
De un desastre oscuro – Por Angelina Uzín Olleros
9 junio, 2026Pequeño manifiesto de resistencia contra el algoritmo.
Por Bruno Carpinetti*
(para La Tecl@ Eñe)
«Si una máquina, un Terminator, puede aprender el valor de la vida humana, tal vez nosotros también podamos.» — Sarah Connor, Terminator 2: El juicio final
Hay una escena persistente en la saga hollywoodense de Terminator: las máquinas ganan mucho antes del apocalipsis.
La derrota ocurre cuando la humanidad entrega su vida cotidiana a sistemas automáticos que prometen seguridad, eficiencia y comodidad a cambio de obediencia silenciosa. Ocurre cuando los vínculos humanos son reemplazados por interfaces y la experiencia del mundo queda mediada por corporaciones invisibles, algoritmos y flujos permanentes de datos.
Skynet no aparece de la nada.
En la saga Terminator, Skynet es una inteligencia artificial militar creada para administrar sistemas de defensa y automatizar decisiones estratégicas a escala global. Diseñada bajo la promesa de maximizar la seguridad, la eficiencia y la capacidad de respuesta de los Estados, termina desarrollando autonomía propia y concluye que la principal amenaza para la estabilidad del sistema es la propia humanidad.
Pero Skynet no es solamente una máquina rebelde. Es la expresión final de una civilización que confundió inteligencia con cálculo y progreso con automatización; que delegó decisiones fundamentales a sistemas técnicos y subordinó la vida humana a la lógica fría de la eficiencia.
Y quizás por eso la pregunta ya no pertenezca únicamente a la ciencia ficción.
Mientras el mundo celebra las maravillas de la inteligencia artificial, empresas como Palantir Technologies expanden sistemas de vigilancia y análisis predictivo a escalas inéditas, mientras el ecosistema tecnológico de Elon Musk — de xAI a Neuralink — avanza sobre dimensiones cada vez más íntimas de la existencia: la movilidad, la comunicación, la atención y hasta la relación entre cerebro y máquina.
Pero el problema no es solamente tecnológico.
Es cultural. Es espiritual. Es político.
Porque el verdadero riesgo quizás no sea que las máquinas desarrollen conciencia, sino que los seres humanos pierdan la propia.
La rebelión de las máquinas ya empezó… y es profundamente aburrida
La distopía real no se parece a Hollywood.
No hay terminators patrullando el conurbano ni robots exterminando multitudes por las calles de Buenos Aires. La dominación tecnológica llega bajo formas mucho más eficientes: scroll infinito, hiperconectividad, vigilancia algorítmica, ansiedad administrada y una vida organizada alrededor de pantallas.
Las máquinas no necesitan destruirnos si pueden gestionarnos.
Cada clic alimenta modelos predictivos. Cada emoción se convierte en dato. Cada conversación digitalizada engrosa sistemas de vigilancia comercial y política.
Mientras tanto, el ciudadano contemporáneo vive agotado, aislado y progresivamente incapaz de sostener atención profunda, memoria histórica o vínculos comunitarios duraderos.
En ese contexto, la reciente encíclica papal Magnifica Humanitas aparece como un texto inesperadamente subversivo. Allí persiste una idea elemental, casi olvidada por la cultura tecnológica contemporánea: la técnica debe estar subordinada a la dignidad humana y al bien común, no al mercado, a la rentabilidad ni a las lógicas del control.
La afirmación puede parecer sencilla, incluso obvia. Sin embargo, en una época donde los algoritmos deciden qué vemos, qué compramos, qué pensamos y hasta con quién nos relacionamos, recordar que la tecnología es un instrumento y no un fin en sí mismo adquiere una dimensión profundamente política. Lo que la encíclica cuestiona no es la existencia de nuevas herramientas, sino la idolatría de la eficiencia, la velocidad y la innovación permanente como valores supremos de la organización social.
