
El Cordobazo: un debate infinito, pero actual – Por Alberto Nadra
12 junio, 2026Crisis del orden neoliberal, multipolaridad emergente y retorno del fascismo.
Por Jorge Elbaum*
(para La Tecl@ Eñe)
El mundo que organizó la globalización neoliberal está quebrado. Ha sido el prólogo y la causa de las guerras que atraviesan la realidad global. Su resultado ha sido la profundización de la desigualdad, el ataque a las soberanías y el avance —en Occidente— de las ultraderechas neofascistas. No estamos asistiendo sólo a una crisis económica o geopolítica, sino al deterioro de una forma histórica, que sobrevivió apenas cinco décadas y que creyó instituirse como «fin de la historia». La erosión del orden neoliberal, la emergencia de la multipolaridad y el ascenso de las ultraderechas, en el Occidente colonizador, aparecen desafiados por los BRICS y el Sur Global, que exhiben formas novedosas y multipolares de legitimidad civilizatoria. El orden neoliberal, que prometió progreso, estabilidad y libertad, solo sembró desigualdad, violencia y desposesión. Hoy, mientras ese Occidente apuesta a las lógicas neoimperiales para superar su deterioro, China y Rusia y los BRICS resisten al atropello, liderando la lucha por la sobrevivencia de las soberanías estatales.
La globalización de fines del siglo XX no fue simplemente un proceso de expansión económica ni una deriva inevitable de la modernización tecnológica. Fue, ante todo, una forma histórica de organización del poder mundial: un proyecto de integración desigual bajo la hegemonía del capital transnacional, legitimado por el neoliberalismo y sostenido por la supremacía estadounidense consolidada tras el fin de la Guerra Fría. Lejos de constituir un movimiento neutro o espontáneo, instauró un orden internacional orientado a garantizar la expansión del capital, la liberalización de los mercados y la subordinación de la política a los imperativos de la acumulación.
En este sentido, la globalización neoliberal debe ser entendida como una arquitectura de dominación que combinó coerción económica, legitimación cultural e institucionalización jurídica a través de organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio. El denominado “pensamiento único” no sólo operó como horizonte ideológico, sino también como mecanismo de despolitización de los conflictos sociales y de naturalización de las asimetrías globales.
La expansión del capital financiero transnacional exigió, para su realización, la subordinación creciente de los Estados a las necesidades de la acumulación. La desregulación, la liberalización de los flujos financieros y la disciplina fiscal aplicada de manera regresiva configuraron un escenario en el cual la soberanía estatal quedó progresivamente erosionada. Sin embargo, al debilitar la capacidad del Estado para mediar en los conflictos sociales y garantizar mecanismos de integración, el neoliberalismo terminó por socavar las bases de su propia legitimidad. Esta contradicción expresa, en términos estructurales, la tensión entre mercado globalizado y democracia territorial.
Desde la década de 1970, y en un contexto de caída de la rentabilidad en la producción manufacturera, el capital se desplazó masivamente hacia la esfera financiera. La financiarización no resolvió la crisis de acumulación, sino que la postergó mediante la formación de burbujas sucesivas y crecientemente inestables. Las crisis de 1997, 2001, 2008 y 2020 evidenciaron el carácter sistémico de este patrón. Particularmente, la crisis financiera global de 2008 mostró que el llamado “mercado autorregulado” dependía, en última instancia, de la intervención estatal para socializar pérdidas y restablecer condiciones mínimas de reproducción del sistema. Las promesas distributivas asociadas a la globalización neoliberal se revelaron, en gran medida, ilusorias. Los datos sobre desigualdad global muestran que la expansión del ingreso y de la riqueza benefició de manera desproporcionada a los estratos superiores, mientras amplios sectores populares experimentaron estancamiento, precarización y pérdida de expectativas. En particular, las desigualdades contemporáneas se aproximan a niveles comparables con los observados a comienzos del siglo XX y el crecimiento ha sido capturado de forma concentrada por los sectores de mayores ingresos.
La concentración extrema de la riqueza no debe interpretarse únicamente como un efecto colateral del funcionamiento del mercado, sino como el resultado de una correlación de fuerzas y de decisiones institucionales que favorecen la apropiación privada del excedente. En 2025, la riqueza de los multimillonarios aumentó hasta alcanzar niveles récord y el número de personas con fortunas de ese rango superó las 3.000 por primera vez, en un contexto en el que una de cada cuatro personas no accede regularmente a una alimentación suficiente. Esta asimetría no sólo expresa desigualdad económica, sino también una creciente traducción de la riqueza en poder político. La hegemonía estadounidense de la posguerra fría se asentó sobre una combinación de superioridad militar, centralidad financiera y liderazgo ideológico-cultural. En la actualidad, esos tres pilares muestran signos evidentes de desgaste. Las guerras prolongadas en Afganistán e Irak, el ascenso de China como potencia sistémica, la crisis de 2008 y la polarización política interna revelan límites crecientes para la capacidad de Washington de ejercer dirección material y legitimidad moral sobre el sistema internacional.
