
Tan miserable como el gobierno que integró – Por Hugo Presman
1 julio, 2026Se reestrena en Timbre 4 «La suerte de la fea», de Mauricio Kartun, en el montaje que realizaron Paula Ransemberg como directora, Luciana Dulitzky como actriz y Federico Berthet en la música. Kartun nos envía este texto suyo sobre la génesis de la obra.
Por Mauricio Kartun*
(para La Tecl@ Eñe)
Los orígenes creativos de una obra no siempre guardan relación de lustre con su destino. Puede que sí, que a veces una pieza exitosa pueda jactarse de alguna génesis más o menos resplandeciente. Otras como ésta, de oportunismo nomás.
Se reestrena en Timbre 4 «La suerte de la fea», en el montaje precioso que hicieron de mi texto Paula Ransemberg como directora, Luciana Dulitzky como actriz, y Federico Berthet en la música.
Cumplen, nada menos que diez años en cartel.
Me remonto a la que fue su cocina, y me confieso no sin un poco de bochorno.
Todo empezó con la posibilidad de una semanita en Madrid. Y en otoño, que es tan bonito. De este cebo – y de mi debilidad – vino el resto.
A quién hay que matar, dice siempre un amigo.
La condición era presentar un monólogo de extensión considerable nomás, que pudiese montarse allá en uno de esos benditos eventos teatrales que van y vienen, a flote todavía, en el mundillo este tan sobreviviente del teatro.
La dramaturgia no siempre nos ha dado de comer pero es justo reconocerlo, nunca ha dejado de darnos de viajar.
Claro, el problema era que primero había que sentarse y escribirlo. Y sacar algo de muy bueno para arriba, lógico, si no minga Madrid.
Guardaba por suerte en el fondo del frízer una de esas prepizzas que le salvan la mesa de vez en cuando al autor precavido, al dramaturgo hormiguita que sabe guardar para cuándo se precisa. Unas imágenes sobre una heroína de melodrama en un vagón dormitorio, algo medio escabroso, que marchaba más o menos bien para unipersonal. Tenía mis dudas, unas cuantas la verdad, pero confiaba en el oficio.
Cómo nos pierde a los confiados confiar en el oficio.
Así que bocetando y especulando esperé hasta último momento – como es tradición procrastinadora del santo escriba -; me despejé al final una semana completa, me encerré y le di.
Con el material fresco siempre es difícil juzgar. La ceguera legendaria del autor. Vivimos tanteando.
No estaba del todo mal el resultado, me parecía, pero…
Más o menos, me decía, aunque…
No sé…
Está inquietante (inquietante solemos decir cuando no sabemos muy bien qué otra cosa decir).
Cumpliendo el ritual fiel de cada borrador, nos sentamos con mi mujer, y un vino, y se lo leí. Confío en su escucha. Será porque aporta crítica pero apoya. Casi siempre. Casi.
Se quedó un ratito en silencio esta vez.
-No entendí una papa, me dijo. Pero una papa…
Intenté defenderlo con guardia cerrada, de esas a las que no les entra una piña:
-Bueno qué querés, así, leyendo del manuscrito no me fluye. Pero ojo, que esto cuando lo pase en limpio… Por ahí… ¿No te parece? ¿No…?
No le parecía. No. Inquietante tampoco. Lo releí. Lo volví a releer. No, si cuando tiene razón tiene razón. Estaba artificial y forzado, se le veía el mecanismo por todos lados. Un borrador insalvable. Pasa a veces.
A veces seguido.
Quedaban sólo un par de días para entregar y no tenía nada. Pizza carbonizada nomás. Mesa vacía. Chau Cibeles. Busqué desesperado en el archivo, algo, ese milagro. Había terminado por esos días una adaptación de “Las bacantes”, de Eurípides, trasladada al campo criollo. Había trabajado allí el mundo de las vitroleras, esas DJ de antaño que entretenían caballeros pasando discos en los bares. Tenía imaginario de ese mundo para hacer mermelada.
Robarse a uno mismo. Lo cometí. Le rapiñé imágenes a aquella tragedia y las trasplanté. Prendieron.
La necesidad es la madre de los inventos. Así tal cual lo leí una vez de chico en una revista Selecciones, y se me ha venido confirmando en tantas décadas. Seguramente porque necesidad por acá es lo que nunca ha faltado.
Esa misma noche, como de la galera, salió el argumento. Y sin pensar demasiado lo alimenté con aquel universo; molido ahí mismo de urgencia. Le di manija. En un día clavado la nueva obra estuvo terminada. Y en uno más corregida y mandada.
La semana en Madrid estuvo linda. Publiqué luego ese texto. Pasaron algunos años. En una larga charla telefónica Poli Dulitzky me convenció de ser ella la artista perfecta para llevarla a escena. La estrenó finalmente y fue este éxito.
Cierro con un rulo. Veinte años después de haberla escrito, el año pasado, decidí al fin montar aquel Baco Polaco, aquella tragedia a la que había afanado esquejes. Y armando elenco, en audiciones, la propia Dulitzky volvió a imponer una vez más su histrionismo; y hoy se luce encarnando allí a Ágave. Lazo de unión actoral entre estas dos obras, que no sólo comparten melodía, si no ahora además ejecutante.

Jueves, 2 de julio de 2026.

* Mauricio Kartun, director de teatro y dramaturgo. Foto: Veronica Bellomo.

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