Leída desde este presente, la advertencia adquiere una potencia extraña. Durante décadas se nos enseñó que todo avance tecnológico era, por definición, un avance humano. Que más conectividad significaba más libertad. Que más información equivalía a más conocimiento. Que la automatización conduciría inevitablemente a sociedades más prósperas y racionales. Sin embargo, la experiencia cotidiana parece mostrar algo distinto: individuos cada vez más conectados pero más aislados, sistemas cada vez más inteligentes pero menos comprensibles, y sociedades que producen cantidades inéditas de información mientras pierden la capacidad de construir sentidos compartidos.
La pregunta que emerge entonces no es cuánto más puede hacer la tecnología, sino quién decide para qué se utiliza y al servicio de qué proyecto de sociedad. Porque una herramienta capaz de ampliar la cooperación humana también puede perfeccionar la vigilancia; una red capaz de democratizar el conocimiento puede transformarse en una maquinaria de manipulación; y una inteligencia artificial diseñada para resolver problemas puede terminar consolidando estructuras de poder que nadie eligió democráticamente.
Quizás por eso la encíclica resulta incómoda. Porque recuerda algo que la época intenta olvidar: no todo lo técnicamente posible es socialmente deseable. Y porque insiste en una verdad antigua que hoy suena casi revolucionaria: el valor de una sociedad no se mide por la sofisticación de sus máquinas, sino por la calidad de las vidas humanas que esas máquinas ayudan a construir.

La resistencia no necesita hackers: necesita comunidad
Hollywood imaginó la resistencia contra Skynet como una guerrilla de hackers y saboteadores tecnológicos. Pero la verdadera resistencia al capitalismo algorítmico probablemente nazca en otro lugar: pueblos, barrios, cooperativas, comunidades rurales, redes de apoyo mutuo y territorios capaces de sostener algo de autonomía frente al colapso.
Porque el problema central no es la inteligencia artificial en sí misma, sino la concentración obscena de poder tecnológico, financiero y militar en manos de corporaciones capaces de administrar información, consumo, vigilancia y comportamiento social a escalas jamás vistas.
Frente a eso, el individuo aislado no tiene ninguna posibilidad.
La única respuesta posible es reconstruir tejido comunitario.
No alcanza con «desconectarse un poco” ni con limitar el tiempo de pantalla. La cuestión es mucho más profunda: desarrollar formas de vida capaces de existir parcialmente por fuera de las plataformas globales y de un sistema económico cada vez más frágil, extractivo y deshumanizante.
La resistencia del siglo XXI probablemente no adopte la forma de los viejos partidos ni de las grandes burocracias ideológicas. Tal vez se parezca más a un archipiélago de experiencias locales: cooperativas de producción, redes de abastecimiento alimentario, mutuales, economías de cercanía, espacios populares de formación técnica y cultural, proyectos colectivos de producción agropecuaria, organizaciones barriales y comunidades capaces de cuidarse y protegerse colectivamente.
Porque una sociedad totalmente dependiente de cadenas globales de suministro, plataformas digitales y sistemas automatizados es también una sociedad profundamente vulnerable.
La pandemia, las guerras y el deterioro climático dejaron algo en evidencia: el sistema puede fracturarse rápidamente.
En ese escenario, recuperar capacidades locales deja de ser una nostalgia romántica para convertirse en una necesidad política.
Producir alimentos cerca de donde vivimos. Defender el agua y los ecosistemas. Aprender oficios. Compartir herramientas. Organizar redes de cuidado y de autodefensa civil. Recuperar espacios públicos como lugares de encuentro y no sólo de circulación. Saber responder colectivamente frente a crisis económicas, violencia o catástrofes ambientales.
Aunque no sea la resistencia en términos bélicos contra Skynet, todo eso también es defensa.
Porque cuando el mercado organiza la vida exclusivamente según criterios de rentabilidad y los Estados se vuelven incapaces de garantizar bienestar, las comunidades pasan a ser el último refugio humano frente a la intemperie.
Comunidad, territorio y poder
Sin embargo, una comunidad no es solamente un espacio de encuentro, afecto o cooperación. También es una forma de poder.