Fragmentación del sistema monetario internacional y desdolarización
Las instituciones creadas en la posguerra bajo liderazgo occidental fueron diseñadas para estabilizar la acumulación capitalista internacional antes que para democratizar el poder mundial. En la coyuntura actual, la parálisis de la Organización Mundial del Comercio, la pérdida de legitimidad del Fondo Monetario Internacional en amplias regiones del Sur Global y la creciente desactualización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas indican el agotamiento del multilateralismo liberal. La emergencia de espacios alternativos, como los BRICS y el Nuevo Banco de Desarrollo, expresa una demanda creciente por formas de gobernanza menos subordinadas a las potencias tradicionales.
La centralidad del dólar como moneda de reserva internacional ha sido un componente fundamental del poder estructural de Estados Unidos. Sin embargo, la utilización de infraestructuras financieras y sistemas de pagos como instrumentos de sanción geopolítica aceleró la búsqueda de alternativas por parte de distintos Estados. La exclusión de bancos rusos e iraníes de SWIFT, así como la creciente articulación de mecanismos de compensación en monedas nacionales, el aumento del uso del yuan en intercambios bilaterales y el desarrollo de monedas digitales de bancos centrales, muestran una tendencia hacia una fragmentación progresiva del orden monetario global. Aunque la desdolarización sigue siendo parcial, el proceso apunta a una diversificación sostenida de los instrumentos de intercambio y reserva.
El cuestionamiento a la liberalización irrestricta ya no proviene únicamente de sus críticos históricos: emerge también desde el corazón mismo del capitalismo avanzado. El proteccionismo comercial, las políticas de relocalización industrial y la recuperación de instrumentos de política económica en Estados Unidos y Europa revelan que incluso las potencias que predicaron el libre mercado han comenzado a administrar su retroceso. No asistimos, sin embargo, a una simple reversión de la globalización, sino a una mutación de sus formas: mientras los flujos financieros conservan amplios márgenes de movilidad, los sectores estratégicos vuelven a ser resguardados por los Estados en nombre de la seguridad, la competencia y la soberanía tecnológica.

El surgimiento de las ultraderechas: causas y características
Si la crisis del neoliberalismo ha erosionado las promesas materiales y simbólicas del orden liberal, una de sus expresiones políticas más visibles ha sido el ascenso de las ultraderechas. Lejos de constituir una mera repetición del fascismo histórico, estos movimientos condensan de manera específica las tensiones del capitalismo tardío. No son una anomalía externa al sistema, sino una de las formas mediante las cuales ese sistema procesa su propia descomposición. Comprenderlas exige, por eso, articular el análisis ideológico con las condiciones materiales, las crisis de representación y las nuevas infraestructuras de producción del consentimiento y del antagonismo.
El ascenso de liderazgos de ultraderecha en distintos países debe interpretarse menos como una anomalía que como una forma específica de procesamiento político del malestar social generado por la crisis del neoliberalismo. Estos movimientos canalizan frustraciones reales vinculadas con la precarización, la inseguridad material y la pérdida de representación, pero las reorientan hacia enemigos construidos discursivamente —migrantes, minorías, feminismos o supuestas “élites globalistas”— evitando cuestionar las bases estructurales de la acumulación concentrada. La consolidación de China como potencia económica y tecnológica, junto con la reconfiguración estratégica impulsada por Rusia y otros actores del Sur Global, constituye uno de los principales desafíos al orden unipolar. La ampliación de los BRICS en 2024 incorporó a Egipto, Etiopía, Irán y Emiratos Árabes Unidos, mientras que en 2025 se sumó Indonesia, lo que refuerza el peso geopolítico del bloque y su aspiración de incidir sobre la gobernanza económica internacional. Aunque persisten heterogeneidades internas, su expansión expresa la búsqueda de mayores márgenes de autonomía frente a las instituciones dominadas por Occidente.
La crisis actual no se limita al plano económico o geopolítico, sino que presenta una dimensión civilizatoria de gran alcance. El patrón de acumulación capitalista, sostenido sobre la expansión permanente del consumo material y la apropiación intensiva de la naturaleza, entra en contradicción con los límites biofísicos del planeta. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de recursos estratégicos no son externalidades circunstanciales, sino manifestaciones de una forma histórica de producción que encuentra límites estructurales en un mundo finito. Una primera salida posible consiste en una recomposición del orden liberal mediante nuevas regulaciones asociadas a la transición energética, la digitalización y la economía verde. Este escenario no cuestiona las relaciones sociales capitalistas de fondo, sino que procura estabilizarlas mediante una readecuación tecnológica e institucional. Un segundo escenario es el del autoritarismo de mercado, en el cual se abandona progresivamente la mediación democrática sin alterar la lógica extractivista, la concentración del poder económico ni la disciplina social impuesta por el capital. Diversos gobiernos de ultraderecha expresan esta tendencia al combinar ajuste, desregulación y ofensiva cultural conservadora.
