
Virus/Jacoby: La experiencia de la modernidad – Por Martín Baña
20 junio, 2026En el hecho que protagonizó días atrás Florencia Peña en un canal de setraming quedó expuesto un efecto recurrente del uso de redes: informarse por X puede llevar a graves desatinos originados en la sensación insoportable de quedar afuera del tema del que «todos» están hablando.
Por Martín Kohan*
(para La Tecl@ Eñe)
«Chisme del ambiente», solía anunciar el Mago Fafá. Lo hacía para encender la curiosidad del interlocutor, para atraer su posible atención hacia eso que iba a decirle (nada mejor que el Museo del chisme, de Edgardo Cozarinsky, para ahondar en la materia). De ahí que en el género del chimento la clave consista en mostrarlo como tal, regodearse en la conjetura, el trascendido, la versión filtrada por indiscreción, la suposición eterna. Luis Ventura es todo un experto en eso; tanto que hasta parecería costarle decir algo, por simple o evidente que sea, sin envolverlo en el halo de misterio del “me dicen que” (o, como aciertan a parodiar en «Fútbol o muerte», del «me cuentan desde adentro»). El chimento se nutre de la infidencia, el desliz y la especulación, y se apaga necesariamente en el registro discursivo de la certeza. Traspasado a la certeza, se convierte en información, y bajo el carácter de la información, ya puede dirimirse como verdadero o falso. En el caso tan comentado de lo que ocurrió días atrás con Florencia Peña en un programa de streaming, se trató evidentemente de una información falsa, ofrecida al público sin antes chequearla como corresponde. Está claro que no debería pasarles a un comunicador o a un productor trabajando rigurosamente. Pero a un chimentero tampoco. Un chimentero habría atinado, precisamente por serlo, a apelar al repertorio de recursos consabidos (potenciales, condicionales, matizadores varios, brillos de enigma a medio develar), para afirmar sin afirmar.
En este sentido parece haber marrado el golpe el Presidente de la República al pronunciarse sobre el tema, lo que no es sorprendente, ya que el texto de su declaración trasuntaba un ofuscamiento notorio. No se trató, según creo, como él aseveró, de una cuestión de chimento (lo de la monta, mucha o poca, no pasa de una apreciación personal), sino de algo de otro orden: del error de procedimiento de haber ido a buscar información a Twitter (que ahora es X: la letra de la incógnita). Es eso lo que quedó primeramente expuesto en el anuncio en falso que expidió Peña, repitiendo lo que le decían en eso que, no por nada, da en llamarse cucaracha: que informarse por Twitter puede llevar al desatino. No es extraño que nuestro Primer Mandatario haya orientado su descarga rabiosa en otra dirección, ya que él suele otorgarle a Twitter una enfática legitimidad (de hecho, la citada declaración la lanzó precisamente en Twitter) y pasa metido ahí buena parte de su vida. Pero lo que sucedió en Luzu fue ni más ni menos que eso: que le dieron valor de verdad a una cosa que se decía en las redes, cuando si hay algo que abunda en las redes es el largarse a decir impunemente cualquier cosa, sin que importe si es verdadera o falsa (un factor que viene resultando crucial para Milei y para el mileísmo, ya que lo emplean con gran destreza).
Cuando murió Diego Maradona, estaba al aire en TyC el programa del Pollo Vignolo. Fueron largos minutos de zozobra y conmoción, hasta que la fatal confirmación llegó. Habituado, por ser relator de fútbol, a seguir narrando aun cuando no está pasando nada, Vignolo se las compuso para seguir y seguir hablando, aun cuando no había nada que decir, y creo sinceramente que lo hizo de veras muy bien (sobre todo teniendo en cuenta que ellos mismos, los integrantes del programa, no podían sino verse afectados por lo que parecía haber ocurrido). Mientras Vignolo hablaba a cámara, sus compañeros (recuerdo a Fucks, a Arcucci, a Ruggeri) se abocaron por esa vez a la confirmación del trascendido. No entraron a las redes para ver qué se decía. Mandaron mensajes de texto. Llamaron por teléfono y hablaron con éste o con aquel.
En el sincero y sentido descargo que hizo Peña sobre el error cometido, surgió otro aspecto a mi entender significativo: mencionó que, en plena emisión del programa, cuando le dijeron lo que le dijeron a través de la cucaracha, pensó que en ese momento todo el mundo estaría hablando sobre el tema del padre de Messi, y ella no, y que debía ser empática y sumarse. Lo hizo y se equivocó. Pero tal vez haya algo a considerar en eso de que todo el mundo está hablando sobre un tema, porque parece ser también un efecto recurrente en Twitter, una impresión que suele suscitar, la de que todo el mundo está ahí hablando de un mismo tema, y por ende parece que hay que entrar: porque quedar afuera (¿afuera de qué? Del mundo, de «todo el mundo») se torna insoportable, tal como puede llegar a volverse insoportable el todos-menos-uno, el todos-menos-yo. Se ha dicho que Instagram suscitaba a menudo un efecto análogo: que todos pero todos eran felices, y uno no; que la salida podía ser entonces la de plegarse prontamente a ese todos (la empatía, tan valorada en general, puede volverse bastante equívoca). Como este efecto de masificación se combina rigurosamente con una tendencia al aislamiento (la necesidad de integrarse a ese «todos» se tramita en la soledad de cada cual con su celular en la mano), llegan a darse grados de distorsión bastante fuertes.
En el «todo el mundo» de las redes se estaba diciendo, en efecto, que había muerto el padre de Messi. Pero en verdad no había muerto. Ni se trataba en verdad de «todo el mundo». Para advertirlo, sin embargo, para notarlo, hacía falta salirse. No digo no entrar, digo salirse. No digo no mirar, digo dejar de mirar. Algo (un gesto, una actitud) que hoy se ha vuelto más infrecuente, y acaso ya no tan fácil de conseguir: la de parar y levantar la vista. Parar. Y levantar la vista.
Lunes, 22 de junio de 2026.

*Escritor y docente universitario. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires.

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