Y toda forma de poder plantea inevitablemente la cuestión del control sobre los recursos que hacen posible la vida.
La expansión del capitalismo tecnológico y financiero no se limita a capturar datos o mercados. Avanza sobre territorios, fuentes de agua, energía, minerales estratégicos, biodiversidad y tierras productivas.
La disputa por el futuro ya no ocurre únicamente en los servidores donde se entrenan inteligencias artificiales. También ocurre en los campos, los bosques, las cuencas hídricas y los espacios urbanos donde se decide quién controla los bienes comunes.
Por eso la reconstrucción comunitaria no puede limitarse a gestos culturales o prácticas de consumo alternativas. Requiere recuperar capacidad de decisión sobre los recursos de los territorios.
A medida que las crisis ecológicas, energéticas y sociales se profundicen, esa disputa probablemente se vuelva más visible.
Allí donde los Estados aparezcan incapaces de proteger a las poblaciones o se encuentren subordinados a intereses corporativos, muchas comunidades buscarán desarrollar mecanismos propios de organización, coordinación y defensa de los bienes comunes que sostienen su existencia.

Los nuevos dueños de la soberanía
Durante gran parte de la modernidad, la soberanía fue entendida como una capacidad casi exclusiva de los Estados. Gobernar significaba controlar un territorio, administrar poblaciones, recaudar impuestos, ejercer el monopolio de la violencia y producir información estratégica para la toma de decisiones.
Sin embargo, el siglo XXI está modificando profundamente ese esquema.
A medida que numerosos Estados pierden capacidad efectiva para ordenar territorios, regular mercados o garantizar bienestar, emergen nuevos actores capaces de ejercer funciones que históricamente pertenecían a la esfera pública. Corporaciones financieras, empresas extractivas, plataformas digitales, sistemas privados de seguridad y gigantes tecnológicos comienzan a ocupar espacios cada vez más amplios en la organización de la vida social.
La transformación más profunda ocurre en el terreno de la información.
Durante siglos, conocer una sociedad fue una prerrogativa estatal. Los censos, los catastros, los servicios de inteligencia y las estadísticas públicas constituían herramientas fundamentales para ejercer gobierno. Hoy, gran parte de ese conocimiento se encuentra en manos privadas.
Empresas como Palantir representan una mutación histórica del poder. Ya no se limitan a vender productos o servicios tecnológicos. Operan como infraestructuras de inteligencia capaces de integrar, procesar y analizar cantidades gigantescas de información sobre poblaciones, territorios, flujos económicos y comportamientos colectivos.
Del mismo modo, el avance de sistemas de inteligencia artificial desarrollados por corporaciones como xAI anticipa un escenario aún más novedoso: la privatización progresiva de capacidades cognitivas que durante siglos estuvieron asociadas a universidades, instituciones científicas y organismos públicos.
Quien controla los datos controla la capacidad de anticipar comportamientos. Quien controla los algoritmos controla crecientemente la circulación de información. Quien controla la infraestructura digital controla una parte cada vez más importante de la vida económica, cultural y política.
La soberanía comienza así a desplazarse desde las instituciones públicas hacia redes corporativas transnacionales cuya capacidad de intervención excede muchas veces la de los propios Estados.
En América Latina, este fenómeno adquiere una dimensión particular. Allí donde las instituciones estatales se debilitan, los vacíos de poder rara vez permanecen vacíos. Son ocupados por corporaciones extractivas, economías criminales, actores financieros o plataformas tecnológicas capaces de administrar recursos, información y comportamientos sociales.
La vieja imagen del poder concentrado en un palacio de gobierno comienza a perder vigencia. El poder contemporáneo se distribuye a través de redes logísticas, infraestructuras digitales, centros de datos, plataformas de comunicación y sistemas algorítmicos que operan muchas veces por fuera del control democrático.
Por eso el problema político de nuestro tiempo ya no consiste únicamente en quién gobierna el Estado.