Crisis de representación política
El vaciamiento de los sistemas de partidos tradicionales y la convergencia programática en torno al centro neoliberal dejaron a amplias franjas sociales sin representación efectiva. En ese contexto, las ultraderechas explotaron el descrédito de la política institucional mediante discursos antisistema que, pese a su retórica rupturista, resultan compatibles con la reproducción del capital concentrado. En América Latina, esta dinámica se vio reforzada por las crisis de credibilidad de algunos proyectos progresistas, que facilitaron la emergencia de opciones que se presentaron como ruptura radical con el statu quo.
Las transformaciones culturales de las últimas décadas —expansión de derechos, cuestionamiento de jerarquías tradicionales y visibilización de identidades históricamente subalternizadas— generaron reacciones conservadoras en sectores que experimentaron estas mutaciones como pérdida de centralidad simbólica. Las ultraderechas lograron articular ese malestar mediante la construcción de enemigos internos y la movilización de discursos antiigualitarios, convirtiendo la ansiedad cultural en recurso político.
Las ultraderechas contemporáneas suelen adoptar formas de populismo reaccionario: dividen el espacio político entre “el pueblo” y “la élite”, pero cargan esa oposición con contenidos excluyentes, antiigualitarios y conservadores. De ese modo, demandas sociales heterogéneas —contra la corrupción, el empobrecimiento o la impotencia política— son articuladas bajo significantes como “libertad”, “patria” o “sentido común”, mientras el conflicto es desplazado desde las estructuras de explotación hacia chivos expiatorios funcionales al mantenimiento del orden existente. Allí reside buena parte de su eficacia: no niegan el malestar, lo reorganizan; no desarman la crisis, la administran en clave reaccionaria. En América Latina, estas dinámicas adoptan modalidades específicas. En la Argentina, el anarcocapitalismo se presenta como radicalización extrema del ideario neoliberal bajo retórica antisistema; en Brasil, la combinación de militarismo, conservadurismo religioso y agronegocio configuró una coalición reaccionaria de fuerte arraigo social. En ambos casos, la confrontación con agendas vinculadas a la igualdad, las disidencias y la ampliación de derechos se convierte en parte central de la estrategia política.
El ecosistema digital como infraestructura política
Las plataformas digitales no originan por sí mismas a las ultraderechas, pero constituyen una infraestructura decisiva para su amplificación. Los algoritmos que priorizan la interacción favorecen contenidos basados en la indignación, la polarización y el miedo, condiciones especialmente aptas para la difusión de narrativas reaccionarias. A ello se suma la circulación organizada de desinformación, campañas segmentadas y operaciones coordinadas de influencia. Una parte de la nueva élite tecnológica comparte con los liderazgos populistas de ultraderecha una cosmovisión basada en la ruptura de reglas, la desconfianza hacia las instituciones tradicionales y la impugnación de la democracia liberal como marco suficiente de regulación social. Esta convergencia no implica identidad plena, pero sí afinidades estratégicas relevantes. En ese cruce entre tecno-utopismo reaccionario, meritocracia extrema y antipolítica se configura un terreno fértil para nuevas alianzas entre poder económico, plataformas de comunicación y radicalización ideológica. El crecimiento de las ultraderechas se apoya también en redes organizadas de financiamiento, producción doctrinaria y circulación mediática. Think tanks, fundaciones, grupos religiosos conservadores y conglomerados empresariales han contribuido a construir, durante décadas, una infraestructura ideológica transnacional que dota a estos movimientos de recursos, cuadros y legitimidad. En América Latina, esta dinámica suele articularse con intereses extractivos, visiones colonialistas y resistencias explícitas frente a las agendas de reconocimiento e igualdad.
Alternativas emancipatorias desde el Sur Global
Sin embargo, es evidente que existen alternativas emancipatorias. Estas deberán estar centradas en la soberanía alimentaria, energética, financiera y tecnológica, junto con nuevas formas de integración Sur-Sur. Para América Latina y el Caribe, la crisis del orden liberal representa simultáneamente una amenaza y una oportunidad: amenaza, porque la región continúa siendo objeto de disputas geopolíticas y de renovadas dinámicas extractivas; oportunidad, porque la multipolaridad emergente puede ampliar márgenes de autonomía política y de experimentación institucional.
El llamado nuevo desorden mundial no es una anomalía pasajera ni un simple momento de turbulencia entre dos equilibrios: es el nombre de una época en la que se resquebrajan, al mismo tiempo, la legitimidad del orden neoliberal, la autoridad de las potencias que lo condujeron y las promesas de progreso que durante décadas organizaron el imaginario global. Lo que está en juego ya no es sólo quién manda en el sistema internacional, sino bajo qué reglas se produce, se gobierna y, en última instancia, se vive. Por eso, el desenlace de esta crisis no dependerá únicamente de la disputa entre Estados o bloques de poder, sino de la capacidad de las sociedades para convertir el colapso del viejo orden en una oportunidad histórica. En ese umbral se define algo más que una transición geopolítica: se define si el futuro será administrado por nuevas formas de barbarie o por redes políticas capaces de volver a reivindicar la justicia, la igualdad y la vida común, respetando las características nacionales de cada país.
Viernes, 12 de junio.
*Sociólogo, Periodista, Escritor. Dr. en Cs. Económicas.

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