]
Referencias
[1] Moreno, M. La merma, Bs. As, Random House, 20025.
[2] El texto es parte del próximo libro del autor, Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie.
19 de julio de 2026.
*Profesor y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».

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