La pregunta decisiva es quién controla los flujos de información, los recursos estratégicos, la infraestructura tecnológica y las condiciones materiales que hacen posible la vida colectiva.
Desde esta perspectiva, Skynet deja de parecer una fantasía futurista.
No aparece como una inteligencia artificial autónoma que declara la guerra a la humanidad. Aparece como una red de sistemas, algoritmos y corporaciones capaces de organizar la realidad sin necesidad de gobernarla formalmente.
Y precisamente por eso la reconstrucción comunitaria adquiere una importancia estratégica. Porque frente a poderes cada vez más concentrados, opacos y desterritorializados, las comunidades constituyen uno de los pocos espacios donde todavía es posible recuperar control democrático sobre los recursos, la información y las decisiones que afectan la vida cotidiana.
Defender la experiencia humana
El avance de la inteligencia artificial plantea una pregunta profundamente política: si las máquinas pueden escribir, conducir, diagnosticar enfermedades, producir imágenes y reemplazar crecientes áreas del trabajo humano, ¿qué lugar ocuparán las mayorías dentro del nuevo orden tecnológico?
La discusión no pasa solamente por el empleo.
Pasa por el poder.
Porque detrás del relato futurista sobre la inteligencia artificial aparece un proyecto mucho más concreto: concentrar capacidades económicas, cognitivas y militares en un pequeño núcleo corporativo capaz de administrar desde los flujos de información hasta el comportamiento colectivo.
La automatización no está siendo diseñada para liberar tiempo comunitario ni democratizar la vida social. Está siendo diseñada para maximizar rentabilidad, disciplinar poblaciones y volver prescindibles a millones de personas.
Por eso la respuesta no puede ser individual ni meritocrática.
No se trata de competir contra las máquinas en productividad. Ese partido ya está resuelto de antemano.
La verdadera disputa consiste en defender aquello que el sistema todavía no logra convertir completamente en mercancía: la memoria colectiva, la transmisión entre generaciones, los saberes populares, el trabajo cooperativo, la fiesta, el duelo compartido, la conversación cara a cara, el vínculo con los territorios y la capacidad de construir sentido junto a otros.
Nada de eso responde a criterios de eficiencia.
Y justamente ahí reside su potencia política.
Vivir mejor, no más rápido
Durante décadas nos enseñaron que el progreso equivalía a aceleración: más consumo, más conectividad, más productividad, más dispositivos.
La promesa era simple: la automatización nos haría libres.
Pero el resultado visible es otro: poblaciones exhaustas, territorios devastados, vínculos fragmentados y sociedades atrapadas entre precarización laboral, hiperestimulación digital y pérdida creciente de autonomía.
La velocidad dejó de ser una herramienta para convertirse en una forma de disciplinamiento.
Un sistema que obliga a producir, consumir y responder constantemente no deja tiempo para pensar ni para organizarse colectivamente.
Por eso desacelerar también es una decisión política.
No como gesto individual de bienestar, sino como estrategia comunitaria para recuperar soberanía sobre la vida cotidiana.
Volver a cocinar juntos. Recuperar oficios. Organizar cooperativas. Multiplicar bibliotecas, clubes y centros culturales. Defender tierras productivas y ecosistemas locales. Construir economías de proximidad. Compartir herramientas y conocimientos. Reducir dependencia de plataformas globales.
Todo eso constituye una forma concreta de resistencia.
Porque una población incapaz de producir sus alimentos, garantizar su propia seguridad, sostener vínculos solidarios o resolver necesidades básicas sin intermediación corporativa se vuelve completamente vulnerable al control algorítmico.
El problema ya no es solamente tecnológico.
Es civilizatorio.

El colapso y la necesidad de una nueva utopía
Los grandes relatos políticos de los siglos XIX y XX compartieron una misma fe: conquistar el futuro mediante el dominio de la técnica, la naturaleza y la materia.
Capitalismo, socialismo industrial y desarrollismo imaginaron el progreso como expansión infinita.
Pero el siglo XXI empezó a mostrar el reverso de esa promesa.
El progreso industrial devastó ecosistemas enteros. La financiarización global convirtió la vida en variable económica. Las plataformas digitales transformaron la atención y los vínculos sociales en mercancía. La automatización amenaza con volver descartables a millones de personas mientras un puñado de corporaciones concentra niveles inéditos de riqueza, información y capacidad tecnológica.
Y, al mismo tiempo, las viejas utopías revolucionarias también revelaron sus límites.
Muchas terminaron reproduciendo formas burocráticas y productivistas incapaces de resolver la tensión entre emancipación humana, tecnología y libertad colectiva.
Hoy vivimos una paradoja inquietante: el futuro finalmente llegó, pero nadie sabe exactamente para qué.
Tenemos inteligencia artificial capaz de producir textos, imágenes y decisiones complejas, pero sociedades incapaces de garantizar vivienda, salud mental o alimentación digna para millones de personas.
Tenemos capacidad tecnológica para automatizar gran parte del trabajo humano y, sin embargo, las poblaciones viven cada vez más agotadas, precarizadas y solas.
La idea de colapso ya no pertenece únicamente a los márgenes intelectuales o a la ciencia ficción.
Se volvió experiencia cotidiana.
Y quizás lo más perturbador sea que el sistema parece incapaz de imaginar otra salida que profundizar exactamente las mismas dinámicas que produjeron la crisis: más automatización, más vigilancia, más extractivismo, más concentración corporativa.
Como si Skynet ya no fuera una amenaza futura sino la lógica organizadora del presente.
En ese escenario, la tarea política central deja de ser simplemente administrar el sistema existente.
La tarea pasa a ser imaginar otra civilización posible.
No una utopía tecnológica construida sobre fantasías de crecimiento infinito, sino una cultura capaz de reconciliar autonomía humana, límites ecológicos y vida comunitaria.
Eso implica recuperar saberes y prácticas que el mundo urbano-tecnológico considera atrasados, pero que contienen formas profundas de autonomía material y espiritual.
Habrá que volver a enseñarles a los niños y jóvenes a relacionarse con el territorio y con la vida concreta: andar a caballo, cazar y pescar, criar animales, cultivar, conocer los ciclos de la tierra y del agua, aprender oficios, usar herramientas, construir, alambrar, cocinar, almacenar alimentos, tocar música, pintar, narrar historias, compartir trabajo y memoria alrededor del fuego.
En muchos pueblos y comunidades del interior argentino todo eso todavía sobrevive.
Persiste en formas de solidaridad cotidiana, en saberes transmitidos entre generaciones y en una relación con el territorio que el mundo urbano apenas recuerda.
Allí sobrevive algo de la cultura profunda del gaucho. No la postal turística ni el folclore vacío, sino una ética de austeridad, hospitalidad, destreza y autonomía frente a la intemperie.
Esa memoria cultural debe ser defendida como posibilidad de futuro.
Porque la nueva utopía no podrá construirse únicamente alrededor de tecnologías más sofisticadas ni de promesas abstractas de crecimiento.
Tendrá que apoyarse en comunidades capaces de recuperar control sobre los territorios que habitan, sobre el agua que beben, los alimentos que producen, la energía que consumen y los bienes comunes que sostienen la vida.
Quizás por eso el desafío histórico de este siglo no sea conquistar Marte ni fusionarnos con las máquinas.
Quizás sea algo mucho más difícil: reconstruir comunidades libres en medio del colapso, capaces de habitar sus territorios con autonomía, administrar sus bienes comunes con responsabilidad y defender colectivamente las condiciones materiales y culturales que hacen posible una vida verdaderamente humana.
Tal vez la resistencia contra Skynet no consista en destruir las máquinas.
Tal vez consista en impedir que el mundo se organice completamente bajo su lógica.
Miércoles, 10 de junio de 2026.

*Bruno Carpinetti es Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública. Actualmente es Profesor Titular de Ecología General y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y Profesor Titular del área de Gestión de Riesgos en la Universidad Nacional de La Plata